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Altar Mayor - Nº 87 (10)
Viernes, 25 julio a las 19:32:10

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

Retazos de una novela histórica (1931/1934)
ÚLTIMOS RETAZOS
Por Mario Tecglen

EL ACTO FUNDACIONAL DEL TEATRO DE LA COMEDIA

El domingo 29 de octubre de 1933 se celebra en el Teatro de la Comedia de Madrid un Acto de Afirmación Nacional. Van a hablar: Alfonso García Valdecasas, Julio Ruíz de Alda y José Antonio Primo de Rivera.

El Teatro de la Calle del Príncipe, desde las primeras horas de la mañana, se encuentra protegido. El gobierno que preside Diego Martínez Barrio, y su ministro de la Gobernación Manuel Rico Avello, lo han autorizado; y la Dirección General de Seguridad, en consecuencia, ha montado un servicio de vigilancia y protección que llega desde las puertas del teatro hasta las plazas de Canalejas y Santa Ana.

El interior del recinto, desde antes de la hora señalada, se encuentra abarrotado.

En un proscenio sobre el escenario se ve un grupo de jonsistas madrileños rodeando a Ramiro Ledesma Ramos, su jefe.

En la platea se advierten periodistas y políticos archiconocidos de muy distinto signo. Militares de paisano entre los que se encuentra el bilaureado General Varela. Y en las primeras filas los cuatro hermanos de José Antonio: Miguel, Carmen, Pilar y Fernando.

En los anfiteatros: correligionarios de las JONS de Valladolid, estudiantes tradicionalistas de la AET, etc., y, entre todos ellos, por supuesto, Marta Berbén con su hermano Guillermo, Adolfo Butrón y Rocío Perales.

En el estrado, detrás de los oradores, se encuentran: Raimundo Fernández Cuesta, José María Alfaro, Rafael Sánchez-Mazas, Manuel Valdés, José Miguel Guitarte y otros muchos que constituyen el primer grupo de fundadores del Movimiento Español Sindicalista.

Algo retrasado, comienza el discurso Alfonso García Valdecasas con frases e ideas doctrinarias que aplauden durante un buen rato. Le sigue Julio Ruiz de Alda, rudo y tajante. Muy militar, con frases inflamadas que arrancan aplausos y da paso al siguiente orador.

Grandes aplausos reciben a José Antonio Primo de Rivera que comienza inmediatamente. Sus solemnes palabras contienen el peso y el calado de un mensaje que se adivina perdurable. El concepto patriótico y el sentimiento político se muestran en sus palabras con una profundidad y un tinte inéditos:

«La Patria -afirma- es una unidad total en la que se integran todos los individuos y todas las clases. La Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir.

»Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio nacemos todos miembros de una familia, somos todos vecinos de un Municipio y nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la Familia, el Municipio y la corporación, es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos?

»Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas».

Al terminar el discurso, la ovación es ensordecedora. Pero, así mismo, el estupor del auditorio es patente. Mientras los jóvenes vibran de entusiasmo, en los conservadores admiradores de su padre, en muchos compañeros de Universidad, en amigos aristócratas y en algunas admiradoras, las palabras de José Antonio no han gustado. Esperaban otro trato al liberalismo y al socialismo.

-¡Habla de que el movimiento iniciado no es de derechas ni de izquierdas!

-Afirma que no se trata de hacer una recluta para ofrecer prebendas ni defender privilegios.

-Declara que «A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas».

Una parte importante de aquel auditorio se siente defraudada.

Y sólo los centenares de jóvenes que le han escuchado aplauden entusiasmados y comprenden y asumen, exactamente, el alcance de sus palabras.

Marta, Adolfo y Rocío son de los entusiasmados. Y Guillermo, que siempre tiene algo que oponer, no habla y, como siempre, duda.
 

MARTA EN LA SECRETARÍA DE FE

Después del acto de la Comedia, que llegó a muchos hogares a través de la radio, se produce una gran reacción y llegan al bufete de José Antonio cientos de cartas, telegramas y tarjetas postales de todos los lugares.

Manolo Valdés lo comenta con Marta en el Canoe y le pide por favor que les eche una mano. La muchacha accede gustosa. Y, siguiendo instrucciones, se presenta en el bufete de Alcalá Galiano 8 a las cinco de la tarde del primero de noviembre, fiesta de Todos los Santos.

La espera Andrés de la Cuerda, un ayudante de José Antonio, y ambos se dirigen a un pequeño despacho con una gran mesa sobre la que se encuentran amontonados cientos de cartas, telegramas y todo tipo de documentos.

Ante aquel panorama, Marta se asusta, hace lo que puede, y al día siguiente le pide ayuda a Rocío que siempre está bien dispuesta.

Las dos dedican tardes enteras a ordenar, clasificar y archivar todo lo que allí se encuentran, más lo que va llegando cada día, y seleccionan aquello que les parece más interesante. El contenido de la práctica totalidad va dirigido personalmente a José Antonio y es muy diverso:

«Cuente usted conmigo para todo».

«Has dicho la verdad y yo quiero estar siempre con la Verdad».

Otras cartas le tachan de «mal hijo», porque el discurso no ha glorificado la dictadura de su padre, ni reivindicado al Dictador.

No faltan las que manifiestan que «era demasiado benévolo con la República».

Unos cuantos mensajes de gente obrera coinciden, más o menos, en que para dirigir ese Movimiento que tanto pregona la Justicia Social, no se puede ser un señorito: «Es menester -dice concretamente una- haber conocido en las propias carnes las mordeduras del hambre y de la injusticia».

A mediados de noviembre encuentran la buena nueva del nuevo y definitivo nombre del Movimiento. Se llamará Falange Española. La genial sugerencia proviene de Julio Ruiz de Alda y es aprobada por absoluta unanimidad y ardientemente celebrada.

Marta y Rocío, una tarde que están ayudando a trasladar documentos a un chalé de la calle del Marqués de Riscal que les ha cedido un viejo amigo gaditano de José Antonio, aprovechan un momento propicio para abordarle:

-Las dos somos falangistas convencidas -le declaran- y se nos dice que no podemos afiliarnos por ser mujeres. Pero, no sólo somos nosotras las interesadas, hay otras muchas que hasta nos han dejado sus datos personales. Si verdaderamente en la estructura actual de Falange, por los motivos que fuere, las mujeres no tenemos cabida, pensamos que habría que pensar en una Falange Femenina con ideas claras sobre el papel que ha de desempeñar la mujer en esa Nueva España que estamos pergeñando.

José Antonio les responde a bote pronto:

-Me parece muy oportuno lo que decís. Ya habíamos pensado en ello. La semana que viene os traeré a mi hermana Pilar, que está en vuestra misma onda; llamáis a esas otras muchachas y entre todas me presentáis algo concreto. ¿Os parece bien?

-Sí, extraordinario. Ya nos dirás tú mismo con alguna antelación cuando viene Pilar para prepararlo.

Mientras tanto se está gestando con el mayor interés la edición de un periódico que contenga en sus páginas el estilo falangista. Se llamará FE y saldrá todos los jueves.

José Antonio cuenta con el sentimiento poético de Rafael Sánchez Mazas y José María Alfaro. Y con las colaboraciones, entre otros, de Alfonso García-Valdecasas, Narciso González Cabezas, Manuel Sarrión.

Se tiene que conseguir algo muy correcto. Con el aire intelectual de los estudiantes de Filosofía. Algún artículo, cargando las tintas, que critique la situación. Y todo ello pródigo en citas clásicas y modernas. Ha de ser elegante, mesurado e inteligentemente irónico. Dejando entrever un fino sentido del humor.

Autorizada la aparición, la lectura de su primer número hace sonreír a los políticos serios y las críticas que se leen son de este estilo: «No es el libelo fascista que se temía». «Su lenguaje es limpio y pulido con aires de revista literaria». «No será necesario suspenderlo porque morirá solo».

Sin embargo, algún político más agudo advierte de los peligros que puede entrañar su estilo elegante y expresa: «Que bien pudiera ser que aquel guante blanco escondiera un puño de hierro».

Rafael Sánchez Mazas escribe una sección que titula: Consignas y normas de estilo que acabarían por marcar un estilo de vida. Y Marta, en cuarto curso de filosofía, se estrena con la pluma escribiendo algunos artículos, muy puntuales, que firma M.B.G.

La venta del primer número de FE, voceado en la calle por jóvenes estudiantes, acarrea algunos incidentes que no pasan de insultos, bofetadas y algún puñetazo. Sin embargo, las juventudes marxistas, exasperadas por su presencia, piensan que unos tiros a tiempo, y cuanto antes mejor, acobardarán para siempre a aquellos jovencitos.
 

LAS LUCHAS CALLEJERAS

A partir del nuevo año de 1934, Falange Española constituye una presencia viva en la vida cotidiana de casi toda España, pero con mayor impacto en Madrid donde cada jueves los jóvenes falangistas vocean el semanario FE.

Las juventudes marxistas, dueñas absolutas de la calle desde el 14 de abril del 31, ya han manifestado que no tolerarán esa presencia y se van produciendo situaciones violentas que acaban con la vida de algunos falangistas.

Se produce el primer entierro. Es el del estudiante del SEU Francisco de Paula Sampol. Varios centenares de jóvenes asisten al acto junto a todos los fundadores.

Habla José Antonio y el epitafio queda entre el aire glacial de aquella fría y ventosa tarde de invierno. Todos ellos, sin excepción, sienten, junto al frío de la tarde, la emoción de la muerte.

Al día siguiente los periodistas de izquierdas empiezan a llamar a José Antonio «Juan Simón el enterrador». Y, comentando con mordacidad siniestra el alto nivel literario del semanario FE, afirman: El joven Primo de Rivera hace morir a sus muchachos por vender a veinte céntimos las ideas de Platón.

Efectivamente, en unos cuantos días han caído: en Daimiel, el 2 de noviembre, a los cuatro días del Acto Fundacional, José Ruíz de la Hermosa; en Madrid, el 11 de enero, leyendo el semanario FE en la Calle Alcalá, el estudiante del SEU Francisco de Paula Sampol; en Madrid, el 27 de enero, vendiendo el semanario FE en la calle del Clavel, Vicente Pérez; el siguiente 3 de febrero, vendiendo FE en la Gran Vía madrileña caen heridos de bala dos estudiantes.

José Antonio se resiste a convertir la naciente organización en un instrumento de terrorismo:

-Aún es pronto –sentencia- Falange necesita cargarse de razón y de luto antes de penetrar en la encrucijada alevosa de la venganza. El que quiera venganza que se enfrente a ellos. Frente a frente la violencia nos está permitida. Pero que nadie hable de represalias por la espalda.
 

EL ENTIERRO DE MATÍAS MONTERO

El 9 de febrero, en la puerta de su casa de la calle de Mendizábal de Madrid, muere asesinado de cinco tiros por la espalda Matías Montero.

Era el Delegado del SEU de la Facultad de Medicina. Y causa un tremendo trauma en toda la Familia Falangista.

Pepe Saínz, falangista toledano, que se desplaza desde la Ciudad Imperial para asistir al entierro, se enfrenta a José Antonio:

-¿Es que nos vamos a dejar matar cómo moscas?

Y José Antonio le aclara:

-No, pero tampoco hemos de hacer barbaridades como ellos.

El entierro es especialmente dramático. Cientos de camaradas se concentran en el cementerio para ofrecerle su último adiós.

Todos los fundadores están presentes. Y en medio de un silencio absoluto, con la tumba abierta y el féretro con sus cinco rosas rojas al pie de la sepultura, José Antonio le dedica el siguiente epitafio:

-«Hermano Matías Montero y Rodríguez de Trujillo: ¡Gracias por el ejemplo! Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte».

Todos ellos, con las lágrimas contenidas, le rezan una estación y se retiran poco a poco y ordenadamente. Marchan cabizbajos. Empieza a ser un hecho que ser militante activo de Falange Española lleva consigo un inminente peligro de muerte.

Marta, incorporada a la comitiva desde el primer momento, descubre entre los asistentes al teniente Luis Alberto Serrano. Viste de paisano y así no resulta tan impresionante. Él, aunque está lejos, también la ha visto y se dirige hacia ella.

Los falangistas asistentes ya se han ido. El cementerio ha recobrado su proverbial soledad. Y al poco rato, Marta y Luis, se encuentran solos y cara a cara.

-¿Estás encuadrado? -le pregunta Marta directamente obviando el saludo.

-Si -contesta él-. Pertenezco a la Segunda Centuria de la primera línea. Tu a mi no me viste, pero yo si os vi, a ti y a Rocío, bien acompañadas, en el Teatro de la Comedia.

-Si -le aclara la muchacha-. Eran mi hermano Guillermo y Adolfo, el novio de Rocío. No me extraña nada que no te reconociera pues de paisano no pareces tú.

Marta, entonces, le miró las facciones y le encontró guapísimo. Durante el cumpleaños, el uniforme de oficial, el caballo blanco y la sorpresa habían relegado cualquier otra observación. Tenía la tez morena, agitanada. La nariz levemente aguileña. Los ojos castaños, no muy grandes, pero con mucho brillo, y la boca más bien grande, con labios gruesos y dientes muy blancos. Además, le encontraba, en estilo, elegancia, finura y movimientos, muy semejante al pobre Justo San Miguel.

En aquellas circunstancias se sintió, de pronto y por primera vez, atraída por aquel hombre. Pero, al mismo tiempo, parecía como si el propio Justo en espíritu lo aceptara y la empujara hacia él.

A los pocos días, en la revista FE, al objeto de frenar los humanos deseos de venganza de los falangistas, José Antonio, con Rafael Sánchez Mazas, publicaron la «Oración por los muertos de la Falange». El meollo de este mensaje heroico se concentraba en la siguiente frase: «...a la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores».


 
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