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Altar Mayor - Nº 85 (15)
Lunes, 31 marzo a las 19:16:37

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

LA VIDA, EL FALLECIMIENTO Y LA MUERTE
Por Juan Teruel

Por unas razones y por otras, la palabra vida no siempre se utiliza en el sentido adecuado. O, lo que es lo mismo, no siempre se interpreta como debiera. Hay ocasiones en que se entiende por vida la plenitud que consiste en el disfrute placentero de cuanto se percibe o en el estallido vigoroso de la Naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones. Otras veces, en cambio, hablamos de conservar la vida cuando no tenemos de ella más que un rastro doloroso y precario en forma de un dolor martirizante y odioso.

Y, paralelamente a lo que ocurre con la palabra vida, también el término muerte es empleado con generalizada inadecuación a la realidad. Porque, al menos desde la perspectiva del creyente, utilizamos este término cuando defendemos desde la oficialidad religiosa que la verdadera vida se encuentra más allá de ese tránsito necesario tras el cual se halla el paraíso. Sería, en consecuencia, más apropiado hablar de fallecimiento que de muerte.

Pero vivimos el fallecimiento de una persona como un hecho fatal, al que no sigue otra cosa que la nada. Por este motivo, todos nos vemos impelidos a llorar y a poner caras de sufrimiento interior. Se da el caso de que personas que han estado muy distantes afectivamente del finado son espectaculares en la manifestación de su duelo; es como si les acuciara el complejo de culpa y tuvieran la necesidad de hacer ver a los demás que son ellos los que más lo sienten. Algo de eso debía haber detrás de aquella práctica de contratar a plañideras para que, a cambio de dinero, lloraran ante los demás.

Pero da la impresión, asistiendo a las ceremonias religiosas y a los acontecimientos sociales que rodean la desaparición visible de una persona sobre la tierra, que nadie cree ni en la eternidad ni en la supervivencia de ese ser interior que todos llevamos dentro y que -en rigurosa interpretación de la doctrina cristiana- queda liberado tras la muerte, esa sí, de su envoltura corporal. Poco importa que en la Liturgia se repitan frases que invitan a la confianza en Dios y en su infinita misericordia, y hasta en su amor sin límites hacia el ser humano. De nada vale que los salmos canten las excelencias de la vida en compañía del Señor. Porque todo el mundo llora desconsolado y, aunque sigue de palabra el ritual eclesiástico, da la sensación de que nadie cree en lo que recita. Pero es que el propio celebrante, cuando se sale del texto que le señalan los libros sagrados, no puede evitar las palabras de condolencia hacia la familia. Esto no es, por otra parte, muy diferente a lo que ocurre en general con la actitud de los cristianos, quienes andamos siempre muy lejos del verdadero camino propuesto por el Evangelio. Por eso, yo, cuando soy preguntado sobre si soy católico practicante, respondo que sólo soy cristiano que va a misa y que practicar el Cristianismo es algo en lo que me aplico, me temo que sin mucho éxito.

El caso es que todas las religiones intentan dar una explicación convincente al fenómeno del fin natural de un organismo como el humano, con una fecha de caducidad como cualquier otro ser que nace en el contexto de Naturaleza caduca y limitada como la nuestra. Así como para otros, la Reencarnación supone un procedimiento útil para la definitiva superación de un programa que ha de llevarse a cabo en varias secuencias vitales terrenas, para los cristianos la idea de un mundo maravilloso de disfrute eterno sirve para compensar las vicisitudes en muchos momentos dolorosos de la existencia terrenal. Ya Santa Teresa decía que este mundo era como una mala noche en una mala posada. Yo no encuentro que sea incompatible la visión cristiana de este asunto con la posibilidad de pasar esa mala noche en varias malas posadas. De hecho, se contestan mejor, a mi modo de ver, ciertas interrogantes sobre aparentes injusticias en el paso de algunos por este mundo. Porque se entienden mejor éstas si pensamos que hay otras vidas en el transcurso de las cuales es posible compensar las desigualdades observadas en una sola. En el caso de los niños que fallecen prematuramente, por ejemplo, este enfoque ayuda mucho.

Otra cuestión que no deja de llamar la atención es que, tras el fallecimiento, todo el mundo habla bien del difunto. Yo no sé si será por un inconfesable y ancestral miedo a represalias del fallecido en la otra vida; tampoco tengo claro que sea sólo por agradar a los deudos. Pienso, sin embargo, que algo hay de reconocimiento póstumo de los méritos que no se le reconocieron cuando estaba entre nosotros, y de un noble deseo de arrepentimiento por el mal trato del que pudo haber sido objeto por nuestra parte. También pudiera ser que, además, el hecho respondiera a un inocente anhelo de que, cuando se produzca nuestro propio óbito, los demás actúen de la misma manera. Por cierto que, transcurrido un tiempo, alejado ya el momento crucial, la gente no se priva de recordar los pecados terrenales del difunto. Y es que el efecto del impacto de la desaparición de alguien -que lleva implícita una admonición de que lo mismo nos va a suceder a nosotros-, como todos los demás impactos, se va borrando con el tiempo.

Pero sin duda lo que más interesa es saber cómo se vive ese momento crucial en el que hay que cambiar de modalidad de vida. Para esto hay diferentes respuestas dependiendo de quién sea el interrogado. Hay quienes, a partir de las experiencias realizadas con personas en esa coyuntura -porque han regresado o porque se han podido comunicar con ellas a través de signos previamente acordados- nos hablan de una suerte de viaje placentero a través de un túnel al fondo del cual se da con una luz maravillosa y un reencuentro con personas queridas que les habían precedido en la experiencia. Algunos incluso identifican ese túnel con el chakra siete, a través del que el espíritu emerge hacia una nueva dimensión. Otros aseguran que esa percepción es sólo producto de los efectos narcotizantes de la medicación suministrada al enfermo. Yo tuve personalmente la ocasión de dialogar repetidas veces con una amiga en los momentos previos a su defunción. Y puedo decir que a ella se le iluminaban los ojos cuando me contaba sus idas y venidas a ese otro territorio en el que se encontraba feliz y sin sufrimiento. Llegó a hablarme también del encuentro con su madre -ya fallecida hacía tiempo- y de cómo le anunciaba que pronto estaría con ella, aunque todavía no había llegado el momento. La explicación que daban los médicos a todo eso -ya lo supondrán- es que todo era producto de una mente alterada por los tratamientos. Eso no quiere decir que no haya médicos ilustres -a este respecto es muy socorrida la recurrencia a Rof Carballo- que piensen de otro modo. Pero en lo que parece haber coincidencia es en que el proceso de alejamiento de este mundo -eso que se conoce como muerte- es algo que se vive con placidez y sin sufrimiento.

Por esto mismo, cuando se produce la desaparición de un ser querido, particularmente cuando el último tramo ha estado acompañado de sufrimientos insoportables, por más que uno sienta el desamparo del vacío que deja, hay que alegrarse por el difunto. En otras culturas, se llega a celebrar con fiestas este momento. No sería apropiado hacerlo aquí, pero quizás sí se pueda hacer algo por evitar tanta manifestación de duelo. Aunque sólo sea por la posibilidad de que el difunto pudiera sentir ensombrecida su felicidad viéndonos llorar.


 
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