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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 168
Viernes, 30 mayo a las 08:41:52

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 168 – 27 de mayo de 2003

SUMARIO

  1. Ensimismamiento, por Aquilino Duque
  2. Todos contentos, por Emilio Álvarez Frías
  3. El Tejo: José Antonio y La Razón, por Antonio Castro Villacañas
  4. El miedo a la verdad no es de cristianos, por Ismael Medina
  5. Guerra mundial no convencional, por Luis María Anson


ENSIMISMAMIENTO
Por Aquilino Duque

Una de las preguntas más enigmáticas que se haya hecho jamás un poeta es aquella de Hölderlin: «¿Para qué poetas en tiempos de miseria?» ¿De qué miseria hablaba Hölderlin? ¿De miseria material o de miseria moral? Para un poeta son míseros los tiempos que se halla en desacuerdo, lo que vale a decir que para el poeta todos los tiempos son míseros. En los tiempos que vivimos, la miseria material por lo menos no se nota, pero la miseria moral la notamos por lo menos los contados mortales que nos obstinamos en permanecer erguidos. Permanecer erguido no es fácil en unos tiempos en los que, como en la fábula de Orwell, cuatro patas cuentan más que dos. Antes por unos motivos, ahora por otros, el poeta choca siempre con su entorno social, pero cuando el poeta cultiva otros géneros además del verso, tiende a dispersarse en ellos, sobre todo en aquellos en los que cree que puede reaccionar con más eficacia. Hay tiempos, pues, en los que la poesía hay que buscarla, como en el siglo XVIII, en los artículos de fondo y en los relatos licenciosos, que en eso consistió preferentemente la poesía en aquel siglo. Lo malo es que cuando se abusa de esos géneros y se los despacha por poesía, el poeta lírico, un sí es no es romántico, se desanima, se desgana y pierde afición. Son malos momentos por los que se pasa y de los que se acaba saliendo gracias a ese milagro que no se descarta nunca. Ese milagro se produce cuando toca fondo el ensimismamiento. Ensimismarse es difícil, entre otras cosas porque al poeta se lo estorba su innato espíritu de contradicción. La misma grey que reprochaba al poeta su ensimismamiento en los tiempos del «compromiso», se lo recomienda con vehemencia en estos tiempos de conformismo. La grey nunca quiso voces discordantes, ni entonces ni ahora.

La mejor manera de no discordar, de no desentonar, es pues ensimismarse. Pero basta que la grey lo vea con buenos ojos para que el poeta, si es que es egregio, se niegue a meterse dentro de sí mismo. En lo que a mí respecta, siempre he dicho que la poesía es mi punto de partida y mi punto de llegada; que de ella vengo y a ella voy. A través de ella he aspirado a ser una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo: un portador de valores eternos. Sólo así puede el poeta, o el que por tal se tiene, conservar su verticalidad, mantener su jerarquía, sobrenadar en la miseria moral de unos tiempos de prosperidad que Hölderlin no hubiera imaginado ni en el más febril de sus delirios.

Frente a los que sostienen que son los pueblos los que hacen la historia, yo creo que la historia la hacen los pocos que son su obra, su ejemplo y su sacrificio redimen y justifican a los pueblos. El pueblo no es bueno ni es malo; el pueblo se comporta de un modo o de otro según se le ponga como modelo el hidalgo o el pícaro. La miseria de los tiempos que corren se manifiesta no sólo en la degradación del pensamiento, sino en el encanallamiento de la palabra. Y ahí es justamente donde yo veo la misión redentora del poeta, porque es la palabra del poeta la que siempre queda frente a la palabrería olvidadiza de los que al pueblo lo degradan y lo encanallan.

Ahora bien, para decir esa palabra, el poeta tiene que hacer oídos sordos a los ecos de su tiempo, y eso sólo lo va a lograr ensimismándose. Hay unos versos de Luis Cernuda que constituyen mi más frecuente oración mental: Y en la hora nocturna / divinamente solo / sube su canto puro a las estrellas. Porque es en las estrellas, en los astros, donde, dicho sea con otras palabras que también recuerdo con frecuencia, cantan los números su canción exacta.
 

TODOS CONTENTOS
Por Emilio Álvarez Frías

Así es. Todos los partidos políticos «constitucionales» están contentos y satisfechos: han ganado las elecciones del 25M y se aprestan a gobernar Ayuntamientos y Comunidades por cuatro años, sin dar cuenta alguna al electorado.

Los politólogos y los analistas, tras sesudas reflexiones, probablemente sacarán importantes conclusiones de los resultados habidos. Yo no me inscribo entre ellos pero voy a decir, con toda humildad, qué me ha parecido la parafernalia previa y lo espero para después.

Lo digo sin ambages: estoy avergonzado de lo que he escuchado a los candidatos y a los jefes de partido. En unos casos más que en otros, naturalmente. Por la forma vulgar de hacer la campaña, por la manera de atacar y descalificar al contrario, por el modo de prometer («Yo más que tú») sin tener en cuenta que lo prometido requiere un análisis de posibilidades de realización y de financiación, por el sectarismo fundamentado en ideas e ideologías más que obsoletas y que presentan como «progres» cuando son regresivas en relación con el hombre.

Como ciudadano de a pie no me han gustado las campañas llevadas a cabo por unos y otros; ni me han gustado las actuaciones de muchos de los que han dirigido Ayuntamientos y Comunidades hasta ahora. No es momento ni hay espacio para el análisis, pero sí para dejar constancia de ello. Y de esta opinión eran muchos que pensaban no dar su voto en esta ocasión pero que el discurrir de los acontecimientos les ha llevado a las urnas. Deberán tener en cuenta esta realidad y esta opción los futuros candidatos a lo que sea.

Porque sin duda es una opción tan válida como cualquier otra la de no votar. Es una memez lo que algunos mantienen que es una obligación cívica el ejercicio del vota. Sin duda es un derecho que el ciudadano tiene y que puede usar de acuerdo con su libre albedrío. Y el no votar es una forma de manifestar el desapego a la forma de ejercer el gobierno, a los partidos políticos o a los candidatos.

Lo que sí es un deber, estoy convencido, la rendición de cuentas de los políticos a sus representados, hecho que no se produce jamás. De esta obligación sí que habría que hacer exigencia, pues no se da un cheque en blanco a los «representantes del pueblo», que lo son en cuanto cumplen con el mandato otorgado y no si se alejan de él.

Tengamos esperanza de que, a pesar de todo, los elegidos sabrán hacer lo que les corresponde, tanto si están capacitados para ello como los ignorantes o incompetentes, que de todo hay.
 

EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

JOSÉ ANTONIO Y LA RAZÓN

La Razón (diario madrileño propiedad de AudioVisual Española S.A., empresa perteneciente al grupo Planeta), en su número correspondiente al pasado 24 de abril, aniversario del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera, publicó un breve editorial explicativo de por qué había «abierto sus páginas a un conjunto de trabajos sobre el que fue fundador de la Falange». En él decía que «debe ser posible considerar, libremente y sin suspicacias, su huella en la Historia».

Digno de estima y elogio debe ser considerado este propósito, y ningún español de bien -menos aún cualquier joseantoniano- dejará de valorarlo.

Claro está que para hacerlo en justicia merece la pena puntualizarlo con algunas observaciones. Por ejemplo, éstas:

1) Cualquier lector de La Razón sabe que este diario, «comprometido en sus principios fundacionales con la Constitución, con las libertades y la democracia pluralista, está ciertamente a años luz del pensamiento político de Primo de Rivera y de su movimiento falangista». Ello, sin embargo, no le da derecho a engañar a sus lectores. Contra lo que ese editorial afirma, ni José Antonio ni Falange Española «trajeron el fascismo a España».

2) Es también mentirosa fábula que José Antonio fuera «traductor para España de los movimientos del mismo corte que recorrían Europa y cambiaron el mapa del mundo con una guerra sin precedentes».

3) Otra mentira gorda, conscientemente deformadora de la realidad histórica, es que «deba conocerse necesariamente la visión del personaje y la trascendencia de su obra para explicarse, en los comienzos de un nuevo siglo, cómo pudo saltar en pedazos la convivencia de los españoles y cómo pudo llegarse al tremendo desastre de 1936», porque ni José Antonio ni la Falange tuvieron la menor culpa -como el editorial insinúa o deja caer- en tales hechos. La convivencia de los españoles había comenzado a agrietarse con el fracaso de la monarquía regida por Alfonso XIII, muchos años antes de que en 1933 aparecieran en la vida pública española la Falange y José Antonio. El «tremendo desastre de 1936», suponiendo que merezca calificarse así, ni lo iniciaron ni lo protagonizaron esa persona y ese movimiento, como sabe cualquier mínimo conocedor de nuestra historia.

4) Estoy a disposición del director de La Razón -José Antonio Vera- y de su Presidente -Luis María Anson- para discutir con ellos en público, cuando quieran y como quieran, sobre las aventuradas falsedades antes señaladas.
 

EL MIEDO A LA VERDAD NO ES DE LOS CRISTIANOS
Por Ismael Medina

Si yo fuera uno de tantos engreídos ateos, petulantes agnósticos, falsos creyentes, eclesiásticos desorientados por el modernismo o cafres nacionalistas, habría titulado este artículo «Juan Pablo II, una visita inoportuna». Pero como le escribía no hace mucho a Joan Pla, soy un «povero cristiano», consciente de sus debilidades, que en la persona de Juan Pablo II, Vicario de Cristo, descubre, una vez más, que la fuerza del espíritu y la potencia incontenible de la Verdad despiertan las conciencias y se convierten en piedra de escándalo para los enemigos de la fe, los falsarios y los pusilánimes. Y si he titulado «El miedo a la verdad no es de los cristianos» es por la sencilla razón, y a la vista está, de que los escaldados por la predicación del Papa en su quinta visita a España son aquellos que pretendieron servirse de él, con bajeza, para arrimar el ascua de la fidelidad de la Iglesia al mensaje evangélico a su sardina partidista.

Recordaba días atrás el obispo Fisichella, organizador del congreso «¿Cuáles son las novedades del Magisterio de Juan Pablo II?», que el principio fundamental de la acción pastoral del actual Vicario de Cristo se encuentra en Redemptor hominis, su primera encíclica. Afirmaba en ella Juan Pablo II que «cada hombre, sin distinción alguna, está llamado a encontrar a Cristo» y que, por ende, «la Iglesia, que lo debe anunciar, por nadie puede ser detenida». Advertencia que tradujo en más de una ocasión con el «No tengáis miedo», dirigido a los creyentes atribulados, o atemorizados, por el sórdido despliegue de los poderes laicistas contra las religiones. Y más en concreto, amén de con superior vesania, contra la Iglesia católica. ¿Y a qué puede tener miedo un fiel cristiano? ¿A la persecución? Las ha soportado el pueblo de Dios durante dos mil años y ha supervivido a todas ellas, incluso a la que se registró en España durante los años treinta de la pasada centuria, la más brutal y sangrienta de todas ellas. ¿Acaso a la muerte? Difícilmente, en cuanto entraña la liberación del alma para encontrarse con Dios.

«Dunc in altum» («Rema mar adentro») es el signo, o la consigna, que Juan Pablo ha inscrito, como invitación a los cristianos, para la marcha de la Iglesia al comenzar el siglo XXI. Veinticinco años permanece Juan Pablo II en la Silla de Pedro remando mar adentro para llevar a todos los pueblos el mensaje de la liberación, de la fraternidad y de la paz, ofreciéndonos un ejemplo de fortaleza que no reside tan sólo en la férrea voluntad de servir a la Iglesia y a la humanidad, sobreponiéndose a las dolencias físicas que le atosigan. Es la fe, una fe profunda en Dios, en su misión y en su destino, la única explicación plausible de la vitalidad pastoral de este «joven de 83 años», como dijo irónicamente al casi millón de jóvenes que, sin presiones de nadie, le acogieron en Cuatro Vientos.

Durante sus 25 años de pontificado, Juan Pablo II ha recorrido el mundo durante 572 días. ¿Por qué y para qué? El mismo lo aclaró en el curso de su vista pastoral por África, en 1980: «El sucesor de Pedro también se siente heredero de San Pablo», que, «como sabemos, no paraba nunca: estaba siempre viajando» para esparcir por el mundo la semilla de la Verdad y de la salvación. Respondía así el Papa a quienes, sobre todo en Europa,, decían que no debería viajar y quedarse en Roma «como se ha hecho siempre». Siempre no, pues ya Pablo VI había iniciado el actual peregrinar del Papa, comenzado en Tierra Santa. De aquel primer viaje papal a las fuentes de la fe conservo una fotografía en que aparezco arrodillado en las aguas del Jordán , mientras frente a mí, a poco más de un metro, impartía Pablo VI su bendición.

Esperaban algunos insensatos refrendar en el Papa, durante su visita a España, la utilización facciosa de las reiteradas invocaciones a la paz hechas por Juan Pablo II en las horas que precedieron a la guerra en Irak y durante ella, amén de las gestiones diplomáticas de cualificados eclesiásticos para evitarla. Imaginaron estúpidamente que Juan Pablo II portaría como un escapulario la pegatina del «No a la guerra» que exhibían en hipócrita alarde circense. Además de necios, demostraban ignorar que la Iglesia invoca la paz para todos los hombres y para todos los pueblos, sin distinción, mientras a ellos sólo les importaba la de Irak como expresión de un circunstancial oportunismo, olvidando las guerras, tanto más crueles y sangrientas, que practican sus afines ideológicos, sean marxistas, neomarxistas, socialistas o liberalistas, en otros treinta y dos países. Desconocen, u olvidan, que Juan Pablo II no sólo soportó las tiranías nazi y soviética, sino que cuando, ya obispo, recorrió la llamada «Europa libre» descubrió y fustigó las lacras de esa otra tiranía maniquea del liberalismo capitalista y su diabólica conspiración laicista. Lo volvió a recordar al comentar su quinto viaje apostólico a España en el curso de la audiencia general de los Miércoles en San Pedro, y referirse a la invitación que hizo a los jóvenes para profundizar en su vida interior, junto a María, a Cristo y los misterios del Rosario: «Precisamente ahí está el antídoto más eficaz contra los riesgos del consumismo, a que está sometido el hombre de hoy. Ante las insinuaciones de los valores efímeros del mundo visible, que presenta un cierto tipo de comunicación mediática, es urgente contraponer los valores duraderos del espíritu». Y añadió, por si no se le había entendido: «El secularismo amenazas por desgracia los valores fundamentales».

Ese «cierto tipo de comunicación mediática» es precisamente el que prevalece hoy en España, acaso con superior sordidez, procacidad y felonía que en el resto del mundo. A qué viene, si no, y es sólo uno de los muchos ejemplos que podría aducir, que ABC organizase un debate sobre la visita del Papa con Enrique Miret Magdalena, postulador de una Iglesia a la medida de sus debilidades; José Bono, ese desmesurado pastelero que incluso exhibe un falsario catolicismo para ganar el voto de los ingenuos; Pedro Miguel Lamet, que no se resigna a prescindir de graves desviaciones del llamado postconciliarismo, especialmente en materia sexual; y César Alonso de los Ríos, quien paradójicamente, si tomamos en consideración su peripecia política y personal, se mostró el menos maniqueo de los intervinientes. Ese debate lo considero sintomático de la veleidad mediática a que se refería el Papa. Veleidad que sólo sirve para conducir a los lectores menos avisados de la tradicional clientela del periódico, muchos de los cuales han huido de su travestismo político, y para proporcionar armas dialécticas contra la Iglesia a los dubitativos, a los confundidos y a los increyentes.¿O es precisamente esto lo que se perseguía?

El sistema resultante del transacionismo democratizador ha hecho suyo como lema y motor de la acción política la petulante y brutal proclamación de Azaña: «España ha dejado de ser católica». Pero como no había dejado de serlo, era necesario no quedara vivo un católico, fuera eclesiástico o seglar. Y no dejó de serlo, pese a que los cementerios se llenaron con miles de mártires por la fe. Pero como del martirio siempre sale fortalecida la Iglesia, la experiencia aconsejó al iluminismo, origen de la conspiración antirreligiosa y motor de ella a través de sus redes de poder, una estrategia sinuosa y menos estridente: matar el espíritu en vez de la carne: asfixiar la enseñanza religiosa, encenagar a los escolares en el hedonismo y la increencia, legalizar el aborto, promover la eutanasia, exaltar la mariconería, destruir los fundamentos de la familia, situar lo anormal por encima de lo moralmente normal, excitar la promiscuidad, convertir las aberraciones en «derechos democráticos»... Y acallar las voces disidentes, encarcelándolas en las mazmorras del silencio.

Ese «cierto tipo de comunicación mediática» a que se refería el Papa monopoliza en la práctica el ejercicio democrático de la libertad de expresión, reservándola exclusivamente para quienes los siguen ideológicamente o se someten a sus dictados. Vale como expresión de un tal totalitarismo mediático la cínica respuesta que Polanco, espécimen acabado de capitalista sin conciencia, dio a un ilustre periodista, quejoso de que no le publicaran en El País las cartas que enviaba al director para corregir determinados escritos infamantes: «Usted disfruta de la libertad de expresión que la Constitución sanciona. Su único problema estriba en que no puede ejercerla». A los discrepantes con lo «políticamente correcto», las falacias del sistema, y más aún en materia religiosa, se les pone el bozal de la inquisición laicista. Pero cuando se da una ocasión propicia, el catolicismo que no ha muerto, alza su voz a cielo abierto, saltando incluso los límites de una cierta medrosidad eclesiástica. Y es precisamente este fenómeno de irrupción de la fe que parecía dormida, de la España que, pese a todo, no había dejado de ser católica, el que de nuevo provocó Juan Pablo II en su quinto viaje pastoral a España. Ahí radica precisamente la desazón que ha podido traslucirse en el mundo del opresivo poder financiero-mediático-político.

Dejo para otro día comentar la reacción del separatismo vasquista frente a la condena hecha por el Papa de «toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia». A Anasagasti, su portavoz, le ha estallado la pasión cavernícola que define a su facción tribal. El separatismo ha cambiado el traje de calle por el taparrabos, que es lo suyo, y enarbolado el hacha de silex. No se podía esperar otra cosa de quienes, siguiendo a su santón Arana, montaron en la máquina del tiempo y retornaron a la Edad de Piedra.
 

GUERRA MUNDIAL NO CONVENCIONAL
Por Luis María Anson

Tomado de «La Razón», 18 mayo 2003

El hombre más inteligente que he conocido a lo largo de mi vida profesional, Arnold J. Toynbee, escribió poco antes de morir en 1975 que estallaría inevitablemente una tercera guerra mundial, pero que no sería convencional. Sería, según el gran filósofo de la Historia, la guerra del terrorismo y la inmigración.

Imposible para los pueblos hollados, vejados, explotados, enfrentarse con las fuerzas armadas de las grandes potencias, con los ejércitos del Imperio. Para los pequeños, la única fórmula eficaz de hacer daño a los grandes es el terrorismo. Veinte guerras de Iraq como la última hubieran causado menos víctimas a Estados Unidos que la atrocidad del 11-S. El mundo entero es ya objetivo de los terroristas. Tenía razón Toynbee. Estamos ante una forma no convencional de guerra mundial.

La otra cara de esa guerra es la inmigración. Millones de personas del tercer mundo, de los antiguos países colonizados y expoliados, se infiltran, para mejorar su nivel de vida, en las grandes potencias. Es de hecho una invasión de consecuencias todavía difíciles de calibrar. El mayor revolucionario del siglo XX, Mao Tse-tung, clamaba en el puerto de Sanghai: «Vosotros los sin albergue, vosotros los sin arroz, vosotros todos los que no tenéis nombre, a los que se reconoce por las llagas de las caderas, descargadores de barcos o por las llagas del hombro, obreros del puerto, escuchad, escuchad el clamor de esos que han amasado su gloria con vuestra sangre». Y Léopold Sédar Senghor escribió en L'esprit de la civilization: «El Renacimiento europeo fue construido sobre la ruina de la cultura negro africana. El poderío de América fue cebado con la sangre y el sudor de los negros». Aimé Cesaire añade: «Londres, París, Nueva York, Amsterdam, todas esas ciudades nos rodean como lunas victoriosas. Pero calculad qué parte de su tranquilidad, de su dignidad y de su equilibrio, qué parte de su animación y de su ruido nos deben a nosotros. Y calculad cuánto miedo, cuánta nerviosidad, cuánto pánico y torturas tuvimos que aguantar y cuántas gotas de sudor tuvieron que caer de nuestros rostros fatigados para crear todas esas ciudades».

Ayer el mundo asistió, tras los atentados atroces en Arabia y Chechenia, a la salvajada de Casablanca. Nadie puede justificar semejante barbarie. Sí se puede explicar. Toynbee anunció lo que se nos venía encima hace treinta años. Los gobiernos de las grandes potencias, en su ávida ceguera, instalados en el capitalismo salvaje, sordos también a la voz de los Papas desde el Vaticano exigiendo la justa distribución de la riqueza mundial, no hicieron ni caso. Pero la realidad termina siempre pasando sus espesas facturas.


 
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