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Altar Mayor - Nº 87 (12)
Viernes, 25 julio a las 19:27:14

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

Memoria histórica
SOBRE LA REPRESIÓN FRANQUISTA

Por Capitán Bebb

Aún no ha sido estudiado en profundidad la llamada «represión franquista». Voy a contar dos ejemplos que desmontan esta teoría que intentan sostener ahora de «que todos somos iguales...».

Un farmacéutico muy amigo de mi padre fue asesinado por los rojos mediante el consabido «paseo». Lo denunció el mancebo de su propia farmacia al que había tratado como a un hijo, enseñándole el oficio y pagándole generosamente. El empleado canalla fue encarcelado tras la Liberación, librándose del fusilamiento por la magnanimidad de nuestro Invicto Caudillo.

Al cabo de algunos años, el hijo del farmacéutico, que heredó la farmacia de su padre, fue junto con el mío a unos cursillos de cristiandad. Sin premeditarlo, ni mucho menos, encontraron en el cursillo (celebrado en el Monasterio de los Jerónimos de Murcia) al mancebo traidor. La reacción de aquél hijo de mártir fue la de un verdadero cristiano y la de un auténtico caballero: perdonó públicamente en la «ultrella» al coautor del asesinato de su padre. Vive (el asesino) en la actualidad, aunque muy anciano. Es de mi barrio.

En mi propia familia, asesinaron a un tío abuelo mío, sacándolo de su casa a las tres de la mañana y dándole el paseo: dos tiros en la cabeza al estilo de Calvo Sotelo. Su crimen era ser suscriptor del ABC, ir a misa y haber prosperado con la representación de una conocidos laboratorios farmacéuticos. Se había comprado a base de firmar letras un Ford de 8 caballos y con este vehículo llevaba a las farmacias de la provincia las medicinas que le pedían. No se pudo determinar quién del barrio lo había denunciado y, al terminar la contienda, los del Servicio de Investigación de Falange fueron a casa de mi tía abuela a hablar con ella y preguntarle quién podía haber sido el chivato. Ni que decir tiene que lo sabía, y con pruebas, pero se negó a dar información al respecto explicando que se trataba de un padre de familia y que su deber como cristiana era perdonar y tratar de olvidar pues ya se había derramado demasiada sangre en España.

Los falangistas se fueron de casa de mi tía abuela bastante frustrados. Eran de los que no habían pegado un tiro en el frente, o sea de los del aluvión apuntados tras la guerra que querían hacer méritos en el Nuevo Régimen. Varios de éstos, en la llamada traición, digo transicíón, se apresuraron a afiliarse al PSOE, como es natural. Siempre hay que estar cara al sol... que más calienta, claro.

Mi padre, oficial de Artillería,  fue designado durante una temporada por la Superioridad para oficiar de defensor en algunos consejos de guerra. Tuvo bastante éxito, incluso con acusados con delitos de sangre, sacando del atolladero a más de uno. Tras su fallecimiento, hace unos doce años, sus hijos pudimos leer sus papeles privados y encontramos un oficio por el que se conmutaba la pena de muerte a un individuo por la de treinta años de reclusión. Nos quedamos estupefactos cuando pudimos comprobar que se trataba de uno de los que atracaron la tienda en donde trabajaba una hermana de mi padre causándole la muerte mediante un disparo de Máuser. Llevaban monos azules e insignias del Partido Comunista. Lo había defendido atendiendo su deber de cristiano. Mi progenitor está enterrado en la misma fosa que mi tía Carmen, asesinada en el atraco.

Tras la misa funeral de mi padre, a la salida, nos saludaron tres señores muy mayores. Nos dijeron que eran republicanos defendidos por él en Consejo de Guerra y que habían salvado la vida gracias a su intervención. Habían venido a darle su último adiós asegurándonos que lo tendrían en su recuerdo mientras vivieran. Nos quedamos, mis hermanos y yo, de piedra. Mi padre era de los que hacían una cosa con la mano derecha y no se enteraba ni la izquierda.

Lo anteriormente descrito demuestra que todos somos diferentes. Unos son unos hijos de Satanás y otros nacieron de buena madre. Hay de todo como en botica.

Quiero hacer constar que en la actualidad, en las Provincias Vascongadas viven las buenas gentes una situación espantosa de aislamiento, opresión, persecución y muerte, provocada por el nacionalismo, con la ayuda inestimable, salvo poquísimas excepciones, del clero «católico» vasco. Quien no piense de igual forma que los nacionalistas puede estar muerto en cualquier momento o tiene que irse de allá a tierras más cálidas. Mi padre me recordaba que la situación en la zona roja era similar, por no decir igual a la de estas entrañables provincias, con la diferencia de que no matan a curas sino que los curas (o curas renegados, que es peor) son coautores, cómplices, encubridores de los asesinos de gentes que simplemente no son nacionalistas. Hablar de esto sería otra historia.


 
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