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Altar Mayor - Nº 87 (14)
Viernes, 25 julio a las 19:20:34

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

EL HUMOR A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS
Por Ángel Palomino
 

PRÓLOGO DE ANTONIO MINGOTE al libro Los mejores cuentos de Ángel Palomino

Tiene su origen Ángel Palomino -supongo que él estará de acuerdo- en aquel gozoso cataclismo de La Codorniz, reflejo y consecuencia, a su vez, de lo más lúcido, agudo, poético, innovador e irónico de la literatura española de este siglo.

No voy a escribir esta nota desde la crítica. Lo haré desde el punto de vista del lector de Ángel Palomino. Su más antiguo lector, desde los primeros artículos y cuentos, novelas después, cada vez más sorprendente, más fabulador, intrigante, apasionante. Es admirable, claro, la destreza literaria de Ángel y allá los críticos se las entiendan -que ya se las han entendido con elogios sin cuento-, pero me admira más a mí su inventiva, su habilidad de narrador que no sólo imagina historias apasionantes, divertidas, sorprendentes, sino que nos cuenta con admirable tino, dosificando la intriga, llevando al lector de la mano por los senderos más amenos y en los que, además, tras cada recodo hay un motivo de sorpresa, de regocijo o de emoción.

Ironía, claro está, humor, por supuesto, pero, sobre todo y magnificándolo, una portentosa imaginación que le permite descubrir los mil escondidos y disparatados aspectos de la realidad real, la aparente, razonable e inteligible.

La Imaginación. Siempre me ha asombrado de Ángel Palomino, que además de admirado escritor es mi amigo muy querido, la cantidad de cosas que sabe -¿las imagina?-, la extensión y variedad de sus saberes y conocimientos, la familiaridad con que puede describir los entresijos, manipulaciones y contubernios del gobierno de la China, contar, si a mano viene, las fluctuaciones de la Bolsa de Nueva York en un día de graves acontecimientos financieros y explicar las causas, contar con lujo de detalles, un suponer, las inquietudes sentimentales y sexuales de la querida del director general de Certificaciones y Aranceles, personajes ambos, el director y su querida, totalmente ajenos a su círculo de amistades. Es la imaginación. Puede imaginarlo todo, inventarlo todo y hacer creíble cualquier cosa.

Su agudeza crítica, junto con el dominio de su oficio, le permite practicar el dificilísimo ejercicio literario de escribir «a la manera de». Sus relatos a imitación de otros escritores son, más que una imitación, una suplantación afortunada, una suerte de desentrañamiento del mito, disección respetuosa, no desmitificación -el hecho de hacerlo supone una previa admiración al imitado-, sino esplendor, luz, incluso identificación; una prueba de conformidad, una aceptación de maestría a emular, y en definitiva, ya lo he dicho, un difícil ejercicio literario sólo al alcance de escritores excepcionalmente dotados.

Claro que, aunque sus imitaciones me asombren, prefiero sus relatos originales. Al ponerme a escribir este prólogo he releído muchos con la intención de comentar alguno de ellos, destacar lo que, en mi opinión, son sus valores y excelencias. Pero ¿cuál elegir o destacar si todos son extraordinarios en uno u otro aspecto? Desisto de mi primera intención. Prefiero que sea el lector, el nuevo lector sobre todo, quien emprenda la aventura de descubrir, gozar, divertirse y, si a mano viene, aprender con este estupendo y singular Ángel Palomino.

En una carta -10 de enero de 1945, entonces nos escribíamos mucho- le decía: «Cuéntame en qué trabajas o qué proyectas. Me gustaría que hiciéramos algo juntos». Palomino se había ido a África, yo estaba en Madrid, pero la distancia no fue obstáculo: un año después empecé a colaborar en La Codorniz, y poco más tarde, él con un cuento de esquimales alrededor de una nevera; juntos estuvimos cuando me siguió a Don José; coincidimos en ABC y le ilustré alguno de sus mejores cuentos en Blanco y Negro. Y ahora -más juntos imposible- en un mismo libro: en este libro.

 

Me gustaría poder dar una definición del Humor. No la hay, o las que hay no sirven: el Humor está en todas las literaturas y me atrevería a decir que en casi todas las obras literarias importantes; si no título a título obra a obra, sí en las mejores obras de los mejores escritores de todos los tiempos y de todas las literaturas. Pedir una definición del Humor es como pedir una definición de Música o Alimento. ¿Qué es Alimento? No podemos encerrar en una misma definición la zanahoria, el rabo de toro, el sorbete, las cocochas, y la dieta de los astronautas, como tampoco, en Música no es posible encerrar en una definición la tocata y fuga de Bach, Suspiros de España, el canto gregoriano, Bésame Mucho, la Pasión según San Mateo, la jota baturra, y el Aserejé.

Con el humor tendríamos que recorrer la escala entera de la risa, la sonrisa, la sonrisita, la pulla, el corte, la mala uva, la carcajada, y también sus causantes, la ironía, la sátira, el sarcasmo, el trabalenguas, la comedia, el humor de velatorio, el humor poético, y también a los grandes autores que han sido, prácticamente, todos. Y las grandes obras, que han sido muchas más que El Quijote, y no nos detendríamos en la cuenta atrás ni en Cervantes, ni en el Arcipreste de Hita, ni siquiera en Marcial ni en Aristófanes: llegaríamos al Viejo Testamento, lleno de escenas grotescas. Y no me refiero a la borrachera de Noé, que tanto nos hizo reír de niños, y que nuestros profesores aprovechaban para explicar la existencia de la raza condenada a ser negra, hija de Cam, el que se había burlado de su padre. En el Libro Primero de los Reyes hay pasajes que valen para guión de una película cómica: aquellas escenas en las que David tañía la cítara tratando de aplacar la locura agresiva de Saúl mientras daba saltos de un lado a otro evitando sus lanzadas. O aquella otra en la que David, enamorado de Micol, hija de Saúl, alega que no puede ser yerno del rey un hombre como él, pobre y de humilde condición. Y leemos en el Libro de lo Reyes, 18, 25: «Entonces dijo Saúl: Así diréis a David: el rey no desea dote alguna; sólo cien prepucios de filisteos para vengarse de sus enemigos». David se fue a la guerra y dice el Libro: «mató a doscientos filisteos y trayendo los prepucios los entregó en número completo al rey».

No sólo Cervantes, Quevedo y el mismísimo Lope son figuras indiscutibles de la literatura de Humor: en la generación del noventa y ocho -¡incluso Azorín!- hicieron humor. Y en la más importante Antología francesa en esta especialidad, Les chefed’oeuvres du Sourire (Obras maestras del Sonreir, de Editorial Planete), se recogen obras de 84 autores de todo el mundo, y de ellos solamente dos españoles: uno de los dos es don Miguel de Unamuno por su ensayo sobre Cocotología, parte de la Papiroflexia referida a las pajaritas de papel. «Extraordinario ensayo metafísico -dice el antólogo- aplicado a un tema completamente absurdo. No es solamente una obra de excepción en la literatura del autor; es, también, una obra excepcional en la literatura universal».

No sé cómo le hubiese caído a don Miguel de Unamuno la noticia de su inclusión en esta antología; porque una cosa es cierta: a los escritores les gusta poco ser clasificados como humoristas. Existen algunas razones que trataré de explicar lo mejor posible.

En primer lugar está la servidumbre que impone cualquier clasificación y mucho más esta de humorista. A nadie se le ocurre parar en la calle a Jiménez Lozano o a la señora Matute y decirle oiga don José o doña Ana María hágame estremecerme un poco. En cambio, el autor de literatura humorística se ve rodeado permanentemente por algo que podríamos llamar una expectativa de alborozo, travesura o hilaridad, doblemente embarazosa porque el humor no se produce fácilmente y porque el humorista es siempre tímido, aunque a veces lo disimule con una fingida y casi dolorosa desfachatez. Ese humorista que chilla -o que chillaba mucho, el tipo casi ha desaparecido con Ramón y Álvaro de Laiglesia- que dice «soy un genio», el que se baña vestido en una fuente pública o lee un manifiesto desde lo alto de un castaño de Indias en un parque, es siempre un tímido que lucha heroicamente contra su timidez.

Por otra parte, existe una depreciación del apelativo que no se da en otras actividades artísticas ni aun literarias. La palabra «poeta» siempre da una imagen respetable; lo mismo ocurre con el término novelista. Pero decimos «humorista», y entonces aparecen en la mente Pompof y Teddy, o, en el mejor de los casos, Pajares, Milikito, Moncho Borrajo o los Morancos y Chiquito de la Calzada. Y no lo digo con falta de respeto para esos artesanos de la carcajada. Es su trabajo. Como el de los políticos; tampoco ellos tienen gracia.

Consecuentemente, casi nadie, entre los escritores modernos y actuales, desde que desaparecieron Wenceslao Fernández Flórez, Julio Camba y Ramón Gómez de la Serna, admite su filiación literaria en el humorismo. Pero en una brevísima relación sería obligado incluir a Pemán, Cela, Miguel Martín, Torrente Ballester, Cunqueiro, Perucho, García Serrano, Jiménez Caballero... Podríamos incluir a Ussía, Campmany, Vicens, Chumy cuando escribe, pero no se meten en la aventura –y el esfuerzo- a la obra novelística de la literatura. Y desde luego, los clasificados, que fueron muy pocos, Edgar Neville, Álvaro de Laiglesia, Tono y Mihura. Podía citar muchos más; podría citar, prácticamente, a todos y cada uno de los grandes escritores de nuestro tiempo porque todos ellos en alguna ocasión han escrito humor. En una antología de Aguilar figuran textos de Rodríguez Marín, Rusiñol, Unamuno, Valle Inclán, Blasco Ibáñez, ¡Azorín!, Antonio Machado, Pérez de Ayala, Leopoldo Calvo Sotelo (+1930), Manuel Halcón, Torcuato Luca de Tena y muchos otros.

Creo que si en alguna forma la literatura, la novela, puede servir como documento, la de humor, por su postura casi siempre independiente, osada y crítica por razones de pura disconformidad ajena a compromisos, es la que puede dar una imagen más fiel del tiempo que vive y de la sociedad con que convive.

La Codorniz fue ejemplo y patrón de revistas de humor. Escaparate, durante treinta y siete años, del Humorismo español. Todos los escritores humorísticamente puros y muchos de los que podríamos llamar mixtos han firmado en sus páginas. Y todos, sin apenas excepción, entre los humoristas gráficos dignos de esta denominación, se han hecho hombre y se han hecho nombre en La Codorniz: Herreros, Tono, Mihura, Mingote, Goñi, Mena, Serafín, Kalikatres, «el Roto», Nacher, Tilu, Pablo, Máximo, Cebrián, Forges, Summers,... todos han sido creadores, pero, también, creados, en La Codorniz. Porque en La Codorniz se hizo siempre literatura escrita y dibujada, y porque sus dibujantes han sido, en gran parte, literatos que dibujan: Mingote es, creo, el primero, indudablemente, el más representativo.

Todo esto, como es natural, tiene un origen, unos antecedentes periodísticos y novelísticos.

Nuestro periodismo humorístico empieza el 4 de octubre de 1880 cuando aparece en Madrid el primer número del Madrid Cómico.

Todavía no se puede hablar del periodismo humorístico, tal como hoy lo entendemos. Madrid Cómico dio cierto cauce a la un tanto desvergonzada sátira política, que se extendió a otros niveles sociales.

La revista Madrid Cómico, dirigida por el escritor Sinesio Delgado y el dibujante Ramón Cilla, reunió a toda la promoción de escritores que precedieron a los llamados del 98. En las páginas del Madrid Cómico aparecen con asiduidad las firmas de Ricardo de la Vega, Vital Aza, Ramos Carrión, Clarín, García Gutiérrez, Unamuno, Benavente, Rusiñol, Grilo, Azorín, Echegaray, Manuel del Palacio y la condesa de Pardo Bazán. Estamos hablando del siglo XIX.

El 4 de diciembre de 1921 nace Buen humor. Es la primera en España.

En Buen humor y en su contemporánea Gutiérrez aparece una nueva promoción de escritores y dibujantes humorísticos. Con portada en colores, empaque tipográfico y un precio alto (eran mucho dinero entonces cuarenta céntimos), Buen humor suponía una revolución estética. El primer número lleva portada de Pérez Durias. Pero en el segundo ya aparece el fresco y nuevo ingenio de Antonio de Lara (Tono), que rompe con el pasado. Junto a él los nombres de José López Rubio, Fernández Flórez, Antonio Robles, Mihura, Edgar Neville. Y algunos más maduros y menos humoristas escriben también: Torres del Álamo, Pérez Zúñiga, Ramos de Castro, Sinesio Delgado, José Francés. Y un nuevo estilo: Ramón Gómez de la Serna, que todavía firma con su nombre y apellidos. Estos van a ser los padres fundadores.

El 17 de mayo de 1927, aparece el nuevo semanario Gutiérrez, dirigido por el dibujante K-Hito, que pronto alcanza gran popularidad, con las firmas de Edgar Neville, Mihura, Antoniorrobles, López Rubio, Dalmau, Xaudaró con su perrito. Dibujan además de K-Hito, Tono, López Rubio, Aljarraz, Barbero, Blull, Allora, Robles, Morán, Orbegozo, Bellón, Torremocha.

Gutiérrez sucumbe el 29 de septiembre de 1934, a los siete años con 374 números publicados.

El próximo semanario de humor será La Codorniz.

Como vemos, gran parte de la Literatura Española de Humor se forjó, pulió y creció en las revistas del género. En ellas encontramos las firmas de los más eminentes autores, tanto de novela como de comedia, y las de quienes, sin empeñarse en la creación de grandes relatos o de obras teatrales, escribieron páginas de excelente calidad literaria y humorística en forma de narraciones breves, diálogos, comentarios y crónicas. Son las que Laín definió con fortuna «la otra Generación del 27, la de los renovadores del Humor contemporáneo». Eran todos jóvenes, nacidos dentro del siglo: Jardiel, Neville, Mihura, López Rubio, Antonio de Lara, «Tono», a los que, después, se sumarían, con menor actividad pero gran brillantez buen número de contemporáneos.

Gutiérrez murió, como tantas publicaciones de humor, a manos –o por causa- de la izquierda. No por el estadillo de la guerra del 36, sino por el de su precedente revolucionario, el golpe de estado de la revolución de 1934: con motivo de aquella huelga general dejó de publicarse; parecía una suspensión temporal, pero fue definitiva.

Durante la guerra en ambas zonas hubo revistas que sería injusto calificar de humorísticas sólo por el hecho de que publicaban dibujos y chistes, generalmente feroces, fruto del momento.

Las de la zona republicana fueron pocas, de muy escasa calidad y, además, divididas ideológicamente -como el gobierno, como el ejército- al servicio de sus dueños los partidos políticos. Tenían excelentes dibujantes, lo que se advierte, también, en la calidad de los carteles y pasquines de los también múltiples y diversos aparatos de agitación y propaganda. Por eso, a pesar de ser revistas realizadas en lo gráfico por profesionales aceptables e incluso magníficos, el producto resultante era más bien de vertedero. El más difundido -pese a limitarse al territorio catalán y su lengua- fue L'Esquella de la Torratxa, de cuya orientación ideológica y humorista nos dio testimonio el gran dibujante Lorenzo Goñi, uno de los más importantes creadores gráficos de la época.

La Esquella de la Torratxa, semanario humorístico editado en catalán, que había sido confiscado y colectivizado reapareció editado por un grupo de inspiración comunista y allí trabajé como dibujante en condiciones curiosas. No existía director ni redactores definidos. La revista estaba muy bien confeccionada. Dibujaban en ella profesionales del humor muy cualificados, pero los chistes no los hacían ellos sino otros que no llegué a conocer, y los dibujantes sólo ilustrábamos pero sin ser los autores propiamente dichos de. los chistes. Tan extraña situación no la he visto. en ninguna otra parte.

En la España Nacional hubo alguna publicación de humor antirrevolucionario y anticomunista: de mal humor barato. Pero pronto, muy pronto, en enero de 1937 aparece un semanario de auténtico y sorprendente humor: La Trinchera que, poco después -al conocerse que alguna unidad del ejército enemigo publicaba otra con el mismo nombre- cambió el suyo por el de La Ametralladora que inundaría de humor todos los frentes y, más tarde, también la retaguardia. Hubo otros, La Karaba, editado en Valladolid por el periodista «Rienzy» y el dibujante Fragoso del Toro «Chuchi». K-Hito, creador de Buen Humor, lanzó Dígame, semanario de información general que dedicaba gran número de páginas al humor. Hubo algún otro de corta tirada y escasa difusión.

Un curioso fenómeno resulta evidente: los humoristas más «revolucionarios», los vanguardistas y renovadores del género, no son de izquierdas ni de derechas, pero en aquellos momentos dramáticos tienen muy claro que la izquierda no es lo suyo y que la causa de la cultura no está en esa, zona sino en la nacional a la que acuden directamente o huyendo a Francia para regresar a la España liberada, por Irún. Así, en poco tiempo, llegan a la casi fronteriza San Sebastián los creadores de La Ametralladora y allí libran su sonriente batalla hasta el final de la contienda.

¿Quienes eran los maestros? Tres he nombrado: Wenceslao Fernández Flórez, Ramón Gómez de la Serna y Enrique Jardiel Poncela. No hay entre ellos otro nexo que el Humor; son, por lo demás, muy diferentes en la forma, en el estilo, en los recursos y las intenciones. Y fueron el puente entre el pasado y el futuro que aún es presente.

Wenceslao Fernández Flórez (La Coruña 1866-Madrid 1964). Empieza su carrera literaria en el periodismo, pero su talento creador, su capacidad de observación y de crítica social se vuelcan en la narrativa. El secreto de Barba Azul (1923) y Las siete columnas (1926), son dos novelas de humor, muy divertidas y, al mismo tiempo dos reflexiones profundas en torno al ser humano y a la sociedad de su tiempo. Sus novelas inquietaban como un desnudo; los españoles se veían desnudos en el espejo con que el escritor los enfrentaba. Verse, y no gustarse, les producía irritación.

«Se me acusa de demoledor». ¿Demoledor de que? No éramos demoledores, queríamos podar las exuberantes hipocresías que ocultaban la verdad. Al enjuiciar Las siete columnas se afirma que aspiro a probar que los siete pecados capitales son no sólo provechosos sino indispensables para la felicidad de los hombres, y que en ellos se basa nuestro progreso. Lo que yo quise- decir es que las virtudes de nuestros días están falsificadas y sus ocultas raíces extraen el jugo de esos siete pecados que compendian cuantos podamos cometer: que la Era Cristiana no ha comenzado todavía. Algo que dice más o menos Pablo VI.

En la guerra continuó su vida de escritor. Amigo personal de Franco, no aprovechó la oportunidad para acomodarse en los servicios de prensa y propaganda como Laín, Ridruejo, Torrente Ballester. Describió, sin renunciar a su gran herramienta, el humor, la tragedia del Madrid ocupado y aterrorizado por las milicias en Una isla en el mar rojo (1938) y continuó en la posguerra su obra narrativa y la periodística, iniciada en ABC con Acotaciones de un oyente, que tanta fama le proporcionaron.

A otro autor, El Bosque animado le hubiese valido el reconocimiento universal y, probablemente, el Premio Nobel. Pero no era intelectual de izquierdas.

Ramón Gómez de la Serna (Madrid 1888-Buenos Aires 1963). Tan singular, que es frecuente omitir sus apellidos, basta decir Ramón, o, mejor, RAMON; no hay otro. Con la greguería ennoblece de humor al surrealismo y es el escritor español contemporáneo que más curiosidad, asombro y respeto inspira fuera de España.

Colaboró en Arriba, ABC, La Codorniz y en diarios y revistas de todo el mundo.

Enrique Jardiel Poncela (Madrid 1901-1952) Periodista e hijo de periodista, empezó colaborando en las publicaciones de su tiempo con humor sorprendente. Más atrevido que Fernández Flórez cuando trae al desierto a Satanás para explicarnos el mundo, Jardiel hace descender a Dios mismo en el Cerro de los Ángeles y lo lleva al encuentro con el género humano, con la sociedad de su tiempo a la que divide en blancos y negros no por el color de su piel sino por sus actitudes y comportamiento. No hay maniqueísmo en esta distinción; no hay blancos buenos y .negros malos: todos son malos. Dios, en un mitin, se lamenta: «...sois mi vergüenza y mi único arrepentimiento». Y llega a una desoladora conclusión: «Esto no lo arreglo ni Yo». La tourneé de Dios, 1932

Hay una profunda invitación a la ruptura con la hipocresía, el egoísmo, la codicia en esta novela, semejante a la de Fernández Flórez en Las siete columnas. Rozan ambos -más Jardiel- la irreverencia, pero el resultado es a la vez humorístico y en cierta forma, moralizador.

Fue el autor teatral más ingenioso y brillante de los años a caballo de la guerra. Sus obras son una sucesión de sorpresas y enigmas encadenados con un diálogo ágil y chispeante y desembocan en un final lógico donde todos los misterios quedan prudentemente aclarados: le faltó decisión para desembocar en el teatro del absurdo como hizo Mihura en Tres sombreros de copa. Pero esa hubiese sido una aventura imposible: en realidad, Mihura tardó treinta años en poder estrenar su obra, y lo hizo cuando ya había alcanzado gloria y fama con otras escritas-posteriormente. Mihura y Tono se anticiparon en muchos años a Ionesco; en aquellos tiempos las revoluciones artísticas sólo eran válidas si se hacían en París. De haberse lanzado por el camino de la pura vanguardia, el teatro de Jardiel no hubiese realmente existido.

Ingente obra si se tiene en cuenta que murió a los 51 años. Su influencia en la literatura de humor fue intensa y aunque las novelas han sufrido el desgaste del tiempo, su teatro sigue actual para generaciones que ni siquiera habían oído hablar de este autor y hoy se sienten deslumbrados por sus todavía sorprendentes comedias. Estos tres fueron nuestros maestros

De transición en transición, España cambia muy poco: el español de los 90 es muy parecido al de los 80 y al de los 60: paciente, gregario y entusiasta, digan lo que digan las malas lenguas. Las transiciones cambian a veces escandalosamente las apariencias externas, pero modifican muy poco la idiosincrasia colectiva, la personalidad social. (Pido perdón por expresarme en esta última frase con lenguaje tan pobre, tan patoso, tan de Secretario de Estado).

La Codorniz inventó este invento como en broma; y fue una de las transiciones más serias de nuestra historia; un cambio revolucionario y liberador en la mentalidad de los españoles y en su manera de expresarse y aún de comportarse. La Codorniz fue un acto de rebeldía intelectual; se rebelaron intelectuales contra palurdos; caras lampiñas contra máscaras barbudas: uno de los propósitos más insistentemente proclamados en La Codorniz era acabar con las barbas. ¡Veo dignísimos barbudos! Bien, no me disculpo; estos que veo aquí son respetables neobarbudos. En prueba de solidaridad me pongo mi barba imaginaria. Y me la pongo a conciencia porque esta es otra época, otra era: combatíamos barbas que no eran antiguas sino anticuadas: barbas de señorones que no se contentaban con llamarse don Mateo, sino don Práxedes Mateo Sagasta. Incluso la de don Rabindranat Tagore nos caía un poco gorda. Pero, repito, esta es otra época y las barbas merecen toda nuestra simpatía; son barbas posmodernas. Si mañana renaciese La Codorniz, los colaboradores iríamos corriendo a comprarnos una barba. En realidad, queríamos acabar con más cosas: con la solemnidad, el énfasis, las visitas de cumplido, las tías Asunción de mirada severa y dedo tieso, la prosopopeya: sobre todo, la prosopopeya. Fue la transición del tópico a la realidad, del humor tosco, elemental -el humor de apenas media docena de elementos, suegras, vicetiples, baturros, cesantes famélicos, cornudos y cuescos- al humor metafórico inteligente, irónico, surrealista y absurdo.

Nunca, desde El Quijote hasta entonces se había reconocido por la sociedad -por toda la sociedad, cultos e incultos, aristócratas, burgueses y plebeyos- la aparición de un lenguaje nuevo. Hasta los españoles menos letrados reconocían el cambio: «Eso parece de La Codorniz», y en los diccionarios se recogen las voces codornicismo y codornicesco.

Lo mejor de La Codorniz, lo más puro e intelectual, es su primera época, la de Miura con Tono, Edgar Neville y Herreros. Y su prehistoria, La Ametralladora. No es casualidad; antes he dicho que La Codorniz fue un acto de rebeldía contra las barbas; y, no por casualidad, repito. La Ametralladora era semanario de trinchera, se repartía gratis a los soldados del bando llamado rebelde: se habían rebelado contra las barbas de don Carlos Marx. La Ametralladora les alegró la vida y la guerra con humor puro y fresco. Y disparatado como las guerras.

En San Sebastián consolidaron la pacífica revolución del humor que habían iniciado en Gutiérrez y Buen Humor. Una revolución es transición, cuando, como hizo La Codorniz llegada la paz, se hace sin partir la boca a nadie, sin metralletas, tanquetas ni siquiera escopetas, sin perseguir a los contrarrevolucionarios, y si se les mete en prisión, es creando una comisaría y una cárcel de papel, algo mucho más abierto que el tercer grado. Todo eso lo consolidamos unos chicos dirigidos por un adolescente prematuramente cuajado en hombre: Álvaro de Laiglesia.

Los ideólogos, los creadores del nuevo lenguaje y el nuevo talante, los maestros, fueron Ramón, Jardiel, Miura, Tono, López Rubio, Edgar; ellos nos crearon a nosotros; habíamos entendido el mensaje de los profetas. Álvaro de Laiglesia tuvo el privilegio de recibirlo directamente, era el «flecha» -el botones militarizado- de La Ametralladora; no tenía veinte años cuando Miura lo hizo redactor jefe de La Codorniz. Poco después de cumplirlos se hizo cargo de la dirección. Álvaro abrió de par en par las puertas del cenáculo: en La Codorniz cabían los maestros que Miura había sentado a su alrededor, Pemán, Miquelarena, Marqueríe, Halcón, Fernández Flórez, y cabía cualquier desconocido capaz de entender y propagar aquel invento. Estimulados por el prestigio de tan brillantes firmas otros muchos escritores afamados intentaron colaborar en la revista, pero ni Miura en la primera época ni Álvaro después, tenía en cuenta etiquetas, medallas académicas, cruces de Alfonso X ni glorias curriculares. Un «inmortal» de tercera página de ABC podía colaborar en La Codorniz, y así lo hicieron gloriosamente Pemán, Joaquín Calvo Sotelo y otros, pero docenas de ínclitos habituales de tercera página de ABC lo intentaron sin éxito.

Álvaro descubrió a Mingote, Gila, Chumy, Munoa, Pablo, Mena, Máximo, Cebrián,... y a los escritores. Yo no era nadie; empecé a colaborar en serio -paradojas- en La Codorniz; además de ser un desconocido, yo vivía lejísimos, en Larache, y me admitió por correo, con la ayuda de Mingote, que empezaba a hacerse Mingote, y preguntado por «lo mío», Mingote diría cuarenta años después: «La Codorniz fue una ventana abierta al aire limpio, el mismo para todos, un refugio para los viejos y una esperanza para los jóvenes» (Discurso de Ingreso en la Real Academia Española).

Colaboré en La Codorniz treinta y un años. Y la dejé voluntariamente cuando a Álvaro de Laiglesia lo apuñalaron por la espalda el conde de Godó y los fracasados de Hermano Lobo. Me ofrecieron mucho dinero si me quedaba, lo juro. Les mandé a hacer puñetas.

¿En qué consistía la novedad?

«No quiero hacer ese tipo de humor que hace reír a cualquier imbécil», decía Miguel Mihura con la petulancia propia del vanguardista. Al chascarrillo de suegras, matrimonio, criadas pueblerinas, baturros, sucedía un humor nuevo que devolvía a las palabras su significado y a la lógica su poder. Incluso cuando esa lógica conducía al absurdo, un humor que se les ocurrió a Mihura y a Tono antes que a lonesco y sorprendió a España. Por ejemplo, aquella portada de Tono el día 8 de junio de 1941: un señor y una señora hablan: «Le encuentro muy cambiado, don Jerónimo». «Yo no soy don Jerónimo». «Pues más a mi favor».

¿Tuvo influencia?

La prensa empuja y el Gobierno se mueve. Pero con el Humor, el Boletín Oficial del Estado se espabila más. Es un tópico y, como todos los tópicos, es verdad: la prensa tiene poder, es un poder. Lo que no es un tópico, y debería serlo, es que el Humor es un poder tremendo. Y vamos a verlo.

Es fama que La Codorniz ejerció notable influencia en la vida española de casi medio siglo. No hagan ustedes mucho caso; ese es el mito; la cosa no fue para tanto; del mito de aquel pájaro y de su influencia han quedado en la memoria colectiva numerosas anécdotas, la mayor parte falsas. Pero tengan en cuenta que hablo de un tiempo en el que se dice que sólo había un poder, lo que no es cierto. Había otros; La Codorniz, un semanario disparatado, tenía poder. Porque influía en el Poder.

Hay una portada de La Codorniz que influyó notablemente en la vida española. No recuerdo la fecha, pero debió ser en uno de los últimos años cincuenta o primeros de los sesenta. La portada dibujada por Herreros estaba dividida en dos partes: una «el Ingeniero de Caminos» y la otra «los Caminos del Ingeniero»; la mitad izquierda representaba un estudio de lo más politécnico; grandes tableros de dibujo, pantógrafos, teodolitos, rollos, carpetones, gafas, lupas, pipas, compases, artilugios para tele y goniometría, cartabones, palos de golf. La otra mitad de la portada estaba ocupada por un paisaje mitad bucólico mitad lunar. Un trozo de campo con -no recuerdo bien, pueden imaginarlo- sus árboles, quizá sus vacas y sus ovejas, y, por en medio, una carretera como casi todas las carreteras de aquel entonces, llena de baches que eran auténticos cráteres. Este es el dibujo que se subtitulaba «Los caminos del Ingeniero».

Fue uno de los más eficaces estímulos que La Codorniz aplicó a la dinámica político-económica de España. Tiempos de eficacia directa e instantánea en los que bastaba un gesto del Jefe del Estado, una ceja alzada, para que todos los implicados en cualquier asunto se pusiesen a trabajar como japoneses a pesar de las sempiternas dificultades del cenizo de turno: el ministro de Hacienda que siempre dice: «No hay ni un duro».

Aquella portada motivó que en algún ministerio se pidiera si no la cabeza sí el corte de algunas plumas de La Codorniz; pero, por fortuna, impresionó al Pardo (ahora se dice a Moncloa, La Zarzuela...) que andaba entonces más ilusionado en la lucha contra las pertinaces sequías y en su remedio eficacísimo, la providencial multiplicación de pantanos, y en vista de la impresión producida, empezaron a hacerse, por todas partes y a toda mecha, asfaltados para empezar, y luego circunvalaciones, rectificaciones de trazado, nudos de tres pisos, y, al final, creada la dinámica imparable, autopistas. Había funcionado el humor y algunos descubrieron entonces que el humor es una cosa bastante seria, y que la prensa podía ejercitar correcciones políticas siempre que no se pusiese moños doctrinales y se apoyase en la sencilla tierna y, al mismo tiempo contundente, dialéctica del humor inteligente.

Un chiste, de Mingote, con efectos fulminantes, representaba el Teatro de la Ópera de Madrid rodeado de materiales desechados y de una valla viejísima, rota, junto a la que crecían hierbajos y señales de abandono. «Obras de reconstrucción del Teatro de la Ópera». Y en la caseta de la obra, un viejo guarda, hablando con otro viejo, le dice: «En este trabajo se gana poco, pero tiene la ventaja de que es para toda la vida».

En el primer consejo tras la publicación, los ministros vieron cómo Franco se sacaba el chiste del bolsillo y se lo pasó a los ministros en demanda de explicaciones: sólo tardaron unos días en ponerse en marcha las obras. Algo parecido ocurrió con las de los enlaces subterráneos del ferrocarril. El «Tubo de la Risa».

El Humor había funcionado una vez más como estímulo político-económico. El chiste de Mingote, en beneficio de la Música, del Arte. La portada de La Codorniz en beneficio de la Red Nacional de Carreteras, del Comercio, del Turismo y del parque automovilístico.

¿Sabemos qué es el Humor?

Ya he dicho, entre otras cosas, que es un motor, una palanca. El Humor no anestesia, al contrario, espabila. También he dicho que hay muchas definiciones, ninguna completa. El Humor es, sobre todo, una necesidad. Hay quien cree que no lo necesita. Bueno, pues ese es el que más lo necesita. Hay quien quiere y no puede, y se dice de él que es un «malage», o, por aquí, que no tiene ángel. Por eso, es algo que deberíamos pedir a Dios todos los días como el Pan Nuestro. Así lo entendió en condiciones dificilísimas, san Tomás Moro, Canciller de Enrique VIII.

Encarcelado en la Torre de Londres (en un torreón que hoy se puede visitar, oscuro, estrecho, sin sol y sin luz, sin libros ni fuego), santo Tomás Moro vivió en ella catorce meses, que invirtió en escribir uno de los libros más bellos y esperanzados de la tradición cristiana: sus comentarios a La agonía de Cristo, que eran, a la vez, la historia de su propia agonía. Allí escribió esta hermosa plegaria: «Señor, dame una buena digestión y, naturalmente, algo que digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma sana. Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro, de modo que, ante el pecado, no me escandalice, sino que sepa encontrar la manera de remediarlo. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los ronroneos, los suspiros ni los lamentos. Y no permitas que tome demasiado en serio esa cosa entrometida que se llama el yo. Dame el saber reírme de un chiste para que sepa sacar un poco de alegría a la vida y pueda compartirla con los demás. Amén».

Amén, deberíamos decir todos, Amén, digo.


 
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