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Altar Mayor - Nº 85 (17)
Lunes, 31 marzo a las 19:10:38

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

EL ENIGMA ARGENTINO. DESCAPITALIZACIÓN «FOR EXPORT»
Por Edmundo Gelonch Villarino

Córdoba, Argentina

Parece probado que Carlos V, o sus consejeros, no querían que se fundara Buenos Aires como ciudad, para evitar que el pago de abastecimientos «importados» significara la fuga de capital -metales preciosos del Potosí- hacia las enemigas potencias protestantes: Inglaterra, Holanda y la misma dividida Francia, solamente unida en el odio a España. La extrema pobreza de los desiertos próximos al Río de la Plata, hacía insostenible la presencia de una flota española capaz de erradicar la piratería. Y no se sabía si el Mar Dulce de Solís era una puerta de acceso hasta los yacimientos del Alto Perú. Habría sido una traición, a la Iglesia y a España, financiar la ofensiva de los enemigos. Por eso, lo único inteligente, era poner un tapón en el Río de la Plata, una fortaleza militar, para impedir la salida de capitales y la entrada de piratas. Lamentablemente, el desierto era tan miserable y sin recursos para la supervivencia, y la logística tan impracticable, que Don Pedro de Mendoza fracasó en esa su misión militar.

De aquella fama de miseria y hambre, por obra del trabajo y sacrificio de los cristianos que vinieron a poblar el desierto vacío y despoblado, en trescientos años se llegó a la conciencia de que, trabajo mediante y con justa retribución, era posible una sociedad estable y soberana, capaz de autoabastecerse y de autodeterminarse. Eso fue la «época de Rosas». Pero en las potencias enemigas, la propaganda comercial de los estafadores liberales, para atraer a colonos protestantes, fundó el mito de la Argentina rica, en cuyos campos «no se podía caminar sin tropezar con pepitas de oro», como rezaban los folletos de la Compañías colonizadoras.

«El vivo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo», se enseñaba en el Buenos Aires de mi niñez, allá por los 40. Cierto es que los estafadores -los gobernantes de la Constitución de 1853, impuesta a sangre y fuego-, enriquecían a los inmigrantes extranjeros con las propiedades hurtadas a los fundadores y defensores argentinos, como cuenta «Martín Fierro» hacia 1870. Unas diez generaciones de españoles y criollos -indios había pocos, porque había que trabajar para comer-, criaron ganados, sembraron alimentos y los regaron con sangre guerreando contra los piratas herejes invasores, contra los portugueses de Brasil y parando las ofensivas rapaces de los salvajes. Pero al final, fueron despojados de todo por el Gobierno de la Constitución liberal.

Y se desarrolló un litoral, de inmigración, bastante rico -«la pampa gringa»-, subvencionado por el empobrecimiento del interior criollo, cada vez más castigado y pobre. Basta ver un mapa para entender cómo toda la riqueza producida por el trabajo argentino, caía por el embudo ferroviario, vial, bancario, etc. hacia el Buenos Aires de los especuladores que, con poco trabajo, lo exportaban, depositando los beneficios en el extranjero. Hasta los préstamos externos garantizados por el trabajo de criollos e inmigrantes, se retenían depositados en Europa a nombre de los especuladores que eran el poder tras la Constitución.

Mientras el Estado -desde 1895 hasta 1945-, emitió moneda y la canalizó exclusivamente hacia productores con capacidad ociosa, creció la economía, creció la producción y creció la oferta de trabajo, con cero inflación. Los europeos inmigrantes, si no hallaban «pepitas de oro al caminar», por lo menos encontraban trabajo; y trabajando, era fácil llegar a ser propietario y a ahorrar un capital. Un cuarto o un tercio de los inmigrantes, enriquecidos, volvieron a sus patrias llevando sus nuevas fortunas. Otros se quedaron y reinvirtieron, creando fuentes de trabajo, riquezas genuinas legitimadas por la función social que cumplían. Eran lo tiempos de la Argentina rica, pero rica por el trabajo de sus pobladores. Que inició su agonía cuando Perón empezó el monetarismo práctico y dirigió la emisión y el crédito a los especuladores y usureros amigos.

Aunque también en los llamados «buenos tiempos», como en el ejemplo de la ganadería, seguíamos exportando beneficios. Más de un banquero del hemisferio Norte -recuerdo las declaraciones de alguno de Miami, hacia 1971- expresaba su curiosidad por comprender «cómo la Argentina -Estado- seguía pidiéndole a ellos, en préstamos, el dinero de los argentinos -particulares- que estaba depositado en sus bancos». Éramos exportadores de capital, pero consumidores de crédito exterior.

Después, la desvergüenza del saqueo creció como la estupidez popular, como la mentira «democrática», como la «ciencia» económica, como la deuda externa. Vino la «revolución productiva» de Menem 1989. Muchos que creyeron y compraron afuera bienes de capital, debieron cerrar sus fábricas por falta de financiación. Otros, que apostaron a producir, se encontraron con un mercado interno en fuga, compuesto por gentes de alta especialización despedidas de sus empleos, incapaz de comprar por falta de ingresos. Todas las ramas industriales de alta tecnología -aeroespacial, electrónica, biotécnica, etc.-, capaces de competir internacionalmente, al menos en calidad, primero expulsaron a los investigadores; y a los universitarios; y a los técnicos; y reemplazaron a los obreros por robots; y terminaron cerrando. Se acabó el trabajo argentino.

Es clarísimo que los despedidos o «parados» se ingeniaron para inventar proyectos en aquello en que sabían trabajar, pero solamente han trabajado en ellos quienes poseían capital propio suficiente. Los otros, siguen sin trabajo por falta de capital; muchísimos de ellos se van o quieren irse a países donde exista capital que les permita trabajar.

Porque en la democracia constitucional Argentina, el capital está, legalmente, para ser exportado y no para asociarse al trabajo productivo. De hacer realidad esta política se han encargado los próceres liberales Rivadavia, Alberdi, Juárez Celman, Julito Roca, Pinedo, Perón, Prebisch, Krieger Vassena, Gelbard, Martínez de Hoz, Cavallo, Grinspun, Sourrouille, Caballo. No todos ellos fueron procesados por delitos comunes, y menos lo serán ahora que el FMI ha cambiado nuestra legislación penal-económica (eso sí: la cambió democráticamente, por voto de los representantes del pueblo soberano, «única fuente de autoridad»); pero sí fueron todos ellos impulsores de la exportación de capitales argentinos y de la toma de créditos extranjeros. ...Y de asesinar a los opositores o denunciantes, se encargaban los «combatientes populares» de las guerrillas terroristas, o las «policías bravas» conservadoras, radicales y peronistas...

Desde el gobierno militar liberal de Videla y del ministro Martínez de Hoz; y luego con pleno imperio de la Constitución y la soberanía popular, hasta 1999 inclusive, se han efectuado pagos por servicios de la deuda externa, por 212.280 millones de dólares; por una deuda total (capital ingresado, no ingresado al país, e intereses por todo), que andaría entonces por los 169.066 millones de dólares. Y los depósitos de argentinos, en el exterior, alcanzarían a unos 140.000 millones.

Dicen que por todo eso, las puebladas de hace un año, voltearon a De la Rúa. Para que «se fueran todos». Todos siguen allí. Es más, han vuelto. Los que estaban presos por ladrones o estafadores, ya salieron y están en plenas campañas partidarias.

Ayer, en la primera plana del periódico Hoy día Córdoba, se lee:

«LA PLATA SIGUE FUGÁNDOSE DE LA ARGENTINA. En la Argentina "se fueron" 18.000 millones de dólares entre enero y septiembre (de 2002) [...] Se trata de una cantidad bastante aproximada a la que se escapó durante el transcurso del año pasado y dio lugar a la crisis terminal del gobierno delarruista. Este año la fuga fue financiada con el superávit de la balanza comercial, que en el período indicado dio un saldo positivo de 12.800 millones y con reservas internacionales por 5.500 millones de dólares. Las reservas, entre enero y septiembre, se redujeron también en 5.500 millones, y además se acumularon atrasos en la deuda por más de 7.600 millones».

Conviene recordar que: 1º) en todo 2002 no ingresó dinero prestado desde el exterior, ya que el FMI ha sido un obstáculo insuperable para obtener créditos; 2º) como consecuencia, los argentinos debimos vivir exclusivamente con recursos financieros internos; 3º) no existió crédito interno y los ahorros quedaron bloqueados para proteger a los bancos; 4º) se exportaron mercaderías, frutos del trabajo argentino, se compró menos, y la balanza de pagos dio superávit.

Pero en vez de faltar dinero, pareciera que sobró. Originado en el (poco) trabajo argentino, el capital genuino alcanzó para seguir exportando y, después de pagar las compras, obtener no menos 12.800 millones de dólares cuya propiedad se atribuyó exclusivamente el capital, sin repartir beneficios con el trabajo, ni crear nuevos empleos, ni reinvertir en nada productivo. O sea que los pocos argentinos que tienen trabajo produjeron en nueve meses lo suficiente para que los especuladores siguieran robando..., ¡perdón!: exportando, no menos de 18.000 millones de dólares.

¿Por qué quienes no conocen nuestra situación, dicen tan fácilmente que los argentinos «estamos mal porque no nos gusta trabajar»? Y también han dicho que el pueblo ha vivido durante años nada más que de prestado, como si el desempleo fuera carácter nacional.

No: el hábito parasitario es endémico ya sólo en dos minorías: una, la de los especuladores «vivos» que viven de una mayoría de «zonzos que trabajan». La otra, constituida por los estratos que han vivido vendiendo el voto, y que desde algunas generaciones no han conocido una fuente de trabajo por falta de inversión de capital. Pero la gente normal -¡aquella vieja clase media mayoritaria, y los millones de ex-trabajadores industriales!-, quiere trabajar: no somos constitucionalmente haraganes. Otras son nuestras culpas: creer en una democracia basada en la «soberanía popular»; creer y votar a los partidos políticos; ser infieles a las tradiciones religiosas y culturales, etc. Pero el diagnóstico que nos endilgan desde fuera suele ser así de falso.

En la Argentina no hay trabajo porque no hay capital. Porque, como previó Carlos V, el capital se exporta al amparo de la Constitución y de las leyes.


 
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