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Altar Mayor - Nº 86 (15)
Viernes, 30 mayo a las 20:28:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

LOS VIAJES Y REFLEXIONES DEL BARÓN DE COTOPAXI
Por César Pérez de Tudela - Explorador alpino

Como viajero por el mundo del Himalaya -mis primeras expediciones alpinas fueron a finales de la década del sesenta, y he regresado a ellas con cierta frecuencia-, he tenido la oportunidad de conocer las creencias y la educación tradicional de sus sencillas y curiosas gentes. El Tíbet sufrió el demoledor acoso del comunismo extremo, en la llamada revolución cultural de Mao, y la situación dramática del Tíbet influyó poderosamente en los países limítrofes, poseedores de la misma cultura. Mao pretendía subvertir totalmente el orden, las costumbres y las creencias religiosas del pueblo, conduciéndolas al moderno paganismo, llevando el comunismo hasta el punto «gordiano» de la existencia del pueblo. De miles de monasterios y templos, existentes antes de la paulatina ocupación china, solamente se debieron de salvar un centenar, asesinando a sus lamas, destruyendo no sólo los templos, hasta no dejar piedra sobre piedra, sino también ciudades, como he visto en las proximidades de los macizos del Himalaya. Los pocos monasterios que han comenzado a reanudar sus actividades religiosas están en condiciones muy precarias de supervivencia, empobrecidos y sin el boato necesario para el desempeño de sus importantes misiones espirituales. El budismo, religión principal en estas regiones, con sus diferentes variantes, tras la feroz represión, de la que occidente nada objetó, está regresando lentamente a estos increíbles parajes de la Tierra, ocultos por las inmensas montañas.

Para los budistas el cuerpo humano es un compuesto de agua, aire, tierra y fuego. Por ello la incineración, que occidente cada vez utiliza más, es uno de los medios de inhumación, junto a los ritos celestes. Un lama recoge el cuerpo del muerto cuando han transcurrido tres días desde que el alma lo ha abandonado, llevándolo a una gran roca como terraza funeraria, en la cima de una montaña, quemando ramas de pino y ciprés, descuartizando el cuerpo para que las aves se alimenten. La familia paga al sacerdote con dinero y ropas del difunto. Cuando se incinera el cadáver este se levanta sobre la pira funeraria, en los templos, bajo la mirada piadosa de sus familiares.

Los centenares de miles de tibetanos, residentes en la India, Nepal y otros países del Himalaya, no islámicos, practican las viejas creencias de su lamaísmo. En sus nuevas patrias siguen celebrando sus fiestas que, como todo en su vida, hacen referencia a la religión, igual que lo hicieron sus antepasados. Siempre los festejos tienen lugar en las colinas, pintadas y preparadas para estos fines, con cientos o miles de banderas al viento con las oraciones -«Om Mani Padme Hum»- impresas, que el viento ondea y esparce para que las peticiones de espiritualidad y respeto alcancen el cielo. Los asistentes llegan vestidos con sus ropas más elegantes, con los collares de ámbar y el pelo largo recogido en sus típicas trenzas. Los monjes, personajes tan respetados como antes lo eran los sacerdotes cristianos, dirigen las oraciones con el rosario en la muñeca, el de las 108 cuentas, que son los mandamientos que se han de recordar siempre, recogiéndose las ofrendas de comida, tsampa, harina de cebada, chang, cerveza, vaciándoles sobre las hogueras para que el humo que surge se entremezcle con las banderolas de la oración y llegue al cielo. El cuerpo no importa, lo esencial es el espíritu, que se reencarnará en personas u otros seres para llegar alguna vez a la perfección, la paz suprema.

Lhassa ya no existe como cuna de la espiritualidad. Que no se dejen engañar los viajeros por los vendedores de viajes. Lhassa ahora es sólo una ciudad en la que los turistas visitan el Potala o el interior de los templos, para luego alojarse en los cómodos hoteles que los chinos han construido para promocionar su industria, aprovechándose precisamente del pasado de leyenda que ellos destruyeron. El viejo Tíbet ya no está allí. El Tíbet se encuentra repartido geográficamente por los países de alrededor, como Ladak, y en otros rincones de la India, aunque Nepal sea el país de mayor influencia tibetana, siendo el que alberga más templos y dioses, aunque también las costumbres materialistas y consumistas de occidente hayan llegado hasta él.

Ladak es quizás el último reducto del budismo primitivo, precisamente por estar cerrado por sus montañas y por su dura climatología. Leh, su capital, es una pequeña ciudad aislada por la nieve ocho meses al año, a 3.300 metros de altitud. La última vez que estuve allí, dirigiendo la expedición del Colegio de Abogados de Madrid, volví a sentir la influencia de su impresionante fervor espiritual. Precisamente esa visita es la que me hizo concebir mi libro El Lama Milarepa, donde mi personaje, el barón de Cotopaxi, mi «alter ego», al que yo querría poder parecerme, vive una experiencia extraordinaria, buscando y hallando al fin, un monasterio perdido entre las alturas de las montañas, una especie de valle de los dioses, protegido del frío y de los vientos, gracias a su especial situación orográfica. En él, el barón, que ha descendido del Qomolangma (El Everest) a dónde ha llegado casi moribundo, hace repaso de su vida, buscando la felicidad en la bondad, cumpliendo la promesa hecha en la cumbre, que un viejo lama inmortal, Milarepa, ha recogido al verle a tan descomunal distancia. Un libro que trata de regresar a las viejas novelas de aventuras y viajes, pero caminando por la mística del mundo, donde un personaje ideal, que por una vez no es un viajero cosmopolita y ambicioso de materialidad y sexo, sino simplemente un explorador que busca el misterio de la vida, con respeto al paisaje y a todo lo que vive, lo encuentra en los maravillosos rincones del religioso Himalaya.

Ya está bien de escritos, reportajes, novelas y programas prosaicos, repletos de vulgaridad y exentos de pensamiento.

Espero tener salud y fuerza para seguir viajando por la Tierra, y seguir transfiriendo experiencia verdaderas, porque sé, créanme, que existen tierras y hombres, con costumbres que guardan todavía gestos piadosos y nobles, que recuerdan los tiempos bíblicos. Ahora, a estas alturas de la existencia, ya solo en busca de la esencia, querría volver a recorrer muchas regiones que visité cuando era esclavo de la notoriedad y vivir con esos pueblos de las selvas americanas, escalando los misteriosos «tepuys», muchos de ellos aún absolutamente inexplorados, para traer a España mensajes sencillos de espiritualidad y con ello de bondad. También, ojalá, este mismo año pueda viajar otra vez al viejo desierto del Sáhara, buscando las montañas del Tibesti, todavía pérdidas entre el Chad y Libia, para escalar el volcán Emi Kusi, y aprender de los «tubues», que como los «tuaregs» del Hoggar, en la confluencia de Níger, Malí y Argelia, puedan contribuir a inspirarme y reforzar mis creencias en el viejo espíritu de paz, hospitalidad y respeto por todo cuanto vive, escenario de las aventuras próximas de mi personaje ideal, el que Ortega decía que todos llevamos dentro.


 
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