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Altar Mayor - Nº 88 (07)
Domingo, 19 octubre a las 15:42:19

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

MANOS ROJAS NO OFENDEN
Por Ángel Palomino

Lola, en cambio, latía al ritmo pausado de un mundo que se iba, y era el suyo ese arte de patio señorial o sala baja en el que las niñas de la casa exhibían sus asignaturas de adorno ante las visitas de cumplido.

Aquilino Duque. Mano en Candela

Si Aquilino Duque hubiese tenido para las artes de posvanguardia el desparpajo con que nos chulea el 97,75 por ciento de los creadores arremolinados en Arco -feria de la decoración, la petulancia, el desguace y la desmesura- podría escribir este párrafo en una tabla, en la panza de una olla o en un pergamino de perímetro carcomido, y colgarlo en la exposición como «Señorita andaluza de familia bien 1930. Retrato». O «Fotografía en blanco y negro» que sería más propio para este latazo anual que, últimamente, no produce sorpresas ni sustos ni taquicardias ni berrinches. Ya, ni bromas.

Aquilino Duque hubiese sido, sin desentonar, parte de ese mínimo 2,25 por ciento que no expone disparates sino arte de verdad. Esa foto escrita ocupa en el libro Mano en Candela cuatro líneas y media y es retrato de Lola, personaje presente a través de toda la narración, una andaluza con formación de señorita de familia distinguida; educada, pulida con «asignaturas de adorno» y hábito de agradar. A las visitas era obligado agradarlas. Y lo era lucir las niñas. En la literatura de la época se decía de niñas y mayores que estaban adornadas de tales o cuales (o «de las mejores») prendas. De ahí «prendar».

Mano en Candela es un libro de recuerdos y una novela y un mundo: en él todo es verdad y los personajes han pasado, de una u otra forma por la vida o ante la mirada de Aquilino Duque, novelista, poeta, cronista, espectador inteligente y viajero del mundo en varios idiomas con una facilidad singular para relacionarse con personajes eminentes, con falsificadores de sí mismos, con exiliados entronizados por la internacional de la cultura que es, obligatoriamente, de izquierdas, con premios Nobel y, también, con eminentes intelectuales del lado de acá del Movimiento. Dotado –Duque- de vista excepcional y talento singular para el retrato fiel, irónico, sorprendente y justo, por su libro transita una muchedumbre de personajes españoles y extranjeros entre los que –al modo de quien ojea un álbum- contemplamos, vistos por él, retratados por él, a María Zambrano, Pemán, Rafael Alberti con Teresa León, Octavio Paz, Caballero Bonald, Halcón, Cortázar, C. J. Cela, Fernando Quiñones, Carande, Bergamín, Rosales, Romero Murube, Gala, los hermanos José y Jesús de las Cuevas, Viola, González Ruano, y, directamente o por referencias personales, Lorca, Miguel Hernández, Foxá, Ridruejo, Serrano Súñer, Sánchez Albornoz, JRJ, León Felipe, Neruda, Borges….

«Poner mano en candela» vale en Andalucía por poner la mano en el fuego, promesa de ordalía en apoyo de alguien o de algo. En España se ponía, de boquilla, la mano en el fuego con extraña imprudencia, sobre todo entre políticos que es temeridad. La costumbre ha desaparecido desde que un primer ministro concedió el aval de su mano en el fuego al director general de un respetable instituto armado. Nada merecedor, el avalado, de tan importante ayuda, pocas semanas más tarde estaba en la cárcel. Era un ladrón; y su presidente en Babia. Tanto que había decidido hacerle ministro. Ni por su padre se juega hoy la mano un político en España.

Yo, sin embargo, pongo mi mano en candela por Mano en candela, libro lleno de vida, de esa extraña vida de unos personajes reales que por razones y extravagancias quizá no estudiadas se comportan en la vida como personajes de ficción. El exilio de la filósofa orteguiana parece escrito por Jardiel Poncela; hay en sus andanzas mucha historia y, de regalo, material para tres o cuatro comedias con planteamiento, nudo y desenlace, que es –el desenlace- lo único que le sobró al teatro de Jardiel porque sin él –sin ese tercer acto en el que todo se aclara- nunca hubiese podido estrenar una obra. Lo harían Miura y Tono –el teatro del absurdo- antes de que se alzaran con el invento los franceses poniendo en órbita a Ionesco.

Aquilino llena su novela-autobiografía de noticias cercanas, testimonios felices, sorprendentes y divertidos de los grandes personajes literarios del exilio y del interior. Cela en batín con Quiñones, a gatas, inflándole el rosco de goma, una cámara de automóvil. «¿No has tenido nunca almorranas?» –preguntó a Duque, joven y azorado visitante-. «¡Pues no sabes de lo que te libras!». Se sentaba en rueda de goma por prescripción médica. Cela tuvo siempre abierta su casa a cualquiera que desease verlo; acogedor y un tanto borde, hacía poco caso a los visitantes; les permitía ser testigos de su grandeza zumbona y, a veces, gamberra y tenía unas palabras amables para el joven poeta que pasaba por Madrid y quería volver a su cenáculo provinciano contando que había visto a Cela en su casa.

Es el mismo Aquilino Duque avecindado en Roma (trabajaba los idiomas en un organismo Internacional) llevando de la mano hasta Rafael Alberti y María Teresa León a muchos españoles atraídos por el brillo con que el exilio embellece y magnifica los méritos del exiliado. Con el tiempo, los visitantes acudían a él convencidos de que era secretario del poeta y decidió sacudirse tan poco apetecida fama.

«Por eso –dice en la pág. 130- cada vez que el indocumentado de turno me llamaba por teléfono pidiéndome que lo llevara a conocer a Alberti, yo le decía:

»-No hace falta que nadie te lleve. Tú te vas a eso de las diez de la noche a la Plaza de Santa María in Trastevere. Allí, en la terraza del Caffé Di Marzio, verás un grupo muy grande de gente que rodea a dos señoras gordas de pelo blanco con pantalones y zapatos sin calcetines. La que tiene el pelo más corto es María Teresa León».

La vida de la pareja Alberti-León tiene referencias curiosas; algunas muy divertidas, Duque nunca aburre pero el material biográfico le rebosa; no cabe todo, y en Mano en candela no aparece la imprescindible, inevitable bofetada de Teresa León a Miguel Hernández. La bofetada fue porque Miguel había escrito un también imprescindible e inevitable insulto desde su ira de poeta que vuelve del frente. María Teresa y Rafael vivían en Madrid, en un palacio: creían hacer la revolución eliminando a los ricos y apoderándose de sus bienes en usufructo y beneficio propio. Allí fue la bofetada.

El agudo crítico José Luis García Martín (prestigiosa revista Clarín, Oviedo) justo en sus comentarios literarios, algo arbitrario y decididamente unilateral en sus inclinaciones ideológicas, lo contó así en un artículo publicado en el diario La Razón.

«Eran los últimos meses de la Guerra Civil. Miguel Hernández, a su regreso del frente, visita la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y se encuentra en aquel palacete incautado con los preparativos de una gran fiesta: colgaduras, flores, lujosa y centelleante cubertería... Pregunta, irónico, si es que es el cumpleaños del señor conde y le responden que se va a celebrar un homenaje a la mujer antifascista. Mira entonces el poeta directamente a los ojos a su interlocutor, Rafael Alberti, y le grita con enfática lentitud: "Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta". Alberti trató de calmarle: "Ten cuidado con lo que dices que lo que hay son compañeros con muy malas pulgas". "Eso lo repito delante de Negrín y del lucero del alba!", y se fue hacia una pizarra que estaba colgada en la pared y allí escribió la frase con grandes caracteres.

»Cuando la leyó María Teresa León se sintió personalmente insultada, pues ella había organizado la fiesta en honor de unas mujeres que se merecían aquello y mucho más. Furiosa, se acercó a Miguel Hernández y le dio una retumbante bofetada».

A continuación cita, de Mano en candela, la anécdota del Caffe Di Marzio y, además, una frase mordaz muy de Bergamín: «Mandamos al exilio a un joven poeta y han devuelto a una puta vieja».

Parece –a mí me parece- que García Martín desea que esa bofetada se conozca, que salga en los periódicos, y hasta le place firmarlo porque quiere más –como todo el mundo- a Hernández que a la pareja del Transtevere. A Alberti no lo quería nadie cuando regresó del exilio; él mismo había cambiado en calderilla su plata de poeta, pero era muy útil al partido comunista y a la derecha acomplejada que se lavaba la jeta y aggiornaba su carcundia poniéndole coronas de laurel, placas urbanas y monumentos de medio pelo. Recibía a los peregrinos, acluecado en el sillón, y ellos se arrodillaban ante su sonrisa perdida ya en el pasmo senil. Además, parece –a mí me parece también- que su artículo, el del crítico, nace de la lectura de Mano en candela, crónica feliz de un tiempo laberíntico pleno de noticias; laberíntico es uno de sus personajes de largo recorrido, Juan Antonio Campuzano, increíble si no avalase su existencia la Gran Enciclopedia de Andalucía; aún así, no he podido evitar la idea de que un colaborador bromista o desalmado introdujo la ficha aprovechando el barullo, las prisas, la manga ancha (según con quién) y la poca seriedad cultural de la España compartimentada que inventa cada taifa como justificación de reivindicaciones y empresas injustificables. Introduce Duque biografías esquemáticas; son imagen cumplida de ingenios que se asomaron al olimpo y hubiesen pasado por genios con un poco más de numerario en el bolsillo, un poco menos de hambres insistentes y mayor afición al mecenazgo –o a la retribución justa- entre quienes podían invertir parte de su dinero en algo que no fuese sólo ganar dinero. Tan presente como Campuzano, se pasea por el libro –ya lo hizo antes en otro, Grandes Faenas, del mismo Duque- un ilustre buda de grado medio, uno de los que acarició frecuentemente los umbrales del olimpo, Fernando Quiñones, notable en poesía y narrativa, sobresaliente en picaresca goliarda y jarana andaluza; vida singular, y hasta noble en ocasiones, que daría, por sí sola, material para un volumen tipo Los Miserables o La montaña mágica. O, mejor, Papeles póstumos del Club Pickwick.

Y hay una muchedumbre de budas, sumos pontificadores (y sumas pontificadoras, que diría un panesperanzado siervo de lo políticamente correcto), diosecillos-fetiche y vanos figurones reducidos por la precisa y asaetada pluma del autor a su verdadera dimensión que es jíbara natural. El libro es un retablo, un desfile, un congreso internacional lleno de vida, de gestos, de personajes solos, en pareja, en pandilla; o en familia con sus gatos (parecen miles de gatos; Duque dice «un regimiento») cuidados sin esmero, pero juntos, alimentados y, en cierto modo, protegidos por Amaranta y Misericordia dignísimas representantes de la alta sociedad roja española cultural, aristocrática y comprometida con una revolución que fusilaba a los aristócratas, desvalijaba sus palacios, ponía en fuga a los intelectuales –Ortega, Marañón, Pérez de Ayala…- republicanos y se comprometía en la lucha por la dictadura del proletariado dirigida por el demócrata José Stalin cuya efigie en retrato gigantesco encuadrado en la Puerta de Alcalá confortaba a los madrileños que –según decía Jorge Semprum años más tarde- veían en él un padre, es decir un porvenir.

Quizá no debió faltar en el libro la bofetada de la educadísima Teresa León al rudo cabrero Miguel Hernández. Es un buen ejemplo de cómo funcionan las revoluciones, qué papel corresponde al proletario en una dictadura del proletariado.

El profesor José Luis García Martín, excelente catador de poesía, muestra buena opinión de Aquilino Duque poeta y mala de Aquilino Duque ciudadano libre. Tiene ante sí Mano en candela, y de todo este cúmulo de circunstancias le sale un artículo, ese artículo, para La Razón. Lo titula –detalle que no debe perderse de vista- La bofetada, y termina con alevosía y ensañamiento: «Aquella bofetada que María Teresa León le dio a Miguel Hernández quizá hubiese estado mejor en la cara resentida y facha de Aquilino Duque, por otra parte, excelente poeta».

Es el tributo: ha contado la anécdota; acción propia de un facha; lo progresista es no contar esas cosas; al olvido con ellas. Probablemente lo ha pasado bien y mal contándola; y entonces traslada el acto justiciero que es ese tortazo a la cara de un escritor -impenitente en su sinceridad- que se pasa por el arco del triunfo el lenguaje políticamente correcto y saluda con incisivos cortes de manga al pensamiento único de la intelectualidad homologada.

Un desahogo ucrónico: en su imposible «cara resentida y facha», aquella bofetada hubiese sido un atropello; Aquilinito Duque tenía entonces siete años. O seis.

Se repite la historia. Incluso un intelectual de mérito consolidado e independencia probada como es García Martín, cuando siente la tentación de abofetear a un más o menos intelectual, político, pensador o asesino de izquierdas busca la manera de introducir, de dar un palo ostentóreo al fascismo que es eso que no es fascismo sino libre ejercicio de la crítica a la beatería, la impudicia, la corrupción, la perversidad y la simple irracionalidad de los aún sedicentes antifascistas, anacronismos vivos y abajofirmantes de las más polvorientas e impúdicas exaltaciones y descalificaciones.

Un buen título: «La bofetada»: ¿Cuál de las dos? ¿La de la gran dama roja? ¿La del crítico antifascista?

Pero eso no es nada. Lo importante es leer Mano en candela, mezclarse con esa extraña muchedumbre que nos es tan familiar. Junto a Aquilino Duque, de su mano. Ni Beatriz guiando a Dante lo hizo con tanta fortuna.


 
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