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Altar Mayor - Nº 85 (13)
Lunes, 31 marzo a las 19:20:08

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

JOSÉ ANTONIO, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO
Por José Antonio Santos Arrarte - Abogado y Economista

José Antonio Primo de Rivera (JAPR) es el clavo de un abanico de vivencias y biografías, ejemplares por su servicio al prójimo, que forman una parte de mi circunstancia. Por ello, he tratado de profundizar en su comprensión y siempre ha sido uno de mis temas preferidos de lectura (tanto sus obras completas como las opiniones de partidarios y detractores), buscando en cualquier publicación que pudiese aportar algún tipo de información, matiz o precisión valiosa.

Sabemos que, por tradición familiar, a JAPR le viene un patriotismo «ilustrado» que se concreta en la profesión militar: hay un general Primo de Rivera entre los firmantes del manifiesto España con honra que inicia la progresista y Gloriosa Revolución del 68 –resuena quizá un eco cuando afirme que «la Monarquía está gloriosamente fenecida»–, y otro general Primo de Rivera se pronuncia bajo Alfonso XIII y gobierna desde 1923 hasta 1930. Ambos marqueses de Estella.

En cuanto a la persona, sabemos por testimonios varios que fue lúcido, de simpatía y autenticidad naturales, y que, con ocasión de su muerte prematura, rubrica su valor y sobriedad. Jurista, humanista y poeta, su deseo es el de tratar de alumbrar un mundo mejor para todos. Aunque está entre los happy few de su tiempo, siente el dolor del fracaso político de la Dictadura de su padre y de la República del 31. Una vez que se encuentra con su razón de existir, a ella dedica plenamente el resto de su vida; al fin y al cabo, él era un caballero en el sentido más elevado de la expresión, es decir, una persona que estima que «la vida no vale la pena si no es para quemarla en el servicio de una empresa grande».

El ideal de JAPR es España, y en su corta vida política va acercándose a cada uno de los aspectos de la vida nacional para proponer su mejor solución desde la generosidad humana, el rigor intelectual y la forma poética («tendamos nuestros amores esenciales hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta», o «en la Historia y en la política, el camino más corto entre dos puntos es el que pasa por las estrellas...»). Sin embargo, lo excepcional de la circunstancia histórica va a complicarlo todo, ya que introduce en el proyecto una beligerancia viril que tiende a la legítima defensa, pero que, a la postre, será la tragedia del personaje y el pretexto para su desvalorización.

En la gran ocasión del discurso de fundación de Falange Española, lo inicia con una diatriba política hacia Rousseau («un hombre nefasto» con el que «la verdad política dejó de ser una verdad permanente»); en su diatriba se adivina la vivencia familiar, testigos permanentes y sucesivos (y, a veces, protagonistas) de cómo la Revolución individualista y materialista forcejea desde 1789 con el Antiguo Régimen y, una vez triunfante a finales del XIX, evoluciona hacia la lucha de clases.

No se puede decir que le faltara perspectiva histórica, puesto que Rousseau, con El contrato social, es, en análisis de Vallet, un eslabón crucial en la cadena que lleva desde Maquiavelo y Bodino, por Hobbes, y junto con Babeuf y Compte, hasta Marx y Engels por una parte y hasta Hitler por otra.

Se trataría de una pendiente que comienza afirmando la primacía del hecho sobre el derecho, es decir, de la ley positiva, por injusta e inicua que sea, sobre el derecho natural, ya que lo justo no es una categoría de razón sino un producto de voluntad. Que luego adopta el lema de libertad, igualdad, fraternidad, como trasunto laico de las virtudes cardinales de fe, esperanza y caridad, y que, con visión optimista, reniega de los derechos humanos por no ser ya necesarios. Y que, finalmente, encomienda al Estado totalitario la realización de la utopía (por cierto que, ya después de la gran catástrofe del siglo XX, la ONU decidió recuperar los derechos del hombre para poner un límite a la voluntad democrática; gesto tardío pero bien intencionado, aunque quizá no suficientemente fundamentado).

Para JAPR, este proceso discurre al amparo de los dos conceptos acuñados por Rousseau: el del hombre libre por naturaleza, de forma irrenunciable, y el del contrato social como voluntad soberana, que se desprende de las voluntades individuales por medio del sufragio universal y que es la única que puede legislar por ser la única que tiene razón.

Y, en aplicación de estos dos conceptos, «se fue sustituyendo la propiedad humana, familiar, gremial, municipal, por la absorción de su contenido económico en provecho de unos grandes aparatos de dominación», es decir, se llega al predominio del capitalismo financiero, enemigo de la propiedad privada («proyección del individuo sobre sus cosas», atributo elemental humano que hay que desarrollar), cuyo efecto se concreta en que la antigua ciudadanía queda «reducida a estas dos cosas desoladoras: un número en las listas electorales y un número en las colas a las puertas de las fábricas». Deshumanización, en suma, y miserables condiciones de vida para una mayoría de la población que vive bajo el insensible capitalismo liberal de principio de los 30.

Para desmontar esta dinámica, que él estima que ya ha llegado al momento crítico (dadas las tensiones internacionales y la triple desunión de los partidos, las regiones y las clases en España), emplea una estrategia similar a la adoptada en su día por los revolucionarios: JAPR adopta un trasunto tradicional de aquellos dos conceptos del hombre libre y del contrato social, y les contrapone el concepto del hombre como portador de valores eternos y el de la Patria como unidad de destino en lo universal.

Y, en aplicación de estos dos nuevos conceptos, propone hacer una Revolución nueva, es decir, expone una misión revolucionaria, promovida en su origen por una «minoría inasequible al desaliento», en la que no cuenta con «los que quieran cobijar bajo la bandera nacional nostalgias reaccionarias de formas caídas o de sistemas económico-sociales injustos», ni con «los que se han habituado a vivir políticamente en un clima moral corrompido». Es una tarea de regeneración radical, emprendida desde el amor amargo por la Patria («amamos a España porque no nos gusta»), y que empieza por el individuo.

Revolución en dos impulsos: hacia afuera, afirmando la Patria; hacia adentro, afirmando al individuo: «haciendo más felices, más humanos, más participantes en la vida humana a un mayor número de hombres», porque «el hombre no puede ser libre, no es libre, si no vive como un hombre; y no puede vivir como un hombre si no se le asegura un mínimo de existencia; y no puede tener un mínimo de existencia si no se le ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad de disfrute de millones y millones de hombres...», «entonces sabremos que en cada uno de nuestros actos [...] estamos sirviendo, al par que nuestro modesto destino individual, el destino de España, y de Europa y del mundo; el destino total y armonioso de la Creación».

Su divisa, será proponer y reclamar la obra bien hecha: aquella que permita superar las limitaciones culturales, políticas, económicas y nacionalistas de los años 30 mediante el logro de soluciones de convivencia duradera, es decir, del gobierno que emana de la libre, democrática y evolutiva decisión de todos y cada uno de los ciudadanos expresada en cada uno de sus foros naturales de actividad (familia, municipio, sindicato). Defiende una democracia orgánica, no el totalitarismo; una España «alegre y faldicorta», no la estéril censura.

Esta es la Revolución de Falange Española de las JONS, que, en su fase inicial se concreta en dos tareas: la nacional y la sindicalista.

La nacional o revitalización de los valores espirituales de raíz católica, que defiende el concepto de España como una comunidad popular con destino propio y diferente del de cada individuo, clase o grupo, y superior a ellos. Aunque se le ha tachado de enemigo de los regionalismos, lo que él decía es que «España es varia y es plural, y eso no le importa, porque sabe que sus pueblos varios, con sus lenguas, con sus usos, con sus características, están unidos irrevocablemente en una unidad de destino en lo universal».

Y la sindicalista, o reconstrucción económica de la vida popular, «en esta época de liquidación del orden capitalista», en base a sindicatos de rama. Para ello, defiende la reforma crediticia, «que llegue hasta la nacionalización del servicio de crédito», y la reforma agraria, «que instale en las áreas cultivables, a la población campesina de España en unidades familiares de cultivo o en grandes cultivos de régimen sindical, según lo exija la naturaleza de las tierras». Y ello, de forma revolucionaria, es decir, «indemnizando o no».

Otro de los ataques que suele recibir es el de su pretendida proximidad al nacional-socialismo. A este respecto sólo cabe citar sus propias palabras, cuando, al opinar sobre el movimiento alemán (de Hitler), dice que «es de tipo romántico; su rumbo el de siempre; de allí partió la Reforma e incluso la Revolución Francesa», y añade «arranca de la capacidad de fe de un pueblo en su instinto racial; el pueblo alemán está en el paroxismo de sí mismo, vive en una superdemocracia». Por si ello no fuese suficiente, hay que recordar la concepción mencionada del hombre como portador de valores eternos para refutar cualquier opinión que le relacione con concepciones de tipo racista.

Así de simple y de complejo es JAPR en lo político, su faceta más conocida.

El éxito de su empeño no puede ser medido de forma convencional porque su ámbito no es convencional; el vértigo de su existencia hace que sólo le interese lo esencial. En mi opinión, su aportación más duradera es el estilo: esa mezcla de generosidad, rigor y poesía, adornada por el magnetismo de la veracidad y de la honradez, y que impulsa a la renuncia de la frivolidad en el razonamiento o de la duplicidad en la conducta. Es un estilo que lleva implícito el regeneracionismo como actitud, y la vida democrática libre y apacible como aspiración, lo que no deja de ser otra «ardorosa ingenuidad», visto desde el estilo demagógico actual de decir lo que haga falta para poder hacer lo que se tercie.

Al margen de la discusión sobre si hubo o no realizaciones posteriores basadas en su doctrina, de los silencios y secuestros siempre interesados, y de las modas pasajeras, creo que JAPR es uno de los españoles importantes del siglo XX porque supo hacer una formulación original y renovadora del legado clásico (con el mismo o mayor mérito intelectual que otros personajes de encrucijada en otros ámbitos, como Cervantes, Dalí, Ionesco, o el propio Juan Pablo II). Su verdadera dimensión está ahí, en su contribución a todas luces formidable a esta visión histórica.

Por eso, a 67 años de su muerte, y a pesar de la evolución habida en el resto del siglo XX (básicamente: una –no «la»– gran derrota del comunismo; la creciente concreción de las «regionalizaciones» como paso previo hacia un mundo globalizado; y la aparición de la nueva «famélica legión» –islámicos, hindúes, africanos, orientales...– en una situación de precariedad similar a la que había en Inglaterra cuando Marx escribió sus textos) cabe afirmar que JAPR, en su relectura, ofrece todavía algunas claves para vislumbrar un futuro mejor para todos.


 
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