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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 172
Miércoles, 25 junio a las 15:55:15

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 172 – 24 de junio de 2003

SUMARIO

  1. Superembriones, por Miguel Ángel Loma
  2. Nuevas anotaciones sobre tránsfugas y sapos, por Antonio Castro Villacañas
  3. Las musas, el teatro... y la televisión, por Alfredo Amestoy
  4. Vota «NO» a la Constitución europea, por Eulogio López


SUPEREMBRIONES
Por Miguel Ángel Loma

Es incomprensible que a estas alturas de la evolución humana algunos sigan empeñados en ponerle puertas al campo de los avances liberadores de la ciencia, y peor aún, es que encima se les preste atención. Hay que ver la que nos están dando últimamente con el tema de la experimentación con embriones humanos: que si han de tener un determinado número de días, que si no han de estar pasados de fecha, que si habría que contar con el consentimiento de los supuestos «padres», que si la investigación debe hacerse de forma muy controlada... Por no citar las objeciones de todos esos ayatolas fundamentalistas que se oponen radicalmente al asunto, alegando que los embriones son ¡seres humanos! Hasta ahí podíamos llegar. Mucha ignorancia y mucho Torquemada suelto es lo que hay. Cualquiera que tenga dos dedos de frente progresista sabe que no podemos detenernos en este tipo de disquisiciones pseudoéticas y que, de hacerles caso, todavía andaríamos pintando monigotes en las cuevas de Altamira, a mano y sin spray.

Este tema de los embriones debemos afrontarlo con apertura de criterio y con la misma sensibilidad científica con la que tratamos una muestra de heces o de orina (en realidad, no creo que los embriones, por muy humanos que sean, difieran mucho de esos otros elementos orgánicos y además, seguro que olerán mejor). Lo ideal sería que cuando la ciencia haya demostrado la viabilidad en el desarrollo de estas asociaciones celulares, su cultivo no quedase reservado a los laboratorios públicos o privados, sino que debiera democratizarse su uso para que cualquiera pudiera criar un embrión en casa, disponiendo así de sus propias piezas de recambio (por entendernos). De esta manera, no habría que importunar a nadie ni tener que esperar una lista de posibles donantes y otras molestias por el estilo.

No creo que en un futuro todo esto resulte muy difícil, sino que será cuestión de instalar bancos de embriones en todos los municipios y que éstos se encarguen de su distribución, facilitando el pedigrí biológico de su procedencia (color de ojos y cabello, raza, tamaño del sexo, etc.), junto al instrumental pertinente para su cultivo y el correspondiente libro de instrucciones. Así, cada persona dispondría de un embrión en su propio domicilio, y allí mismo lo iría criando y engordando; claro que hay gente muy escrupulosa, y lo mismo esto de tener al embrión tan cerca le produce un poquillo de repelús porque no lo encuentran higiénico o porque se le pueda llenar la casa de moscas u otros insectos extraños. Bueno, en ese caso, a lo mejor sería cosa de habilitar un localito en cada comunidad de vecinos donde colocaríamos a todos los embriones, y de paso fomentaríamos las relaciones de solidaridad intervecinal; pero esto serían ya cuestiones secundarias.

Una vez que hubiéramos conseguido el pleno desarrollo de los embriones (que cuando estuvieran creciditos, y para evitar tiquismiquis moralistas, podríamos denominar «superembriones»), los mantendríamos en estado vegetativo, como en una especie de despensa sanitaria. ¿Que nos hace falta un riñón, un hígado o una próstata? Pues ahí tenemos al superembrión, que ni siente ni padece, para extraer de él todo lo necesario. Esto del cultivo doméstico facilitaría además, el libre intercambio entre ciudadanos, tipos de familias y polígonos convivenciales afectivos, sin innecesarios trámites burocráticos. Así por ejemplo, si en un futuro de progreso un matrimonio de lesbianas que hubiese estado cultivando un par de superembriones femeninos quisiese cambiar de opción sexual, incluyendo los correspondientes apéndices orgánicos, para pasar a ser un matrimonio de homosexuales masculinos, podrían intercambiar sus superembriones femeninos por una pareja de superembriones masculinos, a través de un simple anuncio en la sección de intercambio de superembriones de la prensa local. (Bueno, esto así contado parece un lío, pero en la práctica será más fácil; aunque seguro que con el tiempo también se pueden lograr superembriones hermafroditas y nos ahorramos problemas).

Lo importante es que todo lo que signifique un avance para la humanidad sea fomentado por los gobiernos de progreso, sin detenernos ante lo que digan los moralistones de tres al cuarto, que seguro que le encuentran algún reparo a todo esto. Y además, el que no esté de acuerdo, que no los cultive y en paz; pero después que no salga diciendo que necesita un trasplante. Si por mí fuera, a todos esos que se oponen a estos maravillosos avances de la humanidad, lo primero que haría sería trasplantarles el cerebro, porque lo único que demuestran con sus actitudes manifiestamente retrógradas y antiprogresistas es que carecen de una mínima sensibilidad con los seres humanos, con los auténticos seres humanos, claro; y no con los engendros celulares, ya sean de cultivo externo o de desarrollo intrauterino no deseado.
 

NUEVAS ANOTACIONES SOBRE TRÁNSFUGAS Y SAPOS
Por Antonio Castro Villavcañas

Mientras el presidente-cotorra del parlamento catalán sigue sin dimitir a pesar de ser público y notorio que aprovechándose de las ventajas de su cargo injurió grave y cobardemente a las fuerzas de orden público, el PSOE ha descubierto a lo largo de toda esta semana que el dolor de cabeza es mucho más pesado y molesto cuando se produce en la propia cabeza que cuando se da en la cabeza ajena. Traducido al lenguaje común, quiere decirse que las socialistas y los sociolistos han seguido poniendo el grito en el cielo y sintiéndose políticamente heridos de gravedad o políticamente perjudicados por el hecho de que una rana y un sapo decidieran cierto día salir del charco socialista donde hasta entonces tanto y tan bien habían comido, nadado y croado, a fin de explorar los charcos y terrenos próximos y ver si en ellos conseguían tener un auditorio más numeroso y más complaciente para sus monótonos conciertos y de esta forma nadar y comer más y mejor en lo sucesivo… Hasta ahora no se había quejado nunca el PSOE de este tipo de saltos, quizás porque en la mayor parte de los ya conocidos él había salido beneficiado mientras a sus adversarios les dolía la cabeza. No se quejó, por centrarnos en Madrid, cuando el sapo Piñeiro abandonó la charca popular para beneficiar a la socialista con sus croos y croadas, muy bien acogidas entonces por el hoy indignado sociolisto Leguina, sin duda porque en aquellos tiempos eran él y su partido los corniponientes mientras en estos de ahora han sido los cornudos.

Por otra parte, únicamente los ciegos o quienes no quieren ver pueden decir que ese tipo de saltos perjudican o hieren a nuestra democracia. Quizás por ser, políticamente hablando, burros apuntados de modo voluntario para dar vueltas y vueltas a tan triste noria, no quieren reconocer que tienen la visión limitada por los anteojos de sus respectivos partidos. Basta recordar cómo se hizo nuestra tan alabada tra(ns)ición para darse cuenta de que los tránsfugas, los sapos y cualquier clase de reptiles tienen mucho que ver con la forma de democracia entonces propugnada e instaurada. Para eliminarlos parece cada día más necesario convencernos de que necesitamos otra forma de convivencia democrática.
 

LAS MUSAS, EL TEATRO... Y LA TELEVISIÓN
Por Alfredo Amestoy

Usted y yo, y todos, «somos nosotros y nuestras circunstancias». Como la vida también suele ser… «así, si así nos parece». Pero el teatro es lo que es; nada relativo, ni circunstancial, ni aleatorio. Tampoco es un «fenómeno» ni un «epifenómeno»; es un «hecho». Para algunos un «hecho cultural», para otros un «hecho social» y, para una minoría progresista, un «hecho político, ideológico».

Entonces, al ser el teatro un hecho real, «tan real como la vida misma», permite y se presta a ser analizado como cualquier suceso que aporte datos objetivos.

Este análisis cobra un valor especial porque el teatro es siempre un indicador muy polivalente y de lectura muy significativa.

¿Cuál es el panorama del teatro en España, transcurridos dos o tres años (según os parezca) del siglo XXI; después de cinco lustros de democracia y a diez mil días de la muerte de Franco?

Si tomamos como referencia la cartelera madrileña -que es lo que haríamos en Francia con la parisiense; en Inglaterra con la londinense y en Estados Unidos con la de Broadway, en Nueva York- en este momento hay en Madrid un poco más de teatro, no mucho más, que el que había hace treinta años pero no mucho mejor que el de entonces. Hay un «Shakespeare»; entonces también. Un «Valle»; entonces también. Y un «Mihura»; como hace treinta años. Hay media docena de «musicales». Entonces, no. Entonces se llamaban «revistas musicales». «Musicales», como «El fantasma…» tampoco los había en Londres con la profusión de ahora. Y lo que sí hay en España es mucho «off Broadway», mucho «ensayo», mucho «teatro cocina», mucho «cielo escénico empedrado de buenas intenciones».

«Así que pasen treinta años»… Ya han pasado.
 

LO DE ANTES

En la temporada 72/73, con Franco en El Pardo; con Carrero Blanco en Castellana, 3 (su asesinato se produjo en diciembre de l973); con Arias Navarro en Gobernación y, si no recuerdo mal, con Sánchez Bella en Información, en plena dictadura franquista, los teatros de la capital presentaban una oferta que poco tenía que ver con una rigurosa censura y con un país cerrado y aislado del resto del mundo.

Sin hacer distingos entre teatros «nacionales» (oficiales) o privados, puesto que todos estaban controlados -y bien controlados-, los más estatales, el Teatro Español, representaba «Otelo», de Shakespeare, dirigido por González Vergel y la Compañía del Teatro Nacional María Guerrero, «Romance de Lobos», de Valle-Inclán, con dirección de José Luis Alonso y con José Bódalo como protagonista. Otra obra de Valle en el «Bellas Artes»: «Luces de Bohemia», con dirección de José Tamayo y un elenco de esta categoría: Carlos Lemos, Agustín González y María Jesús Lara.

En el teatro Lara, el teatro del muy conservador Conrado Blanco, «La llegada de los dioses», de Buero Vallejo, con José Osuna de director y Concha Velasco, Francisco Piquer y Juan Diego, de cabecera de cartel.

Nuria Espert y Pellicena ponen «Yerma», de García Lorca, con dirección de Víctor García, en ese teatro de la Comedia que oyó el discurso fundacional de Falange y que, impertérrito, veía ahora las «audacias» de Marsillach, con el «Marat-Sade» o el «Yo me bajo en la próxima…».

Más «osadías» increíbles en l973: el «Andorra», de Max Fritz ; la «Historia del Zoo», de Albee, dirigido por William Leyton, con José Carlos Plaza de protagonista; y entre otros estrenos, el más «escandaloso», la versión de Arthur Miller de «Un enemigo del Pueblo», de Ibsen, dirigida y protagonizada por Fernando Fernán-Gómez, con Emma Cohen de pareja; y, ambos, para más comentarios, «pareja de hecho» en la vida real. Como Conchita Velasco y Juan Diego, abanderados de todas las reivindicaciones y protestas en aquel Madrid que jugaba a jacobino para «epatar a los burgueses» y asustar a las beatas.

Pero nadie se rasga las vestiduras ante el teatro de Arrabal o de Alberti. Se ha representado a Casona y se ha aplaudido a María Casares, como se hubiera aplaudido a Margarita Xirgu -tanto o más que a Lola Membrives-, si hubiera vuelto a España, antes de morir en Montevideo, en l969.

Que es inexplicable cómo pueden estrenar y triunfar no sólo Martín Recuerda, el de, primero, «Las salvajes…» y, a continuación, «Las Arrecogías…» sino, también, Olmo, Sastre y Rodríguez Méndez…, desde luego. Pero es más inconcebible, y eso maravilla y desconcierta ahora a estudiosos e investigadores, cómo, hace treinta años, con Franco y su más vigilante inquisidor, Carrero Blanco, vivos, se editan -¡y venden!- en las librerías españolas «Teoría de las clases sociales», de Gurvich; «Esquema de la evolución de las sociedades», de Jacobs, y, sobre todo, «La imaginación Liberal», de Trilling; «La ideología como lenguaje», de Adorno, o la «Introducción a la Estética», de Hegel. La propia «Teoría Estética», de Adorno, Taurus la editó dos años antes, en l971.

Esta visión retrospectiva me obliga a recordar que en ese año pude comprar «El laberinto español», de Gerald Brenan, y que en l973, pude realizar para Televisión Española un documental con el escritor inglés en Yegen, el pueblo donde vivió el antropólogo y escenario de «Al sur de Granada».

Allí, donde ahora Colomo ha recreado una biografía -corregida y disminuida- de Brenan, trabajé, hablé, comí y dormí en la misma habitación, durante tres semanas, con el «perseguidísimo» por Franco y ya entonces octogenario escritor, que me confesó su sorpresa ante la positiva evolución del régimen autocrático del Caudillo.
 

DON «GERALDO» Y MORATÍN

Algún día contaré interesantes confidencias que me hizo «don Geraldo». Anticipo ésta: «Hay numerosos escritores británicos que han conocido España mejor que yo. Por ejemplo Graham Greene y Somerset Maugham, que era un experto en teatro español. Descubrió que Lope había escrito más obras que todos los autores ingleses isabelinos y jacobinos juntos. Y se lamentaba de haberle leído "sólo veinticuatro" de sus comedias. Somerset también se interesó por la estancia de Moratín en Londres».

Brenan, que no vaciló al afirmar que Leandro Fernández Moratín fue «el mejor» (the greatest) dramaturgo europeo de su tiempo, me dijo no conocer el célebre memorial que Moratín dirigió a Godoy desde Londres en que denunciaba la situación del teatro en España y se postulaba para poner remedio a tantos males desde un cargo oficial que sería «Director de Teatros».

El autor de «El sí de las niñas» escribe a su todopoderoso amigo: «No hay premios para estimular a los buenos ingenios a que se dediquen a componer obras dignas y así desterrar los desatinos que diariamente se representan. No hay quien instruya a los cómicos en el arte de la declamación, de donde resulta que todos ellos son ignorantes de su ejercicio […] La música teatral está, como los demás ramos, atrasada y envilecida; ni es otra cosa en la parte poética que un hacinamiento de frivolidades, chocarrerías y desvergüenzas, y en la parte musical, un conjunto de imitaciones inconexas, sin unidad, sin carácter, sin novedad, sin gracia ni gusto». Y se hace una pregunta, válida también hoy: «¿Habrá quien se lastime de que no hay en España hombres de talento que se dediquen a escribir para el Teatro? Nadie ignora el poderoso influjo que tiene el Teatro en las ideas y en las costumbres del pueblo. Un mal Teatro es capaz de perder las costumbres públicas y las leyes, obligándolas a luchar con una multitud pervertida e ignorante».

Pero es ahora cuando Moratín se despacha a gusto: «Como el Teatro ha caído en tal desprecio […] los autores del día, no hallándose con talento suficiente para componer obras dignas del público decente e instruido, han procurado agradar a la canalla más soez, y así lo han hecho. En España se representa con admirable semejanza la vida y costumbres del populacho más infeliz. Taberneros, castañeras, pellejeros, tripicalleros, besugueras, traperos, pillos, rateros, presidiarios, y, en suma, las heces asquerosas de los arrabales de Madrid. El cigarro, el garito, el puñal, la embriaguez, la disolución, el abandono, todos los vicios juntos, propios de aquella gente, se pintan con coloridos engañosos, para exponerlos a vista del vulgo ignorante, que los aplaude, porque se ve retratado en ellos».

Poco difiere este análisis al que hoy haría cualquier sociólogo sobre el Teatro y el resto de los medios de comunicación. Doscientos años después, cualquier español sensato se haría la misma pregunta que Moratín: «Si el Teatro es la escuela de las costumbres, ¿cómo se corregirán los vicios, los errores, las ridiculeces, cuando las adula el mismo que debiera enmendarlas, cuando pinta como acciones dignas de imitación y aplausos las que sólo merecen condena y remo? Si observamos, con harta vergüenza nuestra en las clases más elevadas del Estado, una mezcla de costumbres indecentes, un lenguaje grosero, unos excesos indecorosos que escandalizan frecuentemente la modestia pública, no atribuyamos otra causa a este desenfreno, que la de tales representaciones. Si el pueblo bajo de Madrid conserva todavía, a pesar de su talento, una ignorancia, una rusticidad atrevida y feroz, que le hace temible,,, el Teatro tiene la culpa».

Dos siglos después de esta exposición, tan pesimista que preludia el tono fustigador e implacable de Larra, ese panorama no sólo afecta al Teatro.
 

LA TELEVISIÓN

Sería muy fácil acusar a la Televisión de ser el «basurero nacional». Y, a lo mejor, no es exactamente el basurero sino el «vertedero», donde depositan ahora sus vertidos, con la complicidad de unos «ocupas» que representan a lo peor de la Televisión, lo peor de la Prensa, de la Radio, del Cine y, por supuesto, del Teatro.

Los monólogos escabrosos que han subido a los escenarios y que se ponen en labios de mujeres para que produzcan mayor escándalo, hace unos años no hubieran merecido su estreno en «café teatro». Y no hace mucho se ha leído en «El Chivato» que «El autor no debe dejarse manejar por la zafiedad imperante en algunos de nuestros escenarios. Maestros hay en nuestra historia teatral reciente que no necesitaron mostrar la sangre para impresionar al espectador, ni dedicar monólogos de pésimo gusto, sólo al sexo para provocar la sonrisa y hasta la carcajada. Talento, eso es lo importante».

De un Teatro que hoy responde como nunca a la descripción de Moratín y que programa títulos como «Elogio a la masturbación», «Diálogos de la vagina» o «Confesiones del pene», no se puede esperar que ayude a regenerar la Televisión La Televisión necesita, incluso más que el Teatro, de la dramaturgia. Televisión es dramaturgia y taumaturgia y reclama mucha imaginación. Desde que Broadway no es lo que era, la televisión norteamericana ha dejado de ser lo que fue. Y pregunten a Arthur Miller lo que piensa sobre el particular.

Allí, y aquí, pocas obras «en horas veinticuatro pasan de las Musas al Teatro».

Las Musas, sobre todo Talía, que además de la Musa del Teatro es una de las tres Gracias, parece que están de huelga. Desde luego, hace tiempo que no pisan las televisiones. A lo mejor se han metido en los armarios que, al salir, dejaron vacíos todos los homosexuales que se han introducido en la Televisión.

Y ¿qué puede hacer ahora la Televisión? Pues puede hacer… «la calle». Que, en el fondo, es lo suyo. Cada vez estoy más convencido de que la Televisión es una hija que tuvo el Teatro con el Cine. La niña salió guapa y de mayor se ha hecho un pendón. Antes era más romántica y se iba a la cama por amor al arte. Ahora sólo se acuesta por dinero. Y por la fama.

La fama le vuelve loca. Hoy parece que a todo el mundo. Pero la fama a veces es esquiva. Y para llamar la atención hay que hacer cualquier cosa.

El tema está en la calle. Y nunca mejor dicho, puesto que todo se resume en una frase publicitaria que aparece en todas las esquinas al haberse convertido en el «slogan» de una película de éxito: «Si no puedes ser famoso, sé escandaloso».

Amigo Moratín: Así está el patio; el patio del Teatro y el de la Televisión. Todo sigue igual en pleno siglo XXI. Como ves… «nada nuevo bajo el sol».
 

VOTA «NO» A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA
Por Eulogio López

Tomado de Hispanidad, 18.06.03

El Gobierno español piensa someter a referéndum la futura Constitución comunitaria, elaborada por la Convención Europea, un órgano creado al efecto y presidido por Giscard d’Estaing. Y hace bien el Gobierno español. Tendría gracia que se forjara un nuevo país, llamado «los Estados Unidos de Europa», sin que sus ciudadanos aprobaran (y hasta me atrevería a decir que por aplastante mayoría) la norma básica por la que van a regir sus destinos.

Pues bien, ante el futuro referéndum español, yo, como Felipe González, «De entrada, no». Es decir, propongo que se vote un «no» al texto, aunque propongo que la negativa se ejerza con singular entusiasmo. Un «NO» con mayúsculas.

Y esto por tres razones:

La primera, porque la futura Carta magna del ordenamiento jurídico europeo (25 países y más de 500 millones de personas, oiga usted) elude e ignora las dos grandes cuestiones ideológicas de nuestro tiempo: la protección de la familia natural y la protección de la vida humana no nacida.

La Constitución Española de 1978, por ejemplo, que nos trajo el maravilloso regalo de la democracia, defendía, por el contrario, la vida humana, que reconoce explícitamente en su articulado, pero 25 años de existencia han servido para manipular, retorcer, tergiversar, reconducir, esas palabras y convertir a España en un paraíso del aborto y la contracepción. Así que, en el caso europeo, que ni tan siquiera menciona el asunto, podemos esperarnos lo peor.

Más, el proyecto de Constitución europea no menciona al Cristianismo, que no deja de ser la fuerza creadora de Europa. Pero no se trata de la mera ausencia de un concepto. Hay algo más: los fundadores de esta Europa actúan según las directrices expresadas por nuestra muy popular ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio. Se trata de recluir la religión en lo más hondo de la conciencia privada. A ser posible en lo más hondo. Claro que, para eso, no se necesita un sujeto agente, que proteja la privacidad: ningún poder público puede evitar que el hombre crea en Dios y ame a Dios. Lo que sí puede evitar el Estado, y eso es lo que pretende el proyecto de Giscard, es la libertad religiosa, es decir, la libertad de culto, es decir, algo externo, callejero, propio del foro público y no de la conciencia privada.

Tercera razón para el «no». No hay peligro, como ocurría en el caso español, en 1978, que votar no a la Constitución suponga acabar con la Transición a la democracia. Para entrar en la Unión Europea todos los países miembros han pasado un examen de democracia parlamentaria. Los que votemos «no» en el futuro referéndum, no estaremos votando no a Europa, ni no a la Europa de las libertades. Lo único que expresaremos será nuestro rechazo a un texto ligero, vegetariano, sin fuerza, desmayado, desvaído, barbilampiño, lejano, decepcionante, incapaz de generar una poesía o una canción. Al final, lo más romántico que tiene Europa es el euro y el Banco Central Europeo.


 
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