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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 173
Miércoles, 02 julio a las 09:58:41

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 173 – 1 de julio de 2003

SUMARIO

  1. Censura y telebasura en TVE, por Miguel Ángel Loma
  2. Terrorismo cultural, por Aquilino Duque
  3. Apuntaciones sobre José Antonio, por Antonio Castro Villacañas
  4. José Antonio en mil palabras, por Alfredo Amestoy
  5. La Historia de España, realidad vivificante para el futuro, por Álvaro Maortua
  6. Terror informativo, por Jesús Flores Thies


CENSURA Y TELEBASURA EN TVE
Por Miguel Ángel Loma

publicaba la noticia de que, con motivo del centenario del nacimiento de José Antonio, TVE (esa que pagamos todos) tenía previsto emitir un documental el pasado 24 de abril, que fue finalmente «cancelado» tras una reunión del Consejo de Administración de RTVE, porque al parecer Diego Carcedo, representante del PSOE, se mostró radicalmente en contra y exigió que el documental fuese retirado de la parrilla de emisión. Conociendo el cliché que la mayoría de periodistas actuales tiene sobre José Antonio (casi siempre, desde una insultante ignorancia), imagino que el documental no sería en absoluto laudatorio, sino más bien ácido y con fundamento argumental en la manipulación de las tres o cuatro frases manidas con que se despacha hoy, a quien fuera calificado por Unamuno como «un cerebro privilegiado. Tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea». Una de las consecuencias que se deriva de este nuevo acto de censura sobre José Antonio, otro más, es que en España cabe todo lo que signifique justificación o exaltación de los personajes y actuaciones del llamado bando republicano, por muy terribles que éstos fueran, mientras que a los incardinados en el denominado bando nacional ni siquiera cabe recordarlos, no sea que a lo peor se suscite un malsano interés por conocerlos, más allá de la versión oficial que tan sesgadamente se ha construido sobre ellos. Por mucho que nos machaquen con el tópico de la reconciliación nacional, bien sabemos que ésta no deja de ser sólo eso: un tópico que se ha vendido muy bien hacia el exterior; porque lo que verdaderamente ha sucedido en España es una vuelta de tortilla: quienes antes aparecían como buenos son ahora los malos, y viceversa.

José María Aznar se quejaba públicamente hace unos días, por el grado de descomposición de la telebasura nacional (en la que «su» TVE es tan protagonista como las demás, aunque él no quiera enterarse). Aznar debiera considerar que, peor que el zafio contenido de algunos programas y películas es la ocultación de la verdad, de cualquier verdad, incluida la verdad histórica. Y que un pueblo al que se le sustrae el conocimiento de su Historia, es un pueblo propicio a la mentira y a la manipulación de sus mentes y conciencias; un sustrato sobre el que germina ferazmente el estiércol de la telebasura. Quien no rechaza la causa, no se escandalice después con los efectos.
 

TERRORISMO CULTURAL
Por Aquilino Duque

Puede verse en estos días en Nueva York, en el Metropolitan Museum of Arts, una gran exposición de la gran pintura española del barroco y su influencia en la pintura francesa y norteamericana del XIX y comienzos del XX. Los norteamericanos están colgados a una respetuosa distancia, pero los franceses, con típica petulancia, están junto a los españoles, y la guinda es una pared en la que figuran, de poder a poder, Manet y Velázquez. Esto puede ser cómico, pero no es ofensivo. Lo que sí es ofensivo es que en el discurso que pronunció en Madrid por zascandil interpuesto para agradecer un premio regio, un presunto artista equiparara a Velázquez con Jackson Pollock. Día más día menos ese discurso coincidía con la entronización solemne del lenguaje soez en la Real Academia de la Lengua y con el zafio espectáculo del llamado «pabellón español» de la Bienal de Venecia, justificado por una responsable político-cultural en el alucinante newspeak de la necedad y la pedantería. Súmese a esto la nómina de premios oficiales, nunca tan numerosos ni cuantiosos, y se podrá comprobar que el terrorismo es una actividad que rinde, y no sólo el que se ejerce con la metralla. Es asombrosa la facilidad con la que una clase política acomplejada en sus principios e insegura de su cultura, se deja intimidar por una gente que suple la falta de talento con la mala educación.
 

APUNTACIONES SOBRE JOSÉ ANTONIO
Por Antonio Castro Villacañas

El retrato de un José Antonio triste ocupó durante cerca de cuarenta años un lugar destacado en muchas paredes oficiales de España. Sin embargo, aunque su figura se utilizara como un icono garantizador de ortodoxia política, la verdad es que cuanto él significaba -y todavía representa- no se conoció del todo en aquella época -incluso puede que sólo se conociera una parte de lo para entonces más conveniente- y como es lógico menos aún se conoce en ésta que ahora vivimos.

Por eso no tiene nada de extraño -si tenemos en cuenta la falsedad del sistema cultural y político construido desde 1976- que el centenario de su nacimiento esté pasando voluntariamente oscurecido por la enemistad de unos y la cobardía, la prudencia -o simplemente el cálculo de beneficios a obtener- de otros. Así, por ejemplo, ni el actual Gobierno español ni cualquier clase de poder autonómico o municipal ha considerado conveniente recordar a este joven político pese a que tuvo una innegable influencia en el desarrollo de la España del siglo XX y a que muchas de nuestras actuales figuras políticas, comenzando por la primera, se declararon joseantonianas o utilizaron los símbolos y las doctrinas del fundador de Falange cuando era rentable hacerlo.

El único diario de difusión nacional que ha dedicado un mínimo de atención a este aniversario ha sido el madrileño La Razón. El oficioso órgano de la derecha española publicó el pasado 23 de abril cuatro artículos sobre José Antonio (originales de César Vidal, Jesús López Medel, Rocío Primo de Rivera y Enrique de Aguinaga) y una especie de comentario editorial -pues apareció sin firma-, todo ello en las páginas que dedica a temas culturales. Como es natural, el diario monárquico -borbónico y juanista- tuvo mucho cuidado en dejar claro que su heredado y floreciente espíritu liberal le hacía tener que recordar el perfil político de un controvertido español del siglo XX, pero que éste no le es grato. Así, ya en su tercera frase se apresuró a calificarle como «ideólogo del fascismo español», y en la siguiente aseveró -para que no hubiera dudas al respecto- que «La Razón rechaza su ideario político y las consecuencias posteriores para nuestra historia reciente».

Dos puntualizaciones merecen esas frases. La primera es que únicamente los frívolos, los ignorantes o los malintencionados pueden afirmar que José Antonio y su Falange se identificaran alguna vez con el fascismo en sus escasos tres años de existencia. Sería fácil demostrárselo a cualquier escritor «racional» que se atreviera a mantener lo contrario. La segunda puntualización consiste en decir que nada tiene de extraño el que un diario seudoliberal y clasista rechace las superliberales, íntegras y unitarias ideas políticas de José Antonio, por cierto aceptadas -al menos de cara al público- por españoles tan ilustres como Alfonso de Borbón y Habsburgo, Juan de Borbón y Battemberg y Juan Carlos de Borbón y Borbón en determinados momentos de sus respectivas biografías, pero sí que parece raro en ese diario el rechazar «las consecuencias posteriores para nuestra reciente historia» de tal ideario cuando una de esas consecuencias, si bien indirecta y desgraciada, es la instauración o restauración de una estructura política tan grata a quienes mantienen ese periódico y se mantienen del mismo.
 

JOSÉ ANTONIO EN MIL PALABRAS
Por Alfredo Amestoy

No es la primera ocasión en que se pretende por vía de síntesis alcanzar el sueño, casi imposible, del compendio. Eugenio d´Ors logró el empeño en su Historia del mundo en quinientas palabras. Tal alarde está reservado para orfebres como «Xenius», maestros en esa reducción del árbol a la semilla, del mar a una gota de agua, del firmamento a una estrella, que es la glosa.

Nuestra pretensión de resumir el pensamiento y la voz de José Antonio Primo de Rivera en un millar de palabras cuenta con la ayuda de quienes, a lo largo de más de setenta años, han ido eligiendo frases y poniendo énfasis en determinados, verbos, sustantivos y adjetivos, hasta componer un original e inconfundible «glosario joseantoniano» que distingue e ilustra las ideas políticas, los pensamientos y los sentimientos del fundador de la Falange.

Carente de mérito ese trabajo de compendiar, sí adjudico dificultad y pido comprensión e indulgencia a la hora de valorar el intento osado de amalgamar y componer una sola pieza con materiales procedentes de diferentes artículos, conferencias y discursos, escritos y pronunciados en diversas fechas y lugares. No es fácil empresa sacar las palabras de su contexto primigenio y que no pierdan su valor sino que incluso lo recuperen, en el caso probable de que lo hubiesen perdido, en un nuevo marco en el que se ha intentado respetar, siempre que ha sido posible, «hasta la última coma».

Así pues, con la licencia de ustedes,
 

JOSÉ ANTONIO EN MIL PALABRAS
(Una recreación de Alfredo Amestoy)

«Amamos España porque no nos gusta… Y porque España no nos gusta andamos por los caminos sin reposo.

Nuestra España, que se calificó por ser un «estilo» según Menéndez y Pelayo, es hoy la cosa menos estilizada del mundo. Nosotros queremos una España alegre y faldicorta. El mundo, y España forma parte del mundo, asiste a los minutos culminantes del final de una edad. Acaso de la edad liberal capitalista; acaso de otra más espaciosa de la que el capitalismo liberal fue la última etapa.

Sé que algunos amigos están asustados con esto de que cada vez use más la palabra «revolución» en mis manifestaciones políticas… Esta es la revolución que yo quiero para España: Una revolución que tiene dos venas. La vena de una justicia social profunda, que no hay más remedio que implantar, y la vena de un sentido tradicional profundo, de un tuétano tradicional español.

España tiene su revolución pendiente y hay que llevarla a cabo con el alma ofrecida al destino total de España, no al rencor de ninguna bandería.

Nuestra escuela, penetrada por el marxismo, que fue canto para instalarse en la escuela en los dos años de gobierno socialista, no ha sido desalojada de ella en los dos años del gobierno cedista y radical. En general, los partidos centristas son como la leche esterilizada: no tienen microbios, pero tampoco vitaminas.

No se sabe qué es peor; si la bazofia demagógica de las izquierdas, donde no hay manoseada estupidez que no se proclame como hallazgo, o la patriotería derechista que se complace, a fuerza de vulgaridad, en hacer repelente lo que ensalza. Y producido por el alborozo de las izquierdas y de las derechas, un caos ruidoso, confuso estéril y feo.

Frente a la España de charanga y pandereta, debemos encontrar una posible fuente profunda y constante de españolidad. Digo españolidad porque la palabra «españolismo» hasta me molesta.

Nosotros no somos nacionalistas porque el nacionalismo es el individualismo de los pueblos. Somos españoles y ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo. Por eso nosotros queremos para toda la existencia española un sentido de servicio y sacrificio. Vale quien sirve. Hoy hay que servir. La función de servicio, de artesanía, ha cobrado su dignidad gloriosa y robusta.

Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido, si se creyera que es una manera de pensar tan sólo. No es una manera de pensar; es una manera de ser.

Ni debemos proponernos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esa actitud es el espíritu de servicio y sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida.

No hay más que dos maneras serias de vivir: la manera religiosa y la manera militar. O, si queréis, una sola. Porque no hay religión que no sea milicia, ni milicia que no esté caldeada por un sentimiento religioso y militar de la vida que tiene que restaurarse en España.

El hombre es portador de valores eternos, pero ¿quién ha dicho, al hablar de «todo menos la violencia» que en la suprema jerarquía de los valores está la amabilidad?

Soy un candidato sin fe ni respeto. Romper las urnas es su más noble destino porque los hombres se dividen en bandos, hacen propaganda, se insultan, se agitan y, al fin, un domingo colocan una caja de cristal sobre una mesa y empiezan a echar pedacitos de papel en los cuales se dice si Dios existe o no existe y si la Patria se debe o no se debe suicidar.

La Patria es una unidad de destino en lo universal. Por defenderla hay que emplear la dialéctica de los puños y de las pistolas. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas.

Sentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas… A los pueblos no les han movido nunca más que los poetas. Y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!

He aquí la tarea de nuestro tiempo: devolver a los hombres los sabores antiguos de la norma y del pan. Hacerles ver que la norma es mejor que el desenfreno; que hasta para desenfrenarse alguna vez hay que estar seguro de que es posible la vuelta a un asidero fijo. Estamos aquí para hacer una España única, grande y libre; una España que nos asegure la Patria, el pan y la justicia…

Dos cosas forman una Patria; como asiento físico una comunidad humana de existencia y, como vínculo espiritual, un destino común.

Si la conciencia de la unidad de destino está bien arraigada en el alma colectiva de una región apenas ofrece ningún peligro que demos libertades a esa región para que, de un modo o de otro, organice su vida interna. ¿Ha cumplido destino en lo universal el pueblo vasco? Es evidente que sí. El pueblo vasco dio genios al mundo precisamente cuando encontró su siglo de nación indestructible unido a Castilla.

En cuanto a Cataluña, es un pueblo esencialmente sentimental; un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes.

Pero… si damos las autonomías como premio de una diferenciación corremos el riesgo grandísimo de que esa misma autonomía sea estímulo para ahondar en la diferenciación.

Nada auténtico se pierde. Cuando un egregio espíritu se entrega por entero hasta agostarse en frustración generosa, nunca se dilapida el sacrificio. Los que vienen detrás tienen ya ganado incluso el aprendizaje de los errores.

Ved, mujeres, cómo hemos hecho virtud capital de una virtud: la abnegación, que es sobre todo vuestra. Ojalá lleguemos en ella a gran altura. Ojalá lleguemos a ser en esto tan femeninos que algún día podáis considerarnos ¡hombres!

Tenemos que sajar sin contemplaciones. No importa que el escalpelo haga sangre. Lo que importa es estar seguros de que obedece a una ley de amor.

El sentido de la historia y de la política es como una ley de amor. Hay que tener un entendimiento que, sin necesidad de un programa escrito, nos diga cuánto tenemos que abrazarnos.

La vida no vale la pena si no es para quemarla en una empresa grande. Si nos morimos y nos sepultan en esta tierra madre de España ya pudre en vosotros la semilla y pronto nuestros huesos resecos se sacudirán de alegría y harán nacer flores sobre nuestras tumbas.

Dios no me dio la vida para quemarla en holocausto a mi vanidad, como un castillo de fuegos artificiales.

¡Ojalá fuera la mía la última sangre que se vertiera en discordias civiles!».
 

LA HISTORIA DE ESPAÑA. REALIDAD VIVIFICANTE PARA EL FUTURO
Por
Alvaro Maortua

Tomado de Arbil

Si en muchos artículos hemos recordado algunos de los innumerables portentos esenciales de nuestra incomparable Historia española, es porque deben recordarse en cuanto son realidades vivificantes, indispensables sin duda para comprender el pasado, pero que condicionan además el presente y el futuro.

La memoria reverdecida de esos hechos, lejos de suscitar ilusiones imposibles de un retorno al ayer, puede ser capaz, todavía, de sacudir inhibiciones, ahuyentar pesadillas y galvanizar los espíritus para nuevas y apasionantes empresas. Pueden y deben suscitar siempre una continua vivificación de la fidelidad a lo esencial y genuinamente español: a un sentido heroico, noble, alegre y generoso de la vida, que es la única forma verdadera y eficaz de edificar siempre España por caminos de cordura con la fuerza del Amor.

España, junto con las demás virtudes, sembró siempre generosamente por el mundo el inestimable valor de la Esperanza; y con ello la ilusión y la alegría de vivir con su despierta capacidad creadora.

En fuerte contraste con esto, la Europa surgida de la Ilustración y del Enciclopedismo francés, del empirismo y utilitarismo anglosajón, del idealismo alemán y del marxismo después, ha sido la Europa de los pseudovalores que alguien acertadamente llamó «cultura apolínea» o anticultura; quizá porque muchos buscaron la sabiduría sin amor a la Sabiduría.

Ello produjo durante los dos últimos siglos una especie de frívolo y delirante frenesí, que unos llamaron «progreso indefinido» y también «felicidad universal», todo fundado exclusivamente en una confianza absoluta en la autosuficiencia de una humanidad abstracta que escribían con mayúscula. «Cultura apolínea» que despreciaba a la persona concreta y que era en el fondo un fenómeno de soberbia universal, una ilusión absolutamente vana y ridícula del «seréis como Dios». Parece como si el Salmo II estuviera especialmente dedicado a los hombres de este siglo.

Y después de todo eso vino como consecuencia lógica la gran frustración universal que sienten los hombres de nuestros días, carentes del fundamento inapreciable de la auténtica Esperanza.

Los hombres de la hora de ahora no tienen Esperanza y en su lugar tienen miedo.

A lo sumo tienen una ética relativista, subjetiva, amorfa y miserable que jamás tendrá la fuerza para movilizar la voluntad con alegría en la línea de la rectitud moral y del honor como hemos mencionado antes.

Las ciencias experimentales y las técnicas no determinan en absoluto la felicidad del hombre, sino la actitud moral en el uso de esa técnica como medio para servir a Dios y a los hombres. No hay felicidad sin sacrificio. Y tal actitud moral correcta produce incluso el progreso material en los asuntos humanos temporales.

España, a pesar de las apariencias negativas, mantiene hoy en sus gentes un subsuelo de Esperanza. Esto puede y debe ser el germen para un nuevo resurgir, para una rehumanización y recristianización de España y de Europa con su colosal y muy feliz efecto positivo para muchas gentes por el mundo.

Tal es el inapreciable valor de la hoy aparentemente dormida conciencia histórica española.
 

TERROR INFORMATIVO
Por Jesús Flores Thies

Antes de empezar quiero decir que el término «gay» me parece inútil en un idioma como el nuestro en el que abundan los nombres dados a los tristes homosexuales exhibicionistas. Gay es un apellido español relativamente común y no se merece que se nos imponga la palabra como sinónimo de marica. Esta palabra, en inglés, quiere decir alegre, que ya es paradoja, pues no hay nada más triste que la feroz exhibición de estos desgraciados; y ya que está de moda, habrá que decir también desgraciadas.

Al aproximarse la fecha del esperpéntico festival callejero de nuestros maricas celtibéricos, con añadidos de fuera para mejorar el caldo, se desata en los «medios» (que más que medios son «centros» del obligatorio pensamiento único) una campaña a favor de esa gente, especialmente en televisión. El «zaping» echa humo al pasar de una cadena con programa pro-maricas a otra con programa pro-maricas. En ninguno de estos programas se permite la más débil y razonada crítica, no ya contra los privilegios que pretenden tanto los «gays» como los homosexuales en general, sino contra el zafio espectáculo del «Día del orgullo gay». Si algún periodista se hubiera atrevido a dar su opinión opuesta al «diktat» televisivo podría contar con una carrera terminada. Los políticos ya lo saben y ninguno se atreve a ponerle el cascabel al gato marica. Recordemos la triste escena de Ana Botella tratando de calmar a los energúmenos de cadera blanda que la insultaban, a los que les decía que ellos (los del PP) ya habían modificado en su favor las leyes...

Sin embargo, el festival de carrozas mostrando los cueros, plumas y zafiedades de esas pobres gentes, acompañados de unos políticos metidos en cenagales de desvergüenza electoralista que provocan el silencioso rechazo de la inmensa mayoría de los españoles, es sólo el pico del iceberg. Porque el poderoso «Loby Feroz» que domina nuestros «medios» tiene objetivos bien definidos cuyos logros se van consiguiendo implacablemente. El dominio absoluto en la televisión que cumple a rajatabla el lema impuesto de «ponga un marica en su cadena» aplasta cualquier presunta oposición. Porque las diferentes cadenas exponen, invitan y contratan, no a uno, sino a docenas que van repartiendo a lo largo de la programación. Pero nosotros, a quienes el largo y sonrosado brazo del «Loby» no alcanza ni de lejos, sí vamos a dar nuestra opinión que, sin considerarnos portavoces de la inmensa mayoría de los españoles, sean de la izquierda o de la derecha, sabemos que nos respaldarían.

La homosexualidad es un defecto natural, como lo es la presbicia, la calvicie, la diabetes, el daltonismo o la sordera. Nadie por tener cualquiera de estos fallos naturales debe de tener menos derechos que los demás ciudadanos, pero tampoco habrá que exagerar su situación organizando el «Día del orgullo diabético» por poner un ejemplo. Pero también es de peso que un sordo no puede pertenecer a los GEOs o un daltónico ser piloto de Iberia. Y hablamos de homosexuales no exhibicionistas, de esos, de los maricas, ya no hemos ocupado.

Por mucho que se empeñen, la homosexualidad no «cumple» con la ley de la naturaleza que ha organizado la sexualidad con el fin de perpetuar la especie, es por lo tanto una anormalidad. Y la perpetuación de la especie se consigue mediante la unión de hombre y mujer, que se «pacta» mediante una ceremonia religiosa o civil. Y esta célula familiar que se completa con los hijos, es el núcleo en el que se fundamenta la sociedad que, además, ha de protegerla. Así ha sido desde la noche de los tiempos de forma natural y lógica. Parece ser que ahora, la suprema sabiduría a la que hemos llegado gracias a los «medios», las cosas van a ser diferentes y la familia llamada tradicional (como si hubiera otra) no va a ser la única, ya que debido a la presión implacable del «Loby Feroz», la familia podrá ser de maricas, de «maricos», además, con posibilidad de adoptar, que es la aberración elevada a la máxima potencia, con la evangélica rueda de molino al cuello.

La libertad hasta para destruir, que nos imponen, podría alcanzar niveles de esperpento, más esperpento que el actual. Es posible que una Sociedad Progresista Protectora de animales exija el derecho a crear familia hombre-animal, es decir, «matrimonio legal», y que los animalitos consortes tengan derecho de herencia y de pensión. ¿Por qué no? Ya sabemos que hay quienes quieren más a sus gatos que a sus hijos. No hablemos del derecho, que en este caso no iría contra la misma naturaleza, a crear familias polígamas al estilo musulmán o mormón, derecho que nos sorprende un poco que no se exija, aunque aquí no haya una razón de «libertades» sino económica, ya que la Seguridad Social es una cosa muy seria y con la «pela» hemos topado.

Lo que ya no sorprende es la inanidad, la inutilidad y hasta la complicidad del llamado (nadie sabe por qué) «Defensor del Menor», personaje casi tan inútil como el del «Mayor», colectividad de defensores que ocupan amplios espacios en las jugosas nóminas del Estado y de los Taifas.

Estamos en la cresta de la ola sin que parezca que vaya a haber alguna reacción que, al menos, mitigue un poco esta situación. La Iglesia habla voz baja; el Ejército se humilla y coopera con leyes y disposiciones que favorecen la inoculación en sus venas de este mortal veneno; los políticos buscan en las covachas de estos desgraciados los votos necesarios para conseguir esa «mitad más uno» que les lleve a la mamandurria del poder; y la sociedad calla y soporta cobardemente la nueva situación impuesta, ensordecida por el griterío de esta chusma.

Cuando se habla de la «decadencia del Imperio Romano» surgen las sonrisa blandas y despectivas, pero ¡ojo!, Dios perdona hasta el pecado más aberrante, pero la Naturaleza no es Dios, y ésta no perdona.


 
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