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Altar Mayor - Nº 85 (09)
Lunes, 31 marzo a las 19:31:09

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

Reflexiones desde mi rincón
ARTHUR MILLER Y SUS DOGMAS
Por Pedro-A. Ruano de la Haza

Durante años, he vivido en el rincón del convento de Duruelo, el «lugarcillo», como lo llamaba la Santa de Ávila. Desde allí, por causas diversas, he pasado a otro rincón.... éste ya más cercano a la gran ciudad: el encantador municipio de Los Santos de la Humosa, a sólo 40 kms. de Madrid.

Igual que en Duruelo, también aquí, en cierto modo, el ambiente invita a la reflexión pausada, que en esta ocasión se dirige, para empezar, hacia el acontecimiento de la entrega de los Premios «Príncipe de Asturias», en octubre último, y, más concretamente, al discurso pronunciado por el norteamericano Arthur Miller al recibir el galardón «Príncipe de Asturias» de las Letras.

Es evidente que dicho discurso está (y no podía ser de otra manera) en la línea de lo que un norteamericano de su condición y, sobre todo, de su generación, era y es. Una generación que perdió, y sigue aún sin encontrar, el sentido objetivo de la Historia. Una generación amamantada en el subjetivismo más radical, como consecuencia de vivir de «verdades» y no de la Verdad. Una generación, en fin, que más de medio siglo después, ha conseguido -misteriosamente- imponer el dogma de su pensamiento, fuera del cual todo es «oscurantismo», «dominio de la sinrazón», «muerte de la mente», «feudalismo eclesiástico», etc., por emplear algunas de las expresiones del discurso de Miller en Oviedo.

Lo siento, pero soy un «obseso de la Verdad», aunque ello suene a políticamente incorrecto. Y lo soy, en primer lugar, por imperativo de mi fe cristiana: el Maestro vino precisamente a eso, a dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37). Pero lo soy también por salir al paso de la patética contradicción en la que se debate nuestra «tolerante» sociedad... En efecto, se nos predica, desde todos los foros imaginables, la tolerancia, la diversidad y el respeto «al otro», cuando al mismo tiempo se nos da a entender que el que se mueva no sale en la foto... Es, en definitiva, el exacto cumplimiento, en nuestro mundo actual, del conocido refrán: «dime de qué alardeas...».

Recientemente, en un periódico madrileño, un magnífico columnista usaba el término «estandarización» para definir lo que acontece en Occidente... Lo hacía a propósito de la visita de Jatamí a España, y con fina ironía apostillaba: «...Occidente conserva intacta su vieja vocación evangelizadora. Sólo que ya no exporta supersticiones religiosas, sino supersticiones democráticas...». Naturalmente al incisivo periodista se le escapa un detalle: el Occidente que exportaba, según él, supersticiones religiosas, era la otrora Europa cristiana; en cambio el Occidente que exporta las supersticiones democráticas engloba, además, a Norteamérica, la patria del flamante reciente «Príncipe de Asturias» de las Letras, Arthur Miller. En consecuencia, el viejo Occidente evangelizador (y con él, España) se vació de sus dogmas religiosos, pasando a ser «evangelizado» por lo que el articulista llama la estandarización, fuera de la cual, en palabras de Miller, todo es barbarie...

Ni que decir tiene que dicha estandarización no es otra cosa que las «supersticiones democráticas» que, en la actualidad, Occidente exporta... Y dentro de Occidente, claro está, España... Bien lo hizo notar, en su discurso, Arthur Miller: «La palabra España en los años treinta -dijo- era explosiva, el emblema esencial no sólo de la resistencia contra un retroceso obligado a un feudalismo eclesiástico mundial, sino también contra el dominio de la sinrazón y la muerte de la mente...». Seguidamente, y para mejor concretar su posición, el galardonado añadió: «...a la vez, se asociaba a España con Picasso y su Guernica. Sí, resultaba difícil creer que un piloto militar, aunque fuera de las fuerzas aéreas nazis, pudiese hacer vuelo rasante por encima de una plaza abierta y soleada y bombardear a civiles...».

Lo que verdaderamente resulta, no difícil de creer sino patético, es que su Alteza Real y demás presentes tuvieran que escuchar tan objetivas descripciones históricas en boca del hijo de una nación que, al parecer, en Dresde, en Montecasino, en Berlín, en Hiroshima o Nagasaki se dedicó, por lo visto, a lanzar desde los aviones bellos ramos de flores sobre poblaciones civiles indefensas... ¿O no fue así?... Bueno, ¡y qué más da!, porque lo que verdaderamente cuenta es que la desaparición de la secular abadía de San Benito, o el infierno de teas humanas en que se convirtió la artística Dresde, o el apocalipsis desatado en las ciudades más católicas (¡ojo al dato!) del Japón, fuera ejecutado por demócratas... Y, por supuesto, todas las personalidades presentes en el teatro Campoamor de Oviedo (encabezadas por nuestro joven Príncipe) saben distinguir, ifaltaría más!, entre el «vuelo rasante» (sic) de un nazi (¡qué horror!) y las acciones bélicas (?), siempre justificables, de unos demócratas.

Pues bien, a la vista de este y de tantos otros acontecimientos diarios, no puedo por menos, desde mi rincón, que sonreír amargamente ante la intolerancia de los «tolerantes»; ante el dogma del relativismo de los que se mofan de los Dogmas cristianos; ante el intocable tabú de la «democracia» de quienes hacen continuo escarnio de las verdades religiosas. Y me pregunto cuándo llegará el día en que siquiera una brizna de objetividad ilumine tantas mentes aborregadas, manipuladas... Siempre sostuve que, infinitamente peor que la corrupción de costumbres, es la corrupción de la mente, y en esa estamos. Ya, hace años, Jean-François Revel dijo que el mundo estaba gobernado por la mentira. Ahora bien, si así es tenemos que afirmar que la sociedad se debate en una pura contradicción, puesto que la verdad siempre es tozuda en abrirse camino dejando al descubierto, a la larga, las vergüenzas y las aberraciones de los que viven «gobernados por la mentira».

Veamos ahora, a guisa de ejemplo, las siguientes frases: «La inmensa mayoría del pueblo español votaría hoy en favor de la pena de muerte para delitos terroristas. Por fortuna la legislación democrática española ha eliminado esa atrocidad». El párrafo es del académico Luis María Ansón, y aparece al inicio de su sección Canela fina en el periódico La Razón del pasado 19 de diciembre. Sinceramente, me cuesta entender cómo pueden darse tantas contradicciones en tan pocas línea... En efecto: dos principios intocables en una democracia que se precie son: a) que la soberanía reside en el Pueblo, y b) que el Pueblo soberano ejerce dicha soberanía mediante el voto. Luis María Anson nos asegura que «el soberano» votaría por la pena capital y, a renglón seguido afirma que la legislación democrática elimina tal pretensión... Pues bien, o yo no entiendo en qué se basa una democracia al uso, o esa legislación que Anson califica de «democrática» no tiene nada de ídem.

Pero, puestos a sacar más hilo del ovillo, cabria preguntarse a quiénes representan los que ostentan esa «legislación democrática»; al Pueblo soberano, desde luego que no. ¿Entonces? Se argüirá, tal vez, que los representantes del Pueblo fueron, en su día, elegidos democráticamente. Bien, pero resulta que, según Anson, «el soberano» desea ahora un cambio en su legislación, y, en vez de abogar por un referéndum como Dios manda, el brillante director de La Razón, y fervoroso demócrata, se limita a llamar «atroz» a su soberano, pues -según sus palabras- votaría una «atrocidad»... ¿Y hay algo más esperpéntico que aceptar por «soberano» a alguien que es «atroz»?

Pero hay más. Si la pena capital es una atrocidad, la Biblia también lo es, y lo mismo, por ejemplo, la posición doctrinal de un Santo Tomás de Aquino al respecto. E, incluso, la del Catecismo de la Iglesia y, por supuesto, la del propio Cristo. En efecto, cuando Aquél que es (para cualquiera de sus seguidores) la VERDAD por antonomasia, se encontraba ante Poncio Pilato, que era quien podía aplicar la pena capital (cf. Jn 19, 10), el Maestro reconoce la existencia del poder de quitar la vida; un poder, cierto, rigurosamente divino (¡nadie puede quitar la vida mas que Dios!), pero que ha sido otorgado a la legítima autoridad humana que le está juzgando: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba».

Por tanto, dicho poder de sustraer la vida existe en Dios y en determinadas personas, en las que Él lo delega para que lo apliquen en justicia. Otro asunto es el ejercicio que esa autoridad humana haga, a veces, de ese poder y que, obviamente, puede ser absolutamente injusto: el caso concreto de Jesús, con la autoridad lavándose las manos, mientras el pueblo, berreando en el pretorio, ejercía su «derecho democrático», es un palmario ejemplo (aquí sí, señor Anson) de atrocidad. Meses antes los fariseos se habían escandalizado de que perdonara pecados, pues dicho poder, efectivamente, es también propio de sólo Dios (cf. Lc 5,21). Ignoraban que tal poder pasaría un día a ser ejercido por simples hombres (cf. Jn 20,23). Lo mismo que entonces los fariseos, hoy muchos demócratas, que se proclaman convencidos cristianos, siguen ignorando que «toda autoridad proviene de Dios» (Rm 13, 1) y que, por tanto, el Señor, es muy libre (¿o no?) de hacer partícipe de su absoluto dominio sobre personas y cosas a quien quiera y como quiera.

Inicié estas reflexiones en torno al discurso, en Oviedo, del ex-marido de la malograda Marylin Monroe y considero que, en esa misma línea, la infinidad de ejemplos de todo tipo (religiosos, políticos, sociales, culturales, estéticos, etc.) que nos ofrece a diario el llamado Occidente, tienen un denominador común: la pérdida del sentido de la realidad. No podía ser de otra manera en un mundo gobernado por la mentira. Por eso necesitamos urgentemente la vacuna de la Verdad.

Hace poco los obispos de España (casi todos...) aprobaron una instrucción pastoral sobre el terrorismo. En ella, en su párrafo primero, se afirma que «...cuando la dignidad de la persona queda ultrajada porque se atenta contra su vida, contra su libertad o contra su capacidad para conocer la verdad, los cristianos no pueden callar» (el subrayado es mío). Pues bien, si por estos pagos los cristianos somos todavía según las estadísticas, un alto porcentaje o, como dirían los demócratas, «una amplia mayoría» -una mayoría absoluta-, ¡a ver si se nos oye y se nos tiene en cuenta! De lo contrarío habrá que dudar seriamente, en primer lugar, del influjo de nuestros Pastores sobre el rebaño; en segundo término, del sacrosanto dogma democrático «un hombre, un voto», y, por último de nuestra misma condición de cristianos, es decir de ser discípulos de «la Verdad que hace libres».


 
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