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Altar Mayor - Nº 87 (02)
Viernes, 25 julio a las 19:48:15

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

Fundadores de Europa (1)
PREÁMBULO
Por Luis Suárez Fernández - Catedrático

En torno al año 580 de nuestra Era actual coincidieron en Constantinopla dos hombres cuyo trabajo vendría a resultar decisivo en la construcción de esa forma de ser y de vivir que llamamos «europeidad». Ambos tenían experiencia directa de la vida cenobítica. Uno, Gregorio, procedía de Italia y el Papa Pelagio II le había pedido el esfuerzo de abandonar su monasterio -en realidad su casa en Celiomonte- para que sirviera de embajador ante el emperador Tiberio Constantino y le explicara las difíciles circunstancias en que los invasores lombardos ponían a Italia, singularmente en lo que se refería a la independencia del Pontificado. El otro era Leandro, arzobispo de Sevilla, cuya familia, romana, había preferido abandonar Cartagena, su solar, para no someterse al régimen militar que Justiniano allí había impuesto. La razón del viaje era otra: Hermenegildo, hijo del rey godo arriano Leovigildo, había pasado a la fe católica y se hallaba en rebelión contra su padre, que defendía el arrianismo como signo de identidad.

Ambos compartían el ilustre origen social enraizado en la gloria de un pasado inmediato: grandes riquezas, inteligencia, educación muy cuidada, noble apariencia, aquella que corresponde a la aristocracia senatorial y hasta posibilidades de un poder político. Y a todo habían renunciado para responder a la llamada de Dios de un modo muy diferente a la del joven rico de la parábola evangélica. Las señales de Dios no suelen ser contundentes e irresistibles sino llamadas que obligan a una lucha interior hasta tomar la decisión definitiva. Ambos lo hicieron a su debido tiempo, intensificando estudio y oración, como nos revela después la correspondencia literaria. Tenían que prepararse con intensidad pues no hay servicio más alto que el del Señor.

No sabemos la edad que tenía San Leandro. Gregorio contaba cuarenta años cuando fue ordenado sacerdote por el Papa, un poco contra su voluntad porque hubiera preferido gastar sus días en él cenobitismo que abrazara con muchas otras personas de igual procedencia. Pero obedeció las órdenes que se le daban: era importante explicar al emperador los cambios que en Occidente se habían producido. Enterrado el sueño de Justiniano había que contar con los nuevos poderes germánicos que se consolidaban. Y, junto a él, aparecía ahora Leandro que venía del más importante de estos reinos. Ni uno ni otro podían tener noticia de que, por los alrededores de la Meca correteaba entonces un niño de poco más de diez años, Qotham Ibn ‘Abd-Allah, a quien conocemos hoy por Muhammad, que significa «el Alabado».

Gregorio se había hecho acompañar de un puñado de monjes para seguir haciendo, en la muelle Bizancio, la misma vida austera y cenobítica. De esto se benefició Leandro. Entre uno y otro, paseando por los grandes y enlosados pasillos del palacio que llamaban Blanquerna, nació una profunda amistad que habría de prolongarse hasta el fin de sus vidas. La vasta colección de cartas del Papa, que se ha conservado, apenas permite dudas. El monje que, muchos años más tarde, iluminó el Códice Vigilano, quiso representarlos, frente a frente, en animada conversación. Y una leyenda medieval nos dice que la imagen que hoy aún se venera en Guadalupe, pintada por el evangelista San Lucas, que conoció directamente a María, fue un regalo que pudo hacer Gregorio, en Constantinopla, a su amigo.

¿De qué hablaron, en sus largos paseos por las antesalas bizantinas, o en sus encuentros con el patriarca Juan, conocido como «el Ayunador»? Tenían muchas coincidencias que facilitaban el entendimiento: los dos eran romanos y de noble linaje y hablaban sin defectos el latín, aunque les era difícil entenderse con los griegos. Sin duda Leandro explicaría al futuro Papa cómo su familia, un cuarto de siglo atrás, había tenido que abandonar Cartagena buscando la libertad que ofrecían los godos y no los bizantinos. A estos príncipes -noble Hermenegildo, que moriría mártir por la fe, y su hermano Recaredo que acabaría imponiéndola- correspondía el futuro. Bastaba con que la Iglesia pudiera disponer de un puñado de santos en el lugar oportuno para que todo cambiase. El tiempo de Roma ha pasado. Y para construir el futuro es necesario también fomentar el conocimiento y la conducta. Dos libros nacieron a instancias de Leandro, en la pluma de Gregorio: las Moralia, que son un Comentario al libro de Job, y que el autor dedicó expresamente a su gran amigo, y la Regula pastoralis enderezado a establecer la disciplina entre los eclesiásticos. De todo esto se beneficiaría luego el hermano más joven de Leandro, Isidoro, destinado a convertirse en luz de Occidente.

Naturalmente uno de los temas principales de su conversación hubo de ser la Regla de San Benito de Nursia. No hacía mucho que Monte Cassino fuera arrasada por los lombardos. De ellos tenía que tratar Gregorio con Tiberio II y con su sucesor, Mauricio. Pero el futuro Papa había vivido, en Roma, bajo la influencia decisiva de aquellas normas y de aquella vida cuyo conocimiento se proponía difundir. El convencimiento de ambos iba orientado decisivamente en dicha línea: el monaquismo indicaba el futuro de la Iglesia. Y en esto coincidían orientales y occidentales: sin modelos eficaces para la vida de perfección las perspectivas de progreso, en aquellas difíciles circunstancias que estaba atravesando Europa, se presentaba muy problemático.

Beda, a quien llamamos el Venerable, hombre de Dios, que escribió la primera Historia de Inglaterra, recoge una bonita leyenda. La verdad de los datos no impide que se recoja un estado de conciencia. Antes de que emprendiera su viaje a Constantinopla, paseaba un día Gregorio por el mercado de Roma cuando vio que estaban vendiendo a unos esclavos jóvenes, muy bellos, rubios y de ojos azules. Preguntó al mercader: -qui sunt?; y le contestaron: -sunt angli, domine. Pero entonces, revolviendo el argumento, él replicó: -non sunt angli, sunt angeli, es decir no anglos sino ángeles. Se dispuso a comprarlos para hacer de ellos hombres, monjes y apóstoles mediante los cuales pudiera emprender la conversión de la gran isla de Inglaterra. Cuando les preguntó por el nombre de su país y le dijeron que era Deira, pudo tomarlo como una invitación: «De ira Domini» debían ser arrancados los anglos para llevarlos a la fe cristiana. El viaje a Constantinopla le había impedido cumplir este sueño.

En lugar de las brumosas y mágicas tierras de la dulce Inglaterra contemplaba ahora las orillas del Bósforo y las cúpulas doradas de aquella catedral para la «nueva Roma» que se hallaba bajo la advocación precisa de la Santa Sabiduría. Pero el proyecto no iba a ser nunca olvidado si bien era el misterioso designio de Dios el que había decidido encaminar sus pasos por otro sendero, aquel que recorren los Vicarios de Cristo. Y el año 590, muerto Pelagio II, el pueblo romano, sin guardar las formas, en clamor popular le obligó a aceptar la tiara. No quiso cambiar de nombre. Iba a ser el primero de los Gregorio y, por añadidura, el Magno. Estamos ante la fecha capital para la Historia de Europa.

No estamos en modo alguno seguros de que sea correcta la atribución del que ahora llamamos canto gregoriano, aunque es evidente que Gregorio, que se sentía ante todo monje, quería que se diese especial importancia a la liturgia y, en consecuencia, a la música que debía acompañarla, viniendo del interior de los propios textos e integrándose así en la oración. Cada vez que en Silos, en Solesmes, en Monserrat o en Cuelgamuros, la escolanía canta ese ritmo monocorde, está, sin apercibirse de ello, rindiendo homenaje a la memoria de uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta Europa.

Pues Europa, un nombre que emplea precisamente Beda para designar a esas cinco naciones que forman la Cristiandad latina, es una herencia del Imperio romano, después de que hubiera abrazado su nueva fe. Teodosio había tenido que reconocer la existencia, de dos partes, latina y griega, que previamente Diocleciano dividiera, de acuerdo con profundos rasgos nacionales, en diócesis. De las seis asignadas a Occidente una, África, que a principios del siglo IV parecía destinada a un porvenir brillante -patria de San Agustín- se perdió desde el momento en que los vándalos se instalaron en ella. Y en las otras cinco se da el hecho sustancial de que sólo dos conservaran el nombre y, con él, predominio de la romanidad. Pues otras tres pasaron a recibir el de sus conquistadores germanos.

En 1924 Paul Valery ya definía Europa como la confluencia de tres elementos: romanidad con su espíritu jurídico, religioso y militar; helenismo que nos dio la disciplina del espíritu, el ejemplo de la búsqueda de la perfección en todos los órdenes; y cristianismo que completa el ius al unificar la moral y decidir que a ella tiene que someterse el derecho. Son estas tres condiciones las que explican que Europa haya podido colocarse a la cabeza del mundo. Y en poco más de tres siglos cuatro altas figuras, operando como cabezas de un vasto movimiento que llamamos monaquismo, aunque sus dimensiones son amplisimas, pusieron las bases sólidas y suficientes para que, sobre ellas, pudiera levantarse, sin peligro, el edificio de la «europeidad». Nos estamos refiriendo, para guardar un cierto orden cronológico, a Benito, Gregorio, Isidoro y Bonifacio, sin los que la cultura europea se torna en realidad incomprensible.

Hablamos de un tiempo en que se invierten los términos. Desde el 529, clausurada oficialmente la Escuela de Atenas, Justiniano había prohibido el paganismo. También los judíos estaban perdiendo su calidad de «religio licita». Los cristianos, especialmente en los niveles más bajos, se estaban convirtiendo de perseguidos en perseguidores. Esta circunstancia podía borrar o alterar seriamente el cambio esencial, como señala bien Héléne Ahrweiler: la conquista de la igualdad entre los hombres que responden a un mismo origen y se encaminan hacia una misma meta. Era imprescindible que algunas mentes especialmente dotadas emprendiesen la tarea de lograr la asimilación entre los tres vectores proponiendo un modelo de hombre capaz de construir el futuro.


 
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