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Altar Mayor - Nº 86 (01)
Viernes, 30 mayo a las 20:56:21

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

¿QUÉ GUERRA?
Por Emilio Álvarez Frías

¿Quién no está en contra de la guerra? A ver, que lo diga. Lo preguntaremos más directamente para que se enteren los torpes que se empeñan en interpretar torcidamente palabras, gestos, actitudes y decisiones de otros: ¿quién está a favor de la guerra? Que lo digan claramente los que cogen esta opción con el fin de que el resto lo sepan.

Pero ¿qué es la guerra? Ahí, probablemente, ya empiezan las diferencias, pues hay multitud de guerras, una gran variedad de supuestos en los que se está en situación de guerra aunque los ociosos consideren que sólo existe una: la del enfrentamiento de los países con armas. En el diccionario de la RAE, en su versión de 2001, vemos que la docta Institución ha ampliado considerablemente la descripción de las situaciones de guerra. Entre ellas extraemos las siguientes: Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación; diferencia entre una o más personas; lucha o combate, aunque sea en sentido moral; oposición de una cosa con otra; enemistad, hostilidad declarada; de nervios/psicológica, tensión nerviosa que produce una situación límite; preventiva, la que emprende una nación contra otra presuponiendo que ésta se prepara para atacarla; psicológica, enfrentamiento sin violencia física, en el que se intenta por diversos medios desmoralizar al enemigo; santa, la que se hace por motivos religiosos, especialmente la que hacen los musulmanes contra los que no lo son; sucia, conjunto de acciones violentas que se sitúan al margen de la legalidad y combaten a un determinado grupo social o político. En concordancia con las definiciones del diccionario de la RAE, el María Moliner sitúa otras raíces como «beli-» (bélico, beligerante) o «polem-» (polémico, polemizar). No vamos a extendernos más en estas precisiones, pues no es nuestro objeto. Sólo acudimos a los dos últimos diccionarios de la lengua española en demanda de escrupulosidad para no incurrir en error. Por lo mismo, aunque sugestivo, no vamos a entrar en el análisis de cada uno de los grupos que el diccionario describe, pues la intención que nos guía se limita a centrar el vocablo para que el lector siga nuestro modesto discurso discurriendo por el mismo camino que nos guía.

Mas es preciso concretar un tanto la cuestión por cuanto hemos llegado a la conclusión de que hay un elevado número de formas de mostrar que existe una guerra. ¿Acaso no es una guerra sucia y psicológica la que practican los terroristas contra la población de un país por el hecho de querer imponer sus ideas por la fuerza, para lo cual acuden al asesinato, a la extorsión, a la amenaza, a la provocación, etc.? ¿Acaso no es guerra sucia la incitación y práctica del aborto de un ser que se está moldeando en el seno de la madre desde el mismo momento en que se produce el encuentro amoroso entre esperma y óvulo en el útero en el que va a tener lugar el proyecto de un nuevo ser? ¿Acaso no son guerra los enfrentamientos entre personas en la calle, en las instituciones, en la familia por causa de la irritación originada por la mala convivencia? ¿Acaso no se ha de considerar como guerra la manipulación que determinados estamentos ejercen sobre la sociedad y cada uno de sus miembros con la perversa intención de privar al individuo de la libertad de ejercer el libre albedrío? ¿Acaso no cabe dentro del término guerra la utilización que se hace de los medios de comunicación para influir aviesamente sobre las personas que confían en la veracidad de lo que se les ofrece? ¿Acaso…? Podríamos extendernos mucho más, mas no es el caso hacer un examen exhaustivo de qué puede comprenderse en el vocablo guerra.

Antes de seguir hemos de hacer una manifestación irrefutable: somos unos hipócritas. Por aquello de que «tire la primera piedra el que esté libre de pecado», incluimos a todos los hombres, sin excepción. Porque en estos últimos tiempos nos hemos dado en gritar «No a la guerra» sin entrar en matizaciones, calificando de asesinos a otros que como nosotros no quieren la guerra pero lo demuestran de forma diferente, actuando violentamente (lo que es guerrear), insultando y calumniando (lo que es guerrear), no escuchando otros razonamientos (lo que es guerrear), olvidando comportamientos anteriores de ellos mismos y sus grupos (lo que produce rubor y es hacer guerra sucia),…

Es doloroso presenciar cómo esa mayoría que se manifiesta contraria a la guerra lo hace atendiendo a lo que dictan quienes mueven los hilos de este guiñol desmesurado que recorre los «países libres» del mundo «a tiempo real», creando los eslogan fáciles y manipuladores para las conciencias sensibles, diciendo no a una guerra que no analizan ni comprenden, a una guerra que manosean repugnantemente persiguiendo objetivos distintos a los que ingenuamente «defienden» los coníferos.

Es repulsivo que países como Francia se declaren en oposición a una guerra que, lejos de reportarles intereses, les puede ocasionar perjuicios. No dice su presidente que en Costa de Marfil mantiene un ejército de 30.000 soldados custodiando sus inversiones, con actuaciones violentas más frecuentes de lo deseable; ni dice que chalanea con Marruecos en contra de España, su aliado en la UE y en la OTAN, porque busca, entre otras cosas, el petróleo de los yacimientos saharianos; ni que en el tema de Iraq defiende la fuerte inversión petrolera y armamentística realizada por Francia alli, por ejemplo.

Produce aversión la postura pacifista de una Alemania que con su incitación a Croacia y Eslovenia a romper la federación e independizarse prematuramente dio pábulo a la ruptura de la antigua Yugoslavia que produjo miles de muertos.

Es comprensible la actitud de la Iglesia católica al pedir la paz; otra postura resultaría incomprensible. Pero no podemos olvidar que en el caso de Croacia y Eslovenia, en contraste con el ortodoxo Servia y el islámico Bosnia, el Vaticano vio con buenos ojos la separación. Y aunque con posterioridad reconoció su error, no por ello se pudieron enmendar los sangrientos horrores que se produjeron en aquella desgarrada e inmisericorde guerra. Todos cometemos errores, sin duda. Pero hemos de calificar de deplorable que la Iglesia se sume al clamor del «no a la guerra» con actitudes confusas como el hecho de que distintos lugares de culto españoles mezclen la religión con actitudes políticas, como es el caso de la catedral de Santo Domingo de la Calzada en la que, en los días cruciales de la guerra de Iraq, pudimos ver en la capilla del Santísimo una pancarta con la reproducción del «Guernica» y la leyenda de «No a la guerra», planteamiento sin duda desconcertante para los feligreses.

Ocasiona desasosiego presenciar cómo un país como Rusia se declare opuesto a la guerra cuando todavía no ha renunciado a su tétrico ayer y se vale de un veto heredado de un pasado de millones de muertos para encubrir los negocios armamentísticos y de petróleo que mantenía con el régimen de Bagdag.

Produce nausea asistir al desmelenamiento de los dirigentes del PSOE contra el Gobierno de la nación por su posicionamiento ante una guerra en la que no participa, olvidando su turbia trayectoria a lo largo de sus más de «cien años de honradez» en los que fueron responsables de la revolución de octubre de 1934, preludio de nuestra Guerra Civil; o de los miles de asesinatos que tuvieron lugar durante ésta; o de la incitación a la perversión de la sociedad española hasta casi dejarla de forma que «no la conociera ni la madre que la parió» como dijera uno de sus máximos «intelectuales» de los últimos tiempos; o que tiene a sus espaldas la implantación en España de la cultura de la corrupción, conocida como del «pelotazo», hasta hace menos de una década; o un largo etcétera que se puede verificar con solo acudir a las hemerotecas.

Es motivo de repulsión que el esperpéntico coordinador de IU, junto con sus acólitos, fomente la subversión de la población española desde su escaño en el Parlamento de los Diputados, calificando de asesinos a los miembros del Gobierno por el solo hecho de haberse alineado, junto con otros muchos países, contra el peligro que para el mundo representaba la dictadura de Sadam Husein; olvidando este disparatado político los antecedentes de su partido de origen (el PC) y de la ideología que representa, con miles de asesinatos a sus espaldas, de los que como muestra ahí está el camposanto de Paracuellos del Jarama que el proceloso Santiago Carrillo se ocupó de colmar.

Produce perplejidad que en las manifestaciones celebradas contra la guerra se arbolen banderas tricolores republicanas, banderas multicolores de los colectivos «gays», banderas de los nacionalismos montaraces, signos de los movimientos «okupas», banderas rojas de la izquierda radical; y no menos asombro produce que los sindicatos pagados por el presupuesto nacional se pongan a la cabeza de manifestaciones que no tienen origen en reivindicaciones laborales; o que políticos vascos culpen al Gobierno de meter a España en una guerra (lo que no es cierto), cuando su partido, el PNV, mantiene una guerra larvada contra esa España que ahora tanto le preocupa, a la vez que el partido en cuestión es compañero de viaje de los asesinos de ETA que hacen el trabajo sucio en pos de la independencia de las provincias vascas; o causa sobresalto ver cómo los ciudadanos del gremio de actores, que en gran medida son amigos del régimen cubano, y por lo tanto cómplices de todos sus desmanes, se desgañitan pidiendo un «no a la guerra» contra un país que nada les importa, mientras silencian las ejecuciones sumarísimas del dictador Fidel Castro; o es incomprensible que tanto defensor de aluvión adopte posturas tan radicales ante una guerra concreta e ignoren todas las que existen en países de África, de Asia, de Hispanoamérica y se desentiendan frente a la noticia de que en un solo día han sido degolladas mil personas en el Congo, o de las informaciones que hablan de las guerras permanentes de todo tipo en África Central, o de las guerras de religión de Filipinas con cientos de asesinatos, o en Indonesia, o las macabras acciones de los guerrilleros en Ecuador y Colombia, o de la actuación de bandas callejeras de niños en Brasil y Perú que matan por un pedazo de pan, o de tantas y tantas otras guerras de diferentes signos que tienen lugar en cuantiosos lugares del planeta, dando origen a que, en un solo día, haya más muertos que en toda la guerra de Iraq, sin tener en consideración que esa macabra contabilidad la acrecentaba el propio Iraq masacrando a los kurdos o represaliando a su propia población.

Produce vergüenza y náuseas asistir a las proclamas abortistas de políticos y feminista pidiendo la legalización sin limitación alguna del asesinato de miles de seres indefensos que no son responsables de haber sido concebidos pero que tienen derecho a la vida. Es ésta una guerra tremendamente sucia y genocida que se practica con total naturalidad sin que la sociedad sienta rubor, sin que se manifieste salvo minorías concretas que, en el mejor de los casos, son tildadas de reaccionarias y obcecadas por los que se colocan la medalla de progresistas.

Y nos preguntamos en nuestro desconcierto: ¿alguien ha pedido la paz?, ¿alguien ha reivindicado la paz para los hombres como nos indicara Jesús de Nazaret? No. Aunque parezca lo mismo, no es igual. Piden «no a la guerra» los manipuladores, los aprovechados, los demagogos que recurren a facilonas fórmulas para enardecer a las masas. Nosotros pedimos paz: paz para todos los hombres de la tierra, derecho a vivir para todos los seres concebidos, legítimo derecho a comer todos los que pueblan nuestro planeta, erradicación de la miseria, libertad de opinión sin que medie la manipulación de las conciencias y para el ejercicio de las culturas naturales y tradicionales de nuestros semejantes.

Para eso sí somos propensos a manifestarnos: aquí con la pluma en la mano, en la calle cuando es necesario, en los templos durante la Eucaristía, en el silencio de la intimidad.

Y también en un lugar de recogimiento como es el Valle de los Caídos, hermanándonos con los que en él yacen como síntesis del encuentro en la muerte de quienes, en un mismo deseo, se vieron enfrentados en guerra fratricida.

Al amparo de la Cruz monumental que abre sus brazos a cuantos siguen el mandamiento del amor, pedimos la paz para todos cuantos pueblan la tierra. Y hacemos manifestación pública de repudio a las guerras, a todas las guerras, pero sin ideas preconcebidas. Buscando la paz, propugnando la paz, rezando por la paz, pidiendo porque no sean necesarias las guerras, porque no se permita ninguna guerra contra la humanidad, contra los hombres criaturas de Dios en ninguna de sus manifestaciones y estado de evolución.


 
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