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Altar Mayor - Nº 85 (07)
Lunes, 31 marzo a las 19:34:23

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

Confidencia XXIX
OTRO 29 DE OCTUBRE CONMEMORATIVO
Por Jesús López-Cancio

Adquiere pleno significado la «longa» mesa de nuestro ágape conmemorativo, porque el vetusto término denomina también a una antigua nota musical de cuatro compases, que aquí están representados por las cuatro generaciones que los convocantes congregan cada 29 de octubre. Todas en adhesión unánime a la memoria de José Antonio, pero cada una con su motivación original y consecuente. No en vano han transcurrido setenta años desde el inicio de la notoriedad pública de éste y sesenta y seis de su silencio definitivo.

Entre los invitados están: primero, quienes lo tuvieron como jefe para la advertencia, el debate, la definición y el ejemplo; segundo, quienes atraídos posteriormente por la aureola de aquel irrepetible conductor, superaron su ausencia y combatieron en la dramática ocasión de la Guerra Civil; tercero, los chavales de la postguerra, que infundieron alegría a la dificultad, unanimidad al propósito y melodía al ideario; cuarto, los jóvenes de hoy –extraños a la «movida»- ávidos de norma para su libertad, de objetivos de servicio, de valoración de su juventud y de referente ejemplar para la decisión política.

No es lo mismo haber visto y oído a José Antonio, enfrentado a circunstancias con él compartidas, guiados por su avisada inteligencia, su serenidad y gallardía, que actuar políticamente lamentando su ausencia y tratando de acertar con sus criterios supuestos. La satisfacción primera duró un tiempo brevísimo y constituyó el ardoroso impulso de una exigua minoría; la inquietud segunda se prolongó durante cuarenta años y fue la expresión –primero heroica y luego servicial- de un amplio sector, no dominante en exclusiva, que trató y consiguió en buena medida la realización de muchos proyectos colectivos y la satisfacción de grandes necesidades, en un tiempo difícil y acuciante de nuestro pueblo. El entusiasmo suplió la falta de medios y preparación, el aislamiento y la hambruna de postguerra.

Por cierto, que la autarquía, durante una etapa imperante, aunque tuviese modelos próximos, fue más una consecuencia que un propósito original, si bien se acometió –Suances a la cabeza- asistida por el impulso popular socialista –no marxista- del Movimiento. Luego, cuando se consideró oportuno, o fue posible, cambió de rumbo la política económica del Régimen. Respecto a este asunto, he leído en Torre de los Lujanes un artículo de López Medel en el que afirma que costó mucho empeño vencer la resistencia, de Franco, al cambio. Personalmente puedo aportar la preocupación que el Generalísimo me manifestó respecto de su necesidad, al posesionarme del cargo de Delegado Nacional de Juventudes (año 1955), y la dificultad que tenía para encomendar tal responsabilidad a gente joven con ideas nuevas. Yo me limité a citarle el Centro de estudios sindicales, y el equipo de Arriba, donde colaboraban Velarde, Fuentes Quintana, Cotorruelo, Albiñana, Cerrolaza, Sendacorta…

El aprecio hoy de José Antonio ha de hacerse referido a su pensamiento en la circunstancia en que le tocó vivir y actuar políticamente, y hacerlo con más prudencia y reflexión que para valorar la evidencia de su carácter y actuación. Hay frases de José Antonio geniales para su tiempo, pero que hoy carecerían de sentido para afrontar los problemas que nos acucian. En cambio otras guardan la lozanía del día en que fueron dichas. La selección se impone, aunque con fidelidad respecto a la intención original. El esfuerzo en este sentido constituye la mayor y mejor ofrenda de nuestra devoción personal y lealtad a su memoria. Hay algunos escritos en los que se manifiestan juntas la calidad expresiva de su inteligencia y su señorío personal, al discrepar, sin merma de su valoración, respecto de las opiniones y conducta de figuras señeras de su tiempo. Tal ocurre en los escritos dedicados a Ortega, Azaña y Gil Robles, en los que el reproche se conjuga con el reconocimiento de su eminencia. En el caso de la carta al General Franco se advierte una actitud respetuosa al cumplir lo que él considera un deber comunicarle: su alarma ante la inminencia de unos graves sucesos, que podrían evitarse con la advertencia militar de una necesaria y pronta acción gubernativa (septiembre de 1934). Es conveniente también constatar el humor espontáneo de José Antonio en su intervención parlamentaria, como en el caso de su reacción al ser interrumpido por Indalecio Prieto, también en la misma clave. O la rapidez de reflejos al publicar de inmediato una nota de indignada reprobación al conocer la profanación de la tumba del Capitán Galán.

José Antonio fue hombre de su tiempo español y universal; de patriotismo indeclinable, pero crítico y abierto; concepción cristiana de la vida y clara percepción de los ámbitos de autoridad correspondientes al Estado y a la Iglesia; sentido moral y jurídico para la ordenación de la justicia social y penal; permanente disposición de servicio a la comunidad, autodisciplina de estilo y comportamiento –con sus cóleras puntuales ante la villanía y la mezquindad-. De su estilo escribió Juan Aparicio que «la oratoria de José Antonio era como las fórmulas algebraicas, donde nada sobra, o como los poemas cuyo ritmo y vigor les viene de dentro». Eso la hace, en su aprovechamiento actual, apreciable, viva y poderosa. Pero sin olvidar que José Antonio está muerto; que su intención fue interpretada como consigna nacional durante los cuarenta años de gobierno de un jefe que respetó su memoria, patrocinó la difusión de su pensamiento, y admitió su imagen en centros oficiales y docentes a nivel de la suya; así hasta el último día. Eso ha tenido muchas consecuencias positivas, pero también aporta un desgaste no imputable a la persona, pero sí al personaje creado, justamente, por todo un régimen político, del que hoy unos lanzan improperios y otros se contienen en un silencio vergonzante. Por ello, en nuestro caso, de momento la obligación lleva aparejada la dificultad; pero aquélla ha de cumplirse.

En la última reunión del 29-X, todos menos uno éramos devotos de José Antonio: los menos, vinculados a la fecha con la intención de refundar su partido en el juego liberal; otros, activos o apartados de la acción política, afectos a las ideas básicas expresadas por el Fundador, y su vital actitud y estilo. Curiosamente hubo un comensal, expertísimo estudioso de nuestro héroe, pero absolutamente distante del afecto y seguimiento. Comprendo y aprecio su especialización, pero no entiendo su presencia en una cena, como la nuestra. Ella me hizo sentirme, con los demás, objeto de estudio psiquiátrico, porque yo no acudo a la cita anual para aprender ni para enseñar, sino para enriquecer, por sintonía, mi recuerdo, identificación y propia rectitud de conducta política e individual. No ceno, comulgo. Y soporto con simpatía algún que otro exceso oratorio, porque todas las intervenciones me convienen. Y haré un esfuerzo para beneficiarme también de las del «experto», si volvemos a coincidir.

Cuantos nos reunimos anualmente en esta ocasión no hacemos espiritismo, ni redactamos ponencias revolucionarias, simplemente contrastamos la consecuencia de nuestras conductas y opiniones con las ideas, vida y muerte de José Antonio, al que todos profesamos fidelidad sostenida por juicio y voluntad, incluso con actitudes puntualmente contradictorias. Todos los asistentes podríamos ser definidos con las palabras que Eugenio d’Ors empleó en una de sus «glosas», dedicada a Ángel María Pascual, con motivo de la publicación del famoso soneto Envío: «una raza de cultivadores del amor en disgusto».


 
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