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Altar Mayor - Nº 86 (08)
Viernes, 30 mayo a las 20:41:21

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

JESÚS Y EL PODER CIVIL (y 2)
Por Constantino Quelle

4. Jesús ante los poderes civiles

La actuación de Jesús ante el poder civil tiene dos vertientes muy diferenciadas y, en principio, al parecer opuestas. Jesús centra su mensaje, de forma casi única, en el poder divino. Del humano parece olvidarse.

Los poderes civiles parecen no preocuparle. ¿Cómo es posible que esto sea así, si a Dios sólo es posible encontrarlo a través del prójimo? ¿Por qué, si la opresión de Roma eran tan sentida por el pueblo, Jesús no dice nada sobre ella? ¿Cómo entender ese «silencio» en el momento en el que la «palabra» se hace carne? ¿Por qué existen tantos silencios en los evangelios? Meditemos a continuación sobre los silencios y las palabras evangélicas en relación con los poderes civiles.

4.1. Silencios evangélicos

Lo primero que nos llama la atención al leer los evangelios es comprobar que, en relación con algunos de los temas aquí expuestos, guardan un silencio total. ¿Cómo es posible que Jesús no dijera nada respecto a la ocupación romana? ¿Puede entenderse que no pusiera reserva alguna ante los judíos que recaudaban impuestos? El mensaje evangélico es un canto a la libertad. ¿Qué podemos decir del mutismo de Jesús en un tema tan humano como es el de la esclavitud?

Unas previas consideraciones sobre estos silencios para luego tomar la palabra al Dios de la historia: Jesús de Nazaret.

4.1.1. La ocupación romana

Toda dominación de un pueblo sobre otro es, cuando menos, dolorosa, cuando más, sangrienta. Las continuas ocupaciones a las que, en el transcurso de su historia, se vio sometido Israel siempre engendraron violencia. Desde el año 64 a.C., el país era una colonia romana sin independencia y con total sumisión al pago del tributo.

El judaísmo, siendo un pueblo exacerbadamente nacionalista, difícilmente podía tolerar la ocupación romana. Sus continuas rebeliones le costaron cientos, miles de muertes12. Las crucifixiones romanas eran diarias. Roma soportaba casi todo menos la insurrección. Jesús muere en la cruz. Su puesto lo tenía Barrabás, un insurrecto, un zelote, en definitiva un rebelde contra el poder del imperio. La cruz, símbolo de la opresión romana, se convirtió en símbolo de la salvación universal.

La cruz era un sistema de tortura refinada. Lo de menos era morir, lo importante es la agonía: ¡algunos condenados duraban hasta tres días! ¿Por qué Jesús calla ante esta atrocidad del poder romano? ¿Cómo no se enciende su cólera divina (como en el templo) contra la inhumanidad que representa la crucifixión?

Cuando siglos después cualquier tipo de poder político arremete contra la iglesia haciendo hincapié en que la política no es de su incumbencia, el origen de tal posición tiene un fundamento muy importante: los evangelios están despolitizados. ¿Cómo es posible teniendo en cuenta la sociedad expuesta?

Viendo la muerte de Jesús (en la cruz) y conociendo dicha sociedad, la respuesta nos parece obvia: los evangelistas presentaron al fundador de la nueva fe y, por lo tanto, al naciente cristianismo, a quien iban dirigidos sus escritos, como una comunidad sin tintes subversivos o desestabilizadores para el imperio romano. Hasta tal punto fue así, que estos escritos, lejos de ir contra el césar, son pro-romanos.

No sucede así con el pueblo judío, toda vez que las responsabilidades recaen sobre él, resaltando aquellos poderes de la jerarquía eclesial que oprimían al pueblo. Jesús no llama Satanás al emperador romano, sino a Pedro (Mc 8,33). El mal para los evangelios no estaba en Roma. Israel era su origen y su fin.

Jesús murió en la cruz como zelote13. Roma tuvo que confirmar la sentencia. Por lo tanto, Jesús tuvo que pronunciarse contra el poder de Roma. En la cruz se leía «rey de los judíos». Los evangelistas, sin embargo, silenciaron cualquier sentencia al respecto, así como los métodos de represión contra la libertad del judaísmo. ¿Por qué? Porque sus escritos iban dirigidos a los judíos que vivían en un mundo supeditado a Roma. De no haberlo hecho así, no habrían podido conocer la luz. Silenciar la opresión del poder del imperio era un mal mayor, pero necesario para la propagación de los evangelios.

4.1.2. Los recaudadores de impuestos

Los recaudadores de impuestos o publicanos eran odiados por el pueblo sencillo. Los rabinos atacaban constantemente su forma de actuar. Un publicano era sinónimo de ladrón y asesino. Recordemos, según lo mencionado más arriba, que había que comprar el cargo, para lo cual había que tener mucho dinero: «Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico» (Lc 19,1-2). Imposible ser jefe de publicanos y pobre.

¿Qué ocurría con aquél que no pagaba sus tributos? Era denunciado a Roma y sometido a todo tipo de vejaciones. A veces, el suicidio era la única salida del oprimido contribuyente. El procurador romano tenía una función especial: acumular dinero para el imperio. Poncio Pilato tenía este trabajo y, para llevarlo a cabo, no se lavaba las manos con lo que sucedía, como en el juicio contra Jesús; todo lo contrario: en el momento que no cobraba los tributos exigidos, enviaba a sus soldados, apresaba a las familias, las vendía como esclavas y cobraba finalmente el impuesto.

Recordemos que Pilato fue mandado sustituir por el gobernador de Siria (36 d.C.), Vitelio, con motivo de la masacre judía que hizo en Garizim al querer, entre otras cosas, robar los vasos sagrados que se conservaban allí de la época de Moisés. Vitelio le mandó a Roma para que rindiera cuentas de su criminal actuación.

Pero los evangelios nada dicen contra estos hombres (Pilato aparece con cierto aire de inocencia). Antes bien, Mateo, el recaudador es llamado por Jesús (Lc 5,27s). De Zaqueo dicen: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán» (Lc 19,9). Sin embargo, el historiador Tácito cuenta cómo los judíos en el año 17 de nuestra era enviaron una delegación a Roma para denunciar los padecimientos y crueldades que ocasionaban los publicanos con motivo de la recaudación de impuestos.

Los romanos sabían bien la inhumanidad con la que se recaudaba, pues Julio César abolió tal sistema por la cantidad de quejas que recibía de todas las provincias. Cuando los romanos entraron en Palestina, restablecieron el sistema, echando mano de gente sin escrúpulos que lo único que buscaba era enriquecerse en el menor tiempo posible.

En los evangelios no se aprecia el auténtico sentimiento del pueblo contra los publicanos. ¿Por qué guardan silencio los evangelios sobre esta realidad? Estimamos que la respuesta sigue siendo la misma: evitar la susceptibilidad del pueblo romano para que el mensaje pudiera ser proclamado y los escritos evangélicos difundidos en toda Palestina.

Al margen de estos silencios evangélicos, podemos leer entre líneas cómo Jesús arremetió contra ellos: «Al verlo, todos murmuraban diciendo: ha ido a hospedarse en casa de un hombre pecador» (Lc 19,7). Para el texto, publicano es sinónimo de pecador. Zaqueo dice: «Daré señor la mitad de mis bienes a los pobres (se trata de una restitución) y si en algo defraudé a alguien le devolveré el cuádruplo» (Lc 19,8). El evangelista estaba reconociendo y denunciando veladamente el pillaje a que era sometido el pueblo.

4.1.3. La esclavitud

Los esclavos existían también en el país. Un judío podía ser esclavo de otro si no conseguía pagar alguna deuda contraída. El ladrón que no podía restituir el botín tenía que ser juzgado y vendido; con el precio de su venta, se restituía lo robado (Ex 22,1-3). Esta ley sólo podía aplicarse a varones adultos, realizándose la venta únicamente entre judíos.

Otro caso de esclavitud admitida por las leyes judías era la motivada por la pobreza. Si un judío demostraba que era tan pobre que no podía subsistir, se le permitía «libremente» aceptar su esclavitud. ¡Qué paradoja!: «Si se empobrece tu hermano contigo y tú lo compras, no le impongas trabajos de esclavo» (Lv 25,39).

Por último, existe un tercer caso de esclavitud admitida en el pueblo judío: la mujer menor de edad, vendida por su padre como esclava. Esta venta llevaba implícito que, al llegar la mayoría de edad de la niña, había que desposarla con el comprador o su hijo; en caso contrario, se la liberaba sin pedir contrapartida alguna (Ex 21,7ss).

Este tipo de esclavitud autorizada permitía a los más necesitados cierta existencia decente. La bondad de tal existencia pasaba, en cualquier caso, por llevar los trabajos más duros y pesados. De ahí que el libro del Eclesiástico dijera: «Si tienes un criado, trátale como hermano, porque has de menester de él como de ti mismo» (33,32).

Los esclavos no judíos no podían ser liberados en los años sabáticos (cosa que sucedía con los judíos). Eran esclavos de por vida. No obstante, la ley preveía su liberación si el amo, con motivo de los malos tratos ocasionados, les hiciera perder algún miembro o algo tan simple como la pérdida de un diente (Ex 21,27).

¿Por qué silenció Jesús la esclavitud? Quizás porque sus leyes dentro del pueblo judío eran muy humanitarias en comparación con las que regían en otros pueblos. Quizás porque Jesús no se impone el cometido de las reformas sociales. Su labor es instaurar el reino de Dios donde la visión de la realidad cambie hasta el extremo que «no está el discípulo por encima de su maestro, ni el siervo por encima de su amo» (Mt 10,24).

Según la ley, la humillación no es permitida en el trato entre amo y siervo, motivo por el que el amo no mandará al esclavo que le lave los pies. Jesús, sin embargo, lava los pies de sus discípulos (Jn 13,1-17). El silencio de la esclavitud evangélica hay que comprenderlo desde la perspectiva de este cambio de valores, donde el primero será el último y el último pasará al mejor puesto (Lc 14,7-11).
 

4.2. Palabras evangélicas

En este último apartado, desearíamos exponer la forma en que Jesús reaccionó ante los poderes públicos. Dado que, si bien por una parte existieron silencios evangélicos que no pudieron reflejar la realidad histórica, por otra los evangelios también dejan constancia de la actuación de Jesús ante estos poderes.

El derecho romano, en cuanto ordenamiento jurídico, tenía vigente el principio de no inclusión en las relaciones internas de los judíos. Al margen de preservar la paz de las provincias y de recaudar los impuestos para el imperio, poco más nos traslucen los evangelios. En el ámbito del derecho público (relaciones de los subordinados con Roma), tenemos, por una parte, el censo del país que trasladó a José y María a Belén (Lc 2,1) y, por otra, el proceso de Jesús ya comentado anteriormente y que obligaba al pueblo judío a recabar la autorización romana para las penas de muerte, especialmente, si rozaban la estabilidad del imperio (como era el caso de la sublevación zelote). Cuando los motivos de la sentencia a muerte eran otros, también hacían la vista gorda como veremos más adelante. Poco más se puede decir del poder que Roma ejercía sobre los ciudadanos. El ordenamiento jurídico vigente era esencialmente judío.

Estudiaremos dos casos que representan suficientemente hasta dónde llegaban el poder romano y el judío. Cómo, asimismo, se entremezclaban ambos para el provecho de unos pocos en detrimento de la mayoría. Y cómo, en definitiva, supo responder Jesús ante cualquier poder civil (romano o judío) que no fuera sustentado por el único poder que asumió en su vida: el poder del amor.

4.2.1. El tributo debido al césar

Los fariseos y los herodianos quieren prenderle. Se dirigen a él y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te da cuidado de nadie porque no miras la condición de las personas. Dinos pues qué te parece ¿es lícito pagar tributo al césar o no? Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Y les dice ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Dícenle: Del césar. Entonces les dice. Pues lo del césar devolvédselo al césar y lo de Dios a Dios» (Mt 22,15-22).

Después del panorama expuesto de la sociedad judía y la repercusión que tenía a todos los niveles el pago de impuestos, llama poderosamente la atención la manera tan sibilina de plantearle a Jesús si era lícito pagar el tributo al césar.

Comienzan diciéndole que él no les puede mentir pues no se aparta del camino de Dios, que no le importa la condición de las personas, es decir, que él va a responder la verdad aunque vaya en contra de lo que ordena el imperio. No le dejan opción y después de la encerrona solicitan su parecer (como si fuera posible dar un parecer sin verse implicado en el mismo).

¿Quiénes vienen a interrogarle? Por una parte los fariseos y por otra los herodianos. Los judíos quieren pillar a Jesús pues les hace más daño a ellos que a los romanos. Los fariseos quieren encontrar pruebas contra él para presentarlas al sanedrín, pero no consiguen atraparle. La doctrina de Jesús demuestra tener más sabiduría que la de ellos.

En esta ocasión, piden ayuda a los herodianos. Ya hemos expuesto quién era Herodes el Grande. Este sector de los herodianos lo componían los partidarios de Herodes, representados en este momento por Herodes Antipas (hijo del anterior), etnarca de Galilea (Mt 14,1).

Los herodianos dejaban hacer a los fariseos siempre que políticamente no rozaran a Roma. Ellos eran adictos al poder civil romano, pues vivían gracias a él. Su posición ante el pago de los impuestos era clara: el pueblo tenía que acatar la orden del césar.

Los fariseos, sin embargo, callaban, pero, puesto que doctrinalmente iba contra la ley de Moisés pagar al extranjero, no podían aceptar que Jesús fuera contra la legislación mosaica, caso de que su respuesta fuera afirmativa.

En conclusión: si Jesús dice que es lícito pagar los impuestos al imperio, los fariseos lo denuncian porque abiertamente va contra Yahvé; si Jesús dice que no es lícito, los herodianos le hubieran denunciado como zelote, ya que este grupo tenía idéntica actitud ante el césar. La respuesta enfrentaba a Jesús contra uno de los dos partidos.

Es de suponer que la situación y la pregunta estaban muy bien estudiadas por ambas facciones. Ellos estimaron que Jesús respondería que no y podría ser acusado por zelote, que era el propósito claro del sanedrín y que finalmente consiguió.

Jesús se encuentra entre los dos poderes: civil y religioso. No puede por menos que llamarles ¡hipócritas! Le han puesto en un callejón sin salida y lo que es más importante: su respuesta no le interesa a ninguno de sus interlocutores; lo que desean es prenderle. No quieren aprender del maestro, quieren callarle para siempre.

Jesús se da cuenta de la situación. ¡Le están tentando! Pide la moneda origen de la pregunta. Le dan un denario. Suponemos que el clímax de la situación era máximo. Todos esperaban echarse encima de él, independientemente de lo que fuera a contestar.

Para entender la respuesta de Jesús, recordaremos que el derecho a acuñar moneda era un acto de soberanía celosamente guardado por los romanos. Cualquier otra emisión de moneda, como la judía, tenía que ser previamente autorizada por el imperio.

Jesús va a responder sin apelar al derecho (ir contra él sería rebelión). Su respuesta va dirigida al hecho concreto del poder del césar. Este puede acuñar su moneda. ¿De quién es? El denario ha sido acuñado por él, pues dádselo a él14. No responde al derecho que tiene el imperio de cobrar o no impuestos. Se limita a decir que, si la moneda es del césar, se la devuelvan.

Posteriormente, añade: Una vez que le habéis dado la moneda a quien la acuñó: ¡dad a Dios lo que es Dios! Para Jesús, todo es de Dios. ¿Qué le queda al césar cuando se le devuelve su denario? Ni la posibilidad de cobrar impuestos, porque ya no hay moneda con qué pagar.

La respuesta de Jesús dejó boquiabiertos a sus interrogadores. Ellos conocían las escrituras y el poder civil. Ambos quedaron intocados. ¿Qué es de Dios? ¿Qué es del césar? El no da solución a estos interrogantes, coloca a sus interlocutores en una situación tal que son ellos (=nosotros) quienes han de responder.

Aquellos que seguían a Jesús y, especialmente a los que iba dirigido el evangelio de Mateo después de la resurrección de Cristo, entendían el doble nivel de la contestación de Jesús.

¿Cuál era este segundo nivel? Mateo en su evangelio había dicho que no se podía servir a dos señores (6,24). Donde tu tesoro, allí tu corazón. Si al césar se le había devuelto lo único que poseía, el denario (=dinero) no podía ser autoproclamado como señor. El pueblo santo sólo podía tener un señor: Yahvé. Por lo tanto, quien tenga oídos para oír...

El césar no era señor del pueblo judío, era señor de su moneda porque él la había acuñado. Jesús con su respuesta no toca al poder civil, pero lo deja en su justa posición: el dinero es del césar, el hombre de Dios.

Difícilmente encontraremos una salida más política y astuta en la historia de la diplomacia. Diremos que, a tenor de los evangelios (en este caso Mateo), Jesús respondió a los poderes civiles con la misma refinada intención con la que ellos preguntaron. No en vano, refiriéndose a las cosas mundanas, dijo: «Sed astutos como las serpientes» (Mt 10,16).

Para terminar esta breve exposición de los poderes civiles en tiempos de Jesús, estudiaremos otra de sus sabias respuestas. Sus «paisanos», usando una indisoluble unidad, pretenden meterlo en otra encerrona. Lejos de caer en ella, muestra que la ley fue buena como río que conduce al mar. El mar que para Jesús (el Cristo) fue, es y será Dios (=el amor). Nos referimos al episodio de la mujer adúltera.

4.2.2. La mujer adúltera

En este pasaje bíblico, Jesús muestra el valor que para él tiene cualquier poder. En este evento, vamos a comprobar que ni el poder de Roma ni el judaico están por encima del único poder que nos hace hijos de Dios: el perdón15. Por otra parte, vamos a observar cómo en la época de Jesús y en los años posteriores el poder del césar no se inmiscuía en los asuntos internos de los judíos, siempre que no tocara el derecho público en los sectores tratados anteriormente (especialmente el binomio rebelión-impuestos).

Previo a este pasaje joánico (Jn 8, 1-11), el evangelista nos relata cómo el sanedrín va detrás de Jesús para pillarle en algún renuncio contra Roma o contra Moisés. La persecución es continua, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos mandan a sus alguaciles para prenderle (Jn 7,32). Jesús desaparece. Nicodemo le defiende. ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre antes de oírle y sin averiguar lo que hizo? (Jn 7,51). Y se fueron cada uno a su casa (Jn 7,53).

En este pasaje introductorio al de la mujer adúltera16, Juan deja claro lo que trata de expresar con su relato. Los escribas y fariseos quedan «en casa» maquinando la forma de prender a Jesús. Los alguaciles esperan la orden.

No sería fácil encontrar a una mujer en flagrante adulterio. No se dice que fuera prostituta. Nada se comenta del marido, que era quien podía recurrir a la ley (Lv 20,10; Dt 22,22). Tampoco se menciona el posible adulterio del hombre (la ley mandaba lapidar a ambos). Da la sensación que la trampa ha sido estudiada para que, al igual que en el episodio del tributo al césar, Jesús no tenga escapatoria.

La suerte de la mujer no importa en el relato. No hay juicio, no hay defensa. La ley es clara: muerte. ¿Quién sentencia? Los testigos. ¿Tú qué dices?... Jesús escribe en el suelo. Ella está en medio: ¡Pisando el suelo sobre el que él escribe! Poco antes, Juan ha mostrado cómo Jesús quebranta el sábado (aunque sea día santo, si alguien necesita ser curado). El hombre está por encima de la ley... Jesús escribe su ley (=en el suelo), no entiende la de los judíos. Ella está sobre el suelo. La nueva ley ha de ser inscrita en el corazón. Veamos.

Ellos insisten. El se levanta. Quien esté libre de culpa contra la ley, que empiece. Los más doctos, los ancianos, son los primeros que desaparecen. Jesús, sin decir nada, acaba de explicarles que si ellos continúan con vida es porque Dios les ha perdonado. Según la ley también han pecado.

Las piedras van rodando una a una. Nadie levanta la mano contra la mujer. El «juicio» ha acabado. Jesús se queda a solas junto a ella: si nadie te ha condenado, vete. Él tampoco emite juicio alguno. Esta es su ley: no juzgues para no ser juzgado. En esta nueva economía, Jesús apela a la conciencia de los testigos. ¿Existe alguien digno de juzgar a su prójimo? La respuesta es «no». ¿Por qué? Porque en los nuevos tiempos que proclaman los evangelios, el hombre capta que el único que puede juzgar es Dios. Y éste ya ha perdonado previamente.

Queda en el relato un segundo punto que deseamos resaltar. ¿Cómo es posible que, tratándose de una pena de muerte, no acudieran los judíos al procurador romano para que confirmase la sentencia? ¿No hemos dicho anteriormente que las penas de muerte eran potestad exclusiva de Roma? ¿Por qué los judíos iban a cumplir la sentencia (=lapidación) sin más trámites legales?

La respuesta a todos estos interrogantes sólo la encontramos en la frase que repetimos más arriba: Roma hacía y dejaba hacer. En los temas internos legales del derecho israelita no se inmiscuía. Si alguien tenía que morir por no acatar las leyes judías, el sanedrín tenía poder para ejecutar la sentencia.

La pena de muerte por adulterio estaba legislada en el derecho judío, no en el romano. Por este motivo, no es preciso que Roma confirme la sentencia. Únicamente cuando el reo era culpable de rebelión contra el imperio, se precisaba este trámite para ejecutar el veredicto. A Jesús, tiempo después, le culpan de proclamarse «rey de los judíos». Roma no se cree tal atribución por parte de Jesús. No obstante, para congratularse con las autoridades judías, aun a pesar de lavarse las manos, consiente en la ejecución.

Jesús, en su momento, será conducido a la cruz. Pero entonces su hora todavía no ha llegado. Cuando creen tenerle acorralado y a punto de prenderle, su palabra dicta la auténtica sentencia evangélica: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados... La medida que con vosotros usareis, ésa se usará con vosotros» (Lc 6,37-38).

Los testigos sueltan las piedras y se marchan avergonzados. No pueden ejecutar la sentencia y menos prender a un hombre que, como Jesús, demuestra tanta sabiduría. Y Roma, incluso como hemos podido comprobar en este pasaje, dejaba hacer.
 

5. Conclusión

El pueblo judío, aunque sometido por diversos pueblos y culturas, recogió también de ellos parte de su filosofía. El judaísmo tenía una sociedad fuertemente monoteísta centrada en un maximalismo y, especialmente, en un nacionalismo nacido a la sombra de su fe en Yahvé. Consentía todo menos perder el dominio de su tierra, considerada como heredad de su Dios. Y este fue su mayor sufrimiento, pues el poder extranjero no permitía que dicha soberanía fuese real.

Roma, por su parte, exigía pleitesía a los judíos. Aquí se centra todo el poder civil del césar y la sublevación continua de aquellos que querían ser fieles a la ley de Moisés. El imperio reclamaba acatamiento al derecho público: cuántos ciudadanos componían las provincias (censo); cuántos tenían que pagar (administración, tributos, aduanas, etc.); quiénes no admitían la soberanía de Roma (orden) y poco más. Y en esta última parte entraba el privilegio de nombrar a los gobernantes (aunque fueran religiosos como el sumo sacerdote -recordemos que política y religión se unen- y la ejecución de la pena capital (tal privilegio no debía estar en manos de los «salvajes»).

Al margen de lo expuesto, Roma trataba de no meterse en los asuntos internos de los judíos. Incluso la condena a muerte, si no era por temas políticos, la dejaba en manos del sanedrín. El dilema que presenta Mateo sobre la licitud de pagar el impuesto al césar es político; el que presenta Juan sobre la mujer adúltera es religioso. No obstante, en ambos casos, política y religión son inseparables, pues para el pueblo judío los poderes civiles y religiosos tienen la misma fuente: Yahvé.

Jesús aúna ambos poderes a través de una nueva fuerza. Para él no hay fuerza ni civil ni religiosa que tenga poder sobre el hombre. El creyente puede dar a los poderes civiles lo que quiera, siempre que a Dios le dé lo que le pertenece. Él no da respuestas, sitúa al ser humano en una nueva economía donde cada uno tiene que responder y saber qué dar.

¿Cuál es la nueva ley que regula esta respuesta? El amor. El auténtico creyente no puede atenerse, sin más, a lo que emana de los poderes civiles, aunque sus leyes sean justas. El amor no conoce otra realidad para extenderse que el perdón. Jesús llama al pueblo para que, elevándose sobre sus leyes, aprenda a perdonar.

En el relato de la mujer que va a ser lapidada, Jesús parece desconocer su adulterio. Los auténticos adúlteros del amor (única ley a la que él se somete) son los testigos (representantes del pueblo judío). Y es a ellos a quienes dirige su palabra; esta palabra la hemos resumido en la sentencia: no juzgar para no ser juzgados.

Han pasado veinte siglos. Los evangelistas fueron cautos al escribir sus obras tratando de limar asperezas entre el naciente cristianismo y los poderes civiles. Sus obras, tal como las podemos leer hoy, no dicen apenas nada sobre la posición del Jesús de la historia referente a los poderes civiles. Pero basta leer entre líneas para observar que Jesús no admitió esclavitud alguna, aunque viniera de la Toráh. ¡Cuánto más de Roma! No obstante, los evangelios nada hablan contra el imperio. Sólo así pudieron circular sin censura previa o posterior.

Ahora bien, una mínima atención exegética sobre las dos narraciones expuestas deja patente que Jesús se salta las normas de los poderes civiles, tanto de Roma como de Israel. Lógicamente, su muerte tuvo que ser sentenciada por ambos. La ley y el amor siguen siendo incompatibles. La justicia aplica normas. El amor aplica el perdón.

Veinte siglos después de estos hechos, ¿qué aplicamos en nuestra vida?, ¿cuál es la norma que regula nuestras relaciones?, ¿qué nuevos mandamientos exigimos al prójimo?


 
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