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Altar Mayor - Nº 87 (18)
Viernes, 25 julio a las 19:05:45

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (4)
Por Ignacio Fernández García

6’45 a 7'15 horas: Desayuno y reunión de Mandos

En un cuarto de hora los acampados habían desayunado con tiempo suficiente. Los Mandos fumaban tranquilamente mientras el doctor hablaba de calorías, el Pater contemplaba el pico que le había correspondido y todos, casi de forma inconsciente, mirábamos nuestra piel y hacíamos cábalas en silencio sobre el tiempo que pasaría para que nuestras manos se llenasen de callos.

Se convocó a Mandos. Llegaron Serafín, Carlos y José Luis con sus correspondientes Jefes de Falange y Escuadra. Formaron un amplio círculo a la entrada de la tienda de Jefatura, del que también formaba parte Andrés y Romo, pasándose a dar instrucciones:

-Lo primero, aunque parezca mentira, es que hoy no trabajemos demasiado por ser el primer día, pues debemos ir endureciendo poco a poco las manos sin olvidar que son herramientas insustituibles en estas alturas. Segundo: ni que decir tiene que Andrés y Romo, en lo referente a su profesionalidad, son la máxima autoridad. Tercero: cada Jefe de Falange vigilará que su Unidad no cambie de tajo sin conocimiento de Andrés, que lo hará si el terreno ya está lleno de hoyos o en caso de que las rocas así lo exijan, esperando en el mismo lugar hasta que se le designe otro nuevo. Cuarto: el control de hoyos general se llevará en un estadillo del que se destacará la Escuadra y el escuadrista que más y mejores hoyos haga diariamente para comunicárselo a su Jefe de Centuria y éste al Jefe de Campamento. Quinto: cada Jefe de Escuadra, como es natural, hará que sus escuadristas sigan las instrucciones que sobre el tajo se den, evitando especialmente que los hoyos no vayan lo suficientemente profundos y anchos en la dirección y distancia marcadas. Ni pensar en hacer competiciones, cada uno trabajará con la honradez propia pero sin llegar ni acercarse al agotamiento, de la misma manera debe evitarse sestear fuera de hora y lugar. Sexto: Se tendrá mucho cuidado con las piedras que al ser arrancadas rodarán pendiente abajo pudiendo originar accidentes innecesarios. Séptimo: trabajar manteniendo bien la distancia no sólo porque el pino futuro necesita espacio ya determinado, sino para evitar accidentes al hacerlo excesivamente juntos. Octavo: podéis trabajar con pantalón de deportes y alpargatas, pues no hace sol fuerte mientras estamos en él tajo, ya que son horas tempranas. Noveno: en caso de accidente, Dios no lo quiera, con serenidad, el más cercano que llame al Sanitario de la Unidad correspondiente y este a Reguera o al doctor. Andrés. ¿tiene Vd. algo que añadir?

-Nada, no se me ocurre nada.

-Pues a vuestros campamentos, y cuando hayáis terminado de transmitir todo lo que se he dicho, avisáis para tocar llamada. Andrés y Romo irán en cabeza y no hace falta deciros que además de vuestras obligaciones como Mandos Menores, todos somos peones a la hora del trabajo y va a trabajar hasta el Pater, por deseo expreso suyo, pues era el único que tenía dispensa por su condición, pero él quiere ser uno más en el esfuerzo. Así que si no tenéis nada que decir, la próxima vez que nos veamos será con los picos al hombros.

Se levantó un muchacho moreno, no muy alto,- con aspecto de ser estudiante y preguntó si había que llevar las dos herramientas. Andrés dijo que sí, que el pico serviría para remover las piedras y la azada haría de pala y daría profundidad al hoyo. Dio las gracias y se sentó.

No tardó en levantarse un Jefe de Falange de los «Legionarios» y preguntó qué se haría con las herramientas una vez terminado el trabajo. Andrés también dio la solución diciendo que era costumbre dejarlas en el último hoyo que se hiciera y que al volver nadie las echaría en falta.

Serafín preguntó por el vino y Yepes y Alberite dijo que al toque de llamada mandasen a uno por Escuadra con las botas y cantimploras de los seis, y que éstas se llenarían por una sola vez durante el tiempo que durase el trabajo.

Uno muy rubio preguntó cuántas horas estarían haciendo hoyos. Y se quedó muy tranquilo cuando se le dijo que hasta las once hora en que se tocaría alto y baño. Seguro que pensó que era poco. El tiempo le diría que no era ni mucho ni poco, pero sí lo suficiente.

Se fueron todos contentos hacia sus tiendas. Al rato, en la entrada de cada una de ellas, sentados, formando círculos, los Jefes, exagerando su importancia, que no es poca, desarrollaban a su manara las últimas ordenes recibidas.

Feliciano sacó un papel del bolso de la camisa, mientras lo ojeaba, decía: -Hay que demostrar a las demás escuadras que somos los que más hoyos hemos venido a hacer, pero con cuidado, no se os rompan las manos de ampollas.

-¿Es que tú no vas a trabajar? – dijo muy serio José Antonio.

-¿Por qué?

-Como dices que no se nos rompan las manos...

-Perdona, trabajaré como el primero. También quiero deciros que los capataces nos aclararán lo que no sepamos. Parecen buenas personas, muy rurales. Los hoyos tienen que hacerse a tres pasos coma mínimo uno de otro, y fijaros que el mango del pico tiene una raya a cierta altura: esa será la profundidad del hoyo y su anchura.

Victoriano preguntó si se medía metiendo el pico por el palo o por el acero.

Feliciano dijo que por el acero y continuó recordando que tenían que tener mucho cuidado con las piedras y que él sería el que diese el número de hoyos hechos al Jefe de Falange. Terminó diciendo que podían trabajar en camiseta y pantalón de deportes.

En todas y cada una de las tiendas se repetía la escena. Los muchachos escuchaban pero sin conceder mucha importancia a las observaciones, pues creían saber más que suficiente de cosas tan sencillas como tirar de pico y suponían que era suficiente con golpear fuerte y seco la tierra y que lo demás sobraba todo.

El médico preguntó, al igual que los de Intendencia y Administración, si había herramientas para ellos, y no les supo muy bien encontrarse con respuesta negativa, pues así era mejor, ya que tanto el uno como los otros tenían más que suficiente con estar pendientes de lo que pudiera ocurrir en el tajo así como de la compra de víveres y la brega diaria con el equipo de cocina, que si bien no era malo, tenía sus pegas.

Pasado el tiempo no quedó ni un pinche de cocina que no hiciese un hoyo. Esto tomó carácter y los domingos las visitas que entraban en el Campamento, salvo edad o sexo femenino, todos hicieron su agujero. Tal vez esto hizo que disminuyeran las visitas.
 

7’15 a 11 horas: Tajo

El reloj del médico tenía las 7'17 de la mañana cuando nos pusimos en camino. Andrés y Romo no respiraban apenas, iban más ufanos que nunca, su mochila les había prestado el bastón de mariscal, pues pendiente de ellos, en una hilera interminable, caminaba una juventud ilusionada que iba a enfrentarse con algo nuevo.

Pasamos los mismos caminos que recorrí con Alce Negro y don Luis hacía ya días, y a la derecha del «Gato Montés» vimos los hoyos recién abiertos por Andrés y Romo. Poniéndonos a un lado, dejamos que desfilasen todos los acampados de a uno. Andrés continuó con los «Caballeros» y mientras Romo explicó cómo eran los hoyos que había que hacer a las dos unidades restantes.

Al rato Andrés había colocado en línea a todo el centenar de Serafín, y estos no esperaron, se quitaron las camisas azules y empezaron a golpear la tierra. Los primeros azadonados parecían llamar a los demás con su sonido, pues pronto los «Legionarios» también quisieron empezar. Andrés los colocó a la derecha de los anteriores y un poco más en alto, pero en una ladera que hacía recodo, por lo que no se les veía desde donde estábamos. Los golpes se dejaron oír enseguida. Sólo quedábamos los Mandos y el centenar de los «Españoles», y tan pronto como llegó Andrés, nos remontamos por encima de las dos unidades anteriores sin abandonar la misma vertiente, pero bastante más arriba. Tampoco hubo que esperar para estrenar las herramientas, y con verdadero placer, hicimos tal vez una de las cosas más desagradables de esta vida: tirar de pico. No tardó mucho en que el sudor nos hiciera pegajosa compañía. Teníamos menos grasa que en Madrid, pero aún nos sobraba alguna. Los Mandos nos distribuimos entre las tres unidades y Andrés y Romo parecían correos de los montes. Tan pronto estaban ayudando a poner un mango metiéndole hierba seca para que no se volviese a salir, como en lo más alto se les veía arrancar unas piedras que a los muchachos les resultaba imposible poder quitar, como ayudaban a medir el hoyo más alejado respondiendo a las llamadas que de todas partes se les hacía.

Pronto sonaron los gritos de ¡cuidado, piedra! Al que seguía el apartarse por parte de los de abajo seguido del rodar de las rocas en su camino hacia el barranco. Todos trabajaban más de lo que debían para ser el primer día. Las botas de vino no paraban y ya habían sido bautizadas y no con agua precisamente. ¡Eh, traer la Lola! Y la bota más célebre pasaba de mano en mano y de boca a boca como la pipa de la paz.

José Luis, mientras cavaba, animaba a los que más cerca estaban y bien sabe Dios lo que esto le costaba: -No levantes tanto el pico, agáchate más, haz un poco de palanca...

Serafín no hacía hilera propia ayudando a los que no podían terminar por una u otra razón, e iba luego a hacer medio hoyo a otro lado. Seguramente trabajaba más que de otra manera, pero al no ponerse en evidencia con la hilera que había que contar como las demás, salvaba su posible fallo en el tajo.

Carlos era en más joven, y tenía deseos de demostrar que podía figurar como Jefe de los «Legionarios» y trabajaba como serrano repoblador hasta que se le acercó Reguera y le dijo que cuidara las manos pues si al día siguiente no podía trabajar, lo que en cualquiera estaba mal en él sería catastrófico. Dándose cuenta de su responsabilidad paró un tanto el ritmo.

En sitio muy visible la sotana blanca del Pater perdía blancura al mezclarse con la tierra roja. Era magnífico el Capellán que Dios nos había otorgado. No hablaba. Sabía muy bien que su trabajo silencioso era el altavoz más potente, por ejemplar, y allí estaba, semiagachado supongo que rezando algo para soportar el peso del azadón que quiere quedarse en la tierra y cuesta sacarle.

El «Consignero» no creo que rezase nada; tal vez me equivoque, y de hacerlo sería para que tocasen alto pronto. A él le costaba más que a nadie por muchas razones, pero seguía con sus músculos pegados a los huesos golpeando la tierra mientras refunfuñaba, pues ésta, más de una vez, parecía piedra.

Reguera lo hacía de maravilla; parecía un huertano.

El vino refrescaba las resecas gargantas y mantenía los bríos para el esfuerzo. De vez en cuando se escuchaba un griterío muy localizado; era un lagarto grande como un chambergo que salía de aquella piedra en que vivió tantísimos años sin que nadie le molestara. El médico se alarmaba cada vez que presentía algún accidente, lo que era natural.

La tierra iba tomando otro aspecto. Muy alineado hacia la derecha, y arriba, se veían montones de tierra más húmeda, como pequeñas pirámides que decían del trabajo que pasaba. Algún grupo se sentaba a liar un cigarrillo y notaba que su piel estaba más tirante, sus dedos se movían con menos agilidad, pues llevaban tiempo engarfiados al palo. Era el momento de mirar cuántos hoyos se habían hecho, lo que resultaba fácil, pues cada uno tenía que hacer una hilera de abajo a arriba como había dicho Andrés, y mirando de arriba a abajo se veía qué hilera subía más que la propia.

Las botas de vino se iban vaciando y las carreras de Andrés y Romo por las lomas tenían menos velocidad, señal inequívoca de que el tiempo pasaba.

Algunos, como Luis, futuro veraneante de Benidorm, hablaba con sus camaradas de cambiar el palo del pico tan pronto como Andrés asegurase que había mangos de repuesto en la Casa Forestal, pues se había equivocado y su palo tenía más nudos que bastón cubano.

Más lejos las azadas raspaban limpiando de matas la tierra haciendo calles entre la maleza para luego poder hacer los hoyos.

Cerca del Pater les tocó a una Escuadra de la Centuria «Gran Capitán» hacer su trabajo. Habían encontrado una cría de cernícalo y fueron a enseñárselo a él. Les dijo que era de la familia de las falcónidas y que era un ave de rapiña corriente en España, fácil de distinguir por su cabeza abultada. Les aconsejó que la soltasen y los de la Escuadra así se lo garantizaron para cuando terminase el turno, pues pensaron que sería su mascota y que seguramente les traería suerte. El Pater no insistió y siguió cavando, mientras el cernícalo, tal vez en esta su primera salida, se vio transportado al chambergo del Jefe de Escuadra.

El sol empezaba a dejarse sentir, y como era el primer día, se adelantó en quince minutos el toque de alto. Las herramientas enseñaban sus palos sobresaliendo entre los montones de tierra removida, mientras la ladera descendente nos ayudaba a separarnos de ellas.

Cada centenar de muchachos corrió hacia su acampada para recoger el traje de baño y útiles de aseo y acudir rápidos a refrescar el cuerpo sudado que daría nuevo vigor y desterraría el cansancio.

Los hoyos no se contarían hasta concluir el trabajo de la tarde. Romo y Andrés se quedaron en las lomas para ver el primer trabajo realizado por los acampados. Se había trabajado bien, el cuerpo, aunque fatigado, estaba más ágil y la conciencia tranquila. Algo se sufriría pero valía la pena, pues la finalidad era buena.

La ayuda de Dios era evidente. Transcurrió el día sin un solo accidente y todos estábamos contentos. El médico se llegó hasta nosotros acompañándonos hasta Jefatura donde nos dejó para acercarse a la Casa Forestal donde tenía la Enfermería totalmente vacía.

Si descontamos dos Domingos, el día de San Ignacio, el de Santiago y el de llegada, nos da un margen de quince jornadas de trabajo, lo que hace un total de casi ochenta horas, que por trescientos acampados son veinticuatro mil, a dos hoyos por hora, que es bien poco, y se hacían bastantes más, son cincuenta mil hoyos para otros tantos pinos en un futuro cercano. Hoy ya sabemos que sobresalen orgullosos de la tierra. Este es el resultado de un trabajo realizado por un puñado de jóvenes que si por vez primera tomaban contacto con picos y azadones, pronto con un número mayor de jóvenes repetirían la hazaña en Cotos y Pedriza.
 

11 horas: baño

El lugar dedicado al baño era muy apropiado al tiempo que nada peligroso. Para poder nadar todo lo más quince metros, se habían hecho dificultosas obras de contención con presas rústicas y una limpieza de piedras del fondo, consiguiendo la longitud mencionada solamente en la «charca de Pompeya el buceador», utilizada para Mandos Mayores y en la «losa verde» para los «Caballeros», en la que el agua pasaba de dos metros de profundidad. Las demás oscilaban entre l'50 a 1’80 metros como máximo; eran estrechas y alargadas, lo que permitía refrescarse bien y evitar el peligro, a veces tan fatal en playas y ríos. No obstante, nunca se llegó a olvidar que basta tener la nariz y la boca dentro del agua un rato no muy largo para ahogarse y se montaron los servicios correspondientes de vigilancia para evitar que alguno se bañase en solitario. El accidente era casi imposible porque a la poca profundidad se unía,-casi con fuerza de usurero, la propiedad de la poza por unidad, ni superior ni inferior a la falange, o sea treinta y seis camaradas. Las características del terreno hicieron posible estos lugares de baño.

Apenas formados en las plazas de los Campamentos parciales y averiguado el escaso número de los que, por prescripción facultativa no se podían bañar, se rompían filas bajando en dirección a sus pozas para zambullirse en el agua e intentar ampliarla, lo que no era fácil si se tiene en cuenta que el torrente discurría, en un lecho de rocas y casi siempre había que aprovechar las orillas para ensancharlo después de hacer la debida presa para inundarlo. Una vez terminada la hora del baño se dejaba abierto un espacio muy pequeño para que discurriese el agua y evitar que ésta se llevase la presa, a la vez que se daba paso al pescado que en la poza hubiese.

El baño duraba una hora y ésta transcurría pronto, porque era muy grato dedicarse a refrescar el cuerpo mientras las ideas salían a la boca y se charlaba entre las losas húmedas de tantas cosas acaecidas en la acampada. Además, parte de este tiempo se dedicaba a afeitarse, pues en la madrugada era más difícil.

Los sitios que se buscaron fueron francamente agradables. Las matas salvajes llegaban hasta el mismo agua que transcurría casi escondida entrando y saliendo por pequeñas grutas. Era un agua limpia que nos permitía ver el fondo como si ella faltase. Había truchas pequeñas y veloces que sólo se veían si se llegaba en solitario al torrente para desaparecer enseguida entre piedras corriente arriba. Eran de las vulgarmente denominadas de «Arco Iris». No era difícil encontrar algún lagarto nadando en la poza adonde lo habían arrojado sin ninguna consideración.

Un día oímos cómo Reguera llamaba a voces para que fuésemos -creo que el «Adelantado» era el único que estaba con él-, y cuando llegamos sin ninguna preocupación, pues los gritos, eran alegres y no de angustia, sentimos no haber corrido más pues únicamente pudimos ver la parte final de un espectáculo curioso y difícil de volver a observar: una culebra de agua, señora de la poza de «Pompeya el Buceador», por razones no averiguadas del todo, se olvidó de la presencia de seres humanos, sus eternos enemigos, y ante los ojos asombrados de Reguera y del «Adelantado», comenzó la danza acuática más veloz que sospecharse pueda, y siempre que sus anillos se ponían rectos como acero hambriento, su boca rozaba la cola húmeda y plateada de la trucha más grande la poza

Al principio, los que lo vieron y oyeron, pues la trucha tan pronto se hundía en las profundidades como saltaba sobre la superficie del agua agitada, no tuvieron ni tiempo para pensar en llamarnos ni para poner fin a tan trágica persecución, mas como ésta se alargaba, permitió que Reguera nos llamase y el «Adelantado» cogiese una vara. Cuando llegamos, la trucha, por haber calculado mal un giro que creyó dar más rápido, o por cansancio en su lucha encarnizada, se encontró casi hasta él vientre dentro de la boca de la culebra, que aún se estiraba para mejor engullirla, al tiempo que succionaba hacia dentro y un varazo preciso en el agua izó a tierra la pescadora que en pocos momentos murió después de segar la vida a la trucha más grande de nuestra poza.

Se comentó muchísimo las circunstancias de tal captura, la voracidad que la llevó a la muerte, la lucha por la existencia, el poder de la tenacidad y su nulo resultado tan cerca del triunfo, y muchas otras cosas que hizo que durase la conversación bastante más que aquella danza vigorosa y tremenda en las aguas claras. Todos nos sentimos un poco responsables pues de no ser la salida del agua -tan estrecha, la trucha animal perfecto en su nadar nervioso, se hubiese salvado. Pero nosotros no conocíamos la existencia de enemiga tan ciega. Nos tranquilizamos un poco cuando vimos que por lo menos no devoraría más peces, pues su piel clavada al palo de la tienda se requemaba al sol y a los vientos mientras los días pasaban.

Era curioso ver a los Mandos de los tres centenares perdiendo su autoridad en el baño, por darse la curiosa casualidad de que ninguno de los tres sabía nadar. Carlos y José Luis aprenderían en Pedriza dos años más tarde, pero Serafín era incapaz de tener más agua de la necesaria para mal lavarse los dientes, y difícilmente aprenderá nunca. A éste sus camaradas le tomaban el pelo tan pronto lo veían en la charca. Raro era el día que a Serafín no lo bañasen vestido si se acercaba demasiado adonde estaban sus acampados disfrutando del agua, lo que originaba que diese grandes gritos, pero sin intentar nunca imponer su autoridad y salía corriendo tan pronto como se lo permitían. Serafín aprendió en el agua menos de lo que le correspondía, pues era muy despierto, tal vez por su manía de hablar que era obsesionante, no paraba. Era tan hablador como buen Jefe y camarada.

José Luis y Carlos eran más osados que prudentes, se tiraban al agua esperando salir a gatas o ayudados por alguien. De vez en cuando iban a nuestra poza; por el contrario, Serafín si se asomaba era vestido y en lo más alto y alejado, lo que no le impedía seguir sus charlas a grandes voces.

Más de la mitad. del turno se pasó perfeccionando el arreglo de las pozas, lo que hacía necesario sumergirse, siendo hecho francamente bien por gran número de acampados; el «Adelantado» superó a todos aguantando debajo del agua, con lo que se ganó que todos le llamasen en vez de Portella, «Pompeya el buceador», pasando este nombre a determinar la poza usada por los Mandos Mayores.

El «Consignero», con sus piernas quemadas y vendadas, no entró en el agua ni- una sola vez, lo que a él seguramente le vino bien pero su cuerpo, como sólo se duchaba con el botijo, emanaba ciertos olores, lo que obligaba a hacerle dormir en la parte más ventilada de la tienda.

El Pater nunca se bañó con nosotros; debió encontrar una poza tranquila y solitaria aguas arriba y nadie le quiso descubrir para respetar su soledad a tales horas.

Cuando se tocaba alto se obedecía tan mal, como bien se hacía cuando este toque era escuchado en el tajo. Cosas naturales ambas.

Allá en la poza de «Pompeya el Buceador», llegó un día el Jefe del Distrito Universitario a traernos, con su presencia, la alegría y el reconocimiento a la tarea que estábamos desarrollando. Esta fue mayor para el Jefe de Turno, pues le acompañaba en la visita la Capitana, una especie de walkiria jerezana que pasando el tiempo daría muchos hijos y todo lo que tenía a quien ahora se bañaba, en compañía de sus Mandos, en la poza.

El Jefe del Distrito, Manolo para mí, Manuel para la mayoría, no quiso marcharse sin hacer su hoyo, pues sabía que era norma y la respetó.

De 11 a 12 el agua era nuestro lugar y era lugar inmejorable.
 

12'15 horas: Clase de Formación Política

Los acampados, con alpargatas blancas, calzón de deportes azul y camisa de uniforme hacían círculo debajo del sombrajo grande situado enfrente de la Tienda-Capilla. Cada uno llevaba su carpeta con bloc y lápiz y le acompañaban grandes deseos de no perder cuanto se dijese, pues siempre esta clase es la que despierta más interés entre los acampados.

La hora era buena, el cuerpo estaba fresco y ágil y la cabeza despejada, ya que era la primera clase teórica. Las Escuadras, semilleros de amistades y los Jefes de Falange y Centuria se disponían a escuchar al «Consignero». Casi la totalidad de los Mandos Mayores, incluido el Pater, asistían, pues valía la pena.

El «Consignero», olvidando sus piernas vendadas, paseando entre el círculo daba comienzo a su charla, que se convertía en coloquio durante los últimos veinte minutos.

-Hoy os diré algo sobre la necesidad de ser optimistas. Muchas veces, al contemplar nuestra Patria, os habrá asaltado el temor de que es estéril nuestro esfuerzo, pues resulta inútil ante tantas cosas mal hechas y tantas buenas sin hacer. No os debe preocupar excesivamente aunque sí es preciso tener cuidado ya que estáis al borde del desaliento, lo que os conducirá a un palmo de la vanidad, de la envidia, haciendo que creáis que sois los únicos que sabéis hacer bien las cosas, y seréis los culpables de la pérdida de la esperanza, lo que os hará viejos, lo que es antinatural con vuestros veinte años encima. Todo es factible de mejorarse y ahí tenéis vuestro sitio. ¿Qué es lo que puede darse por terminado, por concluido? Nada o casi nada. Esa es vuestra puerta: intentar seguir lo no concluido, esforzaros en agrandar lo hecho y entregaros con pasión a perfeccionar todo imprimiendo belleza a lo que hagáis procurando crear más, ser útiles a vuestros semejantes, no egoístas, y, sobre todo no dejéis pasar vuestros años mozos entre fracasos, algunos incluso os pueden marcar para toda la vida. Es cierto que no estamos de acuerdo con tantas cosas mal realizadas y que hay motivos para estar preocupados, pero nuestra manera de ser nos hace ver, mirar al frente, hasta vencer con el esfuerzo y tesón que sea necesario...

El «Consignero» seguía su charla con pasión hasta que era llegado el tiempo del coloquio. El primero en intervenir manifestó:

-Mi tío habla de que hoy todo está peor que en su época, y yo casi he llegado a creerlo. ¿Qué crees que debo decirle?

-De muy buenas maneras, en primer lugar, que si hoy esto está mal algo de culpa le corresponde, pues, casi siempre, si se siembran vientos se recogen tempestades.

-Entonces -replicó el escuadrista-, si hoy estamos en plena tempestad, ¿qué recogerán los que mañana vengan?

-Siempre hay un después del temporal y viene la calma y más ahora que se empezó a sembrar, no vientos, sino virtudes en plena tormenta; y por lo mismo, lo que venga, si somos capaces de mirarlo con fe, será mejor que esa época pasada y algo dejaremos a nuestros hijos si Dios nos lo concede.

Y seguía animado el coloquio hasta el momento en que sonaba la corneta mandando alto.

Otro día se hablaba de la época de esplendor de España y las preguntas rondaban sobre la diferencia de las fuerzas materialistas de Norteamérica y Rusia en la actualidad.

En otras fechas se habló del honor, de José Antonio, de lo fundamental y accidental de los 27 Puntos Programáticos de La Falange, de Franco, etcétera.

Cuando la charla se terminaba los grupos se desplazaban pesados, lentos, parándose para discutir cada idea, haciéndose preguntas, formando corro, aclarando conceptos y queriendo prolongar la charla.

El Pater cada día era mejor, nos disculpaba nuestras cosas no santas, vinculándonos más a él, diciéndonos cosas como esta: «Sois los mejores doctores del espíritu que he visito nunca, hacéis una cura espiritual a toda la juventud que enderezará a tanto desorientado falto de rumbo y desquiciado. La juventud es buena, pero vosotros sois magníficos y con la ayuda de Dios la mejoráis. Sois los primeros en el ejemplo». Todo esto nos soltó sin respirar cuando subíamos a Jefatura uno de tantos días después de la charla de Formación Política. Nadie respondió y eso nos libró de una discusión donde hubiese visto que; no somos tan buenos y que únicamente el saber que los mejores se portaron tan soberanamente, inculcándonos el temple heroico de la lucha anterior a la guerra, nos permitía intentar acercarnos al patrón del hombre nuevo surgido por gracia de José Antonio con el nervio sindicalista de Ramiro, el ejemplo exacto de Onésimo, y la voluntad de vencer de Franco. Si bien es cierto que en poco tiempo había pasado como un poder de destrucción por entre los hombres de España y muy pocos héroes de uno y otro bando, de los que quedaron sin bajar a la tumba en los años tremendos del 36 al 39, se mantuvieron con aquél impulso fabuloso que inflamó sus almas, lo que hacía que nos asaltase más de una duda. Pero eso son otras canciones.

El «Consignero», después de cada charla, en vez de llenarse de orgullo como un pavo real, le sucedía lo contrarío: se avergonzaba de su poco valer refunfuñando por no poder hacer más hoyos que los demás, y soltaba tacos. Algunos muy originales, contra lo que le costaba dejar la colchoneta. Era tan humano como los demás, pero estaba un poco menos fuerte y su espíritu vigoroso se sublevaba para vencer su cuerpo enfermo.

Los minutos que van de las 12'15 horas que tocaba el corneta a clase hasta las 13'15 horas que terminaba, si no eran los mejores, sí tan buenos como los que más de este horario apretado y vario.


 
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