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Altar Mayor - Nº 86 (03)
Viernes, 30 mayo a las 20:52:03

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

El Dios de Jesús (3)
EL DIOS DESCUBIERTO EN JESÚS
Por Antonio Salas, OSA - Dr. en Ciencias Bíblicas

1. El valor de las actitudes

La tradición cristiana ha puesto singular empeño en descubrir vestigios de la divinidad en los portentos de Jesús. Llegó incluso a suscribir que sus presuntos «milagros» acreditaban su condición divina. Pero, en realidad, no es así. Incluso osaría suscribir que otras personas de la antigüedad le superaron en dotes taumatúrgicas. Al menos tal como vienen consignadas por los documentos de la época, cuyo bagaje mítico hoy nadie cuestiona. Y obviamente los relatos evangélicos se rigen por idénticas coordenadas. Por eso resulta tan arriesgado buscar en los prodigios de Jesús vestigios de la presencia divina.

Considero más eficaz, al respecto, adentrarse en el mundo de las actitudes. Y es que los actos se prestan a la manipulación cuando son interpretados. En cambio, con las actitudes es más difícil que ocurra igual. Ellas permiten bucear, en efecto, en la interioridad de quien las encarna y descubrir los motivos por los que se comporta así. Aplicando tales criterios a Jesús, se ve que su porte existencial ante un sinfín de situaciones clama por situarlo allende las lindes del egoísmo. En realidad, cada una de sus actitudes transpira puro amor. Y donde éste impone su ley, mal puede mantenerse ausente Dios.

Sería insensato afirmar que las actitudes de Jesús permiten descubrir el proceder divino. Éste no puede ser controlado por los humanos, pues desborda su capacidad de aprehensión. ¿Quién está de hecho en condiciones de evaluar el comportamiento de Dios? Cierto que la analogía puede ofrecer, al respecto, cierta dosis de luz. Mas aun así la estrategia divina ha de verse como inasible e inefable.

Ello no impide, sin embargo, que los creyentes -al bucear en el porte de Jesús- descubramos en él ecos de la actuación divina. Y es que un ser humano jamás ha tejido un entramado de actitudes donde prime sólo amor. ¿Cómo olvidar, en efecto, que la fuerza del pecado se oculta en la interioridad de cuantos configuramos la humanidad? Jesús ha de verse como la gran excepción. Y ello permite que, al analizar desde la fe su forma de comportarse, veamos que ésta no se adecua a nuestro proceder normal. Siendo así, sólo queda una alternativa: sus actitudes se rigen por coordenadas divinas.

Ver a Dios resulta imposible a los humanos. Mas ¿acaso éstos no pueden descubrir vestigios inequívocos de su presencia? No se olvide que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza (Gn 1,27). Dispone, por ende, de capacidad para mantener un nexo relacional con él. ¿Cómo conseguirlo? Es preciso que la divinidad le dé pistas para asir ecos de su presencia en realidades o situaciones que él sea capaz de percibir.

Pues bien, tal es lo que -¡perspectiva de fe!- viene a ofrecernos Jesús. Decimos que Dios se encarna en él. Y es cierto. Pero, en vez de pensar en una «carne» divina, ¿por qué no suscribir una presencia posicional de la divinidad? Ésta se adentra de tal modo en Jesús que regula su existencia. Y ello por fuerza ha de incidir en cuantas actitudes arropan el porte de un ser humano. Para explicitar este punto, nada mejor que analizar de cerca cómo encara Jesús las situaciones más señeras y buscar en ellas rasgos del Dios que se humaniza en él.
 

2. El Dios de Jesús: actitud de acogida

El ser humano tiende a mostrar recelo ante cuantas situaciones le resultan problemáticas o desconocidas. Sólo responde con confianza tras recibir garantías. Y es lógico, pues la vida nos va enseñando cuán absurdo nos resulta fiarnos sin un previo aval. No en vano el pecado sigue hoy campando por sus fueros y el egoísmo hace estragos a nivel de humanidad.

Mientras el mundo no se rija por parámetros de amor, es comprensible tal proceder. Aun sin suscribir el adagio de los antiguos («homo homini lupus» = «el hombre es un lobo para el hombre»), sí se explica cierta dosis de reserva ante cuantos se cruzan en nuestras vidas envueltos en un halo de incógnitas.

Jesús en cambio no se avino a tal criterio. Nadie ignora, por supuesto, que su actitud de acogida no lo libró del desencanto. Mas no por ello viró el timón de su existencia. Antes bien, mantuvo el rumbo que debía guiarlo al puerto de la plenitud. Y eso le exigió tender siempre una mano a cuantos, compartiendo desvalimiento, solicitaban su ayuda. Jesús jamás se desentendió de los demás, sin importarle el «status» o situación de quien le salía al encuentro.

¿Cómo olvidar -sirva de ejemplo- la acogida que brinda a Zaqueo por más que su vida no fuera dechado de virtud (Lc 19,1-10)? Y lo mismo puede decirse de su porte ante los niños (Mc 10,13-16), ante el leproso agradecido (Lc 17,11-19), ante quienes transpiran virulencia (Mt 10,28-31) y ante cuantos le brindan desprecio (Lc 9,51-56). Tales situaciones han de verse sólo como emblemáticas. Y es que, en el fondo, Jesús siempre mantuvo sus brazos abiertos. ¿Podía ser de otra forma, sabiendo que en él sólo tenía cabida el amor?

No es normal que un ser humano actúe así. De hecho, todos tendemos a escudarnos tras esa costra de desconfianza que fluye del desencanto. La vida se erige, al respecto, en nuestra mejor maestra. Nos enseña que sólo la ingenuidad está exenta de recelo. Y ¿acaso los ingenuos aportan esa mínima dosis de astucia que a todos nos pide Jesús (Mt 10,16)? Nos invita, por supuesto, a hermanar cautela con candidez. Pero ambas distan mucho de darse en estado puro. únicamente él se erige al respecto en la gran excepción.

Su incondicional apertura a cuantos le exponen sus cuitas se antoja acorde con el proceder de Dios. Cierto que éste vino concebido al principio como un ser violento e inmisericorde que exigía la inmolación de cuantos no le acataban como su dueño y señor. Mas la tradición bíblica no cesó de depurar la forma de entender a la divinidad. Ésta parecía ostentar portes cada vez más comprensivos. Hasta que, tras la dura experiencia del exilio, el pueblo judío llegó a intuir que su Dios se mostraba también proclive hacia cuantos, militando en el paganismo, solicitaban su protección.

Jesús define aún más la imagen divina. Supone, en efecto, que Dios no sólo acepta a quien implora su ayuda, sino que va en busca de cuantos prescinden por completo de él. Así lo sugiere su enseñanza sobre la oveja perdida (Mt 10,12-14) y su reacción ante cuantas ovejas caminan descarriadas fuera del redil de Israel (=mujer cananea: Mt 15,21-28).

Todo ello nos permite descubrir a Dios en el quehacer de Jesús. Y es que ningún ser humano actúa en verdad así. Para hacerlo, se impone saberse libre de cuantos traumas genera el pecado. Pues bien, tal requisito... ¡sólo se cumple en Jesús!
 

3. El Dios de Jesús: actitud de tolerancia

Vivimos en un mundo dominado por las prisas. Sólo así se explica que una mayoría de personas pague tributo al estrés. Es tal nuestro marasmo de ocupaciones que, para cubrir todos los flancos, solemos adoptar portes competitivos no exentos de agresividad. Y ésta jamás pacta con la tolerancia. Parece como si no hubiera lugar para ella en el frenesí de la sociedad actual.

Quien pulsa el alma semita, poco tarda en constatar que no se rige por nuestros parámetros. Cierto que hoy, sobre todo en el mundo musulmán, campa por sus fueros el fanatismo cuyos portes radicales no cesan de incubar odio. Pero no es tal el talante de los semitas. Éstos siempre se han distinguido por su flema y paciencia. Su contacto con una naturaleza pródiga en aridez les ha enseñado a no descorazonarse cuando los hechos no colman su inquietud.

Tal es el porte del Dios asido por la experiencia bíblica. Su reflexión teológica le permite ver, cada vez con mayor nitidez, que la divinidad no se desazona cuando los humanos rendimos culto a la estupidez. Yahvé sabe esperar. Por eso cada vez se afianza más su porte de tolerancia: ante las infidelidades, las traiciones, las negligencias, las apostasías y los desacatos. En todo ello se mostró experto su pueblo. Pues bien, ni aun así depuso Dios su actitud.

El judaísmo lo tenía claro. Pero ¿cómo hacer suyo el sentir de la divinidad? Cierto que los semitas siempre han hecho gala de singular tolerancia. Pero ésta tenía sus límites. Y, al sobrepasarlos, afloraba la agresividad.

Jesús rompe, al respecto, el esquema. Jamás pierde la compostura por más que los eventos le resulten adversos. Nadie como él ha hecho jamás gala de tamaña paciencia. Se la brinda incluso a quienes se escudan en la hipocresía (Mt 23,1-12) o se mecen en la indolencia (Lc 11,33-36). Y tal se supone ser el talante divino en el relato del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Sólo Dios puede hacer ese acopio de esperanza que la parábola asigna al padre cuyo hijo menor se declaró en rebeldía.

Cabe, al respecto, observar que ningún hombre, si se rige por criterios normales -¡sea semita u occidental!-, actúa igual que Jesús. Y es que éste responde con comprensión y apertura incluso a quienes atentan contra su vida. Tal heroicidad no es patrimonio humano. Por eso los creyentes, al examinar la actuación de Jesús, nos sentimos hechizados por su inagotable tolerancia.

Ello nos induce a formular la pregunta: su porte ¿se ajusta a los parámetros humanos o más bien a las coordenadas divinas? No es preciso ser muy perspicaz para conocer la respuesta. De hecho, sólo el Dios bíblico puede avalar la apertura y comprensión que siempre mantuvo Jesús. Cierto que en situaciones muy concretas dejó aflorar el brío e incluso la ira (Lc 11,37-54, Jn 2,13-22). Pero aun en esos casos extremos se enfrentó, no a las personas en sí, sino a su manera de proceder. Denunciando el pecado, estuvo al lado del pecador (Jn 8,1-11).

¿Cómo no descubrir en su porte el talante de esa divinidad que la tradición bíblica sintió ya cercana pero Jesús la asienta en su interior? El Dios escondido en Jesús deja vislumbrar su presencia en esa apertura sin límites que arropó su quehacer. Portes así han de verse como patrimonio divino. Los humanos carecemos de energía para poderlos mantener. Y Jesús la tuvo por ser la humanización de Dios.
 

4. El Dios de Jesús: actitud de perdón

Nada dignifica tanto al hombre como responder con perdón a quien le prodiga agravio. Sin embargo, la experiencia atestigua que todo ser humano almacena en su interioridad cierta dosis de rencor. Y éste aflora cuando la ofensa recibida suscita una tormenta interna que la sensatez se confiesa incapaz de calmar. Sólo así se explica que, aun siendo el perdón fuente de paz y sosiego, respondamos con resentimiento a quien lacera nuestro yo.

Toda religión invita a perdonar. Y es lógico, pues dando pábulo a la inquina se activan las turbulencias. Con ellas ¿puede el hombre ser feliz? La experiencia desmiente el supuesto. Quizá por eso pululen tanto los caos a nivel vivencial. Pues bien, contra ellos se pronuncian las religiones, clamando por un porte donde el perdón cauterice las injurias.

La tradición bíblica engarza con tal encuadre, suponiendo ser esa la actitud de Yahvé. Se muestra pronto al perdón y tardo a la cólera. Pues bien, igual deben hacer cuantos se afanan por ajustarse al designio de la divinidad. Este planteamiento doctrinal no puede ser más interpelante. Sin embargo, aun así los humanos no cesan de almacenar resentimiento sobre todo al topar con los agravios. Y ello se traduce en rivalidades absurdas que con frecuencia abocan a la guerra y al genocidio.

El hombre bíblico no cesaba de cuestionarse: tal situación ¿cuándo terminará? La oferta del profetismo era un himno a la esperanza. Invitaba, en efecto, a avivar la ilusión, pues la presencia del mesías daría tal impulso a la concordia que rompería cuantas redes separan a los humanos. Siendo así, el mundo se convertiría en un paraíso de armonía y de paz.

Por ello apostó Jesús. Pocos como él han sabido de afrentas e incomprensiones. De hecho, el pueblo judío, lejos de aceptar su mensaje, respondió con la repulsa más visceral. Comportamientos así siempre laceran el alma. Jesús no iba ser la excepción. No obstante, fascina ver cómo, aun topando con la adversidad, siempre respondió con perdón. Incluso antes de expirar en la cruz imploró la benevolencia divina a favor de quienes se estaban ensañando con él (Lc 23,34).

Durante su actividad pública no sólo ofreció su perdón a cuantos le herían con su desprecio, sino que exigió idéntica actitud a quienes configuraran su comunidad. Así lo expresa la plegaría del «padrenuestro» (Mt 6,13). Y su argumentación no puede ser más categórica:

«Si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14).

De ello se infiere que el Dios de Jesús está siempre ávido de brindar perdón. Pero exige que igual haga cada creyente. ¿Cómo lograrlo? La experiencia atestigua que los humanos chocamos de continuo con el muro de nuestra pequeñez. Y ésta nos incita a interrumpir el diálogo cuando surge la incomprensión. Pues bien, contra ello se rebela Jesús, respondiendo con perdón a cuantos le laceran con ofensas. Tal actitud -lo sugiere la fe-, al no ser patrimonio del hombre, ha de entenderse como desvelamiento del Dios que se oculta en él.
 

5. El Dios de Jesús: actitud de ayuda

La persona humana, en cuanto imagen de Dios, ha sido hecha para relacionarse con quienes comparten su condición. De ello se infiere que todo ostracismo por fuerza ha de castrar el espíritu. Y contra su virus desea Pablo inmunizar a la comunidad crística, dándole el consejo siguiente: «Ayudaos mutuamente a sobrellevar las cargas y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6,2). Sin embargo, la experiencia sigue testificando que a veces nos inhibimos ante los problemas ajenos.

¿Cómo hacer de la vida relación? Jesús nos lo enseña con su ejemplo. Basta hojear los relatos evangélicos para descubrir su ansiedad por aliviar las dolencias de los demás. Jesús jamás se desentiende del prójimo, sin que le importe su estado o condición. Podría decirse que se vuelca por entero en cuantas personas se cruzan con él. Y ello le exige no sólo romper las bridas del prejuicio, sino convertirse en transgresor de la ley.

Pienso que lo más señero, al respecto, no es el cúmulo de eventos e intervenciones que la tradición evangélica supone protagonizadas por él. Lo que más sorprende es sin duda su postura de entrega. No en vano la teología moral pone hoy cada vez más empeño en realzar el valor de las actitudes. Son éstas las que han de canalizar la existencia. De hecho, una persona puede alcanzar cotas muy altas de autorrealización aunque su vida tenga una apariencia anodina. El mundo de las vivencias se enriquece no tanto con gestas heroicas cuanto con actitudes abiertas. Tal es cuando menos lo que trata de enseñarnos Jesús.

Una vez más se impone suscribir que su forma de comportarse rompe los esquemas humanos. ¿Quién no acusa, en efecto, los envites del egoísmo? Y éste tiende a aislarnos de los demás. Sólo así se explica esa insolaridad que -tanto hoy como ayer- levanta muros de incomprensión, a cuya sombra crecen las rivalidades, las envidias y los odios. En cambio, con Jesús no ocurre así. Siempre está dispuesto a compartir las dolencias ajenas. Y ello ¿acaso no ha de verse como la más vívida expresión del designio divino?

La tradición bíblica es muy pródiga en consignar cómo la divinidad rige los destinos del pueblo por más que éste se obstine en darle la espalda. Yahvé no cesa de ayudar a quienes, compartiendo desvalimiento, se afanan por infundir sentido a sus vidas. Por eso los pobres y marginados reciben un trato muy singular. Por su parte, los ricos y poderosos, obcecados por su orgullo, se hacen merecedores de castigos y reprimendas. Y es que sólo así conseguirán reaccionar.

La pedagogía divina sugiere que todo creyente asuma un talante de apertura con fuerza para solidarizarse con quienes transpiran vejación. Sin embargo, la experiencia atestigua que los planes de Dios chocan con la estupidez de los hombres. Éstos, dando pábulo al egoísmo, se acorazan en una cerrazón que a la postre acaba frustrándolos. Ello plantea la siguiente cuestión: ¿acabarán los humanos doblegándose ante el designio divino?

La pregunta se torna reto al vivenciarla Jesús. Éste pone en evidencia que Dios exige a cada persona un porte de incondicional entrega a cuantos, abrumándolos su pequeñez, se muestran ávidos de recibir su ayuda. Siendo ésta la actitud de Jesús ¿cómo no descubrir en ella la presencia de ese Dios que, desde los mismos orígenes, clama por trocar en amor todo lastre de egoísmo? Quien ama, por fuerza hace suyos los problemas de los demás. Y tal porte no puede menos de dignificar al ser.

El Dios de Jesús no cesa, por tanto, de retar al creyente a través de esa actitud de apertura que canalizó su existencia. Ojalá estuviéramos los cristianos dispuestos a descubrir en su comportamiento ecos claros de esa divinidad que, para interpelarnos con más contundencia, optó por la humanización.
 

6. El Dios de Jesús: actitud de compromiso

No es fácil comprometerse. Sobre todo cuando no se cuenta con garantías previas. Y ello es comprensible, pues el ser humano clama por un perfecto equilibrio entre el dar y el recibir. Así lo exige, por otra parte, la lógica cimentada en la razón. Para que alguien se comprometa sin recibir previo aval, se requiere que su mente ceda la primacía a la fe. Sólo ésta tiene fuerza para legitimar la entrega integral. Sin embargo, alcanzar una meta así roza lo heroico. Por eso son tan escasas las personas que lo consiguen.

Como estímulo, ¿por qué no fijarse en Jesús? Éste adopta desde el principio un porte de entrega a Dios. Tanto que su vida se rige por su designio. Para constatarlo, basta fijarse en la siguiente expresión: «No pretendo actuar de acuerdo con mi voluntad, sino que cumplo la voluntad de quien me ha enviado» (Jn 5,30). Fusión tan perfecta con el designio divino por fuerza debía traducirse en compromiso de vida. Y tal fue, en efecto, la respuesta de Jesús.

Incluso, al fijar las bases de su futura comunidad, la invita a suplicar que la voluntad divina se realice tanto en el cielo como en la tierra (Mt 6,10). Y es que sólo el designio de Dios tiene fuerza para librar al hombre de su angustia (=pecado) y adentrarlo en la senda que lo lleve a la plenitud. Tal planteamiento no puede ser más certero. Sin embargo, cuán difícil nos resulta regirnos por el proyecto divino. Entre otras razones, por sabernos incapaces de conocerlo y por tanto de evaluarlo con un mínimo de objetividad.

Y esto es precisamente lo que se propone enseñarnos Jesús. La tradición evangélica -sobre todo la joánica- no puede ser más pródiga al acentuar sus nexos con el mundo divino. Tanto que se llega a intuir una identidad con ese Dios a quien él denomina padre. Por supuesto que los textos evangélicos, analizados desde su propio contexto, no permiten vislumbrar el rango divino de Jesús. Pero sí una entrega incondicional a Dios. Tanto que entre su voluntad y la divina no se observa la menor diferencia. ¿Puede brindarse a los humanos modelo más retador de compromiso y entrega?

Todo creyente, si ahuyenta los prejuicios al contactar con el evangelio, ve claro que Jesús le brinda una imagen muy cercana de Dios. Éste se supone, en efecto, identificado con su proyecto de vida. Puede incluso afirmarse que en el compromiso de Jesús se descubre el porte divino, el cual invita a avivar la fe traduciéndola a total entrega. La empresa se antoja difícil pero no imposible. No en vano dispone el creyente del ejemplo que le brinda Jesús.

Dios puede, por tanto, «verse» en ese compromiso integral que canalizara la andadura de Jesús. Jamás había tenido el hombre tan próxima la divinidad. Más aún, la sabe adentrada en su propia vida conforme se adecua a la entrega de Jesús. Es posible que infinitud de creyentes se confiesen incapaces de imitarlo a la hora de actuar. Pero ¿quién no puede hacerlo a la hora de comprometerse? Para ello basta avivar la confianza. ¿En quién? Muy simple: en el Dios que encarna Jesús. Y de una divinidad así todos podemos fiarnos.
 

7. El Dios de Jesús: actitud de amor

El ser humano puso desde sus orígenes su máximo empeño en desvelar cuantas incógnitas se cernían en torno al mundo divino. Tenía claro que sólo los dioses podían librarlo de cuantos poderes internos o externos trataban de destruirlo. Tal afán activó un proceso de búsqueda cuyos frutos tardaría poco en cosechar. De hecho, el hombre antiguo se aferró a una divinidad vista como la fuente de ese poder que él tan vivamente anhelaba.

Es innegable que la andadura del hombre siempre se rigió por criterios de evolución. Y ello aunque lo ignorara. Fruto de tal proceso fue la depuración en su forma de concebir a Dios. La religión bíblica muestra, al respecto, un continuo cambio de actitud. De hecho, en un principio Yahvé inspiraba tan sólo temor. Cierto que se ocupaba de su pueblo. Mas éste únicamente lograba asirlo como una divinidad cuyo carácter justicialista clamaba por la más incondicional sumisión.

Tal visión fue experimentando cambios sustanciosos. De hecho, el aporte del profetismo contribuyó a descubrir en Yahvé síntomas claros de comprensión, tolerancia y benevolencia. Y ello permitiría comprender que no siempre se rige por criterios de pura justicia. Esta cede en ocasiones su primacía a otros portes que inspiran mayor confianza. Por eso el pueblo, aunque cometa un sinnúmero de torpezas, ha de saberse atendido por esa divinidad que lo trata con un mimo paternal.

Ello permitió que el judaísmo, sobre todo tras la experiencia del exilio, consiguiera atisbar en Yahvé rasgos de comportamiento amoroso. Y el amor ¿no sublima la justicia? Siendo así, lógico es que el pueblo tratara de ajustarse a ese nuevo porte de Dios. No había, pues, motivos para temerlo. Al contrario, todo creyente se sentía impulsado a avivar una actitud de fe y confianza que convirtieran a la divinidad en parámetro de su existencia. De hecho, imitando así a Dios ¿cómo no ser feliz?

El problema estribaba, sin embargo, en que al ser humano le faltaban datos para pergeñar una visión válida de ese Dios amoroso al que tanto anhelaba imitar. Pues bien, la presencia de Jesús le ayuda a ir despejando incógnitas. No en vano, se suscribe sin más al amor. Tanto que su misma vida ha de verse como dinámica amorosa. Cierto que no todos la consiguieron asir. Por eso tuvo que proyectar su vivencia a los miembros de su futura comunidad, amándolos hasta el extremo (Jn 13,1).

Resulta fácil comprender que portes como el de Jesús no se ajustan a los módulos humanos. Y es que en éstos siempre aflora el egoísmo, el cual no cesa de poner trabas al amor. En cambio, con Jesús no ocurrió igual. Su vida entera se hizo oferta amorosa. ¿Cómo no descubrir, pues, en ella vestigios claros de Dios? El hombre siempre se cuestionó cómo ajustarse al designio de una divinidad amorosa. Y, al hacerlo, tropezó con lo inefable. ¿No sublima, en consecuencia, ver que Jesús humaniza lo divino? Y con ello nos brinda opciones para que por fin imitemos el porte de la divinidad.

Así es como el Dios de Jesús reivindica pura dimensión amorosa. Y en ella ofrece a todo creyente pistas claras para comportarse igual. Quien tal hace, ¿puede no deponer toda actitud temerosa? Con ella jamás se alía el amor. ¿Cómo no celebrar, pues, con júbilo esa forma novedosa de relacionarse con Dios? Jamás el hombre lo había sentido tan próximo. Más aún, su proyección amorosa lo incita a activar su nexos con la divinidad.

Toda persona puede, en consecuencia, tomar a Dios por modelo. Y además sin riesgo de abocar al desconcierto. De hecho, la actuación de Jesús invita a pulsar el amor divino vertido en módulos humanos. ¿Cómo desperdiciar tan sublime oferta? Por fin puede el hombre deponer sus portes de postración y temor, supliéndolos por la apertura que irradia el amor. Éste lo induce a sumirse, al canalizar su existencia, en la divinidad tal como la vivencia Jesús.

Nadie como él para plenificar nuestro ser. ¡Ojalá aceptáramos su reto!


 
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