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Altar Mayor - Nº 87 (01)
Viernes, 25 julio a las 19:50:11

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

ESTA DEMOCRACIA
Por Emilio Álvarez Frías

¡Jesús, qué cosas hacen y dicen los políticos! Todo, claro está, por el pueblo que les ha votado y al que representan, por el «ciudadano» que les ha dado su confianza para que hagan lo que les venga en gana sin obligación alguna de dar cuenta de sus compromisos, de sus actitudes, de sus decisiones, de sus posturas, de la forma en que se manifiesta en todos los órdenes, de los insultos que profiere a quienes no están de acuerdo con ellos,...; es decir, que haciendo uso del cheque en blanco recibido de los «ciudadanos», los políticos pueden obrar como gusten en su nombre. O, invirtiendo la acción, que pueden robar libremente, con lo que también roba el ciudadano; que puede insultar, con lo que también insulta el ciudadano; que puede cometer perjurio, o cohecho, o equivocarse, o disfrutar, o pactar con quien quiera, con lo que también lo hace al mismo tiempo el ciudadano ya que su representante ha actuado en nombre de él, del ciudadano.

Pero, ¡oh, Señor!, si el político se sale de la línea que marca el partido por intentar actuar de acuerdo con lo que le dicta su conciencia o ha prometido al ciudadano, se da la paradoja de que el partido que le ha incluido en la lista votada por el elector actúa contra él «por respeto al ciudadano». ¡Qué barbaridad! En ese momento no es el político elegido por el ciudadano el que tiene su representación sino que ésta ha sido asumida por el partido político. Estamos diciendo que no es que el político en cuestión se aparte de la moral, la honradez el bien de la nación que son todos los ciudadanos, etc., no, en absoluto; de lo que se aparta es de lo que le conviene al partido para imponer sus objetivos, defender sus intereses particulares, sus cambalaches, no los del ciudadano.

Ahora ha surgido el escándalo en las filas del PSOE de la Comunidad Autónoma de Madrid porque dos de sus miembros han decidido, en un momento determinado, no otorgar el voto a su jefe de filas. No vamos a entrar en dimes y diretes al respecto ya que no es nuestro propósito en este comentario. Lo que intentamos decir es que la democracia que nos hemos dado no es la más saludable por mucho que todos los políticos se empeñen en su defensa y, como recordatorio, la tengan continuamente en la boca usando el vocablo en cualquier momento con aplicaciones de lo más variopintas y como garantía de quiénes son los buenos, quiénes no y quiénes los excelente.

Decididamente esta no es una democracia que pueda llenarnos ya que para lo único que sirve es para elegir a unos «representantes del pueblo» que no tendrán obligación alguna de dar cuenta de la gestión que desarrollan. Es decir, que es un remedo de democracia utilizada para la elección de una autocracia de partido, lo que es un sin sentido, un puro desatino.

La razón aludida en un primer momento por los disidentes socialistas madrileños tenía coherencia: no conceder «carteras» a otro partido cuyos objetivos no son los mismos, no someterse a chantaje para poder gobernar por alcanzar así la mayoría suficiente, etcétera. Repetimos que no nos interesa lo que mantuviera el político disidente, pero lo tomamos porque nos parece que es la postura lógica del político que ha recibido un mandato de acuerdo con el programa ofrecido al elector y quiere hacer honor a su compromiso. Al menos esa es nuestra opinión, ya que sostenemos que es inmoral que por apaños de conveniencia no gobierne quien más votos ha concitado y que, precisamente el enano en los resultados sea quien ponga las condiciones y se alce con el liderazgo del «respeto al ciudadano».

Vivimos en un mundo necio y disparatado.

Y porque así lo pensamos no tenemos más remedio que declarar que abominamos de esta democracia, que consideramos es necesario cambiar este sistema partitocrático en el que no es posible disentir de lo que se decide en la cúpula, que el hombre-político debe ejercer su opinión, que al ciudadano no se le ofrece opción de conocer los actos de quien detenta su representación, que al hombre-ciudadano se le impide pensar pues es manipulado por la propaganda y dirigido hacia decisiones preestablecidas.

¿Es que no hay pensadores que investiguen sobre nuevas formas de gobierno, sobre ajustes en los sistemas? ¡Claro que sí! Pero son silenciados. Los historiadores honestos suelen ofrecer un panorama sugerente y claro de qué ha sucedido en tiempos pasados para que se puedan sacar enseñanzas que lleven al encuentro de nuevas formas; los filósofos analizan la evolución de las ideas cribándolas adecuadamente para separar la ganga de lo aprovechable; los antropólogos observan el comportamiento de los hombres, comparan hechos y determinan en qué situación reacciona de una u otra forma y se comporta adecuada o inadecuadamente; los expertos en las formas políticas saben cómo se han conducido los humanos en diferentes momentos y sugieren cuál debe ser lo más adecuado en cada tiempo;... ¿Es que no hay pensadores que digan que la forma política que padecemos está obsoleta, anclada en un pasado que se empeñan en mantener los que de ello se benefician?

Si los investigadores en otras ramas de la ciencia nos ofrecen cada día el resultado de su paciente búsqueda, ¿cómo no es posible avanzar un paso en las ideas?

No es lógico mantener una ley electoral como la actual en un tiempo en el que se habla de libertades negando la libertad de la persona a pensar y a decidir a quién concede su confianza, por qué lo hace y qué espera de ella.


 
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