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Altar Mayor - Nº 85 (22)
Lunes, 31 marzo a las 18:55:39

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (2)
Por Ignacio Fernández García

3. De la llegada al campamento

Repartidos entre las cabinas y las cajas de los camiones iban los mandos. El primero, segundo y tercero, transportaba la unida de Serafín, el cuarto y quinto la de Carlos y el sexto y séptimo la de José Luis.

Los conductores hablaban de la alegría que les producía transportar a muchachos del Frente de Juventudes. No era «coba», pues raro era el que siendo conductor y padre no hubiese hecho más de un viaje con su hijo en la caja como flecha, y creo no engañarme si aseguro que eran los servicios que más a gusto hacían estos hombres del Parque de la CAT de Madrid, que jamás tuvieron un solo percance y fueron millonarios de la carretera con nosotros.

Las calles, un tanto animadas, aunque temprano, pasaban con prisa acercándonos a la carretera. La capacidad de asombro y entusiasmo se abría entre los madrugadores y parado unos, ladeados mientras andaban otros, veían casi todos con muy buenos ojos la caravana.

Ningún camión debía adelantar al que le precedía, salvo avería de aquél. El tren de marcha seria de 50 Km. hora como máximo. En cabeza el Jefe de la caravana en compañía del Jefe de Campamento. En cola, cerrando marcha, el camión con repuestos y el «Consignero».

Los campos se abrieron expulsando las calles. Las curvas nos decían de la totalidad de los camiones en marcha. ¡Aquél del Guión Negro de la Centuria Alcázar de Toledo, que lo llevan los del último camión! Vamos todos.

-¿Hace mucho que conduce Vd.?

-Antes de la guerra era taxista; por cierto, que me quemaron el coche. Sí, tengo cuarenta y cinco años, luego veinticinco en el volante.

-Son años. Parece que nos hemos despegado. Arrímese a ver si nos siguen.

-Es el del «Coreano» que anda mal de batería, pero ese llega siempre. Más miedo me da el 114, que hace el número cinco en la caravana; ese es menos seguro.

-Pues pare y vamos a esperar.

Los que venían en la caja bajaron aprovechando el alto para echar un tiento al bocadillo que les serviría de comida. ¿Pero a esa edad qué tortilla de patatas ensucia excesivamente el papel?

Llegaron a los quince minutos, y los del camión de cabeza se apresuraron a embarcar, pues creían que si no andaban atentos los adelantarían, lo que no les gustaba nada por aquello de que metidos en carretera, hasta los hombres más sesudos se hacen críos y quieren abrir camino.

Arrancó el camión y empezaron con lo de «para ser conductor de primera...». El que venía en segundo lugar hizo señas por la ventanilla de que podía continuar y no esperamos más.

En la presa de Lozoya contemplamos el embalse y nos acordamos de Madrid y su agua, que hasta mezclada por hábil tabernero se deja beber. A la salida de Buitrago, a la derecha, paramos para que los rezagados cogiesen el cruce, no fueran a continuar. Abríamos llegado a la hora marcada de no haber surgido una avería sin importancia el célebre 114, lo que nos hizo perder una hora de tiempo, que entre otras cosas actuó de verdugo de la comida casera.

En el camión averiado venía el médico; mal comienzo.

La corneta tocó llamada, y pronto todos los camiones cruzaron hacia Villavieja. El pueblo entero salió a la única plaza existente. Las canciones estremecían el aire limpio de la aldea serrana.

«No que son la Falange... Van a hacer agujeros. ¿La guerra tontuela? Buena «ties» la cabeza, eso fue allá cuando eras zagala. Los mozos son recios aunque un poco pálidos y finos vienen». «Pero si no paran...». «Anda, pues esta es buena, siguen por el camino». «Adiós, hasta más ver». !Viva la mocedad!

Los chicos cantaban fuerte y claro y la polvareda que levantaban marcaban su camino en la aventura histórica. Ya eran polvo y aún se les oía. Parecía en su pasar la Patria joven y eterna en sus rumbos sin límites.

-Usted, como más entendido, cuando vea lugar para la maniobra pare, pues el sendero no es adecuado para la carga que llevamos.

-Si señor, aunque vamos casi parados, el camino se las trae.

-Pues por eso lo que resta lo haremos a pie tan pronto puedan ustedes ver la manera de dar la vuelta.

La era lindaba con el camino, y en orden fueron parando los camiones y los camaradas formando en sus Unidades.

Fueron pocos minutos, lo suficiente para dar tiempo a los más despistados a enterarse de que se les olvidaba el morral o la boina y enseguida, con paso largo y pausado, se inició la marcha. El polvo, viejo amigo de todo caminante, se levantaba para mejor verlos.

En menos de cuarenta y cinco minutos se recorrieron los 4 Km. y desde un recodo vimos blanquear nuestra próxima morada. Aún se oyó, por algún tiempo, el ruido clásico de la cantimplora dando en el celta. Pronto, sin entrar en el terreno propio de la acampada, se hizo alto.

Los mandos recorrieron el recinto y fueron presentados por el Jefe de Campamento a Andrés y Romo. A todos les pareció bueno el lugar. El sol pedía a gritos el chambergo.

Los «Caballeros», como más veteranos, atravesaron con sus gritos los lugares; el eco traía de vuelta no se sabe muy bien qué... de San Telmo, abogado contra las tempestades y malos presagios.

Entramos en lo que sería Plaza del Campamento, y se procedió a levantar las Banderas. El «Consignero» gritó del valor diario, anónimo y heroico del que cantaban los viejos reductos aún existentes en la ladera. «Aquella punta -señalaba con su dedo temblón y nervioso- fue trinchera de sed hace muchos años. Esta, con la ayuda de Dios, tiene que ser la acampada que estimule la sed de justicia y grandeza.

El Pater rezó la Oración del Alba y dijo algo de hombres muy santos que lo fueron por amor a sus semejantes y que en eso teníamos que parecernos todos y que él lo intentaría de forma muy especial.

-Aunque vuestro Mando inmediato sabe muy bien cuánto hay que hacer, y no es poco, quiero adelantarme: 1º, cada Escuadra ocupará su tienda sin variarla del emplazamiento que tiene; 2°, en traje de faena llenaréis las colchonetas, sin olvidar que el terreno es inclinado y si las llenáis mucho estaréis más incómodos y podéis rodar; 3º, buscaréis la horizontal en las tiendas poniendo piedras que, a Dios gracias, hay muchas; 4º, procuraréis limpiar sin arrancar la hierba que para nuestra desgracia pronto nos dejara y ésta limpieza se extenderá a todo lo que ensucie no sólo vuestro recinto, sino los de Serafín por su frente y lado izquierdo hasta el torrente, por la espalda hasta la tienda de jefatura y por la derecha hasta la mitad del terreno existente entre su acampada y la de José Luis. Este por su espalda hasta la tapia de la dehesa, por la derecha e izquierda buscará el medio terreno entre las dos acampadas y por el frente hasta la jefatura. Y los de Carlos, igual, pero sin olvidar que a su izquierda está Sanidad, Intendencia y Cocina, lo que le dará más trabajo; 5°, cada acampada hará a trescientos metros, de acuerdo con las instrucciones ya conocidas, sus servicios, teniendo en cuenta que el viento dominante es el Noroeste; 6°, buscaréis la forma de hacer sombrajos para comer; 7º, el agua para riegos, la del torrente, para beber la del cauce que pasa por delante de la casa forestal y sigue por las murallas de la dehesa. Tenéis una hora y media, pues a las dos es hora de baño y a las dos cuarenta y cinco comida. Espero que seáis fuertes como los campos que nos sirven de refugio, y alegres como las amanecidas que nos esperan. Nuestro lema desde hoy será el proverbio de los Tercios viejos: «Por la honra, por la vida y por las dos -honra y vida- por tu Dios».

-La primera Centuria de a uno, a Jefatura y a continuación las dos restantes. -El Jefe de Campamentos Se retiró a su tienda

Una hilera larga trepaba a media loma, creando la senda que al final del turno, sin dejar de ser atajo, Seria caminó real entre la explanada y las tres acampadas.

Ya estaban colocados por el Servicio de Intendencia los mástiles con los guiones. El aspecto era bueno, y en la puerta, con muy poca sombra, se fueron entregando los chambergos, uno por uno, con su única borla. El último fue este que ahora cuelga de la pared y da lugar a tantos recuerdos, solo que tiene dos borlas más.

Se montó el servicio por los «Caballeros». Obligaciones: Las de toda acampada. Especiales: Vigilar en los puestos más dominantes la hora del baño, y en la noche, los fuegos.

Aquel campo minutos antes silencioso y solitario, se hizo bullicioso con nosotros.

-Oye, «Consignero», cuándo soñaste acampada como esta?

-Hombre, yo he hecho algunas, poro creo que esta va a ser de las que hagan época.

-¿Y tú, Reguera, que opinas del sitio?

-Fenomenal, más ruido hará esta acampada que callos han da salirnos.

-La gente parece nueva pero hay pocos nuevos. Mira Gordillo qué buen Jefe será dentro de dos o tres años, y Ricardo qué buena planta tiene y siempre va acompañado.

-Bueno, la Escuadra de Mandos a trabajar. El «Adelantado» y Reguera, traer piedras. El «Consignero» y yo iremos a llenar las colchonetas, incluida la del Pater. ¿Os parece? Pues andando, que hay mucho que hacer.

Del montón de heno que antes parecía una montaña, quedaba muy poco, aunque lo suficiente para llenar nuestras colchonetas. Los acampados no se dormían en el trabajo.

-¿Es buena la acampada o no, «Consignero»?

-Echa paja y ya veremos.

Cuando llegamos a la Jefatura, allá en lo alto, parecía otra, su suelo estaba nivelado, ya que pusieron las piedras por debajo de las rejillas de madera. El Pater se había unido colocando los Crucifijos y los cuadros de Franco y José Antonio. Pusieron una mesa y un botijo con agua clara, casi tan caliente como nuestro sudor. Aquello, con una pequeña muralla de piedra que hicimos entre todos, y un allanamiento delante de la puerta de entrada, daba sensación de tienda que llevase de acampada casi desde los romanos.

Miramos la hora y faltaban veinticinco minutos para el baño, tiempo que se utilizó en observar a distancia a cada uno de los Campamentos parciales. Todos trabajaban bien y añadían a lo encomendado tareas de adorno iniciadas para terminar en días sucesivos. Estaban contentos, y los chambergos les daba un aire mitad caballista, mitad labradores.

El corneta mandó alto y las Unidades fueron distribuidas entre los tramos del torrente. Más alejado, y al lado de la «poza grande», luego llamada de «Pompeya el buceador», los «Caballeros», con 150 m. de cauce, o sea, hasta la poza de las «Losas Verdes»; desde ésta hasta el «Cepo del Tejón», los «Legionarios»; y desde la poza del «Sombrajo», 150 m, aguas abajo, los «Españoles».

Estos trechos con agua fría y clara, pasando el tiempo mudarían su forma de siglos. Presas y contra presas hicieron verdaderas piscinas casi prohibitivas para aquellos que no fueran de la misma Unidad. Toboganes y duchas improvisadas, eran las obras que afanosamente les restaban el tiempo del baño. La necesidad de dejar huellas de su carácter en todo, y más en la naturaleza montaraz, estos jóvenes la sentían como nadie.

Andrés, pegado a la cocina para ser localizado más fácilmente, estaba asombrado. Su campo, tan conocido, aunque él procedía de algo más lejos, ya no era el mismo. Las laderas solitarias antes eran para sus ojos parajes insospechados con chabolas, como él decía, que sí estaban bien, aunque eran más pequeñas que las que usó en la mili. Pero los caminos, los letreros, los buzones, las Banderas... ¿Qué le dirían las Banderas, que tanto las miraba? Y casi se dio un susto cuando nos acercamos a él.

-Andrés, ¿le parece bien que veamos las herramientas?

-Si, señor.

Y fuimos a la parte trasera del edificio forestal, viendo amontonados picos y azadones con brillo en los aceros y mangos de dura madera.

Tomarnos un azadón y le pusimos un mango. Andrés, muy respetuoso, nos hizo ver que habíamos cogido el peor; pero él disimulaba nuestro fallo diciendo que «es que la azada y el pico es muy difícil encajarles bien con manejos nuevos».

-Andrés, ¿ha pensado cómo se las entenderá el primer día de trabajo con tantos muchachos?

-Sí son, pero antes de ser Cabo en Capataces Forestales, como soy hijo de «Cuerpo», pues mi padre que Dios tenga, trabajó en Montes, ya he tenido cuadrillas grandes. Así que he pensado, salvo que Vd. mande otra cosa, que vayan de «ala» como si fueran ojeadores por el terreno más-cercano, el que hay encima de las chabolas aquellas -señaló la acampada de los «Caballeros»-, y allí todos, uno al lado del otro, a seis pasos de distancia...

-¿Habrá sitio para todos, Andrés?

-Pues veremos, ¿no le parece?

-Bueno, veremos.

-Y allí cada uno-para arriba, siempre en la misma dirección y haciendo hoyos, ¿le parece?

-De acuerdo, y en último caso, Andrés, los que no tengan sitio, se ponen en la misma posición por la parte alta y bajan a buscar la misma hilera que los otros que van subiendo. ¿De acuerdo?

-Pues sí, señor.

-¿Y qué dice? Con lo bien que viviría solo, ¿no?

-No señor, la soledad no es buena para nosotros. Yo bajo todos los días a dormir a Villavieja, pues Encarna -la mujer- tiene miedo de estos vericuetos.

-Hombre, en una mujer es natural

-Pues sí, señor, porque la buitreras, que era del Distrito Forestal, una noche se llevó un susto muy grande; cosa del «maquis». Entonces vivíamos en la Casa Forestal, pero yo pedí permiso y ya no hemos vuelto a vivir solos.

-Bueno, Andrés, vamos a ver; después de la siesta podemos repartir todo el material, y así les da tiempo a mojar en el torrente los mangos y ponerles alguna cuña para que estén a punto mañana. ¿Le parece buena hora a la seis de la tarde?

-Meta en faena a Romo, que por cierto, no le he visto hace tiempo.

-Es que fue a la «Cuerda» para ver de mirar los pinos pequeños que con tan poca agua están pasándolo mal, aunque si llueve antes de septiembre, ya no se pierden. Es muy buen operario y nos ayudará mucho, sí señor. Por cierto que le quería preguntar si van a decir misa todos los días.

-Pues sí, allá en el sombrajo grande de abajo.

-¿No importa que vaya, verdad?

-No, Andrés, eso es cosa suya, y puede hacerlo siempre que quiera. Y pasando a otra cosa, tanto Romo como usted, comerán en el Campamento, pues hay que cuidarles, ya que son los técnicos de la acampada.

-Pues muchas gracias. Si no manda nada...

-Adiós, Andrés.

-Y hablando de comer, son las dos y veinticinco. ¡«Adelantado», que el Corneta toque alto y fajina! Nosotros, dentro de cinco minutos en el porche de la Casa Forestal; mientras a ver cómo buscan sombra y se van adaptando cada uno a su acampada.

El Pater, acompañado del «Adelantado» unas veces, otras sólo, caminaba entre las numerosas escuadras de la acampada y bendecía los alimentos. En cuanto le vieron, aguardaron su llegada, aunque la mayoría hacía tiempo que habían bendecido antes de empezar a comer.

En el pequeño porche de la Casa Forestal nos reunimos para comer nuestros bocadillos y como los acampados ya estaban terminando, se acercó Carlos, que era el Jefe que tenía la acampada mas cercana, y al rato Serafín y José Luis. Una vez juntos se dieron las instrucciones necesarias para por la tarde.

-Bueno, repitió Carlos, siesta hasta las cinco de la tarde, de cinco a seis arreglo de acampada, después merienda y revista y a las seis, recogida de herramientas... ¿Está claro?

Serafín habló de que ya habían visto los azadones y los picos y que no dormiría casi nadie, pues aprovecharían la hora de la siesta para descubrir las mil maravillas que un lugar nuevo encierra, pero que desde luego se guardaría silencio, por si alguno quería descansar.

José Luis pidió permiso para aprovechar un poco el tiempo y seguir arreglando el Campamento suyo de las cuatro en adelante, pues lo había tomado muy en serio y su sitio era el que más maleza tenía.

Se insistió en que tenían que intentar reposar, pues habían madrugado mucho. Mientras terminábamos el bocadillo, nos fuimos enterando que los muchachos estaban francamente contentos, y que el sol no era tan duro, porque siempre hacía aire y los chambergos les sentaban estupendamente y hacían de nubes.

Los tres Jefes de Acampada fueron a comunicar a sus unidades lo que quedaba por hacer hasta las seis de la tarde.

Creo que fumamos el primer pitillo tranquilos desde que estábamos en Villavieja, para nosotros «Gibraltar». Desde la Casa Forestal se veía toda la parte sur, incluido el camino de Villavieja hasta el recodo, y algo de la parte este. Pero como no se dominaban los tres Campamentos, subimos hasta la Jefatura, donde el viento movía inquieto los guiones. Estos eran cuatro; al lado de los «vientos delanteros» y tres pasos al frente del primer palo de la tienda, el viejo guión del Distrito Universitario de Madrid, descolorido por su mucho andar por los campos de España.

Sacamos una silla. Al frente nuestro, los guiones de las tres acampadas y los chambergos en las cabezas de los centinelas, marcaban toda la acampada.

El «Adelantado» se fue, pues quería terminar de encalar las piedras que rodeaban la plaza circular, y hacer una escalera en la roca para subir de ésta a la Casa Forestal, ensanchar el regato del agua y limpiarlo de maleza en su parte alta.

Reguera fue a visitar al médico que estaba comprobando el cajón del botiquín y calculando los pros y los contras de la nueva aventura que tenía entre manos.

Nos quedamos solos el «Consignero» y yo, y aunque a aquél le hacía mucha falta dormir, pues tenía tan poca salud como grande el corazón, cuando le dije que se acostase, por poco me tira el palo que le servía de ayuda en sus andares por las trochas al tiempo que me soltaba, entre bromas y veras, «que al igual que en los viejos tercios, él había elegido aquel sitio para sus victorias o pare su tumba».

Creo que lo que más le preocupaba entonces era su facha con el chambergo y los pantalones cortos, descubriendo sus «canillas».

Al rato entró Carlos. Había trepado hasta la tienda y quiso que fuésemos a ver algo que requería nuestra opinión. Le hicimos caso y se puso contento cuando ya en su Campamento vio nuestra sonrisa al descubrir su obra iniciada. Estaba aislando a su alrededor el campo y le dijimos algo de la muralla china. Sólo dejó la portada, auténtico farallón de piedra y tierra que recordaba un poco el arco de triunfo de cualquier emperador. Lo más importante era el espíritu de trabajo, el deseo de superación y la individualidad hecha equipo, conservando carácter sin faltar armonía. Cada uno dio su opinión -nos dijo- y prevaleció la mejor de todas ellas aceptándola todos para representarnos. En lo alto pondríamos un cartel que dijera: «Sitio de los Legionarios».

Nos despedimos y continuamos por media ladera para no perder altura y entrar en el Campamento de Serafín.

Antes de llegar éste salió a recibirnos en comisión con seis camaradas que hacían de «estado mayor» de su centenar, y al lado de unas matas más altas que las demás, nos sentamos para escucharles.

-Hay algunos que han dormido, pero los más, mírales -dijo Serafín- como se superan trabajando. Parece arquitectos nuevos, trazan calles y abren sendas en menos que se reza un Credo.

En su explanada habían hecho un trazado de caminos que ponía en comunicación todas las tiendas con la ocupada por él, y pintado de cal quedaba original, además de práctico.

-Lo que sucede es que tú tienes muchos acampados del ramo de la construcción.

Serafín niega enérgicamente: -No, que te digan éstos.

Y Gordillo explicó que la «Blasco Vilatela» había aportado más de treinta acampados y que todos eran de cuarto año de Magisterio, sin contar con los cinco futuros médicos que tenía en la tercera escuadra, dos estudiantes de farmacia y más de siete abogados en ciernes.

Serafín terció para concluir afirmando que además contaba con dos futuros Seminaristas, gran parte de bachilleres, más los artistas que, «ya sabes», me decía, «la Reyes» les tuvo muy buenos siempre.

-Está bien, y entre, otras cosas, confecciona un estadillo profesional de tus acampados para esta noche.

-Bien -concedió-, a la hora de Retreta lo tendrás.

Hablamos del Campamento de Javier, ya que los reunidos, exceptuando dos, todos habían estado en la célebre concentración nacional.

-¡Buena etapa la de Alsasua!

-¡Oye, y qué bueno el Padre Isalino! Además, como era portugués y venía de Goa, nos trataba casi como a santos.

-Ya decía él que cuando regresase a Portugal hablaría, entre otras cosas, de los Campamentos del Frente de Juventudes.

-¡Anda que el Alto de Yesa, vaya Puerto! Calleja no podía ya ni con los cordones de las botas. Hombre, si estuviera «Reguera», nos diría cuántos se dieron do baja en el dichoso puerto.

Y mientras se charlaba el mundo parecía otra cosa. Qué bien nos entendíamos todos y qué pocas cosas apetecíamos: la manta por las noches, la azada por el día y los menús de Intendencia con la charla del Pater eran más que suficientes para estar tranquilos en nuestra intransigencia.

Antes de marcharnos leímos un letrero grande en el tablón de anuncios que decía: «el hombre ha sido echo para trabajar, como el ave para volar».

-¿No crees, Serafín, que ese párrafo de las Sagradas Escrituras te obliga excesivamente?

-Pues no, que nadie piense que el organismo puede estar sin hacer nada, ya que es contranatura.

-Que no vea yo a nadie tumbado diciendo que trabaja intensamente con el pensamiento; si es así, que piense de pié.

-No nos entretengamos más en los recuerdos y echar una mano o un par de ideas-. Y nos fuimos a ver al Jefe de Servicio de Sanidad.

Este era un muchacho bueno pero poco acostumbrado a la realidad, y dando la impresión de encontrarse a sus anchas si se le observaba más detenidamente, sus reacciones pregonaban su incapacidad para adaptarse a esta vida nueva. Era buen estudiante y la vida le habrá hecho un buen médico, pero entonces aún dudaba excesivamente de sus manuales.

Nos recibió un poco encogido con sus pantalones cortos, lo suficientemente largos como para taparle la rótula. Tenía gafas y se quitó el chambergo para recibirnos.

-Aquí estamos, Jefe; creo que hay suficiente material sanitario, pero si pasase algo habría que evacuar rápidamente a Madrid.

-Dios hará que no pase nada y procura que lo que pase se arregle.

Ya más confiado, informó de que las fichas médicas estaban completas y que los muchachos estaban sanos, así como que el cajón botiquín estaba muy bien surtido y se había traído su instrumental. Seguía obsesionado con su gran responsabilidad ante tanto acampado.

-Bien, doctor, todos los días, antes y después del tajo, veréis los casos que se presenten. En el trabajo tú en una loma y «Reguera» en la otra con ayuda de los sanitarios de cada Unidad, pendientes de lo que ocurra, pues las piedras y las herramientas, junto con el sol pueden darnos trabajo.

-Para el sol hay un preparado muy bueno. Procuraremos usarlo lo menos posible.

-Mañana, si Dios quiere, antes de la siesta, reconoces a la primera acampada, y en días sucesivos a las restantes.

-Ya habíamos pensado en ello y la hora es buena.

-¿Dónde has terminado la carrera?

-En San Carlos, Madrid, pero yo soy cacereño.

-Buena tierra y mejor Universidad. Que «Reguera» te vaya orientando en nuestras cosas. Cuando puedas te cambias el chambergo, te metes un poco los pantalones, y ni que decir tiene que nos gustaría que cuando tengas menos trabajo estés con nosotros. ¡Hasta luego!

Se puso el sombrero y quedó dialogando con «Reguera».

El «Consignero», desde el primer instante lo tomó bajo su influencia y pronto empezó a enredarle con historias de «maquis», bandoleros políticos, cosas sucedidas en la mayoría de los casos solamente en su imaginación. Difícilmente durmió una noche tranquila, pues no pasó ninguna sin que escuchase ruidos ciertos que el «Consignero» y algún amigo, robándose el sueño, realizaban para hacer la pascua al Doctor. Le pusieron en tal estado de ánimo que sólo el celo a su profesión y el respeto a la Institución hicieron posible que no se desplazase de Sanidad cuando llegaba la noche.

Como Jefe de Campamento tuve noticias de lo que pasaba, tal vez un poco tarde, y un día, antes de anochecer, con miedo poco disimulado, sin alegar razón alguna, dijo que tenía que irse a Madrid. El no dejarle apenas solo, de ninguna de las maneras en compañía del «Consignero», prohibir toda broma y largas charlas con él, hizo que terminase el turno entre nosotros.

Pasado el tiempo vino, ya en Madrid, a visitarnos. Creo que había cambiado y estaba agradecido por la experiencia, pero el miedo a verse en terreno de «maquis» en compañía de muchachos del Frente de Juventudes, lo había sacado de quicio. Vino con nosotros a hacer prácticas y ahorrar unos duros y nos dejó, con muchas ganas de abandonar el lugar que tanto pavor le producía, pero admirado de nuestra manera de ser y sin comprender ni poco ni mucho, cómo a partir del día que dijo que quería irse no hubo más ruidos ni mensajes extraños. Lo cierto es que nos ayudó mucho una pareja de la Guardia Civil que en su ronda comió con nosotros en el Campamento y afirmó que no había tales maquis, aunque en tiempo pasado sí que los hubo. Aparte de estas bromas el doctor cumplió francamente bien con su cometido y sinceramente su esfuerzo fue mayor que el nuestro, pues supo vencer, lo que hace héroes, el miedo de forma prolongada y soportó un ambiente completamente desconocido para él.

Aclaradas estas cuestiones, y volviendo a lo anterior, no pasando mucho tiempo se repartió la merienda y después, con el mismo orden e igual alegría que cuando fueron repartidos los chambergos, se efectuó la entrega de las herramientas y cada acampado se llevó a su tienda un pico y una azada donde formaría con su material de trabajo delante de ella.

El orden era perfecto y parecía que siempre habían acampado allí. Se rompieron filas y cuando apenas habían tenido tiempo de colocar bien sus herramientas, se llamo a través del corneta. Los Jefes de Unidad, entre asombrados y nerviosos, dieron el parte preguntando si se formaba con celta y poncho. Se les dijo que sí y con los Mandos al frente excepto el «Adelantado», los de Intendencia y pelotón de Guardia, se dio y obedeció la orden de «de frente». Todos, con los morrales y ponchos a la espalda, iniciamos la primera marcha.

Creo que Serafín decía «que nunca había pensado en una generala a tales horas y tal día. El que presumía de saberlo casi todo no pudo prever aquello, pero tanto él como el resto tenían ya de antiguo claro concepto de la obligación, y sin preguntar el motivo, se entregaron alegres a la actividad.

Antes de empezar a trabajar era necesario, a nuestro juicio, dos cosas: Primero conseguir la flexibilidad y disciplina necesaria junto con la confianza mutua entre Mandos y acampados; y segundo, eliminar el mayor número de grasa aclimatando al organismo, mediante un previo entrenamiento, al esfuerzo que se esperaba; al tiempo que nos permitiese observar el estado de ánimo y fortaleza de nuestros acampados.

Perdimos de vista nuestra acampada y poco a poco, entre canciones y paradas con charlas, aparentemente improvisadas, fuimos tomando auténtico contacto y encajando perfectamente el «turno», pues viejo es que si una acampada pierde los primeros momentos y retrasa el acoplamiento, difícilmente tendrá ritmo, armonía, ligereza y disciplina bastante para salir airosos por muchos días que dure el turno.

La marcha es esencial para hacer de lubrificante y conseguir que-todo se deslice sin rozamientos. Si es larga y dura, sin necesidad de ser excesiva, va haciendo aflorar al exterior las facetas más sobresalientes y puras del carácter. El que marcha se va acercando al que camina a su lado, y cuando la meta es desconocida, como pasaba en esta primera marcha que comentamos, todos presienten que necesitarán seguramente del que va a su lado y se deshacen de su vanidad individual para, con orgullo sincero, unirse al equipo, lo cual siempre es bueno. Luego caminar viendo al «mando mayor» al lado, hace que el inferior sepa que debe exigirse más y confiar en quien con él comparte las horas y los kilómetros. Por otro lado, en muchos tramos hay que avanzar callados, sobre todo en subidas fuertes, y es buen momento para meditar y pedirse más a uno mismo, desterrando parte de la comodidad que todos portamos. Pasado el tiempo caminarán en la sociedad con buena proporción de espíritu y carne y siempre con los pies muy pegados al terreno. Muchos llegan y sienten tal alegría que difícilmente pueden describirla: es que han aprobado un examen que nunca hubiesen hecho; han averiguado hasta dónde son capaces y esto les da confianza en ellos mismos. Se ayudan mutuamente y el fuerte presta su fortaleza al débil y hacen tal amistad que ya nunca olvidarán, lo que, entre muchachos cuyo único parecido es la edad, pues este estudiante, este obrero, el uno becario, el otro de posición desahogada, no son todos de Madrid, pero es lo mismo, ya siempre sabrán de unidad.

Y así, como no podía ser menos, se desarrollaba la marcha.

Se hizo el clásico «alto fisiológico», se volvió a marchar, se soportó el ruido de algo mal sujeto, el andar no armónico del que va delante, el sudor, el respirar fuerte del de atrás, las chinas en las botas, que algunas son nuevas y hacen ampollas que muerden con calentura que sube al cerebro, las correas anchas y duras del «celta» que quieren hundirse en la carne, la rozadura en la espalda del armazón del morral. Se hizo alto y la cena fría preparada por los de Intendencia, supo a gloria allá en los cerros. Las Escuadras limpiaron de papeles y broza el campo, enterrando los desperdicios, y otra vez con el morral al hombro, pesando un poco menos, y andando entre sombras de luna clara.

Después de cuatro horas se supo de la felicidad auténtica al haber cosas tan simples como quitarse el morral, sacarse una bota -¡con qué cara se mira la primera ampolla!-; parece mentira que cosa tan simple haya estado a punto de derrumbar nuestra moral haciéndonos caer en el mayor pesimismo, pero ya hemos entrado en la tienda, que es la casa, ¡y qué bien se está en ella después de la dura incertidumbre. Ahora empieza lo bueno, los comentarios, y en todos sale a relucir parte del cazador prehistórico que llevamos dentro, se exagera, se doblan los kilómetros, se hacen montañas tremendas de normales lomas, se disimulan las ampollas procurando andar con sensación de descansados a pesar de tantos dolores. ¡Qué bien se va a dormir, qué poco se va a pensar en la ciudad o de qué forma tan distinta! ¡Qué bien sienta la fresca de la tienda junto al botijo y qué buena luz nos da la vela, que paz! Pero no se ha venido a «Gibraltar» sólo para estar junto a la vela y hay que formar nuevamente, dar las novedades de «retreta» ya que al llegar se arriaron las Banderas con equipo de marcha y el cansancio desapareció mientras el cuerpo de estira y se forma como un viejo guerrero con sus 18 años nuevos.

Ha pasado sólo un día, el primero.


 
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