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Altar Mayor - Nº 87 (05)
Viernes, 25 julio a las 19:42:25

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

EL MENSAJE DEL AMOR
Por Antonio de Oarso

No hay duda de que los que tienen cierta edad habrán observado un cambio en el mensaje eclesial desde los tiempos en que tuvo lugar el Concilio Vaticano II. Las duras aristas y los rigores de tiempos anteriores fueron suavizándose paulatinamente hasta conformar un discurso ciertamente más amable. Las admoniciones dieron paso a los suaves consejos; las advertencias de una posible condenación, a las promesas de una feliz acogida en el seno del Padre. Una religión de trazos severos fue sustituida por otra de rasgos dulces y amorosos. Dios dejó de castigar para exclusivamente perdonar.

Esta tendencia tuvo sus inicios en aquellos años sesenta en que surgieron corrientes seculares paralelas en pro de la paz y el amor. La Iglesia, que había decidido «abrirse al mundo», acogió en su seno estas tendencias, así como ideologías en boga, como el marxismo, al que pretendió cristianizar. De lo que se huía era de quedarse arrinconada, marginada, desplazada del curso de la Historia. El precio que creyó que debía pagar fue el abandono de todo lo que pudiera considerarse una crítica a las costumbres que el mundo iba paulatinamente asumiendo como normales y justificadas.

Fue una ironía que la Iglesia se abriese al mundo cuando éste transitaba por caminos desviados. Es decir, la apertura se hizo en el peor de los momentos. Y la falta de crítica subsiguiente supuso la eliminación de un freno en la ruta errada de la sociedad.

Y no puede decirse que los resultados prácticos hayan sido satisfactorios: Sobre la disminución drástica de las vocaciones sacerdotales, la cada vez menor afluencia de seglares a las prácticas religiosas. Todavía en 1970, en España, el número de personas que se confesaban católicos practicantes, sobrepasaba el 80%. En la actualidad, las últimas estadísticas indican un 18’5%. Todo parece indicar que a la gente no le atraen mayormente la dulcedumbre, los sermones almibarados, el recurso sistemático al amor como panacea.

No sólo en España ocurre esto, sino en toda Europa y en América. Y no se limita el fenómeno a la religión católica. Ha ocurrido lo mismo con las sectas protestantes. También éstas, y antes que el catolicismo, se amoldaron al mundo moderno con el consiguiente frenado a toda crítica o condena. El resultado ha sido el mismo. Las últimas estadísticas en Estados Unidos muestran un declive persistente de las confesiones protestantes tradicionales: metodistas, presbiterianos, episcopalianos, etc., mientras que los movimientos evangélicos, considerados como fundamentalistas que no claudican ante la sociedad moderna, crecen imparablemente. Alguna débil analogía de esto último puede encontrarse en España, donde el Seminario de Toledo, considerado tradicionalista, ve aumentar el número de seminaristas en proporción muy superior al resto de Seminarios, exceptuando el de Madrid.

Pero la tónica general no es esa. Se sigue pensando, debido a la inercia del movimiento surgido en el último Concilio, que la forma de poder subsistir y eventualmente influir en el mundo es acomodándose a él. Y esta misma es la opinión reinante en las confesiones protestantes.

El resultado de esta predominante directriz es notable. Los males morales que acucian a esta sociedad occidental son muy graves. Está el aborto legalizado, que se ha convertido en auténtico genocidio de enormes proporciones. Está el libertinaje sexual, aceptado como norma respetable en la sociedad, y extendido a edades tempranísimas, que conduce a multitud de embarazos que acaban en las clínicas abortistas. Está la pornografía libre y omnipresente, que es causa y efecto del libertinaje sexual. Está el homosexualismo, constituido en un colectivo cada vez más poderoso, y por tanto mimado por todos: partidos políticos, hacedores de opinión, religiones. Está la droga, cuya vasta extensión en la juventud no merece grandes atenciones. Está el terrorismo, que sí preocupa a la gente por la cuenta que le trae, pero que tiene una sólida base a la que luego me referiré.

Pues bien, de todos estos males no existe referencia, crítica ni condena algunas en la predicación eclesial; es decir, en las homilías eucarísticas, que son la palabra que llega al pueblo, la que puede influir. Estos sermones se reducen a la exposición exhaustiva del amor de Dios y del amor fraterno entre los hombres; con lo que se da de lado a la doctrina oficial de la propia Iglesia, que contiene muchas exigencias sobre los temas citados, pero que se omite con medrosidad. Consecuencia inevitable, naturalmente, del afán compulsivo por acomodarse al mundo y sus costumbres.

Estos afanes secularizadores van acompañados del inevitable temor: el temor a no tener éxito, el temor a que, pese a estos esfuerzos de conciliación, no se consiga consolidar posiciones. Pues el mundo no ignora que la doctrina tradicional católica no es compatible con las costumbres modernas, por mucho que se trate de obviar este hecho con omisiones y silencios. Sabiéndolo así, se redoblan los esfuerzos de conciliación, refugiándose en el amor como monotema. Cualquier cosa, menos admitir la posibilidad de que la solución pueda estribar precisamente en lo que más se teme: el enfrentamiento franco y abierto con una sociedad neopagana, apartada ya del cristianismo. Por tanto, se opta por una huída hacia delante que hasta la fecha está cosechando graves fracasos.

En el País Vasco el mensaje del amor tiene otras connotaciones, aparte de las generales expuestas. Su alcance es doble. El ya señalado, por supuesto. Pero existe otra aplicación que se deriva de la situación sociopolítica específica de esta región. Según estadísticas últimamente publicadas en la Prensa, el 90% del clero vasco es más o menos nacionalista, llegando a un 10% los radicales. Queda un 10% de sacerdotes constitucionalistas.

No hay duda de que la aspiración nacionalista es cumplir con sus fines segregadores, alcanzando al mismo tiempo una situación de paz social. Una amnistía general sería la culminación idónea de este proceso. Recordemos la carta pastoral de los obispos vascos oponiéndose casi sin rebozo a la ilegalización de Batasuna. Y la predisposición amistosa, si no la simpatía, hacia el mundo radical se ha traslucido en muchas ocasiones, no sólo en ésta. Significativo es que la carta pastoral recibiera los mayores elogios de este mundo radical.

El mensaje del amor es particularmente persistente en el País Vasco. Se percibe la búsqueda de una reconciliación general; para conseguir la cual, la existencia de leyes severas y justas constituye un obstáculo. Se predica el amor y se desprecia taxativamente la «justicia humana» oponiéndola a la «justicia divina», que se presenta como completamente distinta y basada en el amor. Antagonismo difícilmente defendible, pues si el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, algún parecido ha de tener su justicia con la divina. Pero, en cualquier caso, la justicia humana es necesaria y esto resulta perturbador. El mensaje del amor parece ir destinado a desactivar el espíritu justiciero que anida siempre en el corazón humano. Las continuas llamadas al amor incondicional y al perdón tienden a fomentar el olvido de los ultrajes recibidos por la sociedad. En consecuencia, el olvido de las víctimas.

He dicho antes que el terrorismo tiene una sólida base, y no me refería a apoyo social o ideológico, sino a algo más hondo y espiritual. Este mensaje de amor indiscriminado y este anuncio de un Dios clemente, al eliminar la noción de castigo por parte de tal Dios, y al inducir a pensar que la sociedad también sabrá perdonar, tiene un efecto devastador en el espíritu. Dostoyevsky puso en boca de uno de sus personajes la frase conocida: «Si Dios no existe, todo está permitido». Pero lo mismo podría decirse: «Si Dios existe, pero no castiga, todo está permitido». Y si, además, la sociedad es inducida a perdonar, miel sobre hojuelas. Esta conclusión penetra profundamente en el alma del pueblo, derribando las trabas morales y la coerción que ejerce el temor al castigo.

Pero tampoco el clero nacionalista parece que vaya a colmar con éxito sus aspiraciones. Lo cierto es que la Justicia ha endurecido muy notablemente su función punitiva. Era de esperar, pues cuanto mayor sea la relajación, mayor ha de ser la represión. Entretanto, cada vez va menos gente a la iglesia.


 
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