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Altar Mayor - Nº 88 (09)
Domingo, 19 octubre a las 12:08:56

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

EVOCACIONES ARGENTINAS
Por Antonio de Oarso

No son derivadas de un conocimiento directo, pues nunca he visitado la Argentina. Sin embargo, ya de muy niño, y a través de la Revista Billiken, que llegaba de forma un tanto entrecortada a España, adquirí una especial inclinación a ese país. El nombre de Buenos Aires me seducía con ensoñaciones de libertad y vida pujante y nueva. En las páginas de esta Revista trabé mi primer conocimiento con el Superman de la América del Norte. Los colores de las distintas secciones eran de un suave tono pastel. También me encontré, para mi turbación y por primera vez, con muestras de animosidad hacia España. Se trataba de una página que narraba la historia de la independencia argentina. Los personajes españoles eran generalmente sombríos y crueles. Aún con tan pocos años, creí percibir que se trataba de una pintura comprensiblemente interesada. Los argentinos se estaban independizando y era natural que pensasen que se independizaban de algo malo. Más adelante comprendí que había algo más que esto.

Luego vinieron lecturas de «Hugo Wast». Recuerdo el día en que mi padre llegó a casa con el volumen de las obras completas de este escritor. A través de sus páginas, se renovó mi sugestión de tierras lejanas, libres y bellas, oreadas por un aire fresco y salutífero (Buenos Aires). Con una diferencia que entonces no tuve en cuenta. Wast no siente resentimiento hacia España. Al contrario, la elogia.

Un personaje de sus obras viene siempre a mi recuerdo: el sargento Chaparro. Metido de lleno en los avatares de la independencia, por la que lucha, era hombre acostumbrado a jurar. Pero, admirando la conducta de un cura español, amigo entrañable suyo, acaba siguiendo su costumbre de proferir uno de los loores de la Letanía a la Virgen en momentos críticos. Así lo hace también Chaparro a través de sus aventuras, dándose la circunstancia humorística de que las atribuciones virginales exclamadas siempre tienen alguna relación, siquiera lejana, con la situación sobrevenida.

Ahora, Hugo Wast, como Manuel Gálvez, Enrique Larreta y otros, está proscrito en Argentina. Los autores hispanófilos, católicos y tradicionalistas son despreciados comúnmente. Además, Hugo Wast demostró muy poca simpatía por los judíos en alguna de sus obras. Lo más a propósito para ser marginado.

Por aquella época estaban de moda en España las películas del cómico argentino Luis Sandrini. Que yo recuerde, este actor tenía mucha gracia, y sabía también componer muy bien momentos dramáticos. Era un gran actor. Exageraba el acento argentino y exprimía a fondo la expresividad de su rostro, provocando el regocijo. El acento argentino: para mí, el más agradable de los acentos hispánicos. Ya sé que a otros no les gusta. Pero no es mi caso.

A estas alturas de mi escrito, algún argentino, de la clase de los petulantes, podría decirme: «¿Y esa es la idea que tiene usted de la Argentina: Billiken, Hugo Wast y Luis Sandrini? Pero eso es de risa, che». De acuerdo, pero objetos y personas modestos pueden tener un gran poder de evocación, mucho más que el conocimiento a fondo de la economía y sociología de un país. Además, está el tango, otra de mis aficiones (no el baile, sino la música). ¿Tiene Argentina algo más expresivo de su ser que el tango? La melancolía, el aparente derrotismo del argentino, tan peculiares, están en el tango.

Algunos encuentran el origen de esta tristeza, de esta nostalgia, en la pérdida de identidad del hombre argentino producida por la inmigración masiva. Se lamentarían los argentinos de que una Argentina, sin duda idealizada por su imaginación, se perdió con la llegada de tanto extranjero. Una búsqueda de la identidad perdida estaría condenada siempre a contrastarse con la cruel realidad. Hay mucho de romanticismo en esta actitud.

Me aficioné más tarde a la colección de novelas policíacas «El séptimo círculo», editada por Emecé, de Buenos Aires. Creo que es la mejor colección de este género. La especial selección de títulos y autores apuntaba a un criterio muy estricto, definido, singular. En aquella época no me decía nada que en la anteportada de los tomos viniera escrito: «Colección dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares». Más tarde, cuando estos escritores adquirieron fama internacional, sobre todo el primero, y leí a Borges y algo de Bioy Casares, comprendí que aquella colección llevaba su impronta y que a ésta había que atribuirle su peculiar encanto.

Aparte de Borges y Bioy Casares, también leí a Julio Cortázar y Ernesto Sábato.

He citado a la clase de los petulantes. Cierto orgullo, cierta petulancia, son defectos bastante extendidos en los argentinos, lo que les resulta compatible (¿herencia hispana?) con el hablar constantemente mal de su país. Pero esto último ocurre de puertas adentro con preferencia. Ante el extranjero surge el orgullo. Es muy frecuente que desdeñen a España. ¿De dónde surge esto? De la época de las vacas gordas, de la época en que fueron una gran potencia económica, se desarrollaron y se europeizaron. De la época de las elites capitalistas liberal-conservadoras, que gobernaron el país desde la caída de Rosas y la Constitución de 1853, liberal y democrática, calcada del mundo anglosajón.

Estela Canto, en sus recuerdos de Borges, plasmados en Borges a contraluz, nos habla de las familias argentinas bien situadas de finales del XIX, para las que era obligada la visita a Europa. La visita a España era breve, pues no era de buen tono detenerse mucho tiempo «en aquél país tan pobre, comparado con la Argentina, tan rica» (¡qué dirían ahora!). Su destino preferente era París, al que deseaban imitar en todo, considerándolo el culmen del refinamiento. Tanto es así que quisieron hacer de Buenos Aires el París de América. Hasta un cierto grado lo consiguieron, pues la Argentina es el país más culto y refinado de Iberoamérica y esto irradia de la capital.

Pero ya en 1916, cuando llegó al poder Hipólito Yrigoyen, comenzaba a inquietar a los argentinos la cuestión de la identidad. Sentían que la iban perdiendo, debido a la enorme masa de inmigrantes que había llegado a su país y seguía llegando. ¿Surgió entonces la nostalgia del pasado, la melancolía que tanto caracteriza a los argentinos?

Podría hablarse de tres Argentinas: la que sucedió a la independencia y alcanzó hasta la Constitución de 1853, y que conservaba los valores hispánicos; la liberal, a partir de esta Constitución, despreciadora de lo hispano y elsalzadora de lo europeo y anglosajón; y la de la inmigración que desde 1880 fue inundando el país (y que en 1945 supo catalizar Perón). Estas distintas sociedades coexistieron y se mezclaron, y aún perduran en un conglomerado que elude simplificaciones. La petulancia surgió de la sociedad liberal y europeísta, y no sé si algo contaminó al resto.

Ya se sabe que del refinamiento a la cursilería sólo hay un paso. Y si los franceses algunas veces lo dan, qué me dirán de los argentinos. Borges no era un afrancesado. Su inclinación era hacia lo inglés. Una de sus «boutades» consistió en decir que había comprobado que El Quijote ganaba bastante en una traducción al inglés que había leído. Cuando le recordaron esto al escritor Javier Pérez Reverte, dijo: «Borges era algo gilipollas». Es una forma de hablar. Yo aprecio a Borges, pero entiendo a Pérez Reverte.

La última impertinencia proveniente de un argentino infatuado me ha llegado en un artículo de un tal Jorge Elías en el diario bonaerense La Nación. El artículo va flanqueado de una caricatura en la que aparecen de pie como figuras de baraja, Bush con atributos reales y Aznar, a su lado, en tamaño más reducido con traje de infante. A los dos lados, yacen los cuerpos de Fox y Chirac, también infantes. Bush sostiene con su mano levantada el signo del palo de oros. El epígrafe reza: El oro y el moro.

La alusión a que Aznar no es propiamente europeo, sino que pertenece a la morería, resultaría difícilmente creíble, si no fuera porque el contenido del artículo la confirma, exponiendo la teoría de que Bush, después de la guerra del Irak, está optando por desechar a los aliados dudosos, premiando a los fieles, y que ha decidido promocionar en Europa a Polonia (?) en detrimento de Alemania y Francia. La sorpresa inicial desaparece cuando uno comprende que para Elías, no siendo España un país realmente europeo, no tiene por qué ser citada.

Al Sr. Elías no se le podrá decir que si «África comienza en los Pirineos», como parece dar por sentado, no terminaría precisamente en el Cabo de Buena Esperanza, sino en el Cabo de Hornos; ya que la dependencia cultural de Iberoamérica respecto de sus antiguas metrópolis, así lo determinaría. Y digo que no se le podrá decir esto, porque está claro que contestaría con mucho dengue: «A los argentinos no nos concierne. Nosotros somos especiales. Somos europeos».

A este sentimiento peculiar de «quiero y no puedo» de algunos argentinos se le hace muy cuesta arriba admitir que España sea uno de los más importantes países de la Unión Europea, a la que obviamente Argentina nunca pertenecerá.

En fin, Pérez Reverte encontraría la palabra adecuada y precisa. Dejémoslo así.

Es una suerte que muchos argentinos sean más equilibrados, menos desquiciados en su pensar y su sentir.


 
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