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Altar Mayor - Nº 84 (04)
Sábado, 01 marzo a las 18:23:18

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

RAÍCES HISTÓRICAS DE EUROPA
Por Fernando Suárez Bilbao. Dr. en Historia y en Derecho

Entrar en el análisis de las raíces históricas de Europa se plantearía casi como una exposición de historia antigua y medieval, donde hablaríamos de cómo se forman las primeras naciones europeas y cómo ese conjunto de pueblos a lo largo de la Historia han llegado a conformarse o a identificarse con un ámbito geográfico. Sin embargo, lo que se trata de ver en las raíces históricas de Europa es llegar a entender cuál es el concepto en sí mismo de Europa, de la europeidad, del europeismo.

Europa es, como primera referencia en nuestra formación, como un concepto geográfico. Cuando inicialmente accedemos al concepto de Europa lo vemos como un espacio, y así fue visto desde el primer momento. Primero lo utiliza Beda el Venerable, principal cronista de la Inglaterra Medieval, en el tránsito del siglo VII al VIII; luego fue un monje cordobés, un cronista mozárabe anónimo hacia el 754; y sobre todo lo utilizaron los cronistas de Carlomagno para designar el imperio en el que reina. Era, pues, un concepto geográfico que no une sino que sólo determina la ubicación donde se producen una serie de acontecimientos.

La Europa que después se va a ir desarrollando a lo largo de la Edad Media tiene una raíz evidente en el Imperio Romano. Roma no pretende establecer un continente europeo, ni un dominio europeo, y sin embargo, desde su eje geográfico del Mediterráneo establece un dominio general y una uniformidad. Ese modelo, ese mito que queda en la conciencia de aquellos pobladores bárbaros que después ocupan los territorios del antiguo Imperio Romano es lo que es el sueño de la unidad, es el retorno a la unidad de todos esos territorios, es el retorno a aquella unidad cultural que fue el Imperio Romano. Y de forma recurrente, en distintas ocasiones, con Carlomagno, con el Sacro Imperio Romano-Germánico, incluso después en tiempos del propio Napoleón se vuelve a ese modelo imperial, se vuelve de forma reiterativa a aquél tiempo que fue un tiempo de unidad, un tiempo de cultura.

Evidentemente Europa no es una unidad de Naciones, no se puede configurar como una estructura política de varios territorios. Tampoco es un mercado. Europa es exclusivamente un modo de entender la realidad que nos rodea, lo que podemos definir como cultura. Y el concepto de Europa, la definición propia de Europa no se produce hasta bien entrada la Edad Media, porque está íntimamente unido a una conciencia de sí misma que no es otra que el de la cristiandad.

Con cristiandad hacemos referencia a una comunidad de ideas, creencias y valores comunes. Distintos eran los pueblos, los territorios y las costumbres propias, pero unas solas eran las ideas, unas solas eran las creencias, unos solos eran los valores, una sola era la religión. Durante toda la Edad Media existe la conciencia de que todos los pobladores de este territorio son gentes que pertenecen a un mismo tronco común, que estarán unidos en el ámbito temporal, pero que en el ámbito espiritual obedecen a una sola autoridad, al Papa, y obedecen a una sola realidad cultural, y en ese momento, como no, religioso.

Hasta mediados del siglo XV, con el Papa humanista Eneas Silvio Picolómini, no se volvió a recordar un aspecto fundamental: cristiandad no es sólo una referencia europea, existen otras cristiandades que están surgiendo en otras partes del mundo. Y en ese momento exige la necesidad de autodefinir esa conciencia europea: la europeidad, el europeismo. Esa forma de ser a cuya conformación habían contribuido a través de aportaciones irrenunciables, exigía una autodefinición que en el Renacimiento, en el Humanismo era donde mejor podía plantearse. Había tres elementos fundamentales de identidad: la herencia greco-latina del individualismo y la libertad; la herencia romana del Derecho; y el cristianismo que había aportado la trascendencia.

Los dos primeros elementos, ese principio de libertad y de Derecho constituyen las raíces helenísticas, las raíces inmanentistas del concepto de Europa. Estaban eminentemente enfrentados a otra cultura igualmente importante y con una fe en un Dios único: el judaísmo. El cristianismo logró la síntesis entre ambos conceptos, tomando lo mejor del helenismo y dotándolo de un carácter trascendente.

Esa conciencia de unidad a través de una serie de valores y de cuestiones culturales sin embargo no se mantiene. Se produce, a lo largo del siglo XVIII, una serie de circunstancias histórico-políticas que van a producir lo que Paul Lazar calificaba hace poco como de crisis en la propia conciencia europea. Los europeos, con el tiempo, hemos sentido vergüenza de nuestra propia historia; nuestro pasado es un pasado de fracasos históricos, de fracasos teñidos por la sangre de las guerras. Pero el problema es que la herencia no es un bien que podamos entender como un beneficio, no es un bien que podamos atender según nos guste, no es un bien que cojamos a guisa de inventario. La herencia pesa sobre nuestros hombros y no tenemos más remedio que atenderla; no podemos rehusarla porque si lo hacemos, si rehusamos a nuestra conciencia histórica sólo encontraremos un espantoso vacío. Los intentos por construir, por rellenar ese vacío, dieron lugar en la historia más reciente de Europa a ensayos tan terribles como ha sido el marxismo o el nacionalsocialismo.

El cristianismo fue desde el primer momento una cuestión de minorías, aun después de convertirse en la religión oficial del Imperio, y a pesar de contar con la protección oficial de los nuevos reyes de los reinos bárbaros. Unas minorías que, sin embargo, constituían un modelo a imitar, que transmitían a la sociedad los grades principios de belleza, verdad y bien. Y así tuvo lugar un proceso de educación que duró siglos, que poco a poco fue extendiéndose desde el interior de Europa hacia sus fronteras en el este y en el norte, pero que en realidad nunca llegaría a completarse del todo.

Comenzó así el trabajo de los grandes sabios y pensadores a los que podemos atribuir la europeidad. Primero fue san Agustín, que entre otras muchas ideas y conceptos, destaca especialmente el del Estado. El Estado como poder político en cualquiera de sus formas es un bien contingente y está sujeto a las coyunturas cambiantes, es dinámico, pues siendo un medio para que la persona consiga sus fines más altos, puede llegar a convertirse en una monstruosidad intolerable capaz de someter a los seres humanos a su poder. Lejos estamos ahora de esa advertencia.

Después fue san Benito de Nursia, quién descubrió las tres dimensiones mediante las cuales el hombre puede y debe liberarse de la naturaleza y dominarla. Y esas virtudes, esas dimensiones, son: la pobreza, es decir, el desprendimiento de los bienes materiales para reducirlos a su papel principal de servicio; el de la castidad, que consiste en someter la sexualidad a los fines para los que se ha establecido; y la obediencia, que es someter los propios deseos a lo que constituye el bien supremo, apareciendo este en forma de autoridad. San Benito creó núcleos pequeños a los que llamó familias para que, con su empeño en vivir mejor estas virtudes y con el ritmo de vida cristiano, sirvieran de ejemplo a sus conciudadanos, a sus convecinos y dieran lugar a una nueva sociedad. Y enseñó que el ejercicio de la libertad depende más del cumplimiento del deber que de la reclamación de derechos.

Y luego fueron otros muchos: Gregorio, Bonifacio, Anscario, Cirilo, Metodio y tantos otros los que se sacrificaron para conseguir que todas las naciones, poco a poco, se fueran bautizando. Cuando esta labor concluyó, ya en el siglo XIII, los reyes habían dejado de ser esos sanguinarios jefes de guerra para ser promulgadores de norma, promulgadores de Derecho.

Es en 1215 cuando encontramos el primer documento fundamental en el reconocimiento de las libertades de los súbditos. Es la Carta Magna de Juan sin Tierra. Realmente no es una novedad absoluta, pues ya aquí, en España, habíamos tenido antes ese modelo de libertades. Habíamos sido pioneros del Fuero de León del año 1020, que suponía más la confirmación y consolidación de una serie de libertades que poco a poco se habían ido consiguiendo, de unos privilegios en lo que entonces se entendía como leyes privadas, que es lo que significa, y que no eran otra cosa que el conjunto de libertades feudales que determinaba el derecho y la defensa de las peculiaridades de los hombres, de los grupos, frente al Estado.

La libertad es el gran descubrimiento. No se trata de un valor añadido, no se trata de un complemento a un término de independencia o a la facultad de hacer lo que quiero. La libertad ya existía en el mundo antiguo, la libertad es regulable, la libertad es mensurable, de manera que se puede dosificar, se puede dar poca, mucha o ninguna. Se trata de una característica innata, propia de la naturaleza humana que la diferencia radicalmente de los animales, y consiste, no tanto en elegir como en renunciar a lo que no se elige. Se trata, por tanto, de un acto de responsabilidad. El desarrollo de este descubrimiento es el elemento fundamental de la gran aventura europea.

Su consecuencia más importante fue la configuración del Estado. El Estado omnipotente, el Estado absoluto de las sociedades del mundo antiguo que habían nacido al albor de la divinización del poder tuvo que dar paso a una regulación contractual. En la Edad Media los reyes establecían contratos de fidelidad que daban forma al vasallaje. Los contratos feudovasallaticos establecían relaciones sinalagmáticas, establecían relaciones entre iguales, de manera que el señor y el vasallo tenían que ser libres, tenían que se iguales, aunque esa igualdad jurídica tuviera enormes diferencias en la práctica económica o en la vida cotidiana. En realidad estas relaciones contractuales en un primer momento afectaban a un grupo muy pequeño, a un grupo de elegidos o aquellos que estaban alrededor del rey. Pero con el tiempo ese carácter restringido se fue ampliando poco a poco hasta abarcar a todo el reino.

La propia Carta Magna no es mas que un grandioso y general contrato de vasallaje que abarcaba las relaciones entre el Estado y los nobles del rey. Pero los nobles entendidos en un sentido genérico, donde la participación de ese sector de la sociedad (la nobleza) abarcaba a una gran parte de ella. La nobleza no puede entenderse como una minoría exclusiva sino como un conjunto de la sociedad, como una parte de la sociedad especialmente importante que sólo dejaba fuera a un sector pequeño de la misma.

La Edad Media acabó con la servidumbre. Y no porque los hombres hubieran alcanzado una virtud o una sabiduría especial, sino porque no había sitio para ellos en la nueva estructura social. Y la esclavitud también desapareció, se convirtió en un objeto de lujo. Ciertamente las menciones de esclavos estaban ajenas a la comunidad cristiana, y por tanto escapaban a la protección de la Iglesia. En la plenitud medieval el mandato de san Pablo de hacer un hombre nuevo se había cumplido.

Esta europeidad medieval presenta una serie de rasgos fundamentales que se fueron desarrollando poco a poco y que con el tiempo unos se abandonaron y después se tergiversaron otros. Veamos algunos de estos rasgos fundamentales.

a) Autoridad y potestad

En primer lugar está un principio heredado del mundo romano: esa dualidad de autoritas y potestas, autoridad y poder. En la conciencia cristiana se reputaba como buena la primera y como un mal necesario la segunda. Ahora parece que los términos se han invertido.

La autoridad consistía en aquella función que señala cuáles son las cosas rectas, justas y convenientes; la autoridad está afecta a todos los hombres, nadie está por encima de ella. Es indudable que la configuración de las relaciones sociales que determina la autoridad permitiría a los hombres, si atendieran a ella tan solo, la posibilidad de convivir con la misma sin necesidad de ninguna otra coerción, de ninguna otra acción dominante. Sin embargo, la necesidad de obligar a algunos a retomar al camino correcto del que quieren apartarse, obliga al ejercicio de lo que llamamos la potestas, el poder. En consecuencia, cuanta más autoridad está presente en el estado, más innecesaria es la potestad; y cuando la autoritas desaparece el poder se sitúa como único elemento de regulación de las relaciones humanas; lo que puede llevar a deriva en violencia, violencia organizada, y finalmente en tiranía.

b) La ley

El segundo elemento es la ley. La ley, el Derecho, es un descubrimiento romano. Normas, leyes, principios jurídicos había desde los tiempos más remotos del mundo antiguo. Sin embargo el Derecho, como tal elemento de regulación de la vida social, es un concepto propio del mundo romano. La ley es la manifestación más evidente de la autoridad. En la conciencia europea la ley es fundamentalmente la costumbre, y al consolidarse ésta se identifica al poder, a la potestad legislativa de los reyes, quienes, además, ejercen esta autoridad, esta capacidad legislativa, no de forma independiente y aislada sino que a partir del siglo XII la ejercen colectivamente, conjuntamente, con las asambleas estamentarias que en cada país, en cada nación, adquirieron un nombre distinto. En España se llamaron Cortes, en Francia Estados Generales, en Inglaterra Parlamento, Dieta en Alemania. Y este conjunto de relaciones no podían establecer normativas nuevas que fueran en contra de la tradición y la costumbre de los pueblos, sino que sólo podían aclarar, enriquecer, determinar, fijar, la costumbre que hasta entonces había existido. Y los reyes debían someterse a la misma, siendo el sometimiento al Fuero, al Derecho, lo primero que debían hacer. Los navarros, que suelen ser bastante gráficos en sus expresiones, denominan a estos acuerdos de las Cortes «amejoramientos» del Fuero.

Por otro lado, la ley es siempre una norma de rango inferior. La ley es una ley humana, una norma secundaria, positiva, por encima de la cual está siempre el orden de valores morales que los teólogos y luego los grandes juristas de Salamanca llamaron ley divina positiva. Los hombres son conscientes de ese conjunto de normas, de valores, porque están impresos en su corazón, se hallan impresos en su propia naturaleza. De este principio sacaron los pensadores españoles una doctrina que aún hoy día, tergiversada y destruida en sus orígenes, constituye uno de los principios de la europeidad: la «doctrina del derecho natural».

El derecho natural, el derecho divino positivo, es una norma superior a la cual toda ley debe estar sometida, contra la cual no existe contradicción posible. Hay que distinguir claramente entre el derecho natural y lo que después, en el siglo XIX y XX se fueron generando como Declaraciones de Derechos del hombre, las Declaraciones de Derechos del Ciudadano de la Revolución francesa, que son consecuencia de unos procesos revolucionarios, de unas circunstancias políticas coyunturales. Es cierto que aquel derecho natural tuvo su influencia directa en la «Declaración de Derechos Humanos», pero hay sustanciales diferencias. Los Derechos Humanos sólo son el resultado del acuerdo de unos hombres en un momento dado, y por tanto son restrictivos, son excluyentes. En un momento dado se puede dar la circunstancia de que determinados derechos allí reflejados a la vuelta de unas generaciones no fueron tales, se sometan a una votación, se establezca un criterio distinto en virtud del cual hoy la eutanasia es legal, mañana no lo es, o viceversa. Los principios del derecho que Roma entendía como fundamentales, como esenciales, era el derecho a la propiedad, o el derecho a la vida, mientras que el Derecho natural es un conjunto de derechos y también deberes, inmutables, que no están sujetos a ningún acuerdo humano.

c) La virtud de la pobreza

En tercer lugar estaba la virtud de la pobreza. La virtud de la pobreza es uno de los fundamentos más importantes y que explica por qué Europa, durante siglos, fue una de las sociedades más desarrolladas moralmente hablando, aunque con el tiempo la sociedad confundió la opulencia lujosa de unos pocos y la miseria de muchos, y entendió que lo único importante era el acaparamiento de bienes. Pobreza no es carencia de bienes. Pobreza es desprendimiento. En todo caso considerar que los productos materiales, que los bienes que nos rodean no son un fin en sí mismo, sino que son medios para alcanzar fines mucho más altos.

Es un principio vinculado a la humildad. Y cuando pensamos que el rey de Francia vivía a lo largo de la Edad Media peor que un peón de hoy en día, nos fijamos tan solo en esa capacidad de acumular bienes que el hombre de hoy realiza sin valorar la cohesión social, la auténtica solidaridad que la pobreza lleva consigo. Pobreza vinculada al trabajo; trabajo entendido como un bien que debe servir para el sustento, un bien del que sólo deben aprovecharse los que lo necesitan. Es importante señalar el profundo desprecio que la conciencia cristiana medieval tenía hacia el comercio y sobre todo hacia el intercambio de dinero ya que era una forma de enriquecerse sin esfuerzo, y por eso era considerado el préstamo usurario como el mayor de los pecados. ¿Acaso hoy día no vemos cómo los bancos en sus intereses no actúan con prácticas usurarias?

También debemos resaltar cómo durante la Edad Media los impuestos directos estaban limitados en sus dimensiones, y aplicar «coeficientes progresivos» que se entiende como un gran avance del estado del bienestar, se consideraba un gran perjuicio. Se pensaba que hasta cierto límite, el propio consumo, la riqueza generaba posibilidades de bienestar; muchos hombres, al margen de los bienes que podían obtener, podían crear riqueza a través de la inversión de sus propios bienes, de sus propiedades. Destruir ese crecimiento en la riqueza sólo dañaba los intereses generales, afectaba a todos cuantos directa o indirectamente dependían de aquella riqueza. Y por el contrario, se entendía que el Estado, el rey, no podía aumentar los impuestos por sí mismo, tenía necesariamente que pactar con aquellas asambleas su incremento y siempre a cambio de contraprestaciones.

d) La ciencia experimental

La ciencia experimental supuso uno de los elementos fundamentales. El mundo antiguo, el mundo clásico despreciaba la técnica, porque la técnica significaba simplemente el uso de unas artes manuales que entendían que no eran útiles para ellos. La cultura cristiana europea, al restablecer las certeza absoluta de las verdades reveladas a través de la fe, afirmó que la experiencia humana, fruto de la observación, de la actividad experimental, podía desarrollarse libremente. No había contradicción entre la fe y la ciencia experimental. Ésta podría obtener evidencias sujetas, naturalmente, a una permanente provisionalidad, como hoy en día se ha demostrado. Es evidente que aquello que con nuestros medios actuales parece una verdad incuestionable, irrebatible, que nos sirve para abrazar en nuestros conocimiento como un asidero fundamental, al cabo de unos años puede ser modificado gracias a la aparición de nuevos descubrimientos.

Pero con el tiempo la ciencia se hizo dogmática y pretendió dar certezas inalterables perdiendo su propia condición de científica y convirtiéndose en una doctrina. La ciencia debía de ser entendida en la Edad Media como un conocimiento global y sintético, no parcial y analítico. Por eso las ciencias humanas, las que con la ayuda de la experimentación, eran las que podían dar una visión del hombre más general en su conjunto y no de las partes de ese hombre, con un progreso científico y equilibrado que no permitía la distorsión de perder la visión del conjunto.

Este proceso de europeidad dio sus frutos en la plenitud medieval y hubo un avance global que tiene sus reflejos en todos los ámbitos: económico, social y político. Sus consecuencias fueron el crecimiento demográfico, el desarrollo de las Universidades, la formación de las grandes monarquías europeas, en Francia, en Inglaterra, en Castilla o Aragón, que estaban armonizadas bajo un doble poder complementario, que se mantenían en un complejo equilibrio entre lo espiritual y lo temporal, reconociendo la supremacía de dos poderes fundamentales: el Papado y el Sacro Imperio Germánico, que todas las monarquías, de una u otra forma, reconocían como un poder superior. Era el emperador del Imperio Romano-Germánico el único que tenía capacidad para otorgar constituciones, para otorgar normas de rango superior.

Y de pronto se quebraron los ejes sobre los que la europeidad se estaba desarrollando. Hacia 1328, un franciscano, Guillermo de Ockham, se separó abiertamente del Papa y fue a Munich para colaborar con un grupo de gente que defendía la secularización de la sociedad y del estado. Sus discípulos se proclamaron a sí mismos como teólogos modernos y su planteamiento era que la distancia, la separación entre Dios y los hombres era de tal modo insalvable que el hombre no podía realizar obras buenas suficientes y no podía contraer méritos ante Dios más allá del alcance de lo natural, ni podía conocer fuera lo que era la mera experimentación. No existe la rosa. La rosa es sólo un nombre; lo que existen son unas flores de distintos colores a las cuales podemos identificar y que denominamos así.

Fue un terrible salto hacia el antropocentrismo y tuvo una consecuencia general a la que denominamos como crisis del siglo XIV. Y se produjo la gran desesperación: el hambre, la peste, la guerra y el cisma de occidente. La crisis no se superó. A pesar de los intentos de algunos sabios como Erasmo de Rotterdam para detener la corriente que se despeñaba no se pudo impedir que a la larga triunfaran los radicales, los extremistas. Y entre Ockham y Lutero tan solo había un paso.

Lutero afirmó que la voluntad humana no es libre, que la razón induce a error y que el Estado es el que debe dictar la religión a la que sus súbditos deben seguir.

Por su parte Galileo plantea la idea de que la ciencia no consigue evidenciar elementos mutables sino certezas absolutas, más absolutas que la propia fe.

La radicalización se hizo inevitable y como sucede siempre que se formulan posiciones radicales, no hubo diálogo y Europa se enfrentó no a una, sino a dos modernidades bien distintas. España tuvo su opción y se convirtió en paladina defensora del libre albedrío, de la ciencia especulativa, de los derechos humanos naturales y de la contemplación de la sociedad como un cuerpo y no como una suma de individuos.

Y la tragedia para Europa fue que esas dos modernidades ni siquiera pensaron en lograr un entendimiento; emprendieron el sendero de la guerra y estuvieron enfrentadas durante más de un siglo. Y España fue vencida. Y con ella los principios que había defendido lo fueron también. Y en 1648 comienza la ciencia moderna, el Estado moderno y, cómo no, la guerra moderna.

Un Estado omnipotente, un Estado absoluto que dicta a sus súbditos las creencias que deben compartir y la forma en que tienen que hacerlo, es un Estado, por naturaleza, despótico. La norma que se esgrimió fue la de que lo que al príncipe place es ley. Y sobrevino el absolutismo, y a éste sucedió una forma desgastada, una forma laigth que llamamos despotismo ilustrado que proponía confiar la felicidad de los súbditos a la omnipotencia omnisciente de los soberanos, a la generosidad de los soberanos. Cuando sobrevinieron las revoluciones no se pensó en cambiar ese despotismo sino tan solo en ponerlo en otras manos. El cuerpo político, o como quiera que se fuera llamando a la oligarquía de los que gobiernan, se mantuvo en sus principios teóricos, cambiando tan solo las personas.

Pero un estado despótico tanto si se encuentra en manos de un gobierno unipersonal, de una oligarquía, de una república o de una asamblea política, tiende a crecer arrebatando a los ciudadanos parcelas cada vez más crecientes de su capacidad de acción. Y uno de los más graves fue el desmesurado crecimiento del Estado a través de un instrumento que se denomina Administración.

Este fenómeno se percibe muy claramente en el propio sistema político: cuando un partido, con elecciones o sin ellas, se convierte en el detentador de la potestad, inevitablemente desencadena el totalitarismo. Esto no hace más que revelar el hecho de que todos los estados son por sí mismos totalitarios, aunque por la debilidad de sus circunstancias políticas, de los que gobiernan, de las oligarquías, no puedan ejercerlo de una forma totalitaria y absoluta.

Y evidentemente no hubo paz, sino guerras. Cada una de las generaciones ha tenido que vivir una de estas terribles «experiencias» europeas. Y tampoco se alcanzó la anhelada felicidad, porque el disfrute de los bienes materiales por sí mismo no logra producirlo, y el individualismo exagerado tiende a provocar tensiones sociales entre los que tienen mucho y los que carecen de casi todo. A pesar de las advertencias que se hicieron precisamente por los más sabios, se puso la confianza únicamente en la ciencia experimental y en la técnica. Y muy pronto las ciencias humanas se vieron desconocidas y desposeídas de esta condición y se sintieron relegadas a un ámbito inferior del conocimiento.

Los fracasos se sucedieron y tuvieron forma de revoluciones y de guerras, fracasos como las jornadas revolucionarias de Francia, el terror jacobino, la Convención thermidoriana, la dictadura de Napoleón, las guerras con miles de víctimas. Y hubo quien tuvo la idea de crear unos sistemas salvíficos a los que se llamó ideología, sistemas cerrados que tomaron la forma de la religión, tomaron aquellos principios doctrinarios, religiosos, dogmáticos. Todas y cada una de ellas se presentaron como la solución absoluta a todos los problemas: crearían una sociedad nueva para una Europa nueva, ajena al pasado y fuera de la cual no había esperanza. Eran las grandes utopías, que en general dieron como consecuencia nuevos enfrentamientos aún más violentos y dramáticos que los anteriores.

Primero fue el positivismo con su mezcla de liberalismo y capitalismo por boca del marqués de Condorcet o de Augusto Comte. Se basaban en que la ciencia era capaz de resolverlo todo, pues cuanto más sabios fuéramos más ricos podríamos ser, cuanto más ricos fuéramos más felices llegaríamos a ser. Y la ausencia de Dios y la ausencia de esperanza nos obligaría a preservar el bien más preciado: nuestra vida. La consecuencia fue el desarrollo del capitalismo formando sociedades hedonistas dedicadas al consumo y enzarzadas en una lucha permanente por el poder. Esta doctrina, al cerrar el camino a cualquier tipo de cambio y de perfeccionamiento, nos llevaba a aquel lema del infierno de Dante: Abandona toda esperanza.

Después fue Marx quién pretendió reducir la Historia a una sola ley, a una norma, a un principio general: la lucha de clases. Quiso establecer como único reflejo de las relaciones humanas, las relaciones económicas: el odio es el único motor del progreso, la no existencia de Dios es un hecho demostrable. Y luego prometió un paraíso en la tierra del que las poblaciones, con el tiempo, huirían saltando alambradas o tirándose por las ventanas, como hasta hace poco hemos conocido de forma clara.

Luego fue el nacionalismo. Stein convirtió un sentimiento en una ideología. Y al mezclarse con el liberalismo o con el socialismo se convirtió en un motor de revoluciones y destrucción en los siglos XIX y XX. Y el problema que se planteaba era confeccionar una nación.

Para los hombres de la Edad Media el concepto de nación se refería simplemente al nacimiento, a la naturaleza de donde se procedía. En naciones se organizaban las Universidades. Para el nacionalismo del siglo XIX, una nación era un pueblo, una lengua, una cultura; y otros con el tiempo añadieron una raza. Chamberlein defendió que cada nación y el estado que la representa son producto de una raza. Pero si la raza es un motivo de distinción, ha de poder ser cualificada y por tanto habrá razas superiores y razas inferiores. Así llegamos a la doctrina de Spengler. Cuando después de un lento proceso de más de medio siglo se unieron nacionalismo, racismo y socialismo, surgió una de las formas más depuradas del totalitarismo y Europa fue destruida por una guerra cruel.

Pero la Europa de después de la guerra no volvió a recuperar los viejos principios que habían dado esa esencia de la europeidad en la Edad Media, sino que por el contrario trató de hacer una huída hacia delante y creó algo que denominó «estado del bienestar», una mezcla de socialismo descafeinado y capitalismo controlado por el estado, una especie de sociedad colectiva con un Estado tutor asfixiante, sometida la sociedad a una minoría de edad permanente. En su afán de intervención y control el estado acababa estrangulando y agotando las bases económicas y su fin primordial, la redistribución de la riqueza, acababa siendo la redistribución de la pobreza, de las deudas o de las ruinas.

El siglo XX ha proporcionado a Europa algo más que simples decepciones: violencia, muerte y destrucción forman un balance terrible. Ahora que las ideologías están en crisis, es hora de abandonar las utopías y hacer un acto de reflexión profunda. Tenemos que saber qué nos ha pasado, pues sólo de nuestras experiencias históricas podemos extraer soluciones para el porvenir de las nuevas generaciones del siglo XXI.

Sería bueno volver la mirada al pasado y recordar todo cuanto constituye el patrimonio de Europa. No se trata de que nos guste esa herencia sino sólo de identificarla, de reconocerla, de sentirla como propia para evitar ese vacío, para evitar la renuncia a la identidad. Pero no hay nada irremediable; el crecimiento y la decadencia de las sociedades no son hechos biológicos inexorables. Porque a diferencia de lo que planteaba Fucujama no existe una meta para la historia, no existe un fin de la historia, existe un progreso a través de las culturas que pueden mantenerse siempre y cuando exista una cierta tensión en la moral creadora. Cuando esta moral falta y el deber se sustituye por reclamación de derechos, y la generosidad por el egoísmo, la inversión de valores desencadena la decadencia.

Buscar las raíces de Europa en aquellos principios que establecieron los hombres de la Edad Media sería sin duda la base por la cual habría que empezar para invertir los valores, para iniciar nuevamente el retorno a aquello que decía Ortega: «progresar no es tener más, sino ser más, crecer en el ser más que en el poseer». Y ese ser es el perfeccionamiento de la dignidad de la naturaleza humana.


 
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