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Altar Mayor - Nº 85 (21)
Lunes, 31 marzo a las 18:59:16

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

ACERCA DEL FUTBOL
Por Francisco Díaz de Otazu

El fútbol es el deporte rey. Mueve masas ciegamente y es objeto de colosal manipulación política y económica. Proporcionalmente, la literatura se ha ocupado poco de él. Es el exponente de la confluencia de dos vectores distintos: la globalización y el retorno a la tribu.

Los éxitos tienen siempre muchos padres. Así el «football», el deporte de más éxito y que precedió a la globalización, tiene diversos orígenes. Convencionalmente, se practicaba de un modo u otro en los colegios ingleses en el s. XVII; al estandarizarse normas, las que se establecieron en la localidad de Rugby, permitiendo las manos, serían una escisión de un tronco común. En 1863 se constituyó la primera federación en Inglaterra, la internacional FIFA es de 1904. Los italianos hablan del «calcio», al que ya jugaban en tiempos de Maquiavelo, barrio contra barrio y ciudad contra ciudad, con finales tan animadas como las batallas convencionales. Y con más bajas. Shakespeare menciona el fútbol en dos obras: Comedia de los errores y El Rey Lear. Se puede rastrear un cierto origen en un encuentro entre dos pueblos, o entre pescadores y labradores en las islas Orcadas y Hébridas, en los que todo valía, como en el emocionante polo con carnero afgano, para colocar una calavera o trofeo similar, en la plaza del grupo enemigo. En tiempo de paz, como la caza, o los toros en España, siempre era bienvenida una ocasión para que los jóvenes se ejercitasen, pisotearan a los rivales y se pavonearan ante las damiselas. Algunas tribus amerindias tenían deportes sagrados de combate ritualizado por equipos y con pelota, pero más cercanos al hokey o al baloncesto. Los romanos forraban con trapos una vejiga de buey para entretenimiento legionario. En concreto, Antífanes, en su teatro, habla de «pelota larga», «pase corto»...; ya se sabe que los griegos son muy socorridos para todo. Cuando Milón de Crotona corría contra la portería de Síbaris, seguro que gritaba algo así como «¡a mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo!».

El fútbol, balompié en castizo de posguerra, y al menos en la denominación del «Betis», es muy socorrido. Un terreno más o menos llano y una pelota. Además de «barato», es muy fácil de comprender. En unos minutos, uno no capta las reglas del «baseball» yanqui, del fútbol sí, aunque las sutilezas del fuera de juego no se hayan percibido por los neófitos coreanos, supongo. Todos hemos jugado con los compañeros del cole. Incluso los «malos», salvo en las playas vascas, hemos sido porteros, como Navokov, Benedetti, Camus, José Luis Sampedro...; Julio Iglesias no lo fue tanto, aunque debe su fama a una lesión y no a un mundial. Alberti cantó épicamente a otro portero, Platko. El portero, en la soledad de su responsabilidad, el miedo del portero ante el penalti es un título de Peter Hanke, es un símbolo de la última ratio, la esperanza final, bien diferenciado de los otros diez compañeros o enemigos, cuyas diabluras, hiper presentes en los medios de comunicación, plástica y narrativamente, no están sobradas de cultivo de altura, a diferencia del más maldito boxeo, por ejemplo, alguno de cuyos comentaristas y relatos cinematográficos han brillado a gran altura. Una excepción quizá sea Eduardo Galeano en El fútbol a sol y a sombra, donde salen homéricamente retratados los grandes craks de la hierba, así como no tanto los directivos de la mafia internacional. Tampoco eran de despreciar las narraciones orales del gran Matías Prat y las escritas de Vizcaino Casas. En Memoria de fuego, el autor, además de escribir sobre el rey Pelé, Garrincha y otros, explica la «guerra del fútbol». Otro autor Kapuscinski escribió precisamente con ese título. En 1969, en eliminatoria para el mundial del 70, se enfrentaban Honduras y El Salvador. Del partido se pasó a una guerra de verdad, de una semana. Nick Hornby, hooligan del Arsenal, escribió Fiebre en las gradas, aunque como aquel partido en Bélgica, los ingleses nunca habían tenido tanta fiebre desde Dunkerque. Valdano se las da de intelectual en Apuntes del balón, recopilación del Marca. Cela en 1963 publicó Once cuentos de fútbol.

El fútbol es, por encima del nacionalismo y el fundamentalismo musulmán, el principal exponente de lo que desde Joaquín Estefanía se denomina «retorno a la tribu». La sed de identificación, la «partida de caza» en términos paloeantropológicos, y la «religiosidad civil», se dan cita en este fenómeno. Nada une más que unos colores, contra los demás. En un sentido nacional, se puede decir que «el fútbol lo inventó Mussolini». Lo que antes era un «sport» de ingenieros ingleses en zonas mineras y semicoloniales, se convirtió en un extraordinario catalizador de pasiones. Aunque había que conformarse con la radio, la escuadra «azzurra» consiguió, con su hegemonía en los años 20, muchos éxitos emotivos para el fascismo, muy por encima de jinetes, pilotos etc., que también ganaban. Berlusconi con su «forza Italia», consigna tiffosi antes que opción política, es el ejemplo reciente de esa identificación.

Ejemplos de identificación. En Glasgow, el celtic es católico y el ranger protestante. El Sevilla es, al parecer, más «zeñorito» que el Betis. El Barcelona es «más que un club», un estandarte de indentidad nacionalista e integración social. El Español es más «charnego»; ahora un poco menos desde que es «espanyol». El «Atleti» de Bilbao no admite jugadores maketos, con lo cual, es a la vez, paradójicamente, feudo del PNV y el más español de todos los equipos grandes, mientras los vecinos de la Real se han corrompido con foráneos. El Valencia es un poderoso instrumento para airear la franja azul y fastidiar a los catalanistas. Encima, sólo uno por ciudad, algunos equipos ostentan el título de «Real». No lo tiene el Atlético de Madrid, el equipo castizo y «perdedor», inmune a las lágrimas, pese a ser heredero del Atlético de Aviación, la de Franco, mientras que el Real por excelencia era de más tradición republicana. Lo que son las cosas: acabó identificado con el Régimen. Aunque el exilio anticomunista húngaro, que dio tardes de gloria al fútbol, se refugió más bien en Barcelona. Ambos equipos se pelearon por Di Stefano poniendo en un aprieto, mayor que los que sufrió en Rusia, al ministro azul Muñoz Grandes. En todo caso, es cierto que se convirtió el equipo blanco en lo más conocido de España. Los militares cooperantes comprobaron que en Afganistán no saben de toros pero sí de Raúl.

Para conmemorar el centenario, el «Madrí» ha editado un libro de cuentos, el siglo blanco, donde firman autores muy notables. En todo caso, todo vale para restregarle las copas de Europa a pascuales y giles.

El fútbol mueve millones, con cifras insultantes, pero todavía sustrae, por diversos medios, recursos a otros deportes y a otras necesidades prioritarias. Si un equipo, ya no «club» en cuanto es S. A., juega en segunda pero gasta como en primera, llora y sus pérdidas, en vez de llevar a la ruina a tan malos empresarios, las cubre el ayuntamiento. A veces con operaciones inmobiliarias artificiosas. Quebrar y cambiar una sigla en fraude de acreedores se permite. Descender por esas mismas trampas puede provocar una subversión local temible. El ejemplo del Sporting, salvado por el ayuntamiento. Con una crisis más reciente, pero similar, el Oviedo se hunde. Nadie pide responsabilidades al accionista mayoritario ni al presidente, el primero intermediaba a su vez en la venta de los jugadores a su propio equipo, y todos piden que el ayuntamiento ponga los 7.000 millones que se deben. A veces los presidentes no lo son para robar, sino por snobismo social; un inmobiliario especulador y nuevo rico pasa a ser «alguien», y quizá en una final se siente al lado del rey. Se blanquean dineros y reputaciones. No salen las cuentas pero la publicidad y las teles las pueden salvar. Por eso el descenso es un suicidio. No hay dinero para los autobuses de equipos juveniles, ni para deportes menos divulgados, pero sí para comprar a una figura brasileña, operación en la que sólo las comisiones que se pierden por el medio son ya fabulosas. Los políticos están muy contentos de ir al palco a ver a esas figuras. Además canalizan entusiasmos y frustraciones juveniles, siempre potencialmente peligrosas. Mientras se pegan «entre ellos», no nos pegan a nosotros; es una reflexión que ya se hacían los políticos en el hipódromo de Bizancio en tiempos de Justiniano, cuando los verdes y los azules, escuderías de barrio, caballos y aurigas, polarizaban todo tipo de broncas. Lo subversivo se concentra en los lugares y momentos en torno a los partidos, para mejor control de la policía. Unos ultras son de «derecha» y otros de «izquierda», sobre la base de estupideces anti, ajenas a todo contenido ideológico. Me acabo de enterar que las banderas de España con el escudo anterior, el que llevan las tapas de la Constitución y el que me tocó jurar a mí todavía en 1983, se secuestran por «incitar a la violencia». Nunca lo imaginé, aunque supongo que toda bandera es susceptible de incitar a la violencia a quienes sean sus enemigos. O de esgrimirla de tal modo que se meta por el ojo ajeno.

La gran farsa y el gran negocio se han globalizado. En países donde no era hace poco el primer deporte, por ejemplo Francia, se encargó Bernard Tapie, presidente del Olimpic de Marsella, ministro de Miterrand y recluso por falsificación de quinielas y partidos, de divulgarlo al máximo. Y es que el rugby no se deja corromper tan fácil. Bastó un mundial y una copa de Europa, con las eliminatorias y los árbitros bien escogidos, para lograrlo. La FIFA es la institución más antidemocrática e impune del mundo. ¿Algún lector federado o socio de equipo ha votado para su directiva? Las empresas multinacionales patrocinan de todo, la publicidad es un ingreso fabuloso, grises personajes, ingleses, brasileños, suizos, pero siempre pertenecientes a discretas fraternidades filantrópicas tipo Havelanhe, Platter o nuestro Samaranch, manejan olimpiadas y mundiales calculadamente. El equipo organizador-anfitrión, es favorecido en todo lo posible. Ejemplo reciente de Corea. Por Japón no se pudo hacer tanto como se hizo contra Portugal, Italia y España. Se han amortizado los campos que paga Hunday. Se ha demostrado la inmensa superioridad sobre Corea del Norte (no hacía falta cuando comen todos los días), se ha logrado un acercamiento con Japón, y se ha divulgado este «deporte» en un Extremo Oriente donde había más dinero que afición. Incluso hay unos dibujos animados, Oliver y Benji, para aficionar al fútbol a los niños nipones, aunque sus autores no saben cuanto mide un campo. Brasil es objeto de una protección suplementaria, aunque su calidad técnica no la necesita. Lo que está claro es que el gran goleador Rivaldo, o algo así, decisivo en la final, no debería haber jugado nunca más después de la vergonzosa escena de fingimiento en perjuicio de un colega turco que debe cobrar 100 veces menos que él, por lo poco. Más de mil millones de humanos podrían testificar contra el bufón al que se multó con el equivalente al sueldo de un día, que ni siquiera pagó él. El próximo mundial podrá ser la revancha de la Alemania anfitriona, que vio sorprendentemente, quizá por ello, a su portero votado como mejor futbolista que aquél. Sólo queda ir preparando con calma un mundial en EE.UU., para que deje de ser el «soocer» un deporte de mujeres o hispanos, y obtenga su cuota de presencia en las todopoderosas cadenas televisivas. Como en China no tienen ganas de gastarse el dinero en esto, por ahora, ya sólo quedará Sudáfrica, donde juega en la selección un blanco para disimular; en el rugby es al revés, ponen a un negro por corrección política, para obtener la normalización globalizadora.

«Retorno a la tribu» para canalizar amores y odios. Globalización para armonizar diferencias culturales, millones de ojos concentrados para ver experimentos subliminales, del tipo de los electorales con que el PSOE nos regaló con los goles de Butragueño en Méjico, y un negocio colosal concentrado en manos discretas. ¿Alguien da más?


 
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