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Altar Mayor - Nº 88 (08)
Domingo, 19 octubre a las 15:38:51

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

LA MUJER EN EL PROFETISMO (2) (Israel, antes y después de la monárquica)
Por Constantino Quelle. Teólogo

3. RUT, LA SIERVA DE YAHVE

Posiblemente uno de los textos donde podamos observar con más fuerza el sello de lo femenino en una sociedad eminentemente masculina, sea el libro de Rut. Su impronta fue tan profunda que Mateo, en la genealogía de Jesús, la cita entre otras. Este «logion» bíblico es la huella indeleble de que la mujer tuvo el mismo peso que el hombre aunque éste apenas dejara constancia de ello.

Mateo, como hombre de fe, no podía escribir su mensaje sin resaltar lo que, asimismo, también habían señalado sus antepasados. Él comienza su historia diciendo que Jesús, el llamado Cristo provenía de «Nassón que engendró a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David» (Mt 1,5-6a). Esta genealogía sigue los parámetros marcados en el libro de Rut (4,20-22). La diferencia existente, aunque parece poco relevante, es a nuestro juicio muy sugerente: Mateo intercala el nombre de varias mujeres e introduce la palabra rey, delante del nombre de David.

Citar a las mujeres recalcando expresamente la realeza de David, es dejar constancia en su escrito de la importancia de las mujeres que él va a mencionar. Señalemos que esta variante se debe expresamente a la redacción mateana. En el caso de Rut es importante anotar lo siguiente: Mateo inserta su nombre, añadiendo también que Jesús es el Cristo. Estos dos atributos de sus regios personajes son propios de su teología, ya que ni la genealogía del libro de Rut nombra a las mujeres, ni la genealogía de Lucas coloca los atributos de David y Jesús en cuanto rey y Cristo (Lc 3, 31-32).

El movimiento que realiza Mateo al respecto es de suma importancia. El camino para llegar al rey David es construido por diferentes mujeres, así como el camino para llegar a Jesús es construido por una mujer más, María. Los dos reinos, el de la antigua y el de la nueva economía, son tejidos sutilmente en el telar de la feminidad.

Mateo cree en Cristo y su vivencia no le permite discriminar a la mujer. Él también es hijo de su tiempo y escribe para varones aunque confía en ser leído (más bien vivido) por las mujeres. Esta vivencia es la misma que trasciende al yahvista y/o al sacerdotal cuando escriben los relatos de la creación, o la del naciente profetismo cuando narra la historia de Rut.

«En los días en que juzgaban los jueces» (Rut 1,1). Así comienza este pequeño libro, llamado histórico por nuestro canon y profético por el hebreo. Nosotros hemos calificado este apartado con el subtítulo «la sierva de Yahvé». Permítasenos una breve aclaración al mismo. El siervo de Yahvé es un título que acuñó el Deuteroisaías y que refleja, trascendiendo la historia en la que se gestó, el comportamiento de un hijo de Dios. Pues bien, estimamos que el libro de Rut refleja a la sierva de Yahvé porque trasciende, asimismo, la historia en la que se escribió. Ella es una hija de Dios. El siervo demostró hacia el exterior el comportamiento que la sierva demuestra hacia el interior. Él, desde la objetividad masculina; ella desde la subjetividad femenina.

Lo objetivo y lo subjetivo son realidades humanas que se complementan. Así lo oriental y subjetivamente femenino, se complementa con lo occidental y objetivamente masculino. Cuando occidente lucha contra oriente lo hace contra una parte de la sociedad que le realiza y complementa. El libro de Rut va a ser el oriente subjetivo y femenino que completa el occidente objetivo y masculino de la sociedad machista en la que se escribió. Esta intuición de la verdad debió verla Mateo cuando la nombra siglos después.

El libro, tal y como lo conocemos actualmente, consta de cuatro capítulos que proponemos estudiar siguiendo el siguiente esquema:

A. Noemí vuelve a su tierra

B. Rut conoce a Booz

C. Noemí planifica y habla. Rut escucha y ejecuta

D. Conclusión
 

A. Noemi vuelve a su tierra

El capítulo primero muestra la sociedad patriarcal que viven estas mujeres. La ironía que rezuman sus líneas es extremadamente sugerente: «Hubo hambre en el país, y un hombre de Belén de Judá, se fue a residir, con su mujer y sus dos hijos, a los campos de Moab» (1,1). El pueblo dirigido por varones ha llevado al país a tal extremo de pobreza que sus habitantes tienen que ir al país del enemigo, en este caso el glorioso y odiado Moab (Is 16, 13-14), para poder subsistir. ¿Dónde reside la ironía del relato? En la expresión final de este capítulo en la que Noemí exclama: «Colmada partí yo, vacía me devuelve Yahvé» (1,21).

La realidad que presenta el autor, leída entre líneas, no es precisamente la de una persona que sale colmada, ya que tiene que abandonar su patria porque no tienen ni para comer. Ahora bien, desde la concepción machista en la que se escribe el libro, ella está colmada toda vez que tiene marido e hijos. Aquí no interesa la mujer como persona. Noemí está realizada según lo que un hombre piensa. Lo importante entonces, como para muchos ahora, es no «salirse de madre». La expresión no es válida cuando se realiza en masculino: «salirse de padre» no dice nada en nuestro contexto machista. Hoy todavía está vigente la expresión «salirse de madre» cuando alguien realiza cualquier exceso más allá de lo socialmente permitido.

Noemí no se sale de madre, por ello, aún a pesar de la desgracia que está viviendo, la sociedad patriarcal en la que ella se mueve afirma que está colmada. Sus desgracia comienzan cuando, como Job, desde la óptica sapiencial, comienza a perderlo todo. Muere su marido, mueren sus hijos y sólo le quedan sus nueras, es decir, nada. Ella son tres... ¡y mujeres! La ironía desde una óptica de fe es trascendente. Tres, número sagrado para los semitas. Ellas son tres. El libro presenta la perfección... en lo imperfecto. ¿Qué hacer?

El cuadro que nos pinta el autor refleja la impotencia en la que se situaba oficialmente a la mujer sin marido e hijos: decide volver a Judá porque «Yahvé había visitado a su pueblo y le daba pan» (1,6). Antes de volver les dice a sus nueras que se vuelvan «cada una a casa de su madre. Que Yahvé tenga piedad con vosotras como vosotras la habéis tenido con los que murieron y conmigo. Que Yahvé os conceda encontrar vida apacible en la casa de un marido. Y las besó. Pero ellas rompieron a llorar» (1,8-9).

No es fácil para un hombre expresar el contenido tan fuertemente feminista de este pasaje: lo que el texto quiere expresar, y no lo que expresa. El feminismo del que hablamos no va contra la masculinidad. Nada más lejos, es tan dulce como el significado del nombre de Noemí. Noemí significa la dulce. En este libro, como en casi toda la Biblia, los nombres guardan estrecha relación con lo que está sucediendo. Son la llave que permite conocer el genuino mensaje del autor. La dulce Noemí habla al corazón de las otras dos mujeres. Hay que introducirse de puntillas en esta trinidad para captar lo que está sucediendo.

Noemí les manda volver a casa de su madre. ¡No a la del padre! Lo que está sucediendo hay que aprehenderlo en la intimidad de la mujer. Ella, la suegra, conoce el infortunio que han debido de pasar sus nueras en los diez años que les han durado sus maridos. A través de la situación actual, el lector debe intuir que la situación que han mantenido estas mujeres durante diez años no ha debido ser buena. Pero es el destino de las mujeres: volver a ser la posesión de un hombre.

Orpá y Rut han tenido piedad de sus maridos. Desconocemos los motivos de esta expresión. Nada bueno para ellas. Ahora bien, esta experiencia las ha unido más allá de lo que reclama el comportamiento de la sociedad patriarcal. Sociedad que les recuerda cuál es su destino: volver a caer en las manos de otro marido. Noemí confía en Yahvé para que en este segundo intento su vida sea apacible. Ellas, al recordar su vida pasada, rompen a llorar. Noemí las besa. El beso de Noemí, en cuanto mujer, no tiene valor alguno. Si estas palabras hubieran sido pronunciadas por un varón, el beso sería el sello de bendición de todo lo dicho. No obstante, intuimos que este beso, por la situación en la que es colocado por el autor, habla por sí mismo. Ellas rompen a llorar tras la bendición de Noemí.

La dulce Noemí retrata la situación humillante de la mujer. Volver, siempre volver a situarse bajo el cobijo de un hombre. Pero en este texto en el que tanto se insiste sobre el término volver, ellas vuelven a Belén; Noemí les manda volver a su casa; ellas responden que volverán a Belén; Noemí insiste que no vuelvan con ella. Todo este pasaje es un continuo volver, ¿a dónde? Esta es la clave que deseamos resaltar.

Las tres mujeres se ponen en camino. Están volviendo a Judá. Ellas todavía no saben que van a ser el origen de David. El autor que lo está escribiendo, sí. Igual que Mateo conocía que Rut fue origen de Jesús. Ellas «se pusieron en camino para volver a la tierra de Judá» (1,7b). El lector puede intuir que la preocupación del autor se centra en tratar de mostrar el camino de vuelta a casa; de vuelta a Judá. La clave va a estar en saber encontrar «el camino de vuelta».

Hay un camino externo que conduce a Belén. Pero la clave (esa es la propuesta de este trabajo), se halla en descubrir un camino interno que nos conduce más allá de cualquier estar. Nos lleva de la mano hasta el ser. Lo imperioso es volver: «Volveos, hijas mías, andad, porque yo soy demasiado vieja para casarme otra vez» (1,12a). La sabiduría de este diálogo de mujeres es hiriente. ¿Cómo, si no, entender que sea necesario que la suegra ha de volverse a casar para poder tener hijos que a su vez sean los futuros maridos de sus nueras? ¡Esa era la ley de los hombres!

No es extraño que la dulce Noemí, incluso creyendo posible tal milagro de Yahvé, remache irónicamente: «Y aun cuando dijera que no he perdido toda esperanza, que esta noche voy a tener un marido y que tendré hijos ¿habríais de esperar hasta que fueran mayores? ¿Dejaríais por eso de casaros? No, hijas mías, yo tengo gran pena por vosotras, porque la mano de Yahvé ha caído sobre mí» (1,12b-13).

En el paroxismo de lo absurdo, poco es la mala situación de cualquier mujer en Israel, ahora ellas están por debajo de Noemí. Volver a Belén junto a la «dulce» va a representar la mayor de las «amarguras». ¿Por qué? Porque en Judá, según la ley imperante, estas tres mujeres serán malditas. Más aún, si la bendición y la maldición le viene a la mujer gracias al hombre, en el presente caso, a Orpá y a Rut la maldición les viene por una mujer.

No se puede caer más bajo. El autor nos presenta este hundimiento exterior, para que captemos la elevación interior de estas mujeres. La situación es insostenible, Orpá abandona y vuelve a su hogar. Rut y Noemí vuelven a Belén y allí, «se conmovió toda la ciudad por ellas» (1,19). En esta desolación «nacional», Noemí la dulce cambia su nombre por Mará (la amarga) «porque Saday me ha llenado de amargura» (1,20).

Fin del capítulo primero. Intencionadamente no hemos indicado nada al respecto de los versículos 16 y 17, que curiosamente son los más conocidos del libro, porque en ellos se ensalza la entrega de Rut hacia el Dios de Israel. La ironía del texto podrá ir demostrando que el Dios de Israel donde realmente habita no es en las tierras de Judá, sino más bien en el interior de estas mujeres y en su comportamiento. Especialmente el de Rut: ¡donde las mujeres se atan a sus maridos por la fuerza de la ley, ella se ata a Noemí por la fuerza del amor! Este comportamiento nos va a ir mostrando la vuelta que en cada camino hemos de ir realizando si queremos encontrar el auténtico y genuino reino, aquél que trasciende las fronteras de Judá.

La amargura de estas mujeres es aparente, aunque inmensa según el contexto que les ha tocado vivir. Noemí es dulce cuando el hambre le hace emigrar a otros lugares y es amarga cuando tras todas las penalidades de una vida puede volver en paz junto a los suyos que tienen los campos llenos de cebada. La amargura o la dulzura de estas mujeres guarda relación con la situación en la que el hombre las ha ubicado. El sentir de ellas va por otra camino. Su interior es el que se nos ha de revelar y el que aquí intentamos, con toda humildad, descubrir.
 

B. Rut conoce a Booz

«Tenía Noemí por parte de su marido un pariente de buena posición, de la familia de Elimélek, llamado Booz» (2,1). El segundo capítulo del libro que nos ocupa comienza con este versículo que a nuestro juicio, no es nada gratuito. El lector queda avisado que existe un pariente rico llamado Booz.

Obsérvese la astucia del autor. Noemí ha demostrado anteriormente, con la irónica vivencia entre la dulzura y la amargura, su debilidad. La que de hecho tenían las mujeres de su época. Esta debilidad se va a contrastar con el poder establecido. Booz significa, el poderoso. Ya tenemos en escena a las dos grandes fuerzas de Judá y de toda sociedad: la debilidad y el poder.

Noemí, dulce y amarga, es débil. Booz, es poderoso ¿Por qué? Sencillamente porque es hombre, todavía nada sabemos de él. Y en medio de estas fuerzas, ¿quién está? Rut, su nombre significa la compañera. Hasta ahora hemos podido comprobar que ella es la que comparte las penas junto a las demás mujeres. Este asumir el dolor ajeno y el estar, como iremos viendo, atenta a la palabra recibida, va a ser lo que nos ha permitido anunciar que Rut es la sierva de Yahvé.

En la introducción de este segundo capítulo se nos pone sobre aviso de la importancia del personaje llamado Booz. Leyendo entre líneas podemos comprender la cantidad de veces que Noemí le habría hablado a Rut de este pariente. Nada extraño que Rut, nada más llegar a Belén se ponga a buscarle. «Rut la moabita dijo a Noemí. Déjame ir al campo a espigar detrás de aquél a cuyos ojos halle gracia [...] quiso la suerte que fuera a dar en una parcela de Booz» (2,2-3). ¡Qué casualidad! Por supuesto que para un israelita en la suerte siempre está la mano de Dios, pero en este caso también la de Rut.

Este es el pariente importante, del que ellas han debido de hablar en muchas ocasiones antes de volver a Belén. Luego veremos que existen otros parientes mejor situados legalmente ante ellas, pero que no entra en los planes que previamente se han ido marcando. Rut llega ante los segadores de Booz y no se mueve de allí. «Ha venido y ha permanecido en pie desde la mañana hasta ahora» (2,7). El texto resalta que los segadores empiezan a hartarse del comportamiento de Rut. «¿No he mandado a mis criados que no te molesten?» (2,9). Booz tiene que ordenar a los suyos que la dejen en paz.

Ya tenemos en escena a Booz y a Rut. Los segadores presentan a aquella mujer desconocida al amo. Booz escucha y finalmente dice a Rut: «Me oyes, hija mía» (2,8). Rut, la extranjera y moabita, se ha convertido de pronto en hija suya. El mismo título que le da Noemí, cuando le dice que se vuelva con su madre. La escena es muy sugerente. ¿Qué ha visto Booz en esta mujer? Precisamente eso, a la mujer. La coquetería que expresa Rut habla por sí misma: «¿Cómo he hallado gracia a tus ojos para que te fijes en mí?» (2, 10). Por si Booz tiene dudas ella se ha dado cuenta que le gusta. A partir de ahora comienza el juego donde el poder del hombre va a ser nada y donde la debilidad de la mujer va a serlo todo.

La historia se comienza a escribir con pluma femenina, aunque la mano sea masculina. «Booz le respondió: Me han contado al detalle todo lo que hiciste con tu suegra después de la muerte de tu marido, y cómo has dejado a tu padre y a tu madre...» (2,11). Un pequeño detalle se ha introducido en las palabras de Booz que no figuraba hasta ahora en la narración. Booz, que representa el poder del mundo patriarcal, nombra al padre de Rut, no así cuando Noemí la manda a casa de su madre. El poder que representa Booz queda latente en esta pequeña sutileza: Noemí, como mujer, había mandado a Rut junto a quien podía entender y solucionar su desgracia personal: la madre. Booz le recuerda primeramente a su dueño, el padre; sólo entonces podría estar junto a la madre.

Cuando Rut regresa junto a Noemí y ve ésta toda la comida que trae, vuelve a surgir entre ambas esa compenetración tan propia de quien ama. Sobran las palabras. Antes de que Rut le cuente lo sucedido, ella exclama: «¿Dónde has estado espigando hoy y qué has hecho. ¡Bendito sea el que se ha fijado en ti!» (2.19).

-¡No me lo digas, diríamos hoy, le has visto y le has gustado; ya te lo había dicho yo!

-Fíjate si le he gustado que hasta me ha dicho: «Acércate aquí, puedes comer pan y mojar tu bocado en el vino» (2,14).

Y Noemí respondería hoy: ¿has introducido tu pan en su copa?, esto va por muy buen camino.

Ya tenemos prefigurados los dos mundos, el exterior y poderoso y el interior y débil. ¿Dónde está realmente el poder, dónde el camino a recorrer, dónde la fuerza de Yahvé? Sigamos la historia.
 

C. Noemí planifica y habla. Rut escucha y ejecuta

«Noemí, su suegra, le dijo: Hija mía, ¿es que no debo procurarte una posición segura que te convenga?» (3, 1). Toda la aparente amargura de Noemía cambia la historia. Todo acontecer nace en el interior de la mente. Noemí está pensando en alta voz. La mano de Yahvé se deja ver con una sutileza increíble. El mundo exterior y patriarcal puede variar si el mundo interior del ser aflora a la superficie. El auténtico camino de cada vida consiste en descubrirlo. Cuando se ha descubierto, todo es posible. El autor nos señala su caminar a través del pensamiento de Noemí.

La suerte está echada. Booz, por muy poderoso que parece exteriormente, en su interior es un pobre hombre. ¿Por qué? Porque la recolección ha terminado pero «no mueve ficha». Noemí busca el «jaque mate». Hay que pensar la jugada con sumo cuidado: «¿Acaso no es pariente nuestro aquel Booz con cuyos criados estuviste?» (3,2).

Se ve que ha pasado cierto tiempo desde la siega y Booz, con todo su poder, no ha dicho esta boca es mía, aunque tiene autoridad para ello ya que es pariente y por tanto puede ejercer dominio sobre estas mujeres. «Pues mira: Esta noche estará aventando la cebada en la era. Lávate, perfúmate y ponte encima el manto, y baja a la era, que no te reconozca ese hombre antes que acabe de comer y beber. Cuando se acueste, mira el lugar en el que se haya acostado, vas, descubres un sitio a sus pies y te acuestas; y él mismo te indicará lo que tienes que hacer» (3,2-4).

Rut y Noemí conocen al detalle cada movimiento de Booz, en este caso, precisamente lo que va a hacer esa noche. Habla la sabiduría de Noemí y prepara a Rut con lo único que tiene una mujer para poder dominar en la época patriarcal, su cuerpo. La situación que plantea el autor es tan real como repugnante. De hecho, cuando habla de Booz, omite su nombre «que no te conozca ese hombre». Hay despecho en la frase. Hombre y mujer en encuentro en una sociedad de desencuentros. La paradoja es que para que Booz demuestre su machismo, ¡tiene que haber bebido!: «se puso alegre» (3,7).

Él necesita estar borracho para comportarse ante la mujer como exige la sociedad patriarcal. El machismo imperante y psicológico hacía daño al poderoso Booz... y sigue haciendo daño a todos los Booz de este mundo. Cuando Booz nota el desnudo cuerpo de Rut en su cama, dice el autor que sintió un escalofrío. No es ella la que tiembla, es él. Él, que es la fuerza, el poder, la representación de aquella sociedad, tiembla ante una pobre mujer que usa las únicas armas posibles que le son propias, cuando se lo permiten: su cuerpo. Noemí también es mujer y sabia, por ello le anuncia a su nuera que ante su cuerpo, el de Rut, «él mismo te indicará lo que debes hacer» (3,5).

Booz, enajenado de la sociedad que le oprime y de sus propios temores, es decir, borracho, por primera vez sabrá lo que tiene que hacer. El sarcasmo del texto alcanza cotas inimaginables. Las únicas que saben lo que está sucediendo son ellas. Y Booz, permítasenos la irónica expresión de, el pobre, es tan pobre y débil en este momento que tras extender el borde de su manto sobre Rut, es decir, cohabitar con ella, exclama «Bendita seas de Yahvé, hija mía; tu último acto de piedad filial, ha sido mejor que el primero, porque no has pretendido a ningún joven, pobre o rico» (3,10).

Booz ha reencontrado el auténtico poder. El poder natural que le remite a Dios y no el que le otorga la sociedad. El que, al parecer ya con cierta edad, le hacía temer que no tenía. Ella, Rut, lo ha descubierto para él. Booz, el poderoso, quizás por primera vez en su vida, da las gracias a una mujer. Ella, como su nombre indica, también es compañera para Booz, y como tal, comparte su lecho durante toda la noche.

Analicemos ahora, y con la brevedad que nos impone este trabajo, el encuentro en que se objetivan la sociedad patriarcal que representa Booz, el poderoso, y la sociedad que representa Noemí, la débil. El puente que une a ambos es Rut, la compañera, la sierva de Yahvé, pues ella en su mundo interior escucha el de Noemí (jamás podría oír el de Booz), y ejecuta, como un cordero que va al matadero, lo que tiene que hacer.

Rut está entre los dos mundos, sirviendo al mundo interior de Noemí para ejecutar su palabra, y al mundo exterior de Booz para que, al reencontrarse, lo cambie. Para comprender la intención del autor hay que recordar que Moab, y especialmente sus mujeres, eran odiadas por el pueblo judío. El libro de los Números nos ha dejado buena constancia de ello: «Israel se estableció en Sittim: Y el pueblo se puso a fornicar con las hijas de Moab [...] y se encendió la ira de Yahvé contra Israel» (25,1-3). Asimismo el oráculo de Balaam (profeta bastante singular en el mundo Bíblico), predijo que «...de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. Aplasta las sienes de Moab, el cráneo de todos los hijos de Set» (Nu 24,17).

Con esta perspectiva hay que leer el libro de Rut. Obsérvese el odio atávico que ejerce este pueblo sobre los moabitas debido a la belleza de sus mujeres, tanto que para ser vencido necesitan la cólera de Yahvé y el nacimiento de un rey que les haga morder el polvo. Pues bien, aquí tenemos a Rut que, acostada a sus pies (descubrir los pies es un eufemismo que se usaba para hablar de los órganos genitales), provoca temblores (escalofríos) en el poderoso Booz.

Es en semejante situación que tenemos que comprender la sagacidad del hombre de fe que escribió este texto. Un texto para hombres en un mundo machista. ¡Increíble! Rut aprovecha este instante para decirle quién es y lo que quiere: «Soy Rut tu sierva. Extiende sobre tu sierva el borde de tu manto, porque tienes derecho de rescate» (3,9). Dicho en otras palabras, tómame porque soy tuya. Ahora bien, este ser tuya implica una responsabilidad para Booz, que hemos de entender que ya era conocida por él. Booz, como pariente de Noemí, tenía derecho de rescate. Este derecho lo marcaban las leyes patriarcales al uso: «Si se empobrece tu hermano y vende algo de su propiedad, su goel más cercano vendrá y rescatará lo vendido por su hermano» Lv 25,25).

La pobreza del esposo de Noemí, y por tanto de su familia, le había conducido a la venta de su patrimonio y posteriormente a la emigración. Ahora Noemí ha vuelto y tiene derecho, a través de su pariente más cercano (goel), a rescatar su tierra. El rescate de esta tierra lleva consigo la compra implícita de las mujeres ¡Todo en el mismo lote! El pariente más cercano compraba junto a la tierra, las mujeres posesión de quien en su día poseía la tierra, en este caso, Noemí y Rut. Pero la cosa no acaba aquí. El goel que ejercitara el derecho de rescate, estaba legalmente obligado a ejercitar la ley del levirato (Dt 25,5-10). Es decir, a dar descendencia, a través de estas mujeres, al pariente difunto poseedor legal de la tierra rescatada.

Booz ya ha conocido, bíblicamente hablando, a Rut. ¿Qué hacer? Ha sido tan inmensamente feliz que sus palabras son: «...no temas; haré por ti cuanto me digas, porque toda la gente de mi pueblo sabe que tú eres una mujer virtuosa» (3,11). La hipocresía de la frase es aplastante: Booz se escuda en lo que sabe todo el pueblo, ¡no en lo que sabe él! La virtud que ensalza el autor es puramente social, superficial. ¡Rut ha permanecido toda la noche con Booz!, pero no conviene que el pueblo conozca este detalle, «Que no se sepa que la mujer ha venido a la era» (3,14). La despidió muy de madrugada cuando «un hombre no puede reconocer a otro» (3,14).

El mismo juego interno y oculto que realizó Rut con él para meterse en su cama (ocultarse bajo un manto, de noche, cuando está bebido), lo comienza a realizar Booz (que nadie se entere, de madrugada). Rut le engañó a él; ahora él va a engañar al pueblo, a la sociedad. ¿Cómo? Cuando Rut vuelve a casa junto a Noemí, nada se sabe al respecto. Ella vuelve con las manos llenas «me ha dado estas seis medidas de cebada, pues dijo: No debes volver de vacío junto a tu suegra» (3,17). Booz se ha quedado con las manos vacías. Al menos eso parece pensar la astuta Noemí cuando exclama al ver tanta cebada: «Quédate tranquila, hija mía, hasta que sepas cómo acaba el asunto; este hombre no parará hasta concluirlo hoy mismo» (3,18).

La respuesta de Noemí implica dónde está la verdad y dónde la hipocresía: Rut es «hija mía» donde Booz vuelve a ser simplemente «este hombre». La palabra de Noemí que ha sido ejecutada en su sierva Rut, va a comenzar a operar en la sociedad. El cetro de Israel que está por llegar y machacará a los moabitas, viene de la mano de la más humilde sierva de Yahvé: Rut, que, paradójicamente, es moabita.
 

D. Conclusión

El capítulo cuarto nos marca el sentido profético del libro. El autor nos ha retratado de forma admirable la situación de su pueblo. Situación, que en breve, va a permitir la instauración de la monarquía, a pesar de que los profetas adviertan constantemente que en Israel no hay más rey que Yahvé. Imitar a los demás pueblos no es el camino, son los otros quienes deberían seguir los pasos del pueblo elegido.

El pueblo no va por el camino recto, hay que volver, volver, constantemente volver. El libro de Rut está escrito en el retorno hacia los orígenes. El pueblo se está convirtiendo en un cuerpo social enfermo. Este cuerpo (colectivamente hablando) tiene un prototipo, Booz. Frente a este cuerpo hay otro más material y tangible, el de Rut con su prototipo natural, Noemí. Dos cuerpos con sus peculiares situaciones.

Israel, y su mundo patriarcal, ve en lo colectivo la individualidad. Lo que le sucede al pueblo, le sucede al individuo. Booz está inmerso en este mundo. Noemí vive en ese mundo machista pero experimenta en lo individual la fuerza que puede hacer cambiar lo colectivo: Rut es la mensajera que sirve de puente entre ambos universos conceptuales; la que intenta cruzar y unir el camino interno de Noemí con la orilla externa de Booz. Siempre el hombre de fe tendrá que ir a la otra orilla. Por ello, el autor trata de llevar a su lector desde la orilla exterior de Booz, al camino interno de Noemí.

Este libro no es moralizante. Las artimañas que se usan no son enjuiciadas y las paradojas que se producen son constantes. ¡Volver al camino! Hallar la energía, el espíritu de Yahvé. ¿Cómo? Noemí confía en que ese hombre despierte. Ella sabe que, de hecho, ya está despertando. Por ello, «este hombre no parará hasta concluirlo hoy mismo» (3,18).

Rut, como portadora de la palabra de Noemí, ha conducido a Booz muy abajo, tan abajo que ni él mismo conocía semejante profundidad. Allí Booz tiembla... pero comienza a surgir una nueva, quizás la primera gran experiencia de su vida. No la que le señalan desde fuera, no, ésta es tan profunda que está dispuesto a luchar por ella.

Noemí mandó «bajar» (3,3) a Rut y ella «bajó a la era» (3,6). Ahora desde estas profundidades Booz «subió a la puerta de la ciudad y se sentó allí» (4,1). Cuando el semita escucha la voz de Dios sube. Cuando Israel ejecuta el plan de Yahvé, se levanta. Este semitismo recorre todas las páginas bíblicas. Ahora Booz se levanta, sube. No es un subir constante (está sentado), es un salir del letargo. ¿Cómo? Ciertamente que de forma no muy edificante. ¿Por qué? Ya hemos mencionado que el autor no está moralizando a su pueblo, le está mostrando el camino de vuelta. Y para encontrarlo, y como años después proclamará el evangelio, hay que ser astutos como las serpientes.

Booz está viviendo su gran experiencia: ¡Rut le ha despertado! El autor (como el del Cantar de los Cantares), usará de este sentimiento para mostrar el camino de vuelta hacia Yahvé. Así, él hará cuanto Rut le ha dicho (3,11). Lo primero que hace es «subir» y encontrarse cara a cara con la sociedad; esa misma sociedad que se había conmovido cuando Noemí y Rut regresaron, pero que no había movido una mano para solucionarles el problema. Booz se sienta y convoca.

Este cuerpo social tiene unas reglas muy estrictas. No son como las reglas del cuerpo de ellas, impuras y contaminantes. Estas reglas son como las de ellos, limpias, también sangrantes, como las de la circuncisión. Pero lejos de contaminar, con esta sangre varonil se introduce al neófito en el pueblo sacro santo. Donde ella mancha, él limpia. Donde él es santo, ella impura. ¡Cuánto machismo y miedo ocultos!

Booz ya no puede opinar así. Ha tenido en sus brazos a Rut. Convoca al pariente más cercano (aquél que tenía el derecho de rescate), y al cuerpo social: «Acércate y siéntate aquí, fulano. Y éste fue y se sentó» (cuanta docilidad ante las reglas establecidas). «Tomó diez de los ancianos de la ciudad y dijo: sentaos aquí. Y se sentaron» (el poderoso Booz, ordena y todos obedecen) (4,1-2).

Va a comenzar el juicio. Al actor más importante de la vista a celebrar, y que es el pariente más cercano, se le llama despectivamente, fulano. El tal fulano representa a la sociedad patriarcal. Todo gira a su alrededor. Lo absurdo del cuerpo social judío había dado a este goel, a este rescatador, a este defensor, poder sobre las tierras, sobre las mujeres, y ahora sobre el futuro del propio Booz, del poderoso Booz. La ironía del texto es llamar fulano, es decir, dejar sin nombre al que ostenta el máximo poder. Pues bien, Booz no duda en engañar a fulano y a mengano (representado por los diez magistrados o ancianos del lugar).

Todo va a ser una farsa. ¿Cómo la representa el autor? El profeta siempre habla para hacer reflexionar. Las soluciones han de ser halladas en el interior de quien escucha. Y a veces el silencio es más elocuente que mil palabras. Volvamos a leer entre líneas. ¿Qué ha sucedido entre la noche en la que Rut se ha introducido en el lecho de Booz y el día siguiente? Nada. ¿Qué debería haber acontecido? El judío legalista lo sabía muy bien: «Cuando una mujer se acueste con un hombre, produciéndose efusión de semen, se bañarán ambos con agua y quedaran impuros hasta la tarde» (Lv 15,18). ¡Impuros hasta la tarde! Por tanto, Booz, no puede, en esa mañana, celebrar un juicio ante la asamblea: ¡es impuro! ¿Qué sucede? Que como nadie ha visto a Rut, nadie sabe lo sucedido. Sólo el lector conoce que no ha pasado el tiempo de purificación. Hasta pasada la tarde de ese día Booz es impuro.

Pero la farsa va en aumento, ateniéndonos al estricto cumplimiento de la ley: «Si un hombre se acuesta maritalmente con una mujer que es una sierva perteneciente a otro, sin que haya sido rescatada ni liberada, será él castigado...» (Lv 19, 20). Noemí y Rut pertenecen al desconocido fulano, y sin haber pagado rescate, Booz ha extendido sobre ella el borde de su manto. Expresión ésta, extremadamente fuerte que se usaba para indicar la prohibición que un hijo de Israel tenía para conocer, en el sentido bíblico, a su madre: «¡Nadie tomará a la mujer de su padre, no retirará el borde del manto de su padre» (Dt 23,1).

La situación interior de Booz nada tiene que ver con la situación exterior. Él ordena, todos se sientan y se inicia la asamblea en estos términos: «Noemí que ha vuelto de los campos de Moab, vende la parcela del campo de nuestro hermano Elimélek. He querido hacértelo saber y decirte: Adquiérela en presencia de los aquí sentados, en presencia de los ancianos de mi pueblo. Si vas a rescatar, rescata... pues voy yo después de ti. Él dijo: ¡Yo rescataré! (4, 2-4).

Si el lector observa, la estrategia que está llevando a cabo es la marcada por Rut. Booz está repitiendo la escena de la noche anterior. Los personajes y la situación han cambiado pero el argumento se repite. La noche anterior el personaje que llevaba la dirección era Noemí, aunque no estuviera en escena. Ahora la dirección la lleva Rut (Booz le había dicho la noche anterior, no temas hija mía, haré por ti cuanto me digas), y tampoco aparece en la asamblea. Aquella noche Booz se vio sorprendido (temblando), ante Rut, únicamente después se le dice que extienda su manto y que ejerza el derecho de rescate.

En la nueva situación Booz ya ha hecho picar como si de un pez se tratara, al pobre, en este caso también, pobre fulano. Booz no quiso perderse a Rut, ahora el tal fulano no quiere perderse el campo de su pariente. La respuesta es inmediata: «Yo rescataré». Ya ha picado, como Booz ante el cuerpo de Rut.

«El día que adquieras las parcela para ti de manos de Noemí tienes que adquirir también a Rut la moabita, mujer del difunto para perpetuar el nombre del difunto en su heredad» (4, 5). Fulano escucha a Booz y recuerda lo que marca la ley del levirato (Dt 25, 5-10). Ley que aplicada al caso que nos ocupa, lleva como consecuencia que el hijo nacido de Rut tiene poder sobre la finca rescatada. Fulano, como Booz ante el cuerpo de Rut, hace lo que éste desea: «Usa tú mi derecho de rescate, porque yo no puedo usarlo» (4, 6). Lógico, de usarlo, los hijos nacidos de Rut, y no los que ya tuviera fulano, heredarían la tierra del rescate.

Booz acaba de usar, en su provecho, la ley que él mismo ha transgredido. Exige a fulano que la cumpla cuando él, legalmente se ha saltado todas las normas establecidas. Pero la gran paradoja es que nuevamente en la transgresión de esta ley, está haciendo por primera vez lo que le dicta el corazón. Lo que brota de su interior. Ya no es el cuerpo social y patriarcal quien le ordena, sino su voz interior que ha sido reencontrada en la escucha del cuerpo individual de Rut.

Y el cuerpo social que aprisionaba a Booz, comienza a realizar lo que él ordena. En la escucha sentada de los ancianos ha conseguido Booz el auténtico poder. Poder que se agranda a través de su debilidad interna, pues es ella la que va a transformar el acontecer de Israel.

Hace esposa suya a Rut para... «perpetuar el nombre del difunto en su heredad y que el nombre del difunto no sea borrado entre sus hermanos y en la puerta de su localidad. Vosotros sois hoy testigos» (4, 1-10). La pregunta que surge en estos momentos es ¿testigos de qué? Ellos ante Booz están fuera de juego. No saben nada de lo ocurrido y todos están firmando como testigos. La letra de la ley les vuelve a asfixiar. Sólo uno queda al margen de esta asfixia: Booz, que en su irónica retórica proclama al pueblo que se queda con Rut, para beneficiar al difunto marido. ¡Si éste hubiera podido levantar la cabeza!

El pueblo entero alaba a Rut como una de las madres de Israel y «gracias a la descendencia que Yahvé te conceda por esta joven» (4, 11-12). Noemí escucha el coro de todas las mujeres de Israel «tu nuera que te quiere y es para ti mejor que siete hijos» (4, 14-15). ¡Una mujer es mejor que siete hijos! Estimamos que no existe en todos los texto bíblicos un piropo más elevado que éste. Una mujer mejor que un hombre, que dos, que tres... ¡QUÉ SIETE! Número perfecto de las posibilidades humanas, dentro de la cábala semítica. No es extraño que Mateo, conociendo este libro tan fuertemente profético, intercalara en su genealogía el nombre de la extranjera que supo ver la verdad, como los magos de su evangelio, antes que el propio pueblo.

La verdad de Rut brota de su sentir interno de mujer. Diríamos más bien del sentir interno de Noemí, ya que ella como sierva de Yahvé, se limita a ejecutar la palabra recibida. De hecho, nada sabemos de lo que para ella significó desposarse con alguien que, a juzgar por el texto, debía ser bastante mayor. En cualquier caso sus preferencias quedan al margen, como sierva se limita a salvar, salvándose. Una vez aprehendida esta salvación interna, el autor la refleja en el cuerpo social al que dirige su mensaje. ¿Cómo? El hijo fruto de esta comunicación interna, Obed, será el abuelo del gran cetro esperado en Israel y antecesor de Jesús de Nazaret: el rey David.

Dios siempre habla desde dentro. Hay que volver constantemente a reencontrar la raíz de nuestro ser. El camino hacia Belén de Judá no es físico. El hombre de fe, al margen de la sociedad que le toca vivir, ve en cada acontecer la mano de Dios. Mano que trasciende cada instante y que nos eleva a la herencia última y primera de ser hijos de Dios. Hijos más allá del sexo en el que nos expresemos, pues la divinidad, para el hombre de fe, se expresa tanto en el hombre como en la mujer. El libro de Rut nos revela este misterio.


 
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