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Altar Mayor - Nº 87 (03)
Viernes, 25 julio a las 19:46:37

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

El Dios de Jesús (4)
EL DIOS PROCLAMADO POR JESÚS
Por Antonio Salas, OSA - Dr. en Ciencias Bíblicas

1. El Dios que cubre las necesidades

La tradición bíblica siempre tuvo claro que toda la creación, tal como Dios la orquestó, transpiraba armonía, orden y paz. Y el ser humano obviamente no iba ser la excepción. Por eso el mito del paraíso se afanó por situarlo en un plano de felicidad donde no tenía acceso el dolor. ¿Cómo sufrir sabiéndose destinado a la plenitud? Sin embargo, los planes divinos se vieron trastocados por la presencia del pecado. Éste rompió cuantos vínculos unían a Dios con el hombre. Y tal ruptura lo sumió en la postración.

Se ve, en efecto, cómo la vivencia del pecado privó al hombre del paraíso con cuantas ventajas vertiera en él Dios. Pues bien, al verse arrojado de aquel jardín de delicias, tuvo que errar por la estepa donde no era fácil subsistir. Para lograrlo, debió apoyarse en su solo esfuerzo y afrontar la adversidad. Mas ¿cómo ahuyentar la muerte? Ya no contaba con los frutos de aquel mítico «árbol de la vida» que le permitían saborear las delicias de la inmortalidad. Tampoco tenía asegurada la alimentación. Para conseguirla, sólo le quedaba una alternativa: ¡trabajar!

En su andadura errante el hombre pulsó de cerca la necesidad. Supo lo que era pasar hambre. Y ello le hizo suspirar, aunque en vano, por recobrar su plenitud original. ¿Cómo? Tenía claro que él solo jamás lo lograría. Precisaba una excepcional ayuda divina. ¿La recibiría alguna vez? Tal era la pregunta que durante siglos no cesó de repetirse. Y lo mismo hizo el pueblo de Dios, siendo los profetas quienes le abrieron, al respecto, nuevos horizontes de esperanza.

El profetismo puso todo su empeño en garantizar que Dios libraría al hombre de sus más apremiantes necesidades una vez que su gran enviado (=mesías) irrumpiera en la historia. Mas ello ¿cuándo iba a ocurrir? La fijación de fechas no era incumbencia de los profetas. Por eso el pueblo, aunque alentado por sus doctrinas, seguía acusando el desconcierto que engendra la incertidumbre.

La presencia de Jesús invita a serenar el espíritu. No en vano él se erige en el mesías de Dios. Y su actuación tiene como primordial cometido colmar las inquietudes de cuantas personas, activando los resortes de la fe, soliciten la ayuda divina para recobrar su dignidad primigenia. Eso exigía, por supuesto, poner fin a sus penurias. Y, entre ellas, ¿acaso no figuraba el hambre? Ésta era patrimonio de un abultado sector de creyentes.

Jesús invita a descubrir en su actuación la presencia de una divinidad pronta a aliviar el desvalimiento de cuantos imploren su protección. Para fijar tal doctrina, la tradición evangélica ofrece el sugerente relato de la multiplicación de panes y peces (Mt 14,13-21; 15,29-38; Mc 6,31-34; 8,1-19; Lc 9,10-17, Jn 6,1-15). Con él Jesús hace realidad cuantas expectativas humanas clamaban por una ayuda divina que ahuyentara toda penuria. Ésta era fruto del pecado. Pues bien, la fuerza de Dios terminaría erradicándola. ¿Cómo? A través de su mesías.

Jesús es el mesías divino que, al realizar sus prodigios, trata de restablecer ese orden creacional que, ya en los albores de la humanidad, presuntamente quebrara el pecado. El hombre dispone, pues, de la clave para poner fin a su hambre, sea biológica o vivencial. Ambas lo sumen en la desventura, pues le impiden activar los más íntimos resortes del ser. ¿Puede acaso acopiar plenitud quien transpira desvalimiento?

Fascina contemplar desde tal óptica el relato. Ello nos permite comprender que Jesús pretende con él, no tanto hechizar con un portento, cuanto ofertar una doctrina cuajada de esperanza. Todo creyente queda, en efecto, invitado a sintonizar con esa divinidad que al fin permite al hombre colmar sus necesidades

El planteamiento de Jesús, convertido en catequesis, estimula a quienes decidimos ejercer de creyentes para que -rompiendo las bridas del conformismo- aspiremos a recobrar nuestra dignidad creacional. Ésta se ha visto truncada por el pecado, cuyos ecos descubre cada persona en lo más hondo de su ser. Nada la atrae tanto como la idea de ahuyentarlo. Pues bien, Jesús le ofrece la clave. Le enseña, en efecto, que para lograrlo sólo precisa asirse con brío a esa divinidad que así actúa a través de él. Un Dios tan volcado en el hombre ¿puede acaso no fascinar?
 

2. El Dios que alivia las dolencias

La antigüedad, aun careciendo de dogmas, era pródiga en convicciones enraizadas en la vida. Sólo ellas tenían fuerza para librar al hombre del desconcierto. Y una de sus creencias más sólidas proclamaba la interrelación entre el mal físico y el moral. Dicho de otra forma, toda enfermedad era entendida como expresión de pecado. Pues bien, dado que éste había irrumpido en el mundo por la torpeza humana, obvio era cuestionar: ¿cómo sacudirse su yugo?

La conciencia del hombre bíblico se aprestó a buscar la solución. Acaso por ello tuvo desde un principio claro que sólo la ayuda divina podía librarlo de los envites del mal. Éste lo acosaba desde un doble plano: físico y moral. Ambos le impedían dar pleno sentido a su vida. Y, al no hacerlo, se sumía en la zozobra, clamando desde su angustia por un apoyo de Dios con fuerza para poner fin a su tragedia. Ésta -¿cómo ignorarlo?- se traducía en un sinfín de dolencias y enfermedades que, por truncar el orden original, se asignaban sin más al pecado.

Los creyentes avivaban la ilusión de que, al intervenir el mesías, libraría al hombre de toda dolencia y enfermedad, restando así fuerza al poderío del mal. Pues bien, tal expectación recibe cumplimiento en Jesús. Abundan en la tradición evangélica los relatos donde se supone aliviar a enfermos y lisiados. Y en ello se descubre la restauración del orden creacional.

A través de la acción terapéutica de Jesús, decide ayudar Dios a los hombres. Y es que todos sus portentos ostentan el sello divino. No en vano para actuar exige fe y oración. Ambos requisitos siempre habían sido impuestos por Dios como condición para salir fiador del hombre. No dudo que muchas curaciones puedan verse como milagrosas. Pero pienso que, en la intención de los evangelistas, importa ante todo realzar con ellas la acción de la divinidad en favor de cuantos, acosados por el pecado, cargan con alguna tara física.

En el mundo no habría enfermos si el hombre se hubiera ajustado a los designios divinos. La presencia del pecado habla a gritos de un rechazo anclado en la arrogancia. No en vano el mito bíblico sugiere que el ser humano se empeñó en rivalizar con Dios. Y ello lo situó en un plano donde prima el desvalimiento. Mientras se mantenga en tal situación ¿cómo conseguir la felicidad? Todo creyente tenía claro que, para alcanzarla, precisaba una singular ayuda divina que, librándolo de sus dolencias físicas, restaurara el orden moral quebrado por el pecado.

Tal es la oferta que Dios brinda al hombre a través de Jesús. Éste no cesa de curar enfermos. Y lo hace, no para acreditar su fama de taumaturgo, sino para restar fuerzas al pecado. ¿Acaso los creyentes no han de descubrir en ello la acción portentosa de Dios? La tradición bíblica siempre suspiró por la venida del mesías, confiando que -al actuar Dios en él- se aliviarían las penalidades del hombre. ¿Cómo negar que tal objetivo se supone alcanzado por Jesús?

Asombra constatar con qué fuerza arremete contra las secuelas del pecado. Al menos así se explicaba en su tiempo el poder de la enfermedad. Y no era preciso erigir sin más a todo enfermo en pecador. Los judíos tenían una concepción colectiva de la vida, la cual se suponía transmitida de padres a hijos. Nada impedía, por tanto, suponer que ciertas enfermedades fueran simple legado de portes pecaminosos asumidos por los progenitores. Mas, en todo caso, el hombre suspiraba por una ayuda divina capaz de poner fin a tan angustiosa situación.

¿Cómo no sentirse halagados viendo que Jesús así lo consigue? Sus intervenciones portentosas pretenden ofertar al ser humano la posibilidad de ahuyentar el poderío del pecado. Y, aun cuando las acciones se supongan protagonizadas por él, siempre las realiza en nombre de la divinidad. Dicho de forma más gráfica, es el «dedo de Dios» (Lc 10,30) el auténtico artífice de sus portentos. Con ello queda, pues, claro que la divinidad se adentra en la historia humana para restaurar el orden creacional. Siendo así, el Dios de Jesús, al aliviar a los enfermos, desvitaliza al pecado. Y ello invita a albergar la ilusión de que pronto se recobre ese equilibrio que el mal truncara al adentrarse en el mundo.
 

3. El Dios de Jesús trueca el caos en orden

La experiencia religiosa del hombre siempre supuso que Dios, al crear el cosmos, lo ajustó a un organigrama hecho de puro orden. La naturaleza se rige, en efecto, por unas leyes que acreditan la inefable sabiduría de su creador. Ahora bien, una vez que el pecado se adentró en la creación, ésta vio truncado en caos su orden. Tanto que los poderes caóticos se afanaron por desestabilizar el equilibrio primigenio.

Tal era la explicación dada por los antiguos a las tormentas, terremotos y otros fenómenos naturales de signo negativo para el hombre. Mas ¿cómo protegerse ante esos poderes caóticos? Todo esfuerzo se suponía estéril mientras el pecado siguiera imponiendo su ley. Por eso el pueblo elegido se aferró a la esperanza de que Yahvé no le negaría su protección para atemperar sus embates. Y una vez más sus expectativas se centraron en el esperado mesías. Cuando éste hiciera su aparición -así se pensaba- se enfrentaría a las fuerzas del caos combatiéndolas con un infrenable potencial de orden. Y éste ¿podía salir perdedor?

Así lo hizo, en efecto, Jesús. Vestigios de tal porte vienen recogidos por la tradición evangélica, elaborando con ellos el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25). No dudo que con él se refleje un evento de proyección histórica. De hecho tormentas como la relatada suelen darse aún en el lago, poniendo en serio peligro a las indefensas barquichuelas. Si hoy ocurre así ¿por qué dudar que lo mismo aconteciera en tiempo de Jesús?

Ello no impide, sin embargo, que la tradición evangélica convierta el evento en catequesis, a fin de mostrar con él cómo Jesús tiene poder para frenar los poderes caóticos. De hecho, la antigüedad compartía la creencia de que toda tormenta o borrasca venían desencadenadas por la fuerza del mal, asentada en el cosmos desde que el hombre diera pábulo al pecado. Mas ¿cómo olvidar que la tradición bíblica confiaba verse algún día libre de tales poderes? ¿Cuándo? La respuesta debía darla el mesías cuyo primordial cometido iba a cifrarse en ahuyentar cuantos caos genera el pecado.

Jesús se ajusta a la expectativa. Y, calmando la bravura del mar, frena el ímpetu del caos. Ello supone a su vez un afianzamiento del orden que el hombre antiguo conectaba con el proyecto del creador. Éste infundió a su obra pura positividad. Por eso todo lo negativo venía asignado sin más al pecado. Nada sorprende, por tanto, que la fe crística asociara con Jesús esa providencial intervención divina por la que el pueblo llevaba siglos suspirando.

La estrategia de Jesús, analizada desde la fe, ha de entenderse como ayuda divina a cuantos seres humanos suspiran por restaurar el orden creacional. La religión bíblica siempre albergó la esperanza de que Dios irrumpiría en la historia humana para enfrentarse a esos poderes desencadenados que la visión mágica del hombre conectaba con el pecado. Pero ¿lo iba hacer de manera directa? Tal supuesto no cabía en las coordenadas religiosas del pueblo elegido. ¿Cómo pensar, en efecto, que la divinidad desafiara personalmente al caos?

Tal cometido sería incumbencia del mesías esperado. Pues bien, éste se hace realidad en Jesús, cuyo porte permite descubrir en su interior la presencia de esa divinidad en la que el pueblo depositara su confianza. No obstante, jamás había logrado intuir que Yahvé actuase asumiendo forma humana. Quien realiza el prodigio es por supuesto Jesús. Mas lo hace movido por cuantos resortes divinos canalizan su existencia.

Ello, contemplado desde la fe, permite aportar un nuevo argumento para evidenciar que Jesús -en su forma de comportarse- proclama la presencia divina en lo más hondo de sí. Dios se hace tan presente en él que actúa a través suya. Tal postulado rompe todo esquema tradicional en torno a esa divinidad tan temida como necesitada. Y es que, al encarnarse en Jesús, trueca en amor las actitudes inspiradoras de miedo.
 

4. El Dios que deja sin fuerza al diablo

La historia atestigua que el mal acosa al hombre desde sus mismos orígenes. Ahora bien, ese mal de algún modo tiende a personificarse. Así se observa en la tradición bíblica que, en sus formulaciones más arcaicas, lo conecta con los «sedim». Éstos eran presuntos geniecillos con carga negativa, siempre prontos a desequilibrar el orden creacional. ¿Cómo? Adentrándose en los colectivos humanos para hacerlos rivalizar con Dios.

Tras el contacto con la cultura asirio-babilonia, el pueblo elegido fue depurando su forma de personificar el mal. Y fue entonces cuando surgió la figura de «satán» (=adversario), el cual se suponía catalizar todas las fuerzas opuestas a Dios. Y así fue elaborándose una doctrina de cuño dualista, que cada vez realzaba más el antagonismo entre el principio del bien y el principio del mal. «,Satán» -los griegos le darían el nombre de «diabolos» (=calumniador)- catalizaba cuantos poderes caóticos trataban de destruir el orden fijado por Dios.

La religión bíblica siempre suscribió que algún día se pondría fin al imperio del diablo. Cierto que para ello se intuía inevitable un combate descomunal donde el ejército divino (=ángeles) se enfrentara al poderío del mal (=demonios). Ahora bien, los demonios ¿cuándo cesarían de hostigar a los humanos? Tal era la pregunta que los creyentes no cesaban de formularse.

Los profetas saldrían en su ayuda elaborando una doctrina esperanzadora que conectaba la desvitalización del diablo con la llegada del mesías. Pues bien, al mismo esquema se ajusta Jesús. Basta familiarizarse con algunos relatos evangélicos para constatar con qué brío se enfrenta a los demonios. Cierto que la ciencia actual explica muchas posesiones demoníacas como simple expresión de dolencias físicas. Pero el hombre antiguo, envuelto en un halo mítico, era incapaz de entenderlas igual.

Por eso la actuación de Jesús cuando se enfrenta a los demonios viene interpretada como una ayuda divina, cifrada en afianzar el poderío del bien. Sólo así podría optar el hombre a su dicha plena, la cual exigía derrocar de antemano el poderío del mal. Siendo el hombre incapaz de lograrlo, se sabía necesitado de una excepcional ayuda de Dios. Sólo él podía quebrar la fuerza del diablo.

Dios actúa una vez más a través de Jesús. Cuando él se enfrenta a personas poseídas por los poderes caóticos, hace que los demonios retrocedan, menguando su influjo en el mundo. Ahora bien, tanta energía no es patrimonio de simples hombres. Por eso el proceder de Jesús, visto desde una óptica de fe, invita a descubrir en él la presencia de ese Dios cuya ayuda siempre esperaron los creyentes.

Para que la divinidad se enfrente al imperio del diablo, es preciso que se adentre en el mundo de los hombres. No en vano es en él donde trata de imponer su ley, siendo el pecado quien le abre las compuertas. De ello se infiere que el influjo de los demonios deja sentirse en cuantas personas comparten vivencia pecaminosa. Tras todo endemoniado se supone esconderse el pecado. ¿Cómo librarse de su influjo nefasto? Dios nos brinda la respuesta en Jesús.

El Dios de Jesús arremete, por tanto, contra esas fuerzas negativas que privan al hombre de paz. Y ello le exige entablar un combate directo. Al ser éste inviable desde su mansión celeste, la divinidad se sabe obligada a actuar en un plano netamente humano. Para ello decide encarnarse en Jesús. Éste, actuando de forma tan contundente, permite descubrir la presencia divina en esa lucha contra el imperio del mal que el mito personificara en el diablo. Él y sus demonios se hallan abocados a la aniquilación. Así lo testifica la actuación de Dios en Jesús.

Jesús proclama, por tanto, con hechos más que con palabras, la estrategia de la divinidad, dispuesta a afrontar uno de los más candentes problemas de cuantos acucian a los humanos. Y, derrocando el imperio de «satán», afianza la presencia del bien, con el orden que éste conlleva. ¿No suspiró por ello el hombre desde que se supo a merced del pecado? Pues bien, el Dios que actúa en Jesús se antoja su gran solución. Sólo un estúpido puede mostrarse impávido ante tanta generosidad por su parte.
 

5. El Dios que quiebra el poder de la muerte

La tradición cristiana, arrancando del mito bíblico, ha esbozado una sugestiva doctrina en torno a la inmortalidad del hombre si éste no hubiera rendido culto al pecado. Tal doctrina ha de verse como válida una vez que el pecado hizo su presencia en el mundo desde los albores de la humanidad.

Sería, no obstante, difícil suscribir que, en el supuesto de no existir el pecado, se hubiera visto el hombre liberado de la muerte biológica. Ésta viene postulada por las leyes de la caducidad que desde siempre han regulado la andadura humana. La inmortalidad, tal como la entiende la tradición bíblica, ha de verse más bien como exención de cuanto conlleva caos. El hombre, de no activar el pecado, hubiera trocado su «más acá» (caducidad) por su «más allá» (plenitud) sin pagar tributo al óbito. Siendo así, su cambio de situación vivencial habría de verse, no como muerte, sino como tránsito a la plenitud.

Sin embargo, la experiencia atestigua que toda persona, sin que importe su postura individual, acaba sumiéndose en ese mundo tenebroso que la doctrina bíblica asocia sin más con la muerte. Ésta pierde su perspectiva de tránsito para adquirir rango de fin. Con ella se termina, en efecto, la trayectoria existencial de cada individuo. Pero, lejos de adentrarse en la plenitud, se supone sumido en el mundo de las tinieblas (=«sheob) donde la muerte impone su ley. Queda, por tanto, a merced de las fuerzas negativas. ¿Para siempre? No. La religión bíblica, avivando la esperanza, invita a suspirar por el momento en que Dios ponga fin a tan triste situación.

Ello parecía exigir que la propia divinidad penetrara en los dominios del «sheol» para liberar de sus redes a cuantos en vida le permanecieron fieles. Cierto que tampoco ellos quedaron inmunizados contra el virus del pecado. Mas éste no tuvo fuerza para apartarlos de Dios. Y es su fidelidad el mejor aval de esa ayuda divina que la doctrina bíblica asocia con el imperio de la muerte.

No obstante, al poner en pie tal doctrina, se vio claro que la divinidad no podía hollar las lindes de ese temible «sheol». Y es que, siendo fuente de luz, ¿cómo suponerla inmersa en la tiniebla? El tema debía ser planteado, pues, en términos distintos. Y así trataría de hacerlo el profetismo esbozando, al respecto, su doctrina sobre la intervención del mesías. Una vez más se ponía en evidencia que la acción divina a favor del hombre iba a realizarse en tan singular enviado.

La fe cristiana jamás ha dudado que tal enviado deba descubrirse en Jesús. Éste, aunque en contadas ocasiones, se supone devolver la vida a personas atrapadas por la muerte. Quizá esos portentos se rigen por coordenadas donde no prima el historicismo. Mas en todo caso ponen de relieve cómo la acción que Dios lleva a cabo en Jesús ahuyenta el poder de la muerte. Y si ésta retrocede ¿por qué no suspirar por una plenitud en la que sólo tenga acceso la vida?

No puede negarse el potencial catequético de esas sorprendentes actuaciones de Jesús. Todas ellas claman por la primacía de la vida, tal como lo exigió desde un principio el designio de Dios. Su obra creadora ha de verse, en efecto, como pura expresión de vida. Siendo así, la muerte por fuerza ha de conectarse con el pecado. ¿Cómo olvidar que el hombre antiguo daba a todos los eventos una interpretación religiosa? Así lo exigían sus módulos míticos de expresión. No estaba en condiciones de brindar explicaciones razonables a fenómenos que él se confesaba incapaz de controlar. Y, entre ellos, se incluía obviamente la muerte.

La fe del hombre en la divinidad, vista como fuente de luz y de vida, exigía suscribir que su obra no podía quedar a merced de la tiniebla y la muerte. Cierto que ambas clamaban por sus fueros en la historia humana. No obstante, por fuerza debería llegar un momento en que la luz y la vida impusieran su ley en el mundo. Tal meta el hombre solo se sabía incapaz de alcanzarla. Por otra parte sin ello ¿podía ser en verdad feliz?

Sólo le cabía suspirar, pues, por el momento en que la divinidad decidiera plantar cara al poderío del mal. Y tal es sin duda lo que no cesa de hacer Jesús. Tiene incluso la osadía de retar a la propia muerte. Y cuando decide hacerlo, siempre sale triunfador. Por eso sus portentos se erigen en testimonio de esa ayuda divina que el ser humano siempre confió recibir. Ignoraba el modo, pero sin dudar jamás el hecho.

Al quebrar el poder de la muerte, Jesús proclama la más drástica actuación de Dios. Éste, siendo fuente de vida, clama por la hegemonía de la positividad. Sólo ella puede librar al hombre de ese complejo entramado que desde su origen no cesa de urdirle el pecado. El triunfo sobre la muerte habla del incontenible poder divino. Mas éste ¿acaso no actúa a través de Jesús? Tal realidad, incontestable desde la fe, invita a «palpar» la cercanía de Dios. Tan próximo lo sabe el hombre que puede verlo en Jesús. Un dato más para avalar la humanización de esa divinidad cuya ayuda tanto precisamos.
 

6. El Dios que sublima la ley

Siempre se había creído que, para satisfacer a los dioses, era imprescindible observar sus ordenanzas. El hombre desde sus mismos orígenes se mostró dispuesto a acatar el designio de Dios, el cual se suponía vertido en leyes y preceptos. Idéntico sentir sería obviamente compartido por los israelitas. Éstos, tras librarse del cautiverio egipcio, se adentraron en el desierto con la esperanza de obtener su libertad. ¿No se cifraba en ella el designio de Dios? Mas para alcanzar tan sublime meta, antes debían superarse un sinnúmero de obstáculos.

El pueblo israelita recibió un balón de oxígeno al sellarse el pacto del Sinaí. En virtud de tan retadora alianza, se suponía contar con más sólidas garantías. Se sabía, en efecto, capaz de entablar diálogo con su Dios descubierto a través de la ley. Ésta convicción no cesó de echar raíces en su conciencia colectiva. Tanto que, con el paso de los siglos, llegó a convencerse que sólo podía relacionarse con la divinidad cumpliendo cuanto ella le ordenaba.

Tal porte no cesó de activar el legalismo. Cierto que fue combatido por los profetas. Pero en vano. De hecho, cuando un pueblo se obsesiona por la ley, es casi imposible romper su inercia. Ello explica que la ortodoxia judaica se aferrara a la observancia. Trató, en efecto, de convencer a los creyentes que su destino dependía de cumplir cuantas normas configuraban la legislación mosaica.

Bastaba, no obstante, fijarse en el comportamiento de cada creyente para comprender que nadie observaba íntegramente la ley por más que ardiera en ansias de hacerlo. Se lo impedía su pequeñez que el pecado cercenaba de impotencia. ¿Qué hacer? En muchas ocasiones el pueblo estuvo el borde del desencanto. Sobre todo al acosarlo la adversidad. Sin embargo, a la postre siempre terminaba apostando por la esperanza.

Albergaba la ilusión de que Dios irrumpiera algún día con tal vigor en la historia que, vitalizando a los creyentes, les ayudase a cumplir la ley. Y es que sólo así podrían ser plenamente felices. No resultaba difícil intuir que todo ello se haría realidad al hacer su presencia el mesías. Pues bien, Jesús no defraudó sus expectativas. Al contrario, les infundió un impulso tan novedoso que sólo las personas sin prejuicios lograrían comprenderlo.

Jesús conecta la realización del creyente, no con el simple cumplimiento de normas y leyes, sino con la plena vivencia del amor. Y para dar forma a este enfoque apela no tanto a las doctrinas teóricas cuanto a la praxis concreta. Ésta atestigua que, al exigirlo la necesidad de las personas, jamás duda en transgredir la ley. Ello evidencia que, a los ojos de la divinidad, los individuos son más importantes que las normas y los preceptos. Encuadre tan novedoso ¿podía no resultar retador?

Así ocurrió en verdad. Sólo que, para asir el sentido de tan interpelante praxis, era imprescindible modificar la concepción tradicional de Dios. Éste quedaba vinculado, no con la ley, sino con el amor. Para evidenciarlo, Jesús no duda en asumir portes que lo proclaman trasgresor con el consiguiente escándalo de puritanos que pretendían activar la observancia, presentándola como vehículo de realización. Y al propio tiempo se afanaban por suscribir que tal era el designio de Dios.

Jesús, rompiendo moldes, invita a descubrir en su proceder la presencia de una divinidad que se resiste al encasillamiento. Ninguna normativa tiene fuerza para estrechar nexos con lo divino. Así lo demuestra su praxis, pues en ella las personas reivindican inapelable protagonismo. Jamás un ser humano se había comportado así. Por eso nuestra fe nos invita a descubrir la acción de Dios en el porte de Jesús. ¿Cómo explicar de otro modo que se sitúe por principio en un plano donde sólo prima el amor?

La humanidad dispone, gracias al Dios que actúa en Jesús, de criterios novedosos cara a configurar la realización de quienes la integran. Caen así por tierra las concepciones tradicionales de una divinidad anclada en criterios de ley. Jesús nos invita a descubrir un Dios tan caliente que se expresa en puros términos de amor. Por eso no importa quebrantar la ley con tal de ayudar al hombre. ¡Exigencias de un amor hecho vida en la actuación de Jesús! En ella puede el creyente descubrir la acción de Dios que le invita a liberarse de todo condicionante legal. Sólo siendo plenamente libre, se puede ser en verdad feliz.

Resulta por otra parte hechizante constatar que toda la experiencia religiosa de la humanidad había asociado la perfección con la observancia. Tal porte evidencia cuánto le cuesta al hombre fiarse de Dios. Prefiere el aval de su propio esfuerzo. Y ello, en el fondo, ¿no transpira arrogancia?

Así nos lo demuestra el quehacer de Jesús. Los humanos jamás lo habríamos sabido, si Dios no nos lo hubiera mostrado en él. ¿Cómo no vibrar de emoción sabiéndonos agraciados así por esa divinidad humanizada?
 

7. El Dios que invita a vivir

La suprema aspiración del hombre siempre se ha cifrado en vivir. Los relatos míticos de los orígenes sugieren que el pecado se adentra en el mundo porque quienes en él moran muestran un absurdo afán de trocar en divina su vida humana. Y ello no puede sino contrariar a Dios. Sin embargo, el hombre siempre ha luchado con denuedo por conservar su existencia. Tanto que la experiencia religiosa se resiste a considerar la muerte como simple término de su andadura personal.

Ello se ha traducido en un afán de seguir viviendo en el «más allá». Tal anhelo, traducido a doctrina, serviría para avivar las ilusiones del pueblo bíblico y darle fuerzas cara a afrontar sus adversidades. Albergaba, en efecto, la esperanza de que su vida seguiría activándose tras hollar el umbral de la muerte. Ahora bien, ¿cómo será la existencia en el «más allá»? Nadie ha sido capaz de despejar tal incógnita. Ello no ha impedido, sin embargo, que las distintas religiones se apresten a clarificar tan confuso horizonte.

La religión bíblica esbozó desde el principio una fascinante doctrina sobre el valor de la vida. Ésta era vista como el mayor don de Dios. Tanto que la muerte carecería -así se pensaba- de poder para truncarla. Todo creyente debía saber que sigue subsistiendo en un «más allá» donde no tiene acceso la caducidad. Ahora bien, su disfrute estará en relación con el caudal de vida acumulado en el «más acá». Dicho en términos modernos: ¡el cielo se gana en la tierra!

Esta convicción tuvo fuerza para estimular a cuantos, proclamándose creyentes, se esforzaban por ajustarse a los designios de Dios. No obstante, la vida plena siempre estuvo cuajada de incógnitas. Y no podía ser de otra forma al asociarla con el «más allá». Pues bien, la expectación religiosa del hombre bíblico no cesaba de pedir a Dios que le desvelara los enigmas de esa vida cuyos horizontes no conseguía fijar.

Una vez más las ilusiones del pueblo apelaron al futuro en busca de solución. Y así se reactivó su esperanza, pues su vivencia religiosa le garantizaba que algún día iba a colmar Dios tan comprensible inquietud. Para ello era preciso fijar las lindes de esa vida que, cercenada en el «más acá» por las leyes de lo caduco, se aspiraba a disfrutar sin condicionantes al hollar el «más allá». Vivir sí, pero ¿cómo? Esta pregunta sacudió durante siglos las conciencias de los creyentes.

Quien analiza de cerca la oferta que Dios nos brinda a través de Jesús, tarda poco en comprobar cuán orientadoras resultan sus directrices. Y, sobre esta temática concreta, nada ayuda tanto como el encuadre del cuarto evangelio. En él Jesús conecta la vida plena también con el «más acá». Para lograrla basta activar a fondo los resortes de la fe. No puede ser más explícita, al respecto, la siguiente declaración: «Quien cree en el Hijo tiene ya la vida eterna; pero quien no lo acepta no tendrá esa vida, sino que la ira de Dios caerá sobre él» (Jn 3,36).

Así es como la fe queda convertida en aval de plenitud. El hombre siempre había pensado que para conseguirla precisaba infiltrarse en el mundo de los dioses; o cuando menos ejercer de héroe cumpliendo con meticulosidad lo que ellos le ordenaban. Pues bien, Jesús rompe todos esos esquemas, mostrando que sólo la fe tiene fuerza para activarla. Más aún: el creyente puede disfrutarla también en el «más acá».

Este planteamiento resulta tan novedoso que el ser humano apenas lo consigue asir. De hecho, tras veinte siglos de cristianismo, ¿acaso no seguimos relegando la vida plena a los arcanos de la eternidad? Y, sin embargo, Dios se dignó revelarnos, a través de Jesús, que tan codiciada meta puede alcanzarse ya en este mundo. Para ello no es preciso apostar por los heroicismos; basta avivar con brío el potencial de la fe.

Debe consignarse, no obstante, que la fe tal como la exige Jesús no se asienta sólo en la mente. Debe adentrarse también en la vida. Es creyente, no quien dice aceptar las doctrinas, sino quien vivencia su contenido. Vivir y creer se erigen, pues, en dos aspectos complementarios de una misma realidad. El hombre nunca habría imaginado así de fácil colmar tan profunda inquietud. Para ello precisó una excepcional ayuda divina. Cierto que Dios se la venía reiterando en el curso de la historia. Mas era tal su obstinación que no se atenía a las razones divinas.

Fue, por ende, necesario que Dios mismo viniera a mostrárselo. ¿Cómo? Haciéndose hombre en Jesús. Por eso cuando él estrecha los nexos entre la vida y la fe, no hace sino revelarnos la gran oferta divina. ¿Cómo ignorar, en efecto, que Jesús vive antes cuanto proclama después? Cierto que en sus discursos no duda en conectar la vida plena con la total confianza en él. Mas ¿cómo avivar una fe así? El ser humano está harto de proyectos para vivenciar las doctrinas. Pues bien, tal es lo que se digna hacer Dios en Jesús. Éste avala con su vida cuanto se apresta a proclamar.

¿Cómo descubrir, pues, en su forma de comportarse la presencia de ese Dios que el hombre siempre creyó tan distante? Con Jesús experimentan un cambio tan drástico sus nexos con lo divino que, para relacionarse con Dios, no es preciso hollar el «más allá». Puede lograrse también en la vida presente. ¿Cómo? Muy sencillo: encarnando el ideal que proclama Jesús. Y éste, viviendo cuanto predica, no cesa de ofrecernos una visión novedosa de Dios. Tanto que todo creyente puede dimensionarse con él compartiendo sus vivencias.

Reto tan señero por fuerza ha de interpelar a cuantos, ejerciendo de creyentes, suspiran por infundir a su vida proyección de plenitud. Dios se ha dignado mostrarnos que, para lograr tal objetivo, no es preciso asumir portes heroicos. También puede conseguirse desde el plano de la normalidad. El Dios de Jesús sólo exige regir la vida por coordenadas de fe. Quien tal logra, transpira ya plenitud en la propia caducidad. Y ello le permite romper la barrera que, desde siempre, se suponía separar lo humano de lo divino.


 
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