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Altar Mayor - Nº 87 (11)
Viernes, 25 julio a las 19:29:45

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

HÁBLESE DE OTROS LORCAS
Por José Luis Gordillo Courcières

Existe en psicología social un principio indiscutible respecto a la eficacia propagandística, el de la necesidad de reiteración. Y las ideologías políticas, que para sostenerse precisan de periódicas ofrendas a sus pretendidos o ciertos mártires laicos, están formalmente obligadas a una rutina de conmemoraciones con las que cumplir con aquel principio antes mencionado. Así se explica cómo cada seis meses -más o menos- en la radio, la televisión, la prensa, nos sacudan los sentidos con el cadáver de Federico García Lorca.

La poesía no resulta precisamente un género literario de amplia difusión, a no ser que entre tal arte incluyamos pareados coreables tales como «¡Fulano (aquí el nombre del ocasional interpelado), cabrón: / asómate al balcón!», u otras rimas del mismo ilustre jaez. Vayan ustedes preguntando por ahí qué es sinalefa, pie quebrado, alejandrino, hemistiquio; quiénes son Manuel Altolaguirre, Juan Boscán, Vicente Espinel, Dámaso Alonso, Villamediana, Rubén Darío; si el ovillejo es una estrofa o una red para pescar boquerones; y ya verán, ya, el resultado. Pero interroguen al más ignorante e iletrado de sus conocidos sobre quién fue García Lorca, y seguro que ha de contestarles que era un poeta andaluz al que fusilaron los fascistas.

Por supuesto que Lorca murió asesinado, y también por supuesto que uno escribe el presente artículo para contar distintos asesinatos, tan lamentables como el de Lorca aunque poco, o incluso nada, recordados. Ocurre así que la sangre del poeta del Romancero gitano sigue artificialmente licuada, fresca; mientras que, por el contrario, la de muchos otros ya es polvo seco y disperso. Y uno siente contrariedades ante el vergonzoso desequilibrio. En la Historia caben hechos, y hasta interpretación de hechos; mas cuando se silencia una parte de los hechos desaparece la verdad de la Historia. Es posible que actualmente exista una juventud que -incluso intuyendo el tongo- no pueda encontrar datos para defenderse de la presión propagandística. Y estos datos se ofrecen aquí en beneficio de una deseable libertad de pensamiento.

¿Hubiera sido hoy Lorca tan famoso de no morir en agosto de 1936, a los 38 años? La opinión del que esto escribe es vacilante, insegura. Como poeta parece que Lorca contaba con bastante menos futuro que, por ejemplo, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Francisco Vega o Gerardo Diego; y como dramaturgo, dibujante o aspirante a músico (sus otras habilidades) no alcanzaba niveles excepcionales. De todos modos estas afirmaciones son indemostrables. Como tampoco es demostrable que su fama de 1936 pudiera deberse en buena parte a estar incurso en los círculos intelectuales de Fernando de los Ríos y compañía, a gozar de la protección de un grupo, a la comodidad económica propia de su holgura familiar, o a otras particularidades ambiguas que ahora sorprenden menos.

Pero no es objeto de este artículo ni proveer una nueva biografía de Federico García Lorca, ni comentar sus relevantes -pero en el presente hipertrofiados- valores literarios, ni enumerar los apoyos que pudo obtener hasta entonces para el desarrollo de su vocación, ni considerar qué porcentaje de su fama actual corresponde en exclusiva a trece lustros de machacona publicidad.

Lo que el presente artículo intenta es proporcionar, por fuerza telegráficamente, una relación sumaria (a todas luces incompleta) de otros cuarenta intelectuales españoles asesinados en zona roja, entre julio de 1936 y abril de 1938, y hoy olvidados.

La calificación de intelectual -al igual que la de progresista- se presta a confusiones. Pero como la palabra posee connotaciones positivas sobradamente evidenciadas, ciertos propagandistas, grandes manipuladores y expertos en técnicas de psicología de masas, llevan lustros arrimándola a su terreno. De forma que actualmente predomina entre la población el prejuicio de que sólo en la izquierda política cabe ser un intelectual. La falacia está tan extendida como aquella otra de que todas las mujeres guapas son tontas.

Por principio, un intelectual -tanto si lo es en Ciencias como en Letras- igual puede ser bajito que gigantón, budista que del Opus Dei, soltero que padre de familia numerosa; y cabe imaginarlo con cualquier ideología política, si es que la tiene, que quizá para dedicarse a eso le pueda faltar tiempo.

Lo que hay que preguntar es cómo se logra la categoría de intelectual. Parece que solamente pensando, creando, investigando y, por supuesto, dando pruebas orales y escritas de que esas investigaciones, creaciones o pensamientos poseen una calidad sobresaliente. A veces surge, y se encona, algún intelectual imaginario del que sólo se sabe que una vez hizo un experimento con ácido nítrico o escribió una cuarteta casualmente bien medida o firmó un manifiesto haciendo bulto. Esos no cuentan.

En 1936 enriquecían a España numerosos hombres de los que hemos descrito como verdaderos intelectuales, muy especialmente en Letras. Pues bien, señalaremos a continuación, brevísimamente, lo que ocurrió con cuarenta de ellos. Se intentará agruparlos por su especialidad más manifiesta, más cultivada. Y del conjunto de nombres que se relacionen puede el lector curioso hallar, tanto en bibliotecas como en hemerotecas no expoliadas concienzudamente, infinidad de menciones a sus elevadas categorías profesionales o científicas.
 

ENSAYISTAS

Víctor Pradera Larumbe, natural de Pamplona; asesinado a los 64 años en San Sebastián, el 5 de septiembre de 1936. Manuel Bueno Bengoechea, hijo de bilbaínos, aunque nacido en Pau (Francia); asesinado en Barcelona el 12 de agosto de 1936. Álvaro López Núñez, natural de León; asesinado en Madrid a los 71 años el 30 de septiembre de 1936. Jesús Requejo San Román; asesinado en Madridejos (Toledo) el 17 de agosto de 1936 (antes lo mutilaron). Emilio Ruiz Muñoz, nacido en Almería; asesinado hacia agosto de 1936, en Madrid. José Canalejas Fernández, madrileño; asesinado el 21 de septiembre de 1936 a los 32 años.
 

HISTORIADORES

Julián Zarco Cuevas, agustino bibliotecario del Monasterio de El Escorial; asesinado en Paracuellos de Jarama, a los 50 años, el 30 de noviembre de 1936. Lorenzo Lafuente Vanrell, natural de Mahón (Menorca); asesinado en la misma población el 18 de noviembre de 1936. Fernando de la Quadra Salcedo, vascongado; asesinado el 25 de septiembre de 1936, en Bilbao. José Polo Benito, nacido en Salamanca; asesinado en Toledo hacia el 20 de julio de 1936. Zacarías García Villada, palentino; asesinado en Vicálvaro (Madrid) el 1 de octubre de 1936.
 

PEDAGOGOS

Pedro Poveda Castroverde, natural de Linares (Jaén), protector de gitanos; asesinado en Madrid, junto a las tapias del cementerio de la Almudena, el 28 de julio de 1936. Antonio Torró Sansalvador, alicantino; asesinado, probablemente en Alcoy, hacia marzo de 1937. Rufino Blanco Sánchez, natural de Montiel (Guadalajara); asesinado el 2 de octubre de 1936, a los 74 años.
 

PERIODISTAS

Manuel Delgado Barreto, nacido en La Laguna (Tenerife); asesinado en Paracuellos de Jarama (Madrid) a los 57 años, el 6 de noviembre de 1936 (Paracuellos fue la población madrileña donde los rojos mataron más personas: 8.354). José San Germán Ocaña, redactor de La Nación, cubano de nacimiento; asesinado en Torrejón de Ardoz (Madrid) en noviembre de 1936. Joaquín Adán, vizcaíno; asesinado en Bilbao el 4 de enero de 1937. Enrique Estévez Ortega, madrileño; asesinado en Madrid el 4 ó el 5 de septiembre de 1936, a los 38 años. Luis Carlos Viada Lluch, nacido en Barcelona; muerto como consecuencia de los malos tratos recibidos, a sus 76 años, por «una patrulla de control», el 2 de febrero de 1938. Juan de Olazábal Ramey, nacido en Irún (Guipúzcoa); asesinado en Bilbao el 4 de enero de 1937. Estanislao Rico Ariza, catalán; asesinado en el cementerio de Montcada y Reixac en noviembre o diciembre de 1936, recién cumplidos los 41 años (Montcada fue la población catalana donde los rojos mataron más personas: 1.198). Francisco de Paula Ureña Navas, natural de Torredonjimeno (Jaén); asesinado en agosto de 1936 en Madrid junto con uno de sus hijos. Santiago Vinardell Palau, natural de Mataró (Barcelona); asesinado en Vicálvaro (Madrid), el 28 de septiembre de 1936.
 

TÉCNICOS

José Manuel Aizpurúa Azqueta, arquitecto donostiarra; asesinado en San Sebastián el 6 de septiembre de 1936. Mateo Mille García de los Reyes, marino, nacido en El Ferrol (La Coruña), historiador naval; asesinado el 7 de noviembre de 1936 en Paracuellos de Jarama (Madrid), a los 44 años. Andrés Manuel Calzada Echeverría, destacado arquitecto y excelente escritor, nacido en Barcelona; asesinado en Garraf -a la vez que otros diecisiete detenidos- el 4 de abril de 1938, a sus 45 años.
 

POLITÓLOGOS

Rafael Salazar Alonso, natural de Madrid; asesinado en la Cárcel Modelo de la misma ciudad, a los 40 años, el 23 de septiembre de 1936. Ramiro de Maeztu Whitney, nacido en Vitoria; asesinado en Aravaca (Madrid) a los 61 años, el 29 de octubre de 1936. José María Albiñana Sanz, médico y abogado, natural de Enguera (Valencia); asesinado en Madrid el 22 de agosto de 1936. Melquíades Álvarez González-Posada, decano del Colegio de Abogados de Madrid, nacido en Gijón (Asturias); asesinado en Madrid junto al doctor Albiñana, el 22 de agosto de 1936, no obstante su firme filiación republicana. Ramiro Ledesma Ramos, nacido en Alfaraz (Zamora), creador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista; asesinado el 29 de octubre de 1936, en Madrid.
 

TEÓLOGOS

Juan Bautista Ferreres, natural de Ollería (Valencia); muerto encarcelado en Valencia a los 75 años el 28 de diciembre de 1936. Luis Urbano Lanaspa, nacido en Zaragoza; asesinado hacia agosto de 1936, en Valencia, a los 44 años. Rafael Alcocer Martínez, madrileño; asesinado el 6 ó el 7 de octubre de 1936. Ignacio Casanovas, natural de Sampedor (Barcelona); asesinado el 23 ó el 24 de septiembre de 1936 en Barcelona, a los 64 años.
 

AUTORES TEATRALES

Luis Carpio Moraga, natural de Baeza (Jaén); asesinado en agosto de 1936. Honorio Maura Gamazo, nacido en Madrid; asesinado en Fuenterrabía (Guipúzcoa) a los 50 años, de un tiro en la nuca, el 4 de septiembre de 1936. Pedro Muñoz Seca, gaditano; asesinado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos de Jarama (Madrid).
 

POETAS

Como en la penosísima relación que ha antecedido, aunque incluya a varios destacables autores de versos, no consta ningún nombre del quien quepa decirse que fue exclusivamente poeta, parece muy adecuado colmar la lista con dos que sí, un andaluz y un gallego. Se señalan a continuación por separado.

El mayor de ambos, José María Hinojosa, nacido en Campillos (Málaga) en 1904. Fue el introductor en España de la poesía surrealista, y el codirector, con Altolaguirre, de la famosa revista Litoral. Publicó los siguientes libros: Poema del Campo (Madrid, 1925), Poesía de perfil (París, 1926), La rosa de los vientos (Málaga, 1927), La flor de California (Málaga, 1928), con prólogo de José Moreno Villa, y Orillas de la luz (mismos lugar y año). Murió asesinado en la puerta del cementerio de San Rafael, de Málaga, el 22 de agosto de 1936. Entre sus amigos abundaban los izquierdistas; pero de nada le valió.

Y el más joven de los dos, Francisco Vega Ceide (que escribía bajo el seudónimo de Francisco de Fientosa). Había nacido en un pueblo de Lugo, Castro de Rei, en 1912. Antes de pasar a Madrid, para completar sus estudios de Filosofía y Letras, ejerció de Maestro Nacional en Oviedo. La revista Vida Gallega le imprimió numerosos trabajos entre 1933 y 1935. Llegaría a publicar los siguientes textos: Triángulo isósceles (Madrid, 1934), El alba del quechemarín (Santiago, 1935); y dejó inéditos un libro de prosas (Gente cordial) y otro más de poemas (El trébol de cuatro hojas). Lo asesinaron en Aravaca (Madrid), corriendo noviembre de 1936, a sus veinticuatro prometedores años. Está comprobada su excepcional sensibilidad, que expresaba mediante una extraordinaria riqueza de vocabulario, tanto en gallego como en castellano, las dos lenguas en que indistintamente escribía. Conclúyase como en un preludio que le había dedicado Ángel Lázaro Machado: «Si tienes tu melodía, / -tu melodía y tu rosa- / di, Francisco de Fientosa, / para qué quieres la mía».

Silenciados para siempre en zona roja, y verbalmente después, durante trece lustros, dudo mucho que haya hoy en toda España ni un centenar de personas que sepan quiénes fueron José María Hinojosa y Francisco Vega Ceide.

¿Comprenden lo que he querido decir?


 
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