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Altar Mayor - Nº 85 (23)
Lunes, 31 marzo a las 18:53:14

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

LIBROS Y REVISTAS

 

LA TRIBU ATRIBULADA
Espasa/Hoy 2002 - Jon Juaristi

Jon Juaristi, tras demostrar cumplidamente en cuatro libros anteriores su amplísimo conocimiento del nacionalismo vasco y mitologías análogas, escribe un descargo de conciencia en forma de carta a su padre nacionalista. En ella le explica su alejamiento de las ideas que éste le inculcó, y que le llevaron en su adolescencia a una militancia en la primera Eta. Ideario nacionalista del que le apartó su propio progreso cultural, y cuyo rechazo ha acabado por apartarle de su tierra natal y de una cultura que sigue interesándole, aunque abomina de la utilización de ella que hacen los nacionalistas.

A lo largo del libro, Juaristi denuncia la fragilidad romántica de las ideas nacionalistas, creación siempre de la especie humana que él bautiza a afortunadamente como los «semicultos». Son las personas que son capaces de exponer con brillantez efectista ensoñaciones y creaciones literarias que pasan a aparentar producción científica histórica. Con ese entramado se ha construido todo el tinglado ideológico nacionalista. El resultado es una alienación de la sociedad, que se cierra en sí misma, procurando la destrucción de toda otra cultura que amenace su tinglado. Al servicio de esa alienación surgen lamentables dirigentes políticos, de los que Juaristi se burla con excelente afán combativo, llegando a hacerle añorar en parte el franquismo, cuando, en contraposición al alcalde actual de Maruri, dice que entonces Había alcaldes fachas, lo que podía resultar molesto, pero los tontos del pueblo no llegaban ni a concejales.

Ese talante combativo, que le hace abominar de lo que acertadamente califica como la herejía cristiana del pacifismo, le lleva a describir alegremente el zipizape de su conferencia ante jóvenes nacionalistas catalanes, en la encerrona en la Universidad de Barcelona el año 99, y nombrar a Ana Sagasti y al «Guardaovejas» al referirse al portavoz y Presidente del PNV, respectivamente. Pero, sobre todo, le hace irritarse con la preocupación por «no provocar» de sus teóricos correligionarios, en la pasada manifestación del 19 de septiembre en San Sebastián, en la que hubo dos ikurriñas y ninguna bandera española. Como él dice, «tras ella me percaté que la mayoría de mis amigos creían estar luchando aún contra el franquismo». La falta de vitalidad nacional española en ese tipo de manifestaciones anti ETA le hace desesperar del triunfo rápido de esa actitud. Como él mismo respondió a su compañero Mario Onaindía, que le preguntaba si estaba satisfecho después de la manifestación: Nuestros padres mintieron, nosotros mentimos (ahora) y, a este paso, nuestros hijos continuarán mintiendo.

Cumplidamente, el epílogo, que transcribo en cursiva (con comentarios míos en normal, entre paréntesis) está titulado como «Adiós a todo eso» y dice:

La Tribu ha vuelto a hacer trampa. «Se obedece, pero no se cumple».

Solo que ahora, ni se obedece ni se cumple, solamente se amenaza.

Así dice Ibarreche: «El futuro nos pertenece».

Tomorrow belongs.
Tomorrow belongs.
Tomorrow belongs.
To me

(Estribillo de la magnífica y espeluznante canción nazi de la película «Cabaret»).

No se lo pondremos fácil.

Pero no volveré, Aita.

Bolo Bolón (su hijo) se merece otra cosa. No puedo permitir que crezca a merced de la Tribu Paranoica.

Cuídate. Yo también te quiero

E. Hermana
 

ESPAÑA NO ES DIFERENTE
Tecnos, 2002 - Santiago González-Varas

Con este libro en las manos, inmediatamente nos viene a la memoria ese «Spain is diffetent» con el que en tiempos del Fraga Iribarne ministro de Información y Turismo (porque los tiempos de Fraga parecen haber comenzado casi en el Génesis y amenazan con prolongarse hasta el Apocalipsis) se catapultó la industria turística española. Aquel eslogan aparentaba dar la razón a aquellas mentes carpetovetónicas que ansiaban una España cerrada al mundo, cuando en realidad intentó con fortuna rasgar el negro velo que nos ocultaba y a la vez incrementar nuestras arcas con ansiadas divisas. Semejante es el juego verbal que González-Varas nos propone con este título, España no es diferente. Mentes ahormadas según los clichés impuestos por el pensamiento único sobre el tema de España o el tema de Europa (a la postre, el mismo tema) creerán hallarse ante un nuevo dictado apologético sobre la integración española en Europa. Y, efectivamente, ese es el asunto de esta obra, mas para nada sigue el discurso habitual, sino que lo remonta contracorriente para señalar la contradicción intrínseca entre los supuestos propósitos de europerizar España y la real política disgregadora de los nacionalismos periféricos.

Tras un muy interesante repaso a la literatura sobre la diferencia de España, aborda el autor la paradoja constitucional de las «nacionalidades y regiones», la cuestión de los nacionalismos regionales, desde una perspectiva cultural. No en vano el nacionalismo catalán tiene su origen en la Renaixença, lo que ha sido modelo para otros; en cuanto al nacionalismo vasco, su pretendido antropologismo quiere hallar confirmación en la lengua, una manifestación cultural, en definitiva. Es desde esta posición donde comienza González-Varas a dar aldabonazos para sacudir conciencias, pues viene a demostrar que junto a las Españas existen en Europa otras naciones que también cuentan con la diversidad regional entre sus características; es más: «en todos los Estados europeos, en realidad, está presente la diferencia interregional, aunque cada cual se la atribuya a sí mismo y la niegue a los demás» (p. 66).

Desde este punto, el discurso se manifiesta claramente contrario a la corrección política, lo que a González-Varas no le preocupa en exceso. Un repaso a la historia de regiones como Escocia, Gales, Bretaña, Córcega, Alsacia o Cerdeña confirma su mayor entidad frente a la de «nacionalidades» como Cataluña o el mal llamado País Vasco, regiones aquellas que en cambio carecen de la autonomía administrativa (no digamos política) de que gozan las españolas. Con especial detenimiento se analiza en las páginas de este libro el mito de la pluralidad lingüística, cuya «normalización» (sic) pretende grabar a fuego la diferenciación regional. La casuística analizada es compleja, pero muy ilustrativa del problema generado por las prácticas administrativas de las Comunidades Autónomas, cuyo propósito no es otro que la erradicación del castellano. El ordenamiento jurídico-político español viene a establecer una suerte de cooficialidad lingüística sobre la base del deber de todo español de conocer el castellano y el derecho a usarlo. Sin embargo, en el ámbito lingüístico concurren las competencias del Estado y las Comunidades Autónomas. La confusión al respecto es tal que, por ejemplo, no son pocos los casos de posible indefensión originada por motivos lingüísticos durante un proceso judicial; problemática a la que debe sumarse la ralentización causada por la forzada traducción de voluminosos rollos judiciales. El establecimiento de méritos extraordinarios basados en el conocimiento de lenguas cooficiales podría, a juicio del autor, no ser del todo compatible con la libre circulación de trabajadores que reconoce el Derecho comunitario europeo, máxime cuando en la práctica se han detectado numerosos casos de desproporción entre los méritos lingüísticos y los méritos técnicos para el desempeño de funciones en la administración pública.

Esta babelización de la vida pública española (y aún de la privada, si atendemos a la problemática suscitada en los ámbitos docentes) es consecuencia de una desmedida respuesta a una peculiaridad que en absoluto es exclusivamente española. La diversidad lingüística es un fenómeno común en los Estados europeos. Así, prácticamente en cada Land germano coexiste el alemán con otra u otras lenguas, muchas de las cuales no comparten origen: bávaro, franco, sajón... Otro tanto puede decirse en otros Estados, como Gran Bretaña (donde el inglés convive con el galés y el gaélico), Francia (que cuenta, además del vasco, con el alsaciano, el bretón, el corso o el occitano, amén lógicamente del francés) o Italia (donde han pervivido algunas lenguas retorrománicas). Sin embargo, en ninguno de estos Estados cuentan tales lenguas con el status de cooficialidad existente en España para otras lenguas regionales. Incluso se da la paradoja de que una misma lengua, el vasco, cuenta con amplias prerrogativas en España mientras que es institucionalmente ignorada en Francia, siendo ambos Estados igualmente miembros de la Unión Europea. La interpretación misma de la «Carta europea de las lenguas regionales o minoritarias» es sumamente dispar, pues mientras en unos Estados se emplea esta Carta para favorecer el monopolio de la lengua más representativa (la lengua nacional por excelencia), cabe interpretarse como instrumento de protección de las lenguas nacionales ocultas bajo el dominio de la lengua unificadora y oficial, lectura que de ella se hace en determinadas Comunidades Autónomas españolas. Ocurre, sin embargo, que tal interpretación podría volverse en contra de los nacionalistas, pues sus abusivas prácticas de «normalización» podrían llevar a la necesidad de proteger el español de la presión dominadora de las lenguas catalana o vasca, pongamos por caso; es decir, podrían exigirse prácticas de normalización de la lengua española para que recupere igual condición a la que cuentan lenguas como el inglés, el francés, el alemán o el italiano.

Pese a que la progresía española equipara europeización con regionalización, lo cierto es que la convergencia de los diferentes Estados integrantes de la Unión Europea plantea claramente la necesidad de establecer espacios de comunicación lo más amplios posibles, requisito incompatible con la diversidad lingüística. Mientras en el resto de Europa se ha caminado en este sentido reduciendo el uso de las lenguas regionales al ámbito privado, no institucional (sin que esto signifique merma alguna de la riqueza cultural que su existencia significa), en España se ha seguido la vía de la diferenciación. Y es que España no es diferente a Europa, pero es que Europa no es como nos la pintan.

Este libro de González-Varas, que tan amplia reseña ha merecido, cuenta con otros valores, a la par que con una última parte a nuestro juicio sobrante. Entre aquellos, el enriquecedor prólogo de Gustavo Bueno, que puntualiza la lectura que de su idea de Imperio hace el autor, idea sumamente sugestiva que merecería por sí misma alguna reflexión.

Rafael Ibáñez Hernández
 

SUCESIVOS ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO
Ed. Ältera 2002 - Nicolás Gómez Dávila

Se trata de un libro ya advertido por Aquilino Duque en El Risco de la Nava, que se edita en España por primera vez, diez años después de su aparición en Colombia. Es un libro anómalo, consistente en 1.200 pensamientos cortos, sin más hilazón entre sí que la propia mente del autor. El autor, colombiano impedido desde la juventud, murió a los ochenta años, tras haber acumulado una cultura asombrosa, de la que estos pensamientos son cumplida muestra. En ellos expone su acendrado cristianismo («Basta negar la Divinidad de Cristo para convertir el Cristianismo en cabeza de todos los errores modernos», «Lo que aleja de Dios no es el pecado, sino el empeño en disculparlo», «Lo que importa en el cristianismo es su verdad, no los servicios que pueda prestar al mundo profano», «Cristiana no es la sociedad donde nadie peca, sino donde muchos se arrepienten»). Y su actitud aristocrática, que no duda en autocalificar orgullosamente como reaccionaria, ante los problemas de la vida humana. Algunas de las ideas expuestas pueden ser discutidas como muestra de la añoranza por tiempos pasados, pero ninguna puede ser calificada como bajeza intelectual («Las clases altas son el sitio por donde la sociedad respira», «La relación entre amo y servidor, cuando es cordial, es una de las relaciones humanas más decentes», «La civilización perdura en un país mientras le quedan huellas de costumbres aristocráticas», «Hay una deslealtad noble; la del plebeyo con la plebe», «La plebe siempre pierde. Los Jefes de la plebe siempre ganan», «Hay algo definitivamente vil en el que no admite sino iguales, en el que no busca afanosamente superiores»). Otro grupo de pensamientos refleja su desdén por los avances tecnológicos o económicos, y una clara definición «política» («La izquierda no siempre asesina, pero siempre miente», «La prensa de izquierdas le fabrica a ésta los grandes hombres que la Naturaleza y la Historia no le fabrican», «El que reclama igualdad de oportunidades acaba exigiendo que se penalice al más dotado»).

Pero el lector de este medio disfrutará leyendo todos ellos, deleitándose en el nivel mental del autor («Entre saber una cosa y entenderla hay una diferencia que muchas veces no nota el que sabe», «Pocas ideas no palidecen ante una mirada fija», «Lo que distingue al hombre culto del inculto es su manera de ignorar», «Lo incomprensible aumenta con el crecimiento de la inteligencia»). En muy contados casos notará un sentimiento de oposición frontal a lo leído, y en la mayor parte de ellos sentirá la satisfacción de conectar con otra persona capaz de expresar inteligentemente lo mejor de nuestra cultura. Al fin y al cabo, como él dice, «No hay libro adecuadamente leído sino por quien pertenece a su familia natural».

El libro pertenece a la Biblioteca de títulos seleccionados Alvaro Mutis. Y del talante del editor da cuenta el texto final: «El 29 de mayo de 2002, 549º aniversario de la caída del Imperio Bizantino, se acabó de imprimir este libro en... Laus Deo».

E. Hermana
 

MANO EN CANDELA
Edit. Pretextos, 2002 - Aquilino Duque

En su –por ahora- último libro de memorias titulado, con garbo literario andaluz, Mano en Candela, relata Aquilino Duque sus intentos para colocar a un intelectual centroeuropeo, Fedor Ganz, muy conocido en los ambientes políticos y literarios europeos y américanos de casi los sesenta penúltimos años del siglo XX.

Trabajó junto a grandes personajes de la Internacional más políticamente internacional –Togliatti, Álvarez del Vayo, Wenceslao Roces-, con Malraux y con grandes figuras de la literatura de vanguardia; él era, además, poeta notable, aunque maudit.

Le fueron mal las cosas y acudió en solicitud de ayuda a Aquilino Duque -el escritor español más y mejor conocedor de la intelectualidad errante protagonista de aquellos años y el que con impar y valerosa desenvoltura se atreve a retratarla-. Solicitaba Fedor Ganz una colocación en Andalucía porque temía morir de frío -estaba enfermo- en Hamburgo.

Aquilino Duque lo recomendó a un amigo de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

«Le dije que hablaba a la perfección cinco o seis lenguas; que había sido funcionario de la Unesco; que tenía publicados varios libros de versos y un ensayo político; que sobre él habían escrito Breton, Supervielle, la Mistral, Soupault y Roger Caillois».

Era una presentación excelente pero Duque sospechó que no lo estaba resultando tanto como para convencer a su amigo de la Junta, y consideró imprescindible sumar al curriculum méritos tales como: «es enano, jorobado, apátrida, marxista, judío…». No bastaba y añadió: «y homosexual… Y estuvo en las Brigadas Internacionales».

Lejos quedan aquellos méritos antiguos: «hombre puntual, respetuoso, de moral intachable, leal…». Así se hacían las cartas de recomendación. Triste, lamentable ejemplo de falta de compromiso, de respeto al derecho humano a ser auténtico: libre.

Felizmente vivimos otros tiempos.

Ángel Palomino
 

FRANCISCO FRANCO: ANATOMÍA DE UN MITO
Plaza-Janés, 1998 - Eduardo Chamorro

Un libro extraño, pues parece escrito por dos personas diferentes, o por una persona esquizofrénica. En sus primeras tres cuartas partes expone la situación española hasta el Alzamiento. En la última cuarta parte su opinión acerca de la jefatura de Franco, hasta su muerte.

La primera puede ser calificada como lúcida. O anormalmente lúcida, para los tiempos que corren. Pues expone con sencillez y claridad el deplorable estado de España y de toda su clase política hasta la Guerra Civil. Y la reticencia de Franco a meterse en aventuras conspiratorias que desdeñaba hasta el último momento, cuando se vio forzado a actuar. El autor expone elogiosamente la carta a Casares Quiroga, del 23 de junio, que considera como prueba de la sinceridad de Franco y su lucidez respecto a la gravedad y extensión de lo que se avecinaba. En esa primera parte, Franco es considerado como un modelo de sensatez, escepticismo respecto a grandes declaraciones, y de rectitud de comportamiento.

Abundan las manifestaciones acerca del desastre que fue el experimento republicano, exponiendo que La República «fue obra de unos intelectuales esclarecidos y melancólicos que, incapaces de acrecentar, primero, y de conservar, después, la base social que les sustentaba, tampoco supieron sujetar las fuerzas que acabarían por descoyuntar todo su esfuerzo [...] ninguna de las fuerzas parlamentarias afrontó seriamente la reforma agraria, mientras en el campo la gente no dejó de morir de hambre en espectaculares e inútiles arrebatos de vertiginosa tragedia [...] No hubo mejor acierto en la reforma militar ni en la definición de las relaciones institucionales entre el Estado y la Iglesia». Y ese era el Régimen heredero de una Monarquía que había llegado a emplear en el Ejército el 50% del Presupuesto Nacional, mostrando su impotencia en una Guerra de África que, tras quince años de esfuerzos fútiles y vergonzosos, se zanjó en dos o tres meses.

Toda esa lucidez y serenidad anterior se desbarata en la última cuarta parte. A partir del Alzamiento, el militar sereno y eficaz dejó de existir, según el autor, para cultivar implacablemente su mito de salvador de la Patria: El autor parece hacerse desmelenado y haberse dejado llevar por su odio. Como si, al cabo de un trabajo inicial fecundo, hubiese recordado el título de la obra que le habían contratado. Sólo así se explica párrafos complejísimos, difíciles de leer, y confusiones tales como confundir el águila de San Juan con «el águila imperial española». O afirmar que Franco llegaba a disparar 6.000 cartuchos en una cacería, o perseguir con metralleta a reses heridas, o juzgar que «La ignorancia de Franco en cuanto concerniera a la teoría política hacía que su astucia natural e instinto político se vieran libres de obstáculos teóricos, prejuicios intelectuales y escrúpulos morales». No merece la pena exponer más de esa parte.

El libro se complementa con la opinión de una treintena de españoles, de varias profesiones y tendencias, extraída de diversas fuentes. Todas ellas tienen valor, pero quizás convenga traer a esta reseña dos. La primera, de Teresa Pamiés, miembro de la Ejecutiva del PSUC, y esposa de su presidente, López Raimundo, es: «Miedo le tuvo todo el mundo, incluso quienes se enriquecieron adulándole. Sólo entre las capas más humildes –y por consiguiente más atrasadas y más nobles– se le quiso de una manera simplista, primitiva, mesiánica». Que, indudablemente es un reconocimiento renuente e insultante, aunque parcial, de una realidad.

La otra es la opinión del Padre Bulart, su confesor durante cuarenta años. «Quizás era frío, como han dicho algunos, pero nunca lo aparentó. En realidad, nunca aparentó nada». El confesor durante cuarenta años no se enteró nunca, por lo que se ve. Porque su confesante se lo ocultó taimadamente. En realidad, montó la ficción del mito salvador y procuró aparentarlo siempre. Lo sabe el autor.

E. Hermana
 

HITLER Y EL HOLOCAUSTO
Mondadori, 2002. Colección: Breve Historia Universal. - Robert S. Wistrich

Cuando un autor se limita a despachar una ensalada de adjetivos manidos y opiniones trilladas, uno puede llegar a intuir fácilmente la clase de plato que se dispone a engullir. Este es el caso de Hitler y el Holocausto, obra en la que Robert S. Wistrich se limita a revolver con escaso acierto y originalidad ideas, opiniones y conceptos que conforman un panfleto aparentemente destinado al consumo interno israelí.

Este profesor de Historia en la Universidad de Jerusalén ahonda la tendencia que está cobrando vigor en los últimos años de repartir culpas por el Holocausto, y no tiene reparos en mostrar un desmedido victimismo por las persecuciones que ha sufrido el pueblo judío en Europa a lo largo de los siglos. Por una parte, asegura que el pueblo judío vivió en Europa largos períodos de integración y paz sólo rotos por la política exterminadora puesta en práctica en Alemania durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, entra en una flagrante contradicción al repartir culpas recordando cómo, dónde, por quiénes y por qué fueron perseguidos casi continuamente desde el Medievo. De este modo, uno por uno van desfilando como culpables casi todos los países europeos, sus ejércitos, gobernantes y las propias ciudadanías que, en el mejor de los casos, se limitaron a mirar hacia otra parte cuando tuvieron lugar las numerosas persecuciones. Obviamente, este esquema se repite en el análisis que hace del Holocausto, ya que el autor considera que tanto el ejército, con todos sus integrantes; como la dirigencia alemana, con todos sus cargos; y la propia ciudadanía, perpetraron de un modo u otro, pero con claras responsabilidades, el intento de exterminio del pueblo judío.

Sorprende la virulencia de esta obra sesenta años después de acontecidos los hechos y sorprende igualmente ese victimismo exacerbado que se palpa en cada una de sus páginas, si bien se le puede encontrar una explicación muy subjetiva como documento de consumo interno, y cierta lógica como autojustificación por las múltiples atrocidades que los que en su día fueron víctimas infringen actualmente, un día sí y otro también, al mundo árabe, principalmente al pueblo palestino.

Quizá lo más destacado sea la conclusión final del autor al considerar que el Holocausto no fue más que una versión moderna de la guerra santa cristiana contra otras confesiones, concretamente contra el judaísmo. De este modo Wistrich acentúa el sempiterno victimismo judío sentando en el banco de los acusados a la mayoría de las naciones europeas con sus dirigentes y ciudadanos, y apunta directamente a la Iglesia como culpable directo de buena parte de cuanto le ha ocurrido al pueblo judío a lo largo de los siglos, principalmente durante la II Guerra Mundial.
 

RECONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA: LA HORA DE LOS LAICOS
Gijón, 2002 - G. Lorenzo Salas

Nadie ignora que el Vaticano II, al moldear una visión de Iglesia acorde con los signos de los tiempos, se aferró al concepto de «pueblo de Dios», invitando a una desclericalización de la comunidad eclesial. El enfoque del concilio fue asumido por distintos documentos magisteriales en los que -al menos de manera convencional- se apostaba por un encuadre comunitario capaz de poner fin a la época del clericalismo. Sin embargo, basta abrir los ojos para constatar que hoy la comunidad eclesial sigue liderada por su estamento jerárquico, de forma que la injerencia de los laicos es tan tímida que casi siempre se reduce a testimonial. El autor clama por una Iglesia pluralista, donde todos(as) tengan derecho, no sólo a hablar, sino a compartir las decisiones que de algún modo afectan al colectivo. Ve con no disimulada tristeza que tal objetivo, aunque proclamado sin ambages por el último concilio, sigue siendo hoy una atractiva quimera, válida para maquillar proyectos pero con escasa incidencia en la vida. Arrancando del mensaje y la praxis de Jesús, postula el autor un revisionismo eclesial donde, situándose allende los tópicos, se incorpore a los laicos en la dinámica eclesial. Sólo así podrá recuperarse el reto que lanzara Jesús al proclamar su mensaje. Urge, en verdad, desclericalizar nuestra comunidad si se quieren activar sus resortes de vida, cuya esclerotización clama a gritos por un reciclaje radical. Libro para ser leído sin prejuicios. Sólo haciéndolo, se valorará el coraje del autor y sus ansias de recuperar los valores evangélicos.

A. Salas
 

NIEVE ROJA
Oberon, 2002 - Fernando y Miguel Ángel Garrido Polonio

Los autores, dos personas que a lo largo del libro no consideran conveniente hablar de su profesión y recursos, prometieron, en 1972, con doce y trece años, a su abuela agonizante, que repatriarían los restos de su tío Mariano, sitos en algún lugar desconocido de Rusia. Su tío materno se había alistado como voluntario para la primera oleada de la División Azul mientras cumplía el servicio militar en 1941 en Barcelona. En mayo de 1942 el capellán y el comandante del batallón comunicaron a los padres su muerte en el frente de Novgorod. Los padres le guardaron luto permanente en su pueblo toledano de Domingo Pérez, haciendo sentir su recuerdo en su familia, hasta tal punto que sus sobrinos, nacidos veinte años después, se sintieron obligados a dar esa satisfacción a su abuela, en su lecho de muerte. No eran políticos (su abuelo paterno había sido fusilado por los nacionales).

El libro es un relato del admirable tesón puesto para cumplir esa promesa, plasmado en innumerables estudios, gestiones, viajes y contactos de todo tipo realizados en la década de los noventa, hasta conseguir enterrar los restos de su tío en el Cementerio Parroquial de su pueblo en octubre de 1998. Es la historia de un amor filial, narrada con suma elegancia en primera persona, encomiada adecuadamente en un prólogo, por otra parte torpe, que es lo único que desmerece del libro. Ese prólogo está escrito por un conocido periodista, Gómez Marín, que no sabe aislarse de la corrección política que impone el mundo actual, al contrario de lo que hacen sus prologados.

A lo largo de una docena de años, los autores encuentran tiempo y fondos para documentarse acerca de la División Azul, desarrollar una labor casi detectivesca para localizar la sepultura olvidada de su tío, realizar diez viajes a Rusia y conseguir volver con sus restos, de forma semiclandestina, en 1998. En el libro se recoge diversas historias personales de divisionarios, siempre plenas de humanidad, y se expone las ayudas inesperadas y las resistencias, igualmente inesperables, que tuvieron durante sus gestiones.

El Ministerio de Defensa, bajo el mando del Sr. Serra, se opuso inicialmente a esas gestiones, pretendiendo imponer su política de agrupar los restos de divisionarios en un sitio aparte de un cementerio alemán en Pankovska, sin traerlos a España. Para ello encargo las acciones pertinentes a una empresa alemana, la Volksbund, a la que pagó 37 millones de pesetas entre 1996 y 1998 por ello, y 616.000 pesetas anuales desde entonces por el mantenimiento del cementerio, en terrenos cedidos gratuitamente por Rusia. Esa empresa procuró obstaculizar, con un talante típico de las peores caricaturas alemanas, todas las gestiones realizadas por los familiares españoles que pretendían evitar que los restos de sus familiares quedasen en una tumba común, en la que la empresa alemana pretendía agrupar restos de sepulturas individuales, identificadas y recuperadas en muchos casos por los propios familiares. Esa posición oficial obedecía al propósito de olvidar unos caídos en circunstancias no gratas de recordar para el gobierno español de entonces. Tal indecente política condujo a que los restos de su tío Mariano hubiesen de ser repatriados de contrabando, y que se negase honores militares en su entierro en 1998. La acción de los autores del libro, sin embargo, había alcanzado tal notoriedad que nuevas repatriaciones, en 2001 y 2002, han tenido honores militares, llegando, incluso, a que Aznar firmase un acuerdo con Putin, en mayo de 2001, para «la exhumación de todos los muertos españoles de la División Azul».

La oposición oficial, en la que sorprendentemente colaboró la Hermandad de la División Azul, pese a la cooperación entusiasta de muchos de sus hermanados, contrasta con el apoyo generoso de la parte rusa. El libro menciona una asociación rusa, Dolina, formada por voluntarios jóvenes, que están procurando rescatar restos humanos que aún están abandonados en los campos de batalla del frente norte, y que ya han recuperado e identificado más de 25.000 soldados de ambos bandos. Esa Asociación rusa prestó colaboración reiterada a los españoles, y representantes suyos asistieron a los entierros en España. Con ello no hacían sino agradecer el comportamiento de nuestros soldados con los rusos, agradecimiento del que en sus viajes recibieron reiteradas muestras los autores. En diversas ocasiones se encontraron con personas que se desplazaban desde lejos para hablar con ellos, pues al saber que había «spanski» buscando restos de sus deudos, acudían a aportar diversos recuerdos para identificar cementerios olvidados y para expresarles su agradecimiento porque habían conseguido sobrevivir gracias a que los españoles compartían sus raciones de comida con ellos. En cambio, la hostilidad popular a los alemanes se mantiene boicoteando la inauguración de alguno de sus cementerios.

Un libro encomiablemente escrito, que narra un propósito y unas actitudes humanas de consecución del mismo aún más encomiables.

E. Hermana
 

UN DÍA DE GLORIA
Javier González

Es el título de una novela reciente española, con tema histórico, que merece alguna consideración en estas páginas en las que no se suele glosar novelas. Ese merecimiento deriva de diversos aspectos de la misma, que la hacen recomendable. Es amena, está bien escrita, atrapa al lector con las secuencias de la trama, mantiene adecuadamente la intriga hasta el final… Diversos aspectos que la hacen muy recomendable en términos generales. Pero destaca entre sus méritos el que, tratando de la Armada Invencible, trastoca la verdad histórica y hace a España vencedora en aquella Campaña de Inglaterra. Es decir, narra los acontecimientos como no ocurrieron. Ese atrevimiento de ficción histórica la hace particularmente interesante.

El autor, Javier González, se identifica como un profesional destacado del mundo publicitario, y ha escrito con ésta su primera novela, con un ambiente naval histórico, un campo en el que los novelistas españoles se han distanciado sistemáticamente, bloqueados mentalmente por una información simplista de nuestra Historia. Sólo recientemente empiezan a aparecer relatos de ficción ambientados en hechos o contiendas navales, pero en mucha menor cuantía de la que el enorme campo histórico donde espigar pudiera permitir. Los ingleses, que evidentemente tienen un campo aún mayor, lo explotan continuamente con novelas populares de mucha calidad.

La trama basa su desenlace, diferente al que realmente tuvo, en un cambio mínimo de personaje histórico de segunda fila, que no hay por qué desvelar aquí. Ese cambio mínimo justifica adecuadamente el cambio global. Aparte de ese truco, mantiene la técnica moderna habitual de evolución diferenciada de acciones paralelas en diversos ambientes y con diversos personajes, que confluyen y propician el resultado final. Esas acciones tiene una verosimilitud totalmente asumible. Los personajes principales son históricos y los protagonistas secundarios pertenecen, claro está, a la esfera de la ficción. Todos ellos tienen el interés indicado al principio, y no hay por qué entrar en detalles de los mismos. La acción, correspondiendo con la realidad estratégica de entonces, es plurinacional en los dos bandos.

Un primer interés de la novela, y no el menor, es que haya sido escrita en la España actual, donde se impone preferentemente la autoflagelación histórica. El autor, que no es un consagrado, demuestra calidad, pero también un marcado interés en un episodio crucial de nuestra historia. Y una alegría encomiable en narrar lo que él considera que bien podría haber ocurrido, en vez de lo que ocurrió. Esa alegría, convenientemente arropada por la calidad literaria, hace recomendable la lectura de esta novela que, por muy escandalosa que parezca en su planteamiento, satisfará a quien empiece a leerla. Porque es seguro que la terminará.

E. Hermana


 
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