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Altar Mayor - Nº 85 (08)
Lunes, 31 marzo a las 19:32:46

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

OCCIDENTE ANTE EL TERRORISMO
Por Antonio de Oarso

La matanza de Bali provocada por el terrorismo islámico, segando vidas de turistas mayormente occidentales, deja poco margen para el error de considerar que esto de la guerra antiterrorista es una invención para justificar ataques militares encubriendo intereses petrolíferos. Esta tesis, predilecta de los masoquistas controladores de los medios de comunicación, ha alcanzado buen predicamento en el hombre común que hace caso de dichos medios.

Pero, siendo un hecho la existencia de esta guerra, no se puede obviar el considerar con qué arrestos, con qué ánimos, con qué ideales puede este hombre occidental, tan mediatizado por el discurso dominante, enfrentarse a ella.

De la implacable determinación de la otra parte tenemos numerosas, demasiadas, pruebas. Las amenazas, los chantajes, los ataques sangrientos, muestran a las claras una ferocidad que no se extingue a través de los años, como no sea plegándose a las exigencias terroristas. En el terrorismo islámico alcanza su máxima expresión en los suicidas que mueren accionando la bomba que portan con la satisfacción de saber que la explosión causará muchas más víctimas. Son bastantes los que graban en vídeo su despedida poco antes de cometer su asesinato. En una de esas grabaciones se pudo ver a una madre despidiéndose de su hijo, asesino y suicida, transmitiéndole su bendición y su ánimo, pese a la tristeza que le provocaba su suerte.

Ahora bien ¿el hombre occidental está preparado debidamente para esta guerra, para luchar contra estas gentes que llevan hasta tan lejos su determinación?

He mencionado más arriba el masoquismo. Hace poco leí un artículo periodístico en que se mencionaba el placer íntimo de dar la razón al contrario. Placer innoble, malsano y decadente, pero placer al fin y al cabo.

El hombre occidental ha alcanzado el nadir de su carrera con la asunción del odio a Occidente. Es decir, ha llegado a odiarse y a flagelarse a sí mismo con pasión. Esto es masoquismo.

Se explican así las críticas al presidente George Bush por amenazar con atacar a Irak y, al mismo tiempo, la concesión del premio Nobel de la Paz a Jimmy Carter, uno de los presidentes más nefastos que ha tenido Estados Unidos. Pero el primero pretende defender a Occidente de la amenaza del terrorismo islámico, lo que es suficiente para cubrirle de insultos, desde «vaquero inculto» a «vendido a la industria del armamento». Y el segundo, con su loco pacifismo, alteró a favor de la Unión Soviética el equilibrio de fuerzas existente. Nunca corrió tanto peligro el mundo libre como con Carter. Suficiente para captarse las simpatías del liberal-progresismo, con inclinación al marxismo, profesado con preferencia por el actual hombre de Occidente. Obligado era, pues, cubrir de honores a este hombre tan propenso a las lágrimas y tan amante de la fraternidad universal, pasando por alto la inutilidad y falta de pertinencia de sus mediaciones, ya como ex-presidente, en cualesquiera conflictos políticos internacionales.

No parece, pues, que esta predisposición del hombre occidental sea provechosa para la lucha antiterrorista. Pues el masoquista no quiere vencer, sino ser derrotado.

Las fuerzas enemigas poseen un pensamiento y un sentimiento profundamente religiosos, aunque sea la suya una religión equivocada. Pero ¿qué religión tiene el hombre de Occidente?

Después de las dos revoluciones y dos guerras de alcance universal, Occidente ha perdido en gran medida sus señas de identidad cristianas. En la actualidad, los hacedores de opinión que controlan los medios de comunicación, cine, editoriales, enseñanza, se dedican activamente a atacar los rastros de religión que quedan. A los intelectuales de tipo medio, que nadie les hable de religión. Hablo de la cristiana, porque la islámica, siendo contraria a la cristiana, será digna de estudio para ellos, a pesar de sus disparates. Además ¡qué bien le sienta al intelectual mediocre la pose del escepticismo! Será difícil encontrar alguno que no sea escéptico, relativista, agnóstico o ateo. Se trata de su uniforme profesional, igual que las melenas del poeta o los pantalones de pana del pintor.

Pero ¿y qué se puede decir de los templos? Nada verdaderamente positivo, lamentablemente. Pues el mensaje que ofrecen ya no es el de aquella robusta fe en un Dios poderoso al que había que amar pero también temer porque premiaba pero también castigaba (lo cual era, y es, de una lógica aplastante); que mencionaba el Cielo, pero también el Infierno; que exigía abiertamente la castidad; que proclamaba la divinidad de Cristo; que condenaba el aborto sin paliativos; que se apoyaba en milagros y profecías; que anunciaba el Evangelio sin mutilaciones y deformaciones oportunistas, en suma.

No es este el mensaje que ahora nos llega de los templos. De la predicación ahora vigente han extirpado absolutamente todo lo que pudiera herir (en opinión del clero) la sensibilidad exquisita, humanitarista y narcisista, del hombre occidental de hoy. Ni una mención al castigo, a la condenación, al infierno. Ni una mención a la castidad (que exige esfuerzo y por ello es despreciada por la gente). Ni una mención al aborto, aunque formulariamente haya sido condenado, porque se teme una reacción adversa. Mutilaciones del Evangelio para hacerlo más digerible; tergiversaciones sibilinas de lo que está meridianamente claro; derivaciones políticas interesadas cuando viene al caso (o aunque no venga); y un mensaje de amor indiscriminado, totalizador, de raíz probablemente oriental, en que todos somos iguales y el terrorista se confunde con la víctima y merece el mismo trato. Un mensaje que ya carga, empacha y empalaga. Nunca hablarán de amar la virtud y odiar el vicio, amar la justicia y odiar el crimen. Esto ha quedado anticuado. Estos son otros tiempos y, al parecer, hay que amarlo todo.

En conjunto, una religión-merengue, un Cristo-merengue y un Dios-merengue. O, dicho de otro modo, mensaje afeminado para gente afeminada. Y, naturalmente, este mensaje, si es asimilado, ha de resultar castrador de las potencialidades del hombre.

Vamos viendo que nuestras armas son bastante pobres para enfrentarnos con el poderoso Islam y los demás terrorismos.

Y ya en el plano de las ideas ¿qué es lo que oponemos a esta idea absorbente y totalitaria de los terroristas? Ni más ni menos que la idea del pluralismo. ¿Pero esta idea acaso puede entusiasmar a alguien, movilizar sus energías? Hace poco me decía una persona preocupada por el tema, que «a nosotros nos mueve la razón, y a ellos el sentimiento». Parecía quejarse de la falta de pasión en nosotros. Y estaba en lo cierto, aunque no profundizaba en el por qué de esa circunstancia. No pensaba en que el pluralismo, que implica una percepción relativista de la realidad (que él mismo defendía), es una elaboración mental que se neutraliza a sí misma, dejando vacío de ideas dinamizadoras al individuo. Si todas las ideas son relativas, es decir, son tan verdaderas o tan falsas las unas como las otras, y ninguna tiene que predominar sobre las demás ¿qué es lo que nos puede inducir a luchar? Sólo las ideas absolutas movilizan e inducen a la lucha. Pero el hombre occidental no quiere luchar, y encuentra en el relativismo la excusa ideal para no hacerlo. Lo que no es óbice para que se dedique ansiosamente a buscar explicaciones al fanatismo del enemigo, dispuesto a encontrar motivos para poder darle la razón. No es que a nosotros nos mueva «la razón», sino un tipo de razón deteriorada, nula, que no puede provocar sentimiento alguno, como no sea el sentimiento de la indiferencia. Porque la razón, si está sana, puede elaborar ideas e ideales capaces de despertar un sentimiento muy poderoso. No es que nos mueva la razón, sino que tenemos una razón exangüe incapaz de despertar pasión.

Trasladada esta actitud descaecida a la política, comprobaremos que los intelectuales de medio pelo, que son los que ahora subsisten y son los que crean opinión y arrastran a mucha gente, propugnan inevitablemente posturas derrotistas ante cualquier conflicto. Defienden a capa y espada el diálogo con el contrario, muestran su comprensión de los motivos que le mueven y una gran severidad con los presuntos abusos propios.

En España se da el caso de que están muy conformes con cualquier bandera extrajera, sea cual sea su tamaño, pero protestan indignados si se coloca una bandera española de tamaño grande, clamando que es una provocación. Es lícito suponer que desearían que todas las banderas españolas desapareciesen.

Si se les habla de patria, tuercen el gesto o se ríen con desprecio. No obstante, muestran respeto por la pasión patriótica de otros países y están muy lejos de despreciar el orgullo de los países islámicos y su símbolo de la media luna.

Está claro que el hombre occidental, sobre todo el europeo, esa mayoría mediatizada por el discurso derrotista inducido, se encuentra huero de ideas elevadas y absolutas de carácter religioso o patriótico. Ni tiene armas para la lucha ni siente impulsos de luchar. Una vez conseguido un cierto nivel económico, sus intereses derivan hacia el relajamiento y la banalidad como ideal de vida. Todo lo que tenga el marchamo de la gravedad le repele. Es un hombre fundamentalmente débil.

Lo malo es que, igual que en las postrimerías del Imperio Romano, estamos siendo invadidos por bárbaros que acabarán dominándonos precisamente por nuestra decadencia de espíritu. Llega una multitud de inmigrantes que van plantando sus mezquitas sin que encuentren ninguna oposición, cuando ellos en su tierra no dejan construir ninguna iglesia cristiana. Se aprovechan de nuestro masoquismo. Llegan como pobres, como necesitados, pero acabarán siendo poderosos. Es cuestión de tiempo. Y el terrorismo es un factor de ese proceso.

Y la demografía les favorece enormemente. Mientras Europa envejece y reduce su población, ellos crecen muy rápidamente. Porque a ellos no les importa tener muchos hijos. Y, además, no abortan. No cometen ese crimen, cuya legalización en Occidente es demostrativa de su declive espiritual.

Solamente la consciencia de que en su misma forma de ser radica el origen de la gravedad de la amenaza, podría espolear al hombre occidental a transformarse a sí mismo mediante una poderosa reacción. ¿Será esto posible?

Hay otra alternativa, que es la favorita de los cínicos, basada en la posibilidad de contagiar nuestro modo de vida amoral, nuestras costumbres decadentes, nuestras leyes permisivas, a estos países islámicos, de forma que a la larga se confundan con nosotros mismos. Pero posiblemente sea esta una vana esperanza, alimentada por la debilidad espiritual antedicha junto con la falsa seguridad que prestan el poderío económico y los colosales armamentos. Vana esperanza, puesto que los musulmanes son impermeables al contagio de nuestra amoralidad y relativismo, y sus planes a largo plazo no tienen que ver con las grandes armas sino con procesos históricos en los que éstas no tienen ninguna función.


 
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