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Altar Mayor - Nº 88 (12)
Domingo, 19 octubre a las 12:01:32

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

TELEBASURA Y PRENSA DEL CORAZÓN
Por Juan Mayor de la Torre

Hace un par de meses la revista Alfa y Omega, de la que soy asiduo por considerarla la mejor si no la única revista de información católica, se ocupó de un tema destacado por su popularidad y actualidad: la llamada «Telebasura» y sus variantes de la calificada «prensa del corazón». Un asunto de aparente intrascendencia pero de singular importancia social. Llamaron mi atención dos citas oportunas que denuncian la reflexión que asumen al respecto los cultivadores y beneficiarios del abyecto género: la cita de mi viejo amigo y compañero en la docencia el Profesor José Altabella y la del titular de Filosofía moral en la Universidad de Salamanca, Profesor Bonete Morales. El primero, Altabella, de añorada memoria, cita a Sócrates que desnudaba a «los vanidosos que se valían de aquella publicidad para crearse su propio reclamo». Eran los cimientos arcaicos de la que ahora se da en llamar prensa del corazón. El segundo recuerda a Lope de Vega cuando escribió, razonando el arte y método de la dramaturgia que «puesto que lo paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto», reflexión que anima tanta producción despreciable.

En cuanto a los contenidos que invaden los medios, sobre todo audiovisuales, se yuxtaponen y confunden causa y efecto: se programa lo que reclama el vulgo o este consume lo que se le da. Lo cierto es que, en mérito a cualquiera de ambos supuestos prensa, radio y televisión, sobre todo esta última, abundan progresivamente en programas circunscritos a noticias (reales o ficticias) escandalosas. Toda desvergüenza, infidelidad, amancebamiento, cirugía o aventura sexual dudosa, desdén de lo familiar o tradicional tienen cabida y, merced a la indolencia del espectador u oyente, alimentan sus record de audíencia. Hay desvergonzados que permiten que se airee su intimidad o la venden. Otros, deseosos de popularidad o dinero, se prestan a invenciones y montajes en cuyo fundamento no repara el espectador, ansioso por hábito de cualquier bazofia cada vez menos sorprendente. Pero las audiencias suben a medida que los medios bajan el listón del buen gusto. A más escándalo o vulgaridad más audiencia y por ello -ahí está el quid- la inversión publicitaria que los mantiene.

En tiempos existió una revista dedicada a los ecos sociales, Luna y sol, de la que las muchachitas de familia acomodada recortaban las fotos de su puesta de largo acompañadas de comentarios redactados por su propia familia; las parejas de apellidos más o menos sonoros las de su boda, y el resto de sus lectores degustaban todo ello con cierta envidia. Pero nada pagaba la revista por tales publicaciones; eran los festejados quienes pagaban su cara inserción. La subversión de procedimiento impuesta en la actual prensa del corazón y telebasuras, quizá nos lleve un día a que en vez de que sea la familia del muerto la que pague la esquela en el diario de su preferencia, llegue a pagarse a cualquiera, famoso o aspirante, por tolerar que se anuncie su óbito o que éste, natural, se noticie como suicidio que resulta más llamativo.

La novela rosa tuvo gran aceptación cuando sus lectores, sobre todo lectoras, y que me perdonen las feministas, las devoraban soñando idilios que no estaban a su alcance. Me resisto a pensar que ahora los teleespectadores sueñen ser los protagonistas de escándalos, reales o ficticios expuestos en la pantalla, el coloquio radiofónico o las páginas de una revista gráfica.

Ante la carencia de un necesario Consejo Audiovisual con facultad para encauzar los mensajes de los medios, hay quienes suspiran por la potenciación de asociaciones de teleespectadores. Creo que sus denuncias no valdrían de nada. Las productoras repetirán el «ladran luego cabalgamos». Y cuanto más denostados, mejor. La publicidad es su sustento y esta acude donde hay impacto sea del género que sea. Ahí radica la cuestión.

En otra publicación cuyo nombre siento no recordar, firmado por autor que también me pasó inadvertido, se afirmaba hace bien poco que una de esas asociaciones se dirigió a los industriales que se anunciaban en cierto programa televisivo escandaloso reconviniéndoles por la ubicación de sus anuncios. Me sorprendió que presumiesen haber tenido éxito en su ingenua gestión disuasoria. El anunciante, como es lógico, lo que busca es un imparto lo más extenso posible. Aseguraba el comentario que las firmas anunciantes retiraron de inmediato su publicidad excusando que «ellos pagaban el anuncio pero no sabían dónde lo iban a emitir». Esto es rigurosamente falso y si su ubicación fuese aleatoria tampoco podrían haber elegido otro programa al que cambiarlo. El anunciante paga por la difusión; paga más o menos según el programa en que se exhibe: a mayor audiencia mayor precio. Un anuncio en un partido de primera división es más caro que en uno de tercera. Son más caros el primero y el último de cada bloque, torta o ventana. Se paga más por un «spot» en un programa desvergonzado cuya audiencia está lamentablemente garantizada que en otro que divulgue el cultivo de la zanahoria. Luego, si la producción televisiva o radiofónica depende de la publicidad que permite mantenerla y ésta acude en función de los índices de audiencia, la conclusión es clara: lo único para borrar del mapa un programa indecente es ignorarlo. Bajar su audiencia.

Sé que lo que postulo es tan acierto como difícil. Nada optimista. Pero reconozca el lector que los programas desvergonzados, disolventes o rastreros, son objeto constante de las protestas acaloradas de quienes, a pesar de no gustarles, los miran y, además, los comentan. Ello eleva su audiencia y con esta se garantiza la aportación publicitaria que los mantiene. Son los propios oyentes o espectadores, cada día menos escandalizados, quienes con su atención, comentarios y críticas, fomentan lo que dicen detestar porque, realmente, rebaja la ética y la estética sociales de las que son parte esencial.

Los medios de comunicación se debaten entre dos extremos: autocracia o el empirismo. Optar por el segundo lleva a este círculo cerrado. Intentar la primera, además de imposible, llevaría a volver al control de cuando emitía una televisión única que, ahora, ha seguido dócil la pauta de las privadas para evitar -siempre lo mismo- perder audiencia cayendo así en su mercantil vulgaridad. Estos medios y su equilibrio de funciones: formar, informar y entretener, son reflejo de una sociedad laxa en exigencias morales. Viven en consonancia de las apetencias y el buen gusto de esa misma sociedad.

No creo pues en la existencia de una varita mágica o un conjuro para reformar la televisión o la radio a fin de que cumplan una mínima función instruidora y constructiva, sino en la formación recta o la recuperación de una sociedad consumidora dispuesta, no a criticar fomentándolo, sino a rechazar lo abyecto. No está el remedio en dedicar las conversaciones familiares o sociales al denuesto de lo que ven u oyen sino en ignorarlo. No mirarlo ni escucharlo.

La cosa viene de antiguo. Creo que en esta misma revista me permití exponer hace años, con motivo de alguna de las «Conversaciones en el Valle», un símil que osaré reproducir: Si hay tres restaurantes, todos con el mismo precio pero en uno de los cuales la comida es bazofia, lo absurdo será que acudamos obsesivamente a este, lo critiquemos constantemente, y volvamos a él una y otra vez.

Salvo en el caso excepcional de este artículo, me prometo a mí mismo no comentar siquiera su existencia y menos mirar o escuchar tales programas. Y si por casualidad, accidentalmente viese u oyese algún fragmento, cambiar de sintonía. Y si ello no me liberase de su proliferación, accionar el interruptor. Con mi cuota de publicidad que no cuenten.

En Altar Mayor se clama constantemente por la necesidad apremiante de rearmar nuestra sociedad, sus criterios y costumbres. Ese rearme moral es el único remedio, también en el caso de los medios de comunicación social; adelantos inefables pero que, como las drogas o los explosivos requieren uso adecuado y honesto. Lo demás es inútil, perjudicial bla bla bla.


 
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