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Altar Mayor - Nº 85 (05)
Lunes, 31 marzo a las 19:39:46

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

EDUCADORES
Por Severino Arranz  - Lic. en Psicología y en F. Románica

«Yo soy yo y mi circunstancia», afirmaba el filósofo Ortega y Gasset; lo cual es tanto como decir: yo soy el resultado de mi herencia genética y del medio en que he vivido. He aquí los dos elementos que, según un buen número de científicos, determinan la conducta de toda una vida.

Pero el esquema no puede ser tan simple y reduccionista, porque, presentado así, parece que ambos elementos, herencia y medio, actuaran con un determinismo ciego que convirtiera al hombre en poco menos que un juguete de las circunstancias; a menos que el segundo elemento, la circunstancia orteguiana, la identifiquemos con Educación.

Yo soy yo y mi educación. Esto le cuadra mejor al ser humano porque le implica en esa trascendental tarea que, además de un derecho natural, es también una obligación natural e ineludible: el de su propia formación como persona, llamada a otro plano vital superior a la mera zoología.

Habrá cosas que puedan dudarse con respecto a la naturaleza del hombre, pero lo que no puede ponerse en tela de juicio es su infinita capacidad de ser educado. ¿Era esa infinitud lo que nos quiso decir el Señor cuando concibió al ser humano a su imagen y semejanza?

Esta potencialidad receptiva para la educación está abierta, siempre lo ha estado, como en una situación de permanente sed nunca saciada.

Desde el hombre del sílex al hombre del genoma hay un amplio muestrario de circunstancias que han ido configurando la imagen de ese ser superior que en algunos tiempos se le ha llamado el rey de la creación, aunque, a la vista de algunos ejemplares de la especie, este título resulte verdaderamente sarcástico.

La educación hay que concebirla como el desarrollo de las potencialidades que todo ser humano lleva dentro de sí. Ahora nos falta analizar cuáles han sido los principales agentes que han contribuido al desarrollo de esas potencialidades.

Aparte de la función educadora de la propia Naturaleza, fue el hecho religioso quizá el más antiguo y el más eficaz; a la vez que el principal hecho diferenciador entre el ser humano y el resto de los seres. Los animales no tienen religión.

A medida que pasa el tiempo, y la paleo-antropología abre el camino a la historia de las civilizaciones, vamos encontrando los primeros vestigios educativos, de la mano del mensaje escrito que es el mejor testigo de que cada civilización ha tenido siempre su código de conducta. Repasemos la Historia y veremos cómo los pueblos más civilizados y más prósperos son los que más firmemente asentados tienen sus códigos de conducta, sean o no de inspiración religiosa. Pero además han contado con un mayor número de educadores cuya función nos es conocida por el testimonio escrito en los diferentes medios propios de la época: tablillas, papiros, o cualquiera de los medios escriptorios al uso.

Cerca de dos milenios antes de Jesucristo la civilización babilónica ya tenia su código de conducta, el célebre Código de Hammurabi; vecino del vigente Decálogo del judaísmo, el nuestro; esos Diez Mandamientos que revolucionaron toda la posteridad y han sido la guía de conducta de lo que hoy constituye el mundo civilizado.

Las literaturas clásicas tanto de la antigua Roma como de la griega están cargadas de elementos educativos sobre todo los dedicados a la juventud que siempre constituyó la máxima preocupación de los rectores del pueblo. Ambas dieron como resultado el más alto grado de civilización de la antigüedad.

Tal vez sea muy aventurado afirmar que todas las obras escritas de esa larga y brillante época estén pensadas para moralizar, pero tampoco sería un error decir que hay muy pocas de las que no se pueda extraer alguna norma válida de conducta. Más todavía; fue de tal envergadura el legado educativo de estas dos civilizaciones, que hoy, en nuestros días estamos aprovechando los frutos de ese legado de cultura y de educación.

Y no me refiero solamente al alto nivel educador que alcanzó, por ejemplo, la Filosofía en ambas civilizaciones, sino también al resto del mensaje escrito, cualquiera que fuese su contenido.

Finiquitadas ambas civilizaciones, que no su legado, toma el relevo el Cristianismo, con un protagonismo ininterrumpido y exclusivo, por lo menos hasta la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII.

Con el Cristianismo, que se hace oficial en el año 313 bajo el imperio de Constantino, tiene lugar el hecho educativo de mayor envergadura y de más transcendencia que ha experimentado la humanidad civilizada y que alcanza su nivel más alto de espiritualidad a lo largo de toda la Edad Media. En ella el hombre da un paso importante hacia su «deszoologización», que va a tener vigencia durante cerca de un milenio, hasta que otras corrientes «educativas» van a configurar otro tipo menos deísta y más humanista, sin abandonar el sentido trascendente de la vida que el cristianismo marcó. Me refiero al Renacimiento como fenómeno cultural europeo de los siglos XV y XVI en que el mensaje evangélico está presente en cualquiera de las manifestaciones de las artes tanto plásticas como literarias en las cuales todos y cada uno de los artistas se erigen por méritos propios en verdaderos educadores, en verdaderos maestros que elevan al hombre de entonces a unas cotas de educación verdaderamente notables y cuyo efecto educativo va a durar hasta el ya citado siglo XVIII en que, sin dejar el cristianismo de ejercer su papel protagonista, aparecen en el escenario de la cultura unas nuevas ideas con las que sus propagadores pretenden educar al pueblo. A diferencia de las del cristianismo que se imponen -salvo las excepciones de la Inquisición- con amor y convencimiento, estas ideas son impuestas mediante una revolución violenta que preconiza la Fraternidad (junto con la igualdad y la libertad), mientras estaba pasando por la guillotina a sus hermanos, incluido el propio monarca y familia. ¿Cabe mayor incongruencia? ¿Qué clase de fraternidad era esa?

Aunque las causas primeras de la Revolución Francesa hay que buscarlas en circunstancias de carácter social, sí es cierto que a su amparo surgieron ideas que marcaron el sistema educativo con un sello distinto al que había predominado hasta entonces.

Conviene aclarar que, cuando hablo del sistema educativo no me refiero a nada que signifique oficialidad dictada por el Estado, sino a los diversos aspectos de la cultura y su repercusión indirecta en la educación de los pueblos.

Es el turno educativo de la Filosofía moderna, en pugna muchas veces con la cristiana y que da un sentido nuevo a la educación de masas. Estamos en el siglo llamado de las luces en que la razón, la inteligencia, es la medida de todas las cosas. Es otra forma de educación que el hombre del siglo XVIII asimiló en una buena parte y que, aunque dio frutos muy amargos en lo que a educación se refiere, resultó ser el más didáctico de todos los tiempos y el que mayor empeño puso en restablecer una moral que había quedado muy dañada por ciertas ideas de la Revolución que pretendían arrancar toda la semilla que el cristianismo había hecho germinar durante siglos.

En su literatura predomina con mucho el afán moralizante sobre el puramente artístico y de delectación del siglo anterior, tanto que desde las literaturas clásicas citadas no habían hecho acto de presencia los fabulistas, que hubieron de asumir el papel de censores de unas conductas que necesitaban un cierto repaso educativo.

Ese afán moralizante y educativo está representado en la Europa más culta por las ideas de la famosa Enciclopedia o diccionario razonado de la Ciencias, las Artes y los Oficios por una Sociedad de gentes de letras.

Estaba ordenado y publicado por el señor Diderot, de la Real Academia de Ciencias y Bellas Artes de Prusia; y la parte Matemática por el Señor D’ Alembert, de la Real Academia Francesa, de la Real Academia de Ciencias de París, de la de Prusia, de la Real Sociedad de Londres, de la Real Academia de Bellas Artes de Suecia y del Instituto de Bolonia.

La Enciclopedia, en lo que a educación se refiere, tuvo al menos dos importantes fallos, el más destacable de los cuales es el haber prescindido de la tradición cristiana, como elemento válido de educación. A veces asoma como sin querer, en sus planteamientos teóricos, algún resto de las «viejas ideas», como cuando dice en el tomo V «el segundo objeto de la educación es el espíritu, que se debe iluminar, instruir, enriquecer y regular». Aunque su verdadero planteamiento no iba por ese camino.

De su vacío espiritual nos dan idea estas líneas que corresponden, dentro del mismo capítulo, al apartado «De la Educación en general»: «Los niños que vienen al mundo formarán en su día la sociedad en la que tendrán que vivir; su educación es, pues, el objeto más interesante, 1º para ellos mismos, puesto que la educación debe conformarles de tal manera que sean útiles a la sociedad; 2° para sus familias, a las que habrán de mantener y honrar; 3° para el propio Estado que ha de recoger los frutos de la buena educación».

O cuando dice que «sin salud la vida es penosa e, incluso el mérito desaparece».

El segundo fallo de esta particular visión de la educación es su carácter meramente teórico como se pone de manifiesto en frases como «La educación es el mayor bien que los padres pueden dejar a sus hijos». O también: «Existen muchas semejanzas entre el cultivo de las plantas y la educación de los niños».

Todo ello nos recuerda los preámbulos a las reformas educativas de los últimos tiempos que, como las promesas electorales. están hechas para no cumplirse, según un célebre personaje de la política socialista de las últimas décadas del siglo XX.

En España la Ilustración tuvo menos incidencia que en Francia, pese a las influencias de todo tipo que venían de allende los Pirineos, porque la reserva espiritual hispana no cedió ante semejante ataque, gracias al esfuerzo de algunas órdenes religiosas, entre las que destaca la Compañía de Jesús, hasta su expulsión, y la Benedictina cuyo mejor representante en lo que a educación se refiere es el padre Feijóo.

Con esta lucha de ideas progresistas y tradicionales, se entra en el siglo XIX con una gran desorientación educativa que se prolongará hasta su final, sobre todo en la cuestión de la confesionalidad del estado, la libertad de enseñanza y otras ideologías propias de la época y que determinaron un período poco propicio para la buena formación de los niños y jóvenes.

Así se inicia un siglo XX que va a ser pródigo en controversias sobre la educación, como consecuencia de la pugna clericalismo-anticlericalismo. Algo tendría la educación religiosa cuando en el casi medio siglo en que transcurre la Restauración, los hijos de nobles y pudientes mandaban sus hijos a los colegios religiosos.

Pero el golpe más duro infligido a la educación, en cuanto al alejamiento de las costumbres tradicionales que tan excelentes frutos habían dado a la formación de las personas, vino de la creación de la llamada Institución Libre de Enseñanza que, como su nombre indica, prescinde de toda formación religiosa, aunque sin atacarla. Los males vendrían después, cuando los manipuladores oficiales y particulares aprovecharon esta libertad para sus consignas políticas y sociales, como si la culpable de las calamidades que hicieron su aparición en este siglo fueran debidas a la educación religiosa.

Así pues el marxismo se encontró con el camino allanado para propagar su teoría de la educación, basada en el ateísmo militante que pronto se impuso en toda Europa, aún en aquellos países no dominados políticamente por tal doctrina.

Es finalmente el siglo XX uno de los más interesantes en lo que a educación se refiere y se caracteriza porque advienen a la función educativa no sólo personas, sino ideas que nunca habían aparecido en el plano de la educación. Ellos son los manipuladores oficiales.

Y no es que «España ha dejado de ser católica», según frase de un célebre personaje de la política española; es que había comenzado a ser anti-católica.

Estos políticos de pacotilla desmantelan todo un modo de educar que había estado vigente durante tantos siglos y dejan vacía de contenido la orientación de las conductas, pero no son capaces de encontrar recambio. Seguramente porque no lo hay.

«Yo no quiero que mi hijo estudie la asignatura de Religión» -me ha dicho más de un padre durante mi oficio de docente.

¿Usted se ha dado cuenta de la mutilación que va sufrir la cultura de su hijo? ¿Cómo va a entender la riqueza cultural de las manifestaciones artísticas de más de quince siglos, si la inmensa mayoría de ellas pertenecen en su temática al espíritu cristiano de las diferentes épocas? ¿Y qué decir de la Historia de la cultura, de la Filosofía? Incluso la historia de la Iglesia es uno de los principales referentes culturales, sin cuyo conocimiento nadie se puede considerar una persona culta.

Puedo afirmar que ante tales argumentos no ha habido ningún padre que no haya claudicado. Algunos me han dicho: «Bueno, que la estudie pero que no la practique».

Pero nunca en la historia de la educación han existido tantos manipuladores como en este siglo en que se impuso la libertad de cátedra, concebida en sus comienzos para la Enseñanza Superior. Pero los ideólogos del materialismo no podían dejar al albur de las circunstancias la gran baza de la escuela primaria y media. Había que conquistar esas mentes para la gran causa.

El introductor de tal moda fue el marxismo como fruto tardío de las ya mencionadas ideas de la Enciclopedia francesa, que además fue asimilando toda la basura filosófica que encontró en su camino; como aquel mendicante que decía «todo es bueno para el convento»; hasta el conato de revolución otra vez francesa de mayo del sesenta y ocho. ¡Francia, a ver si haces alguna revolución que merezca la pena!

Todos esos sistemas educativos han tenido como denominador común el libro como elemento portador de las ideas, aunque éstas hayan sido transmitidas a través de su lectura y de la palabra de sus propagadores. Estos han sido los únicos medios de transmisión del pensamiento, hasta que a lo largo del siglo XX aparecen los grandes medios de comunicación, los llamados mass media que habrían de revolucionar los esquemas de transmisión del pensamiento.

Ello no significa que los grandes responsables de esa transmisión sean la prensa, la radio, la televisión, el cine, la electrónica, incluso el tradicional libro. Los verdaderos responsables son aquellos que usan dichos medios de comunicación de masas, no siempre con buenos fines.

Los educadores de hoy, los llamados a la regeneración de la sociedad, deberían servirse de estos modernísimos y eficaces medios para conseguirlo. Sin embargo la actuación de los llamados a educar a los pueblos -¿existen hoy los educadores de masas en el buen sentido?- no aparecen en tales medios. Seguramente porque estos temas no interesan a los responsables de tales medios. Hoy lo que vende es exactamente lo contrario, y no se dan cuenta que la sociedad está pidiendo educación, especialmente para los niños y jóvenes.

Si por efecto de algún milagro estos mass media se llegaran a reconvertir y se hicieran los responsables de una buena educación de masas, el mundo entero se podría cambiar con esa rapidez que los tiempos modernos saben imprimir a sus cambios.

En este cambio no deberían quedarse atrás los escritores, demasiado entretenidos muchos de ellos en libros intrascendentes que no tienen más utilidad que proporcionar al autor nombre y dinero. Todo «buen» escritor tiene la obligación moral de comprometerse con su tiempo, dedicando algo de su producción al servicio de los demás. Algo así como esos antiguos diezmos que se pagaban a la Iglesia.

La sociedad de nuestros días se encuentra en una grave encrucijada respecto de la educación porque los rectores de los pueblos han abandonado la tarea, conduciéndolos por otros caminos.

Por otra parte las autoridades oficiales encargadas de confeccionar y ejecutar la educación en los planes educativos no aciertan con el aspecto más trascendente de la formación de niños y jóvenes que les enseñe a ser verdaderos hombres (y mujeres), con sentido de la trascendencia de sus actos.

Ante tales circunstancias el individuo, a menos que haya tenido la suerte de haber sido educado en una familia preparada para tal fin, que desgraciadamente son muy pocas, o haya sido formado por alguno de los pocos centros docentes impartidores de verdadera educación, no le queda otra salida que procurarse su propia educación. dado el gran vacío educativo tanto oficial como familiar y social. No olvidemos que la mayor parte de las personas que han triunfado han sido verdaderos artífices de su propia educación. Y para terminar, me atrevo a publicitar la siguiente demanda: SE NECESITAN EDUCADORES.

Aquí cabe añadir con toda propiedad la frase evangélica la mies es mucha, los operarios pocos...


 
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