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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 170
Miércoles, 11 junio a las 14:41:46

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 170 – 10 de junio de 2003

SUMARIO

  1. La película del centenario, por José Manuel Cansino
  2. Un código moral para los electores, por Millán Rivas
  3. El Tejo: División y enfrentamiento, por Antonio Castro Villacañas
  4. La realidad más real, por María Zambrano
  5. Historia de América, por Javier Garisoain


LA PELÍCULA DEL CENTENARIO
Por José Manuel Cansino

Cuesta trabajo imaginar a un miliciano republicano abrazado a su fusil bailando al son de «Suspiros de España», pasodoble que como es sabido arranca invocando la voluntad Dios y no precisamente en forma de blasfemia. Más forzada resulta la escena cuando el joven miliciano que encarna el actor Alberto Ferreiro está enrolado en el V Ejército del Ebro a las órdenes de Enrique Líster, comunista sanguinario de larga vida política (llegó a ser destacado miembro de Izquierda Unida) y conocido por el sobrenombre de «el carnicero». En cualquier caso, como recurso cinematográfico sirve de acertado marco al director de «Soldados de Salamina», David Trueba.

El periodista Javier Castro-Villacañas calificó a esta película como la película del centenario de José Antonio y a juicio de quien esto escribe efectivamente lo es. Para justificar lo anterior no sólo basta ver en la pantalla grande al fundador de la Falange en las otrora repetidas imágenes de la Paramount Pictures sino que además esta vez y para disgusto de la censura progre y liberal, los sentimientos del espectador descansan del lado inhabitual; el azul. El espectador acaba casi siempre del lado de las víctimas. Las víctimas demacradas, asustadas, humanas muy humanas sacadas en la Barcelona de 1939 del buque prisión Uruguay para ser fusiladas por la espalda en el santuario del Collell, cerca de la frontera francesa.

En esta ocasión los falangistas cambian la brillantina, las botas altas y los bigotillos recortados por el uniforme y el rostro de condenado a muerte. Son los prisioneros de guerra de un ejército republicano derrotado, batido en retirada, con tan poca convicción que ni siquiera remata a los supervivientes del caótico fusilamiento colectivo lo que permite a Rafael Sánchez Mazas sobrevivir en alianza interesada y, a la postre, leal con sus «amigos del bosque».

El autor de la Oración por los caídos de la Falange, sobrevive efectivamente al plomo fraticida y con ello el miliciano que acaricia al mosquetón al son de «Suspiros de España», el mismo que perdona la vida al falangista agazapado entre zarzas y barro, regala a la literatura española varios años más de la prosa del literato bilbaíno. Porque esa es otra.

Otra es coger a traición al espectador de la obra de Trueba o al lector de la novela del mismo título de Javier Cercas y descubrirle sin anestesia que en Falange había literatos, había poesía y, para colmo del desconcierto inicial, ni tan siquiera eran malos estos «fachas», al menos escribiendo que no es poco.

«Soldados de Salamina» es la contrapelícula. Una cinta que nunca se hubiera rodado de haber esgrimido las Raquel Paredes o Pilar del Castillo su guillotina cultural a los productores Andrés Vicente Gómez y Cristina Huete. Me juego veinte duros a que no recibirá Goya alguno salvo acaso y a modo de dulce venganza a la actriz María Botto, una vidente lesbiana -Conchi- que se pasa la película tratando de meter mano a la protagonista, Lola Cercas (Ariadna Gil).

Será precisamente Cercas quien a diferencia de la novela, y sin que ello suponga muestra de calor alguno para con lo azul, suelte a bocajarro al envejecido miliciano aquello de no creer que ninguna persona deba ser asesinada... tampoco los falangistas.

Las guerras son grandes y graves fracasos colectivos. El protagonista principal es el dolor aunque participen actores secundarios en forma de héroes o criminales; unos y otros jalonan los episodios bélicos escribiendo su historia sobre los jirones de piel arrancados a los muertos, a los muertos malos, a los muertos buenos y a los muertos inocentes que siempre son los más.
 

UN CÓDIGO MORAL PARA LOS ELECTORES
Por Millán Rivas

La Comisión Episcopal española publica un decálogo orientativo para el católico español ante las elecciones. No distingue ningún partido político, sino que establece criterios generales para que cada persona establezca su criterio particular para la decisión de su voto. Es interesante destacar que lo hace antes de las elecciones locales, y autonómicas. Da a entender con ello que cualquier esfera o ámbito político es relevante para el católico, desde el punto de vista de vigía y piloto del rumbo moral de la sociedad. No es de extrañar, pues nada humano nos debe ser extraño a la esencia religiosa. Y es de alabar, desde ese punto de vista, que los obispos españoles se manifiesten haciendo público su criterio, dentro de la misión pastoral que tienen asignada. Sin embargo, los comentarios que suscita el decálogo difieren algo de esa alabanza general con la que se recibe la iniciativa.

El primero de los puntos: Defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural es algo irrefutable, tanto en la definición de propósito permanente como en la primacía que se la otorga dentro del decálogo. Pero uno echa de menos esa importancia en las cartas episcopales, en las homilías y en las declaraciones de la Iglesia española. No se truena desde ella contra ese crimen generalizado y legalizado que es el aborto. Todos los partidos políticos españoles, excepto alguno minúsculo, propugnan mantener esa salvajada sin corregir la situación actual. Y parece que la jerarquía española haya pactado con las autoridades civiles una no-beligerancia en ese tema. Quizá como constatación de que, por desgracia, la sociedad española apoya mayoritaria y tácitamente la salvajada, y para evitar tensiones infructuosas. ¿Qué se nos pide entonces a los católicos con este decálogo? ¿Votar a partidos minúsculos? No resulta claro. Y esa falta de claridad es peor que la omisión del tema, pues da a entender que tampoco los obispos tienen claro qué quieren recomendar.

La segunda recomendación es procurar que se establezca la Primacía de la ley moral frente al desarrollo tecnológico que amenaza la dignidad de las personas, también indiscutible en su opción, pero confusa. Porque parecen indicar, con artículo determinado, que todo desarrollo tecnológico amenaza la dignidad de la persona. Y esa afirmación es condenable, por reaccionaria y desnortada. En primer lugar, porque no hay desarrollo tecnológico que pueda amenazar la dignidad de persona alguna. Sólo una voluntad, o decisión, humana puede constituir esa amenaza. El desarrollo tecnológico en sí no es sino un progreso de las herramientas disponibles para la humanidad: El mal no está en las herramientas, sino en el empleo de las mismas. La Iglesia debe vigilar ese uso, pero también debe vigilar sus expresiones para no aparecer como enemiga del avance del conocimiento, sino entusiasta del mismo.

La tercera exigencia es reservar el voto para quienes muestren Respeto a la libertad religiosa y a la libertad de enseñanza. Que enlaza, y en buena parte coincide con la cuarta: reclamar el derecho de los padres a elegir la educación de los hijos. En ambos casos, se expresa la inquietud principal, aparte de la vida, sobre la situación actual. Se trata de la principal batalla cultural permanente, que debemos pelear los católicos: Nuestro derecho a recibir educación diferenciada, respetuosa cuando menos, pero propugnadora en lo posible de nuestra visión de la realidad. Y nuestra resistencia a que poderes oficialmente ajenos a nuestras creencias se entremetan en la formación de nuestros hijos. Y menos infundiéndoles ideas contrarias a nuestras creencias. La batalla cultural es crucial, pero me temo que no se dirime sino parcialmente en las elecciones. Se requiere formar opinión en la sociedad a lo largo de cada día, cada minuto. La COPE es mejor instrumento que la elección, pues, al fin y al cabo, ésta no hace sino plasmar en la realidad del poder la mayoría cultural de la sociedad.

El quinto punto a considerar es buscar la Justicia social como principal inspirador de las relaciones económicas y de trabajo. Una definición también irrefutable, aparentemente, pero que adolece de imprecisión. Porque ¿qué proporciona mayor bienestar social: fomentar la retribución social de los trabajadores por encima de su eficacia productiva, como afirman los socialistas, o primar la productividad para fomentar la mayor creación de riqueza y, con ello, la tarta a repartir? Esto último es lo que fomentan los conservadores (por usar terminologías tópicas en uso). Parece evidente que es cuestión del análisis intelectual de cada uno decidir cuál de las dos actitudes es preferible. Sin que ello permita reprobar moralmente a quien elija la contraria. La recomendación episcopal se queda, por tanto, como una exigencia de mínimos.

El sexto punto es la exigencia de un Rechazo sin ambigüedades a la violencia terrorista y a los nacionalismos excluyentes. A lo que cabe replicar coloquialmente con la expresión de «¡Atenselo al dedo!». Porque una parte de la jerarquía española ha sido reiteradamente acusada, y con sobrados motivos, de no sostener ese rechazo. Y aún es aplicable el reproche a actitudes y manifestaciones actuales de determinados obispos. Frente a la postura inequívoca de tantos otros, encabezados por Rouco, los obispos vascos están provocando el escándalo público por su connivencia con asesinos, o simpatizantes de los asesinos. En este tema, como en casi todos, los obispos deben tronar desde la seguridad de la verdad, no titubear desde la insinuación vaga e indecisa.

Una nueva recomendación es apoyar a quienes propongan. Ayudar a los más pobres y a los inmigrantes. En ella los autores del decálogo adolecen de la misma indefinición que en alguno de los puntos anteriores, porque cabe replicar preguntando: ¿hasta qué punto? IU ha propugnado alguna vez una de sus propuestas absurdas, diciendo que debemos abrir las puertas a todo el que llegue. ¿Se trata de eso? Parece evidente que no, porque no es razonable Y ¿es razonable no discriminar, prefiriendo algunos emigrantes sobre otros? ¿Y dónde debe empezar la calificación de pobre? (volvemos al punto quinto). De nuevo es un punto de exigencia de un mínimo de humanidad en la consideración del prójimo. Algo que es una exigencia para cada persona, pero difícilmente aplicable a partidos políticos.

La octava exigencia. Veracidad de las afirmaciones, no requiere ninguna matización. Estamos estableciendo la exigencia primordial de la persona. Sin ello, todo pierde importancia. Incluso hubiera merecido encabezar el decálogo. Y por supuesto no es ocioso recordarlo, porque la falsedad y la mentira prevalecen peligrosamente en la opinión política y social españolas.

Las dos últimas exigencias: Respeto real, y no sólo verbal, a la Iglesia y a toda Religión y la Preocupación por la familia y el matrimonio son el recordatorio a los católicos de que debemos defender lo nuestro con fuerza. Y no sólo en el dominio legalista, sino en la realidad dominante. Es patente que estamos sumergidos en una cultura laica, pretendidamente aséptica, pero realmente nihilista y agresiva respecto a nuestra identidad religiosa y nuestro esquema esencial. Pero eso es nuestro campo de batalla permanente, la cuestión con la que los católicos tenemos que enfrentarnos continuamente, desde la Reforma, o desde la Revolución Francesa (la elección es cuestión de opiniones).

Una salida a la calle es poco frecuente en los obispos españoles, que adolecen de complejos de culpabilidad asumidos con frivolidad intelectual. Su salida no debe ser tímida, sino esclarecedora. No parece que con ésta hayan acertado.
 

EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

DIVISIÓN Y ENFRENTAMIENTO

El principal problema de España -y del mundo contemporáneo- consiste, según el pensamiento político de José Antonio, en la división y el enfrentamiento. Lo que era notoriamente grave en la España de hace 70 años sigue siéndolo hoy, aunque ahora no revista -al menos por el momento- las trágicas maneras de entonces. La globalización, o el empequeñecimiento, del mundo moderno hace que podamos sentir los efectos de tales enfrentamientos y divisiones tanto a escala nacional como universal.

España tiene hoy heridos su cuerpo y su alma, como en 1933, con las llagas producidas por el nacionalismo, la lucha de clases y las peleas electorales de los partidos políticos. Basta con leer periódicos, escuchar radio o ver televisión para darse cuenta de que esas mismas llagas hieren la piel y el músculo, el corazón y la mente, de todo el universo. La pugna entre particularismos y generalizaciones, ricos y pobres, e izquierdas y derechas, se nos presenta a diario de muy diversas formas. Todas tienen en común, sin embargo, el romper la deseable y posible armónica convivencia de los humanos y con ello y por ello el retrasar sus posibilidades de desarrollo.

Es preciso reivindicar contra cualquier clase de enfrentamientos y divisiones la idea de unidad. No la de uniformidad, como pretenden políticos y comerciantes interesados en el poder y la compra. Unidad de origen y destino, unidad de empresa y misión, unidad de convivencias actuales y futuras...

El pensamiento político de José Antonio guarda semillas y gérmenes de siempre actuales siembras y cosechas. Intentaremos irlas exponiendo en este año, centenario de su nacimiento.
 

LA REALIDAD MÁS REAL
María Zambrano
en Unamuno y su obra

Si admitimos que la causa de la inhibición religiosa de Europa fue la fatiga y el desengaño que siguieron a las terribles guerras de religión, el conflicto entre filosofía y religión sería producto de la inhibición, como consecuencia de que la filosofía se viera forzada a ocupar el lugar de algo que lo dejaba cesante. Pero el caso es que, por su parte, la filosofía moderna se había planteado a sí misma con derecho al sitio de la religión, y que este conflicto tiene lugar desde los linderos de la época moderna. Solamente nos es necesario señalar el conflicto entre filosofía y religión, agudísimo en el tiempo de Unamuno, conflicto que no ha terminado todavía, sino que, tal vez, como todos los graves conflictos de Europa, se encuentre en su culmen o punto crítico.

A partir del idealismo alemán, los límites entre filosofía y religión, y los límites entre filosofía y poesía, han peligrado. A veces la poesía ha querido ser filosofía, a veces la filosofía ha sido poética, como en Schelling. La filosofía ha querido suplantar a la religión, como en Hegel, y ha querido también hacer una religión filosófica, como en Schleiermacher.

Todo ello es sumamente grave, pues puede suceder que la filosofía, al pretender tomar el lugar de la religión, nos deje sin ella, huérfanos de las religiones, en verdad, y sólo logre aquello del refrán cazurro español de El perro del hortalano, que «ni come ni deja comer». Y la verdad es que, al menos, para gran parte de los europeos, así ha sido: la filosofía, al pretender guiar su vida y resolver los enigmas del universo, ha mantenido al hombre europeo en la más insípida desnutrición: ni le ha dado el alimento que necesitaba, el alimento de creencias, de fe, de esperanza, ni le ha enseñado tampoco a vivir heroicamente, al estilo de otro gran suplantador de religiones, al estilo Nietzsche.

Así ha venido a suceder que el hombre europeo se ha ido vaciando lentamente, quedando indefenso, sin creencias; es decir, según Ortega ha mostrado con su genialidad, sin realidad, porque las creencias no son el añadido, sino la realidad, la realidad más real de nuestra vida.
 

HISTORIA DE AMÉRICA
Javier Garisoain

Tomado de Arbil nº 69

América no es tan nuevo continente. También podríamos llamar nueva a Europa si la comparásemos con Egipto, con las viejísimas culturas asiáticas, con la China o con la India. Más nuevo es el Islam que el cristianismo de todos los americanos. La etiqueta de nuevo o de viejo es una marca que a veces colocamos para justificar lo imperdonable. Los americanos no son más nuevos que los europeos. Tal vez sea al revés, porque además de toda esa vieja tradición europea -que también es suya- llevan sobre su espalda histórica la vieja tradición indígena, y las tradiciones importadas y la revuelta tradición de los últimos 200 años. En algunos aspectos los americanos son más arcaizantes que los europeos. Los viejos puritanos anglosajones, la vieja campechanía de los irlandeses, la vieja cultura familiar de los italoamericanos, la vieja lengua ceremoniosa de los hispanos, la vieja alegría de los afroamericanos. ¿Por qué llamamos nuevo a un continente con tanto viejo contenido?

América descubrió mucho más. América fue descubierta por los españoles y por todos los europeos. Es un mérito innegable el de los navegantes del siglo XVI haber llegado físicamente al continente desconocido. Pero no me equivoco si digo que el verdadero descubrimiento, la sorpresa impresionante, fue la que se llevaron aquellos pueblos ultramarinos. Ellos descubrieron a los europeos, descubrieron la tradición greco-romana, la tradición judeocristiana, la cultura europea y si aportaron también todo lo que pudieron de bueno es innegable que para bien y para mal las cosas cambiaron mucho más en América que en Eurasia.

América no quería la emancipación. Los americanos, sufridores admirables de todas o casi todas las epidemias sanitarias e ideológicas que comenzaban en Europa, viven todavía del mito de la emancipación. Un proceso que ellos nunca iniciaron. En el caso de las repúblicas hispanoamericanas es preciso repetir una y otra vez que la ruptura no se produjo en América sino en España. Que no sucedió en el siglo XIX sino en el XVIII cuando los reyes empelucados de la España de la Ilustración abandonaron de hecho todo aquello que justificaba su presencia soberana en el Nuevo Mundo. América era la Misión de España, en todos los sentidos. Y esa misión que pagaba con sangre bien la podía cobrar en oro. Pero cuando los funcionarios racionalistas empezaron a menospreciar la Misión, América pasó a ser una tierra de emisión y de pura sumisión. Y por eso surgió la insumisión. Es algo más que un juego tonto de palabras cacofónicas: la insumisión americana no surgió por una simple falta de sumisión. Faltó más Misión.

América no rompe con la monarquía; se rompe a sí misma. El mar tenebroso, mar negro sin barcos. La miseria europea. La lucha contra Napoleón. Todo se confabulaba en contra del puente iberoamericano. La ruptura se hizo irreversible. Pero no fue una ruptura entre iguales sino un desgajarse como de frutos, o de ramas, o de hijos. Por eso todos los países hispanoamericanos tomaron en el momento de su independencia una forma política republicana. Los espadones, y los criollos, y las logias y todas las castas variopintas de aquellos países sabían que no hay más rey para Hispanoamérica que el rey de España. Se pudo romper con España como el hijo que se va de casa. Pero nadie cometió la blasfemia de proclamarse rey. Nadie propuso el establecimiento en América de monarquías alternativas a la Peninsular. La intentona del presunto emperador de México, Maximiliano, es más antiespañola que cualquier ceremonia republicana. Lo que pasó en el Brasil no fue lo mismo. Las repúblicas americanas siguieron siendo lo que ya eran pero a costa de perder la ingenuidad. Como los hijos que dejan de vivir juntos en torno a los padres.

La ruptura principal no fue con España. El océano Atlántico estaba ya hecho antes de que empezaran las intrigas de Bolívar. La ruptura fratricida se produjo entre los mismos americanos. Virreinato contra virreinato. Capitanía contra capitanía. Los criollos comenzaron entonces la conquista de los indios olvidando su dignidad de súbditos. Los ciudadanos se empeñaron contra los campesinos como contra extranjeros. Fue entonces cuando se proclamó la unidad artificial del idioma romance, para desgracia del idioma romance. Esclavos contra libres. Ganaderos contra agricultores. La emancipación americana fue una guerra civil que todavía no ha terminado. No sé si llegará del Norte, o del Sur. Pero sé que la unidad de toda América no es un sueño.

No son naciones. El mimetismo nacionalista contaminado por los locos franceses que todo lo querían perfecto enloqueció a las repúblicas transatlánticas que se empezaron a llamar orgullosamente «naciones». Ese nacionalismo iberoamericano ha sido el rasgo definidor de unos políticos ansiosos por marcar un territorio con una personalidad indiscutible. No excluyo las naciones. Sé que existen. Pero digo que pudieron ser también una sola. O también varias. No son naciones porque no nacieron. En realidad fueron abortadas. Razones egoístas y mentiras interrumpieron la tranquila gestación de forma malintencionada. Por eso no se les puede llamar ni naciones, ni independientes, ni emancipadas, ni libres.

Yo creo en América. En la vieja América. En una América hispana que no tiene 500 años, sino trescientos primero y doscientos después acumulados sobre otros miles misteriosos. Creo que de sus miserias ha de levantarse una ola benéfica también para esta nueva Europa inconsistente. Pero pienso que no saldrá de su postración mientras continúen las mentiras que cuentan de su vida. América es antigua y sabia. América nos descubrió, tal vez como un espejo. América fue abandonada por la madre que se hizo madrastra. América se merece una explicación. América se separó y se rompió en mil pedazos. América añora un rey. América está cansada de ceremonias masónicas. América puede ser todavía grande y alegre. Puede ser la madre de todos.


 
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