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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 171
Lunes, 23 junio a las 22:16:11

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 171 – 17 de junio de 2003

SUMARIO

  1. PP, aborto, Iglesia, por Antonio de Oarso
  2. La conquista del Everest, por Mario Tecglen
  3. Los secretos legisladores del mundo, por Antonio Rivero Taravillo


PP, ABORTO, IGLESIA
Por Antonio de Oarso

Algunos católicos bienpensantes cultivan la idea de que las relaciones entre el partido gobernante y la Iglesia son tensas debido a la posición laxa de aquél respecto del aborto. Y es cierto que el Partido Popular no ha adoptado postura beligerante alguna contra esta plaga genocida que arrasa Occidente. Aceptó la legislación permisiva del período izquierdista anterior y se limitó a no ampliar los supuestos para el aborto legal. Esto es cierto, así como que muchos de sus votantes conservadores esperaban algo más de un partido de derechas. Su postura fue la ya clásica de acomplejamiento ante el mensaje progredecadente de unos medios de comunicación mayoritariamente en manos izquierdistas desde hace muchos años; y ante una opinión pública persistentemente aleccionada por estos medios.

No pretendo, por tanto, excusar al partido gobernante, que ha mostrado la misma cobardía acomodaticia que la mayoría de sus pares en los países de Occidente. La misma, aunque algo aumentada por el temor pánico a ser relacionado con el régimen anterior.

Sin embargo, resulta muy poco realista pensar que la Iglesia española esté conturbada, molesta, airada, por este comportamiento político. En efecto, a estos ingenuos católicos a que me refiero, podría preguntárseles: ¿Pero es que la Iglesia está luchando denodadamente contra el aborto? Es más: ¿está movilizándose en alguna medida contra el aborto? ¿Ha oído alguien a algún sacerdote predicar contra el aborto? Es cierto que el Papa lo hace, y él sí puede decirse que es beligerante y luchador tenaz. Pero, aparte de él ¿qué obispo o sacerdote lo hace?

Alguien podrá decir que está claro que la Iglesia condena el aborto, pues así lo ha manifestado puntualmente a través de la alta jerarquía. Pero, si tan condenable es esa práctica ¿por qué no predica contra ella? Porque simplemente declarar en alguna determinada ocasión que algo constituye un grave pecado y, a continuación, eliminar el tema de la predicación habitual, no parece ni suficiente ni correcto. Puede decirse que constituye una contradicción.

Nos encontramos en una situación curiosa. El obispo de Roma viaja incansablemente con ánimo evangelizador, predicando la moral tradicional. Hay que reconocer que en este aspecto es completamente ortodoxo. Sin embargo, el resto de la Iglesia no considera que deba imitarle lo más mínimo. Es más, abundan las críticas sobre su conservadurismo religioso. Existe un ambiente de esperanza respecto del próximo Papa, que desean sea más liberal. Hablo en términos generales, naturalmente.

Y cuando me refiero a la Iglesia, estoy considerando la organización humana que vulgarmente así es denominada, si bien incorrectamente. Es decir, señalo a la jerarquía, clero, institución eclesiástica, Iglesia-Institución, etc., que no son «la Iglesia», sino parte de ella; pero que, comúnmente, así se denominan. Error que el mismo clero alimenta, pues cuando es criticado, se apresura a decir que «están criticando a la Iglesia». Cuando no sacan a relucir «el cuerpo místico de Jesucristo». Yo no me elevo a esas alturas y me refiero exclusivamente a la organización eclesiástica compuesta de hombres y, por tanto, muy humana, y hasta demasiado humana.

Nos encontramos así con una Iglesia humana que en el ámbitos religioso adopta una postura similar a la del partido gobernante en el ámbito político, respecto de temas morales que están en la mente de muchos, y entre los que destaca el aborto. Y esta postura es la de la inhibición.

Todo induce a pensar que si el Partido Popular está acomplejado y no es capaz de enfrentarse al discurso progredecadente que impera en la sociedad, la Iglesia se encuentra en la misma situación. No quiere enfrentarse ni a los medios de comunicación ni a la sociedad presuntamente coincidente con estos medios. En tal situación, resulta fútil pensar en tensiones con el partido gobernante.

Éste, como todos los partidos, lo que busca ávidamente son los votos. Toma el pulso a la sociedad y en función de su examen se comporta. Si comprobase que oponerse al aborto le iba a dar muchos votos, no hay duda que se opondría, pues el voto es algo sagrado. Pero no ha percibido indicios de un estado de opinión favorable a posturas beligerantes. ¿Y pensamos que debería preocuparse de forjar un estado de opinión diferente? Quizás debiera hacerlo, pero no es realista pedir peras al olmo. Los partidos con ambición de gobierno, en esta cuestión como en otras, se adaptan a la situación sociológica mayoritaria y no tienen la ambición de modificarla, pues esto sería muy trabajoso y llevaría tiempo. Juegan a corto plazo.

No es realista pensar que un partido de derecha vergonzante, como es el que gobierna España, vaya a romperse los cuernos restringiendo o suprimiendo la ley del aborto actual. Debería captar un estado de opinión favorable para decidir moverse en ese sentido.

Este es el quid de la cuestión. Habría que tratar de neutralizar los mensajes desmoralizadores de unos medios de comunicación que, como he dicho, están en manos liberales e izquierdistas. Y esta labor, aunque sea sólo en cierta medida, ¿quién la puede hacer?

Imaginemos que algún miembro de la jerarquía se acerca a Aznar y le expresa una crítica por su pasividad en este tema. Imaginemos que Aznar le mira y le contesta con cachaza: «Y ustedes ¿qué están haciendo? Porque si yo, al ser católico, debo ocuparme de este tema ¿cómo es que ustedes, siendo jerarquía católica, no muestran ninguna actividad al respecto? Consíganme un estado de opinión favorable y hablaremos».

Es precisamente la predicación eclesial la que puede influir en el nacimiento y crecimiento de un estado de opinión favorable. Y no es que pueda, sino que debe. Tiene que haber muchos que todavía recuerden los tiempos en que la Iglesia se volcaba en la defensa de su doctrina moral y dogmática, predicándola apasionadamente desde los púlpitos. De esa época nos separan ya cuatro décadas, un lapso de tiempo largo o corto según se mire. Muy corto para lo que supone la milenaria historia de la Iglesia.

En aquella época, y concretamente en España, se producían lamentablemente distorsiones en dicha predicación. Se exageraban algunos aspectos en detrimento de otros. Había una fijación obsesiva en lo concerniente a la moral sexual. Cuando se hablaba del pecado, comúnmente se trataba de una referencia a la contravención del sexto mandamiento. El aborto no era mencionado, aunque el motivo estribaba en que todo el mundo estaba de acuerdo en que se trataba de un crimen y no era necesario incidir en ello. En resumen, se predicaba, pero muchas veces se predicaba mal.

Esta circunstancia está sirviendo a modo de excusa o coartada para la citada pasividad actual. Es frecuente que cuando a un miembro del clero se le plantea el tema de su inhibición, replique: «Es que antes se hablaba demasiado de estas cosas. Había una desorbitación sobre el sexto mandamiento. El primer mandamiento es el del amor». Argumentación tontamente engañosa, pues equivale a la excusa de un señor que se priva de alimento: «Es que en el pasado he comido demasiado. Siempre estaba pensando en la comida. Y lo importante es respirar».

El alimento espiritual (la doctrina católica) debe ser administrado siempre, lo mismo que el alimento material. No se hace así, incluyendo en este silencio inhibitorio un problema aún más grave que los sexuales, si bien relacionado con éstos, como es el aborto.

Hay que rendirse a la evidencia. Si hablan tanto del amor es porque quieren hurtar el bulto a su obligación de predicar doctrina católica. Y obran así porque tienen miedo. Están tan acomplejados como el partido gobernante. Esto, sin contar con aquellos que, contaminados por el medio ambiente, no tienen ya ninguna ligazón espiritual con la doctrina tradicional.

No hay por qué imaginarse tensiones inexistentes. Más realista es pensar que estas diversas entidades: partidos políticos y organización eclesial, participan en diversa medida de la orientación espiritual disolutoria que fue tomando cuerpo en los años sesenta y a la que podría aplicarse el nombre de progredecadencia.

El bienpensante debería abandonar recelos innecesarios. Y por si le quedase alguna duda, transcribo a continuación las palabras de monseñor Antonio Cañizares, Arzobispo Primado de Toledo, publicadas en el periódico La Razón el 21 de Diciembre de 2002:

«-Algunos católicos dicen que no se debe votar al PP porque no ha modificado la ley del aborto. ¿Qué opina?

»-Evangelizar es defender al hombre, y la Iglesia debe colaborar con todo lo que pueda a esto. El Gobierno actual tendrá sus limitaciones, pero está llevando a cabo una defensa del hombre desde su nacimiento hasta su muerte natural. Es cierto que no ha quitado ninguno de los supuestos del aborto, pero como el Tribunal Constitucional los había encontrado constitucionales, eso requeriría reformar la Constitución. Sin embargo, ha rechazado los nuevos supuestos que querían introducir los socialistas, así como la eutanasia, la clonación humana o la manipulación de embriones. Esto es aplicar lo que el Papa dice en la Evangelium vitae respecto de los gobernantes».

El bienpensante puede votar tranquilamente al PP, sin cargo alguno de conciencia. «Esta derecha» no tiene ningún conflicto con «esta Iglesia».

Pero aquel que no carece de juicio crítico, administrará debidamente la adjudicación de responsabilidades por la situación creada. No se fijará exclusivamente en el partido gobernante, sino mucho más en aquellos que podrían, si quisieran, influir en la sociedad y crear un estado de opinión. Y que tienen el deber moral de hacerlo, lo que supone todo lo contrario de justificar la labor gubernamental amparándose en legalismos, a más de mantenerse al margen como si la cosa no fuera con ellos. Tal como si su misión hubiese terminado al haber definido en alguna ocasión el aborto como un grave pecado.
 

LA CONQUISTA DEL EVEREST
Por Mario Tecglen

Hace unos días, el 29 de mayo, se conmemoró el medio siglo de la conquista del Everest por el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tensing. El acontecimiento es sobradamente conocido. Pero no tanto los antecedentes que lo engendraron y lo hicieron posible; más la nada despreciable duda sobre si realmente fueron ellos, o no, los primeros en alcanzar la cumbre.

A la orgullosa Inglaterra de principios del siglo XX, la conquista del Polo Sur, conseguida por el noruego Amundsen ganándole por la mano al ingles Robert Scott en cuestión de días, cayó muy mal. No lo encajaban. Y como en el mundo sólo quedaba por conquistar la cima del Monte Everest, situado dentro de su Imperio y con el nombre del topógrafo inglés Sir Jorge Everest, que fue quien anunció aquella cima como la cota más alta del planeta, se plantearon que había de ser una expedición inglesa la que llegara primero a la cumbre.

Las primera expedición, sin resultados, se realizó en 1921. Al año siguiente se llevaron a cabo dos nuevas tentativas, y en 1924, ya con alguna experiencia acumulada, se emprendió la cuarta. En todas ellas, con distintos compañeros, intervino el que fuera, quizá, el alpinista más ilusionado: George Leigh Mallory, que se destacó por su interés, casi obsesivo, en alcanzar la cima.

Durante la cuarta tentativa, la de 1924, una cordada formada por Mallory e Irvine salió del último campamento con algunas posibilidades. Su compañero, el fotógrafo-alpinista Noel Odell, que intentaba observarles, pudo distinguir, en un claro entre las persistentes nubes, dos figuras humanas remontando las pendientes cimeras que rodean la cumbre del Everest. Después, las nubes cubrieron el cielo y Odell, agotada una emocionante espera, tuvo que volver al campamento.

A partir de entonces, nunca más se volvió a saber de ellos. Y ante las observaciones de Odell, largamente entrevistado, todo fueron conjeturas. ¿Habrían muerto antes o después de conquistar la cima?

La desaparición de los dos ingleses en el Everest vino a confirmar a los tibetanos que la cólera de Dios estaba en la Montaña y las autoridades denegaron cualquier nuevo permiso: «Jamás se sabrá –decían- el fin que la Diosa Madre de las Montañas ha reservado a estos dos ingleses que osaron llegar a una altura nunca conseguida». Conquistado repetidas veces por numerosas cordadas, una expedición china encontró el cadáver de Mallory en 1975. Estaba él sólo, sin rastro de Irvine.

Se escudriñaron ropas y documentos tratando de hallar algún indicio que diera respuesta a la pregunta que más había dado que hablar en la historia del alpinismo. También se registraron los alrededores. Según testimoniaron sus compañeros, Mallory llevaba consigo una Kodak con fuelle, de última moda, y el carrete podría ser la clave de todas las dudas. Hasta la casa Kodak se prestó al análisis, si es que se encontraba, y a pesar del tiempo transcurrido y de las inclemencias meteorológicas sufridas. Nada hasta hoy.

Pero sí que existe un mínimo indicio: En sus ropas y documentos no se encontró la fotografía de Ruth, su amada esposa, y sus propios compañeros se preguntaron: ¡Qué raro, George Mallory, tan enamorado, siempre la llevaba consigo! ¿No la dejaría en la cumbre como homenaje a ella y como prueba de su conquista? Y nosotros podemos preguntarnos hoy: ¿Qué habrá sido, realmente, de la foto de Ruth?

Nunca lo sabremos. Sin embargo sí podemos dedicar hoy un compasivo recuerdo a Mallory y a Irvine. ¡Pobres soñadores repletos de ilusión!, que lo dieron todo por llegar los primeros al Techo del Mundo y ¡hasta puede que lo consiguieran!

Es difícil comprender el riesgo que los alpinistas aceptan al enfrentarse con cualquier actividad en las altas montañas. El filósofo José Antonio Marina afirma que además del bienestar, el hombre necesita superarse, alcanzar nuevas metas. Y que es esta superación la que mueve, por ejemplo, a los alpinistas. Puede ser. Pero el que suscribe, montañero con historial, entiende más y mejor a Pío XI, el Papa Alpinista, cuando declaraba la inmensa satisfacción, la sensación de libertad, que se sentía al alcanzar una cumbre. Y lo remarcaba con una frase que se hizo célebre: En la montaña se está más cerca de Dios.
 

LOS SECRETOS LEGISLADORES DEL MUNDO
Por Antonbio Rivero Taravillo

Tomado de la revista Mercurio, abril 2003

Filipo de Macedonia tuvo un hijo que lo eclipsaría. Así sucedió con otro general y gobernante, Miguel Primo de Rivera: su hijo José Antonio fundó la Falange Española (basada en las falanges macedonias) y, amante de los clásicos y de la lira, como Alejandro Magno alcanzó la categoría de mito. Carlos García Gual señala en su introducción al Pseudo Calístenes cómo alrededor de la figura de Alejandro se mezclaron pronto realidad y mito; lo mismo sucedió con el político español, y a él son también aplicables las palabras que Amin Maalouf dedicó al caudillo heleno y de las que se hace eco Gil Pecharromán, el mejor de los recientes biógrafos del creador de la Falange: «El tiempo no es más que un tonel donde fermentan los mitos, el de Alejandro más que cualquier otro, y sobre todo en Mesopotamia. Esa tierra le había sepultado joven y joven le había conservado, como un eterno novio sin arrugas, y el número de sus años, treinta y tres, había permanecido como la edad de la inmortalidad».

José Antonio y su movimiento fueron amantes de lo clásico, pero no dejaron nunca de ser románticos o neorrománticos. Bronco y fino, prosista espléndido, el falangista Rafael García Serrano escribió en 1935 (antes, pues, del fusilamiento del jefe) esta suerte de profecía: «Crearemos una nueva mitología que esta vez será romántica hasta el fin». Y así fue: en torno al «ausente» se creó una leyenda, a menudo hagiográfica, y se lo utilizó abundando en el mito a la par que se olvidaba su logos, sus palabras, críticas con la derecha como con la izquierda, con la injusticia, con el nacionalismo («una pura sandez», aunque fuera español).

Ningún poeta inglés se confesaría hoy discípulo de Shelley, el romántico y revolucionario idealista, ya algo desfasado. Ningún político español se declarará hoy seguidor de José Antonio, idealista como aquél, también romántico y revolucionario a su modo. Shelley acuñó esa frase exagerada con la que José Antonio no podría haber estado más de acuerdo: los poetas son los secretos legisladores del mundo.

Rafael Inglada, responsable de la edición de los 11 poemas del fundador de la Falange, publicada ahora hace un año y en seguida agotada, repara en la multiplicidad de facetas de la vida de José Antonio, y señala la importancia de «su producción poética, de la cual sus más allegados amigos tuvieron siempre constancia, pero que él solamente, y esto hay que tenerlo en cuenta, tomó como un juego íntimo, ordenando incluso la destrucción de, junto a algunos de estos textos, otros papeles particulares». Como no podía ser de otra manera, Inglada antepone a su introducción la conocida frase del discurso fundacional de la Falange, en el que José Antonio afirmó, como Shelley, que «a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas».

Las más de esas composiciones son poemas de circunstancias, pero entre ellas destacan los más de cien versos de «La profecía de Magallanes», un poema épico escrito a los dieciocho años y que sorprende por su calidad formal, antónimo, en su seriedad, de un jocoso poema de temática parecida del joven Eliot. Un soneto en alejandrinos de un año más tarde (1923) lo es de amor, y trae en sí los ecos de un tango a lo Gardel (otro desaparecido apuesto y engominado): «se mancharon los lirios y se ajaron las rosas, / y dejó cada invierno su rastro de dolor. // Pero el rosal de antaño que muerto parecía / está tan arraigado, tan hondo todavía / que entre sus ramas secas aún brota alguna flor». Otro soneto comparte la hidalguía nostálgica de un Foxá o un Sánchez Mazas, también falangistas. El humor y la bonhomía cordial recorren muchos versos.

Todos sus poemas que nos han llegado son anteriores a la Falange, pero aún en tiempos de ésta José Antonio gustó de dar un tono poético a sus discursos, y ello tanto en el contenido y su imaginería romántica de luceros, etc, como en la prosodia. El citado discurso del Teatro de la Comedia está trufado de versos vestidos con el uniforme de faena -azul mahón- de la prosa, mas no por no estar separados en líneas son menos endecasílabos o heptasílabos: «y, ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!». Igualmente, el último párrafo del discurso se puede escandir como una sucesión de versos métricamente perfectos. De ahí en parte su memorabilidad, con independencia de los postulados que defiende y con los que cada hijo de vecino podrá o no estar de acuerdo.

El jefe de la Falange fue un admirador de García Lorca, con quien llegó a entrevistarse a solas (el crítico García Posada recuerda cómo intervino para atajar los ataques de la Falange a La Barraca). Quiso atraer hacia su movimiento a Unamuno (que acudió a un acto suyo en Salamanca). En sus tertulias polemizó sobre la poesía de Lope y la de Garcilaso, y aglutinó a jóvenes escritores. No se perdonará nunca a Manuel Machado su soneto a José Antonio, pero recuérdese que éste había participado diez años antes en un homenaje a los hermanos Machado. Las películas que recomendaba a sus camaradas también tenían una conexión literaria: El delator, basada en una novela de Liam O’Flaherty, y Tres lanceros bengalíes, que hacía lo propio con un relato de Kipling. De éste era también su poema de cabecera: el célebre «Si...».

Buen versificador, ripioso a veces, podría haber llegado a ser un excelente poeta: prefirió sin embargo poner al servicio de sus ideas una prosa elegante y exacta, que bebe de Ortega y con la que otros, como Aquilino Duque, han reconocido a su vez una importante deuda. Que tuvo un estilo lo demuestra el gran número de imitadores y plagiarios, los clichés que se perpetuaron en la pose de un Régimen que conservaría sólo lo más exterior de su legado, incluyendo la huera repetición de la palabra «estilo». Uno echa en falta en la colección de sus versos la letra del himno «Cara al sol», del que fueron artífice colectivo él y varios correligionarios suyos, una arenga musical que nació como una renga (ese poema escrito por muchas manos tan del gusto, décadas después, de Octavio Paz y Charles Tomlinson).

José Antonio aparece en novelas recientes como Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada, Soldados de Salamina (de nuevo la vocación clásica, griega) de Javier Cercas, o La noche que fui traicionada, de Andrés Sorel. Al calor del centenario se publican libros que recogen juicios y referencias personales y se anuncian otros como el José Antonio Primo de Rivera a cargo de Enrique de Aguinaga (a favor) y Stanley G. Payne (en contra), que verá a luz en la colección «Cara y cruz», de Ediciones B, o el muy prometedor La corte literaria de José Antonio, de Mónica y Pablo Carbajosa, que lo hará en la editorial Crítica. Sin duda, se trata de una de las figuras más sugestivas de la II República, y de una manera u otra sigue vigente hasta hoy. Ya va siendo hora de que la realidad se sobreponga al mito, y para ello nada mejor que leer su pensamiento, transparente pese a las contradicciones de su constante evolución y falta de sistematicidad en unos escritos tantas veces sorprendentes y que hacen que los colores de su bandera, El rojo y el negro, sean a veces, más que un título de Stendhal, una aproximación al anarcosindicalismo y a ese otro gran olvidado barrido por las derechas y las izquierdas, Ángel Pestaña. José Antonio nació un 24 de abril, casi en el Día del Libro. ¿Nos deparará este año, al fin, la exhaustiva edición de sus obras completas?


 
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