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Altar Mayor - Nº 87 (08)
Viernes, 25 julio a las 19:36:18

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

Reflexiones desde mi rincón
«LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS»
Por Pedro Alejandro Ruano de la Haza

De intento he querido apropiarme el título de la conocida película para referirme a la exigua representación española que asistió al «Encuentro Mundial de las Familias», en Manila, el pasado mes de enero.

Seis componentes fue toda la «representación» de la católica España. Vergonzoso, cierto, pero al mismo tiempo claro exponente de lo que hoy es nuestra sociedad. Y al referirme a nuestra sociedad me estoy refiriendo a todo el Occidente europeo del que España forma parte. Curiosamente, frente a las más de 70 nutridas delegaciones de los más dispares pueblos del planeta, las representaciones de Francia, Inglaterra o Alemania no superaron, en absoluto, a la española. Y no se aduzca el argumento de la distancia geográfica pues el resto de la vieja Europa (en sus pobres países del Este) estuvo ampliamente presente, por no citar a las naciones africanas, sudamericanas, etc. igualmente alejadas, con una escasez de medios abrumadora (si comparamos con nuestro opulento Occidente), pero ávidas -eso sí- de proteger, sostener y defender a una institución que, por lo visto, Occidente ya no valora: la familia.
 

EL CONGRESO DE TEOLOGÍA Y PASTORAL

Dentro de «IV Encuentro Mundial de las Familias» celebrado en Manila, del 22 al 26 de enero, merece especial mención el «Congreso Internacional de Teología y Pastoral», en torno al tema de la familia, y al que quedamos matriculados, desde el primer día, los «seis» componentes de la representación española.

El Congreso iba a desarrollarse en el PICC (Philippine International Convention Center), espléndido edificio que se alza en el bulevar Roxas de Manila. Los congresistas, más de cinco mil representantes de setenta y cinco países, que ya antes de las 8 de la mañana nos encontrábamos en el recinto, fuimos objeto de una gratísima recepción en la que se desbordaron la proverbial amabilidad y cortesía del pueblo filipino. Luego, en el transcurso de las sucesivas jornadas, constataríamos que la organización del Congreso, hasta en sus más mínimos detalles, fue sencillamente insuperable.

Con una eucaristía multitudinaria, llena de música y colorido, se iniciaba el Encuentro Mundial de las Familias en el recinto del Congreso. La misa fue presidida por el cardenal-arzobispo de Manila, Jaime Sin. Con él concelebraron otros seis cardenales, 245 arzobispos y obispos y 360 sacerdotes. En su homilía el cardenal Sin insistió en la plena vigencia de los valores humanos y cristianos de la familia, a los que debemos acoger sin reservas.

Ese mismo mensaje, con distintas palabras y enfoques, se fue repitiendo a lo largo de las brillantes intervenciones que, tras la celebración litúrgica, se dieron esa primera mañana y que corrieron a cargo del nuncio de la Santa Sede en Filipinas, Mons. Antonio Franco, del secretario general de la Federación de las Conferencias episcopales de Asia, Mons. Oswaldo Gomis, del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa rumana, Su Beatitud Teoctist (representado en el congreso por Su Excelencia Vincentiu Ploiesteanu, obispo secretario del Santo Sínodo). Y también intervino, ¡atención!, la Excelentísima Presidenta de la República de Filipinas, Gloria Macapagal-Arroyo, que libre -¡a Dios gracias!- de los oscuros complejos que «adornan» a los políticos de Occidente (y concretamente a los españoles), supo hacer un brillante canto a la institución familiar, a sus valores humanos, morales y... cristianos. Actitud, dicho sea de paso, completamente lógica en sana democracia, por parte de quien representa a un país de mayoría católica. Claro que, los que allí nos encontrábamos como los «últimos de Filipinas», ante la inevitable, comparación con lo que acontece (al respecto) en España, hubimos de experimentar no poca amargura.
 

Algunas ponencias de la Primera Jornada

Tras las intervenciones reseñadas, que sirvieron de introducción y en las que se intercalaron magníficas actuaciones musicales y corales de jóvenes, se iniciaba la primera ponencia del Congreso a cargo de Su Eminencia el cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, y que en el IV Encuentro Mundial de las Familias ostentaba el título de Legado pontificio. Disertó sobre el evangelio de la vida y de la familia en la nueva evangelización a la que todos estamos convocados.

Durante esa primera jornada merece destacarse la intervención de Monseñor Salvatore Fisichella, rector de la pontificia Universidad Laterana, subrayando cómo la sociedad misma -sea la que fuere-, al descubrir el papel insustituible de la familia, ha de adoptar hacia ésta una actitud comprometida. Pero fue, sin duda, el excelentísimo señor D. Hilario Davide, presidente de la Corte Suprema de Justicia de Filipinas, el que impresionó a los asistentes con su espléndido testimonio. Exactamente igual que la Presidenta de su nación, este jurista apareció, ante todo, libre de esos «pudores» que atenazan a nuestros prohombres de Occidente cuando se trata de optar por un matiz religioso. Porque lo cierto es que, desde el inició de su intervención, se despachó afirmando que nada hay más noble que se pueda decir acerca de la familia que el hecho de ser un reflejo de la Trinidad divina. ¡Ni más ni menos! Excuso decir que hube de frotarme los ojos para cerciorarme de que no soñaba. ¡Sí, el que nos hablaba no era un obispo, o un cura, era... un alto personaje de la vida civil! Ya sé que aquí, en Occidente, hubiéramos solucionado rápido el «enigma» con el socorrido «seguro que es del Opus». Allí, en cambio, están inmunes de semejante memez por una razón muy simple: saben cómo es, cómo actúa y cómo habla un cristiano, y a nadie le extraña que «ejerza» como tal, independientemente de que sea médico, fontanero, presidente de la Corte Suprema, o ama de casa.

Al abordar el deterioro (también en Filipinas) de la institución familiar en la sociedad moderna, culpó, sin ambages, a los Medios de Comunicación. «No señalemos -dijo- al Estado como responsable (se refería al filipino), pues no conozco ninguno que, como el nuestro, posea en su Constitución un capítulo dedicado íntegramente a la defensa de la Familia, a la que reconoce, incluso, como fundamento de la Nación». A renglón seguido extraía la inmediata consecuencia de sus palabras: «el Estado debe velar por la niñez y la juventud, castigando severamente a los manipuladores». Y por si quedara alguna duda de su posición cristiana añadió: «la Familia ofrece el significado de ser la primera escuela de evangelización; por tanto los valores de la nación filipina, que se fundamenta en la Familia, van más allá de nuestra proverbial amabilidad o servicialidad [...] Ir más allá, como el evangelio nos enseña, significa desembocar en el mirad cómo se aman [...] ¡Qué maravilloso lema para las familias! ¡Qué maravilloso lema para nuestra sociedad!».

El impresionante testimonio de este magistrado culminó al recordarnos algo obvio: «la separación de la Iglesia y el Estado no significa, en absoluto, el establecimiento de una sociedad agnóstica». En efecto, algo tan evidente entre los países de aquel extremo del mundo, resulta, en cambio, un verdadero caballo de batalla en las «liberales» y «civilizadas» democracias de Occidente. ¿Por qué? Dejo al avispado lector la verdadera respuesta (y sus consecuencias) a tan importante cuestión.
 

Restantes Jornadas del Congreso

Con idéntico ritmo y testimonios igualmente impresionantes transcurrieron las siguientes jornadas. Se subrayaron, desde los distintos foros del Congreso, las luces y sombras en que se desenvuelva la institución familiar. Muy interesante y aleccionador (a mi entender) el que se nos dijera que, en toda la variada gama de religiones que subyacen en aquel inmenso continente asiático, permanece intacto el amor y el respeto hacia las generaciones de los mayores, los padres, los abuelos, y que ello constituía indudablemente una señal de esperanza cara al futuro. Justo la posición contraria de nuestro mundo occidental -pensé-, en donde ya no se cotizan los valores de la experiencia o la madurez, porque nos regimos por un nuevo régimen, la «efebocracia», con sus estúpidos eslóganes: «es grande ser joven», «lo joven vende», «la noche es joven», etc.

También, en cambio, se nos recordó, como signo negativo de la institución familiar en el Oriente, el drama terrible de la pobreza que provoca emigraciones masivas, con los consiguientes desarraigos familiares y las lacras de la prostitución y el control de la natalidad, mientras muchos niños, en Asia, llegan a considerar una injusticia el que les hayan traído al mundo.

Cabe reseñar el testimonio personal, en torno a la institución familiar, de diversos representantes de movimientos eclesiales: Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal; Salvatore Martínez, responsable en Italia de Renovación Carismática, o Danilo y Annamaria Zanzuechi, representantes del Movimiento Focolar. Y en la misma línea, en la última jornada del Congreso, el cardenal Sepe, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, recordaba que, por mandato divino, la Iglesia es esencialmente misionera; ahora bien la evangelización de la familia ha de partir, ha de hacerse, desde la familia misma: entre los esposos, de padres a hijos y viceversa. Así la familia muestra los valores del Reino, queda encuadrada al servicio del mismo y es signo, en medio del mundo, del amor de Dios. De todo ello concluía el cardenal que, en la urgente cultura de la vida que nuestro mundo actual necesita, la institución familiar posee un papel decisivo.

Imposible, en fin, recoger detalladamente la inmensa riqueza acumulada en las Jornadas. Y no me refiero tanto a las brillantes intervenciones y testimonios que allí se escucharon (recogidos puntualmente en las actas correspondientes), cuanto al ambiente que allí se vivió. Si Manila entera, en sus calles, en sus hoteles, era un hervidero de forasteros -muchos de ellos con sus familias- de diferentes razas y lenguas, el Philippine International Center se convirtió, durante las Jornadas del Congreso, en un hermoso reflejo de lo que es, en verdad, la Iglesia de Cristo: una familia universal, es decir, católica.

No exagero lo más mínimo si afirmo que nunca, en mi vida, he tenido una experiencia más intensa y verdadera de la catolicidad de la Iglesia como durante el Congreso de Teología y Pastoral celebrado en Filipinas con motivo del Encuentro Mundial de las Familias. Ni siquiera en Roma, asistiendo a jubileos, congresos eucarísticos, o canonizaciones, he experimentado algo igual. Tal vez –pienso- porque Roma se halla en «Occidente». Esa, sin duda, debe ser la explicación de fondo, máxime teniendo en cuenta la frase absolutamente espontánea (¡son siempre las más auténticas!) de uno de los componentes del grupito español desplazado a Filipinas. Se trataba de monseñor Juan-Antonio Reig Plá, obispo de Segorbe-Castellón, a la sazón presidente de la Subcomisión para la Familia y la defensa de la Vida, dependiente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. Pues bien, a la vista de lo visto y vivido en aquellas jornadas, monseñor exclamó: «Hemos vivido en una burbuja; ahora hay que volver a la dura realidad de nuestro mundo de Occidente». Evidentemente, con esa «dura realidad» no se refería a ningún aspecto político o social, sino... religioso y, más específicamente, cristiano.
 

La conclusión

Simultáneamente al Congreso de Teología y Pastoral (22-24 de enero) se celebró en Manila otro Congreso para niños y jóvenes, que superó los cien mil participantes y mereció la visita del cardenal López Trujillo, quien departió amigablemente con ellos. Ni que decir tiene que «ambos» congresos caldearon el ambiente para la espectacular clausura del IV Encuentro Mundial de las Familias que tuvo su prólogo en la tarde del sábado, 25 de enero, en el Quirino Grand Stand de Manila, cerca del monumento a Rizal. Allí, a cerca de 400.000 personas, el papa Juan-Pablo II envió desde Roma por mundovisión un memorable y afectuoso discurso que hizo vibrar a la multitud. El momento penoso, para el grupito español, llegó cuando, al final de su alocución, el Santo Padre dijo: «Al confiaros a María, Reina de la familia, para que acompañe y ampare vuestra vida, me alegra anunciaros que el quinto Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar en Valencia, España, en el 2006». Momento penoso, digo, porque, sin pancartas, sin banderas, ¿cómo hacernos notar, entre aquella multitud, media docenita de personas? ¡Y ni siquiera media docena! pues, para más «inri», el que esto escribe hubo de permanecer esa tarde en el hotel, aquejado de malestar; pero, a través de la televisión filipina, pude participar puntualmente en el acontecimiento.

Al día siguiente, domingo 26 de enero, y en el mismo lugar, se celebró la clausura propiamente dicha, con una brillantísima Eucaristía presidida por el cardenal Alfonso López Trujillo, en la que concelebramos los obispos y sacerdotes presentes, rodeados por una enfervorizada multitud, «de toda raza y lengua» -es decir católica-, que rondaba el millón de personas. Tampoco en esta ocasión nuestro grupito alcanzó la «media docena». Esta vez la ausente, también por enfermedad, fue Belén Vendrell, la encantadora esposa de José Mª Gea.

En fin, al haber citado ya a algunos de los componentes del pequeño grupo español, creo, antes de terminar, llegado el momento de nombrar a cada uno de los que jocosamente he calificado, en este articulo, como «los últimos de Filipinas». En un encuentro mundial de las familias no podía faltar la institución matrimonial, estupendamente representada por la joven pareja Belén Vendrell y su marido José Mª Gea, de cuya eficacia y bien hacer pudimos beneficiarnos el grupo entero a lo largo de todo el viaje. A su vez es el secretario del obispo de Castellón, monseñor Reig Plá, que, como presidente de la Subcomisión para la Familia y la defensa de la Vida, hubo de asistir al Encuentro. De Castellón también acudió, D. Francisco-José Cortés Blasco, rector del seminario Mater Dei. De Burgos, el delegado episcopal para la Familia, D. Emilio-José Ibeas, cuyo dominio de la lengua de Shakespeare nos fue tan útil a todos, y, muy en concreto, al último del grupo, el que estas líneas escribe.

Media docena, sí, pero en ella estaba representada la jerarquía de la Iglesia, el mundo clerical y laical de España. Y si al despegar de Barajas el 20 de enero nos sentíamos un grupo heteróclito, sin saber muy bien el porqué de un viaje «para seis», un viaje larguísimo y con un recorrido estrambótico (por Londres y Hong-Hong para ir de Madrid a Manila), sin embargo, al volver el 27 de enero regresábamos, sí, «a la dura realidad» (como decía el señor obispo) pero enriquecidos con otra realidad, no menos auténtica: la experiencia cuasi tangible de la catolicidad de la Iglesia de Jesucristo. ¿Que volvíamos a ser «seis» al llegar a Barajas? ¿Que Manila quedaba a muchos miles de kilómetros? ¡Pues no!, porque nosotros, que habíamos bromeado días antes con ser «los últimos de Filipinas», ahora éramos la prolongación de aquello; éramos Iglesia de Cristo y, por tanto entre Madrid y Manila no había ya distancia. Ni tampoco volvíamos a ser «seis»; éramos prolongación de la Familia de Dios, contemplada esa semana en cientos de miles de rostros, de todas las razas. Personalmente, al menos, al despedirme en el aeropuerto de mis compañeros de viaje, sólo vi a «la familia».


 
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