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Altar Mayor - Nº 88 (06)
Domingo, 19 octubre a las 15:46:46

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

LA CORONA DE ARAGÓN, BALEARES, CATALUÑA Y VALENCIA, IDENTIDADES DIFERENTES*
Por José María Adán

El predominio íbero en los territorios de la antigua Corona de Aragón, que duró casi ocho siglos, del que existen en todo su territorio inmarcesibles testimonios, dio origen a un idioma común, como han puesto de manifiesto autores tan prestigiosos como Schadel, Morf, Amado Alonso, Gregorio Mayans, Simo Santoja, Ubieto, Flecher. Como evidencia de ese importantísimo componente común, cabe destacar que los edetanos y contestanos valencianos llegaron, durante ese período de ocho siglos, desde el Segura hasta el Ebro.

La romanización que se inició con el desembarco de Neo Escipión en el 218 en Emporión (Norte de Cataluña), y que entre otras cosas crea Valencia, Zaragoza, Cartagena,... dura seis siglos. «Hispania» se divide en siete provincias. La Tarragonensis incluye lo que hoy es Cataluña, Aragón, etc. La mayor parte de Valencia se integra en la Cartaginensis, pero siempre en el ámbito de una entidad superior que es «Hispania».

Todos los pueblos de la Corona de Aragón, tanto en los ocho siglos de predominio ibérico, como en los seis de romanización, constituyen una unidad «hispánica», sin que se puedan advertir circunstancias diferenciadoras significativas que permitan considerar un substrato distinto en ninguna de sus partes.

El período visigodo, es de más corta duración y de menor penetración cultural, entre otras razones porque los invasores son como máximo 300.000 y los hispano-romanos del orden de 8.000.000. Continúa predominando en la realidad social la cultura y el derecho íbero-romano. Entraron en España en el 409 y aunque Teodoredo incorpora la Tarragonensis al reino de Tolosa, mantiene su identidad; Leovigildo restablece la unidad peninsular con capital en Toledo y una norma jurídica común, la Lex romanum visigotorum. Ello permite entre otros testimonios escribir a San Isidro de Sevilla su Laudes Hispania.

También todos los territorios de la Corona de Aragón sufren un período si no igual, sí parecido de arabización, pero también en la realidad, sigue predominando el substrato íbero-romano. Los hispanos eran ya cerca de 9.000.000 y los invasores árabes fueron unos 250.000, generalmente guerreros que tomaron como esposas mujeres naturales del país. Entre otros muchos ejemplos podemos afirmar, con Sánchez Albornoz, que «no se arabizó la contextura vital española». Además entre los musulmanes no hubo unidad ni racial ni cultural, sólo religiosa; eran sirios, beréberes, árabes, almohades, benimerines,...

En la época del califato todos los territorios estuvieron de nuevo unificados. En la de los reinos taifas, en Valencia hubo dos reinos taifas coincidiendo con la antigua división entre los edetanos y los contestanos. El primero continuó llegando hasta el Ebro, lo que evidencia la independencia íbero-romana y árabe de Valencia respecto a Cataluña. Así el Rey de Valencia Ibn Mardamis, abarca Valencia, Alicante, Castellón, Tarragona, Cuenca y Albacete. Abd Allah, llamado «Al Balansi» (el valenciano), logró dominar desde Barcelona hasta Murcia.

Podríamos llegar a la conclusión de que durante la dominación árabe, Valencia, Aragón, Cataluña y Baleares (que pertenecía al reino taifa de Játiva) siguieron perteneciendo a una unidad superior, el califato. Incluso en su descomposición taifa, fueron siempre diversas y nunca interdependientes.

Desde la perspectiva cristiana, la «reconquista» suponía la reconstrucción de la vieja unidad hispánica perdida, afán compartido por todos los reinos que surgen con ese propósito. Desde la proyección de la Corona de Aragón esta misión de recuperar la unidad hispánica está suficientemente documentada.

Fontanelle nos habla de Barcelona como «Brachinonae urbem hispanie» y Egierhard, cronista de Carlomagno, cuando conquista Barcelona, se refiere a ella como ciudad de Hispania. En el Concilio de Saint Gilles, ya en 1092, se refieren a Tarragona como «ciudad que desde tiempos antiguos era la más noble de las metrópolis hispanas»; en los usatges, se denomina a Ramón Berenguer I como «hispania subjegator»; cuando el conde de Barcelona se presenta a Carlomagno, según la crónica del propio emperador, lo hace como «conde de España que llaman conde de Barcelona»; los territorios que absorbe en el norte de Cataluña, el mismo Carlomagno, se llaman «marca hispánica»; Jaime I, en cuyo reinado se empieza a poder hablar propiamente de Cataluña -aunque sobre un territorio mucho más reducido-, se refería a su padre el Rey Pedro de Aragón «como el más franco de cuantos hubo en España», y a «Cataluña como la mejor de España»; en la crónica de ceremonias se puede leer «Catalunya és la millor terra d'Espanya»; el obispo catalán Juan Margarit, coetáneo, dice «de quatre reis d'Espanya que són una carn e una sang». Según Bernat Desclot, cronista de la época, en la batalla de Tolosa, «intervinieron tres reyes de España»; Alfonso V, al entrar en Nápoles en 1416, se hizo levantar un arco de triunfo con la inscripción «Alfonsus Rex Hispanius»; la unificación de los Reyes Católicos en 1492 integra definitivamente en España -el primer estado moderno de Europa- todos los territorios de la Corona de Aragón.

Luego la realidad de las raíces y de la conciencia hispánica común es incontrovertible.

Desde el punto de vista cultural y en particular lingüístico, esa misma básica unidad -con una enorme carga íbero-romana- es científicamente indiscutible. No existe base para considerar elementos diferenciales suficientes para fundamentar una identidad independiente de alguna de las partes de la antigua Corona de Aragón o el predominio de uno de sus componentes sobre los otros.

Los que quieren ignorar cerca de 2.000 años de Historia compartida, el substrato íbero-romano, y pretenden que la Historia empiece hacia el año 1240, como si de repente España se hubiera quedado vacía, sus habitantes mudos y su cultura milenaria desaparecida, para justificarse no dudan en falsificar la Historia.

Lo cierto es que cuando se produce la reconquista, en gran parte con la participación de los mozárabes, la masa mayoritaria sigue hablando la lengua íbero-romana con influencias diversas en cada uno de los territorios; procediendo la influencia en el norte de Cataluña del provenzal dada su fugaz vinculación al reino visigodo de Tolosa o a la «Marca hispánica». En Valencia, con una mayor influencia musulmana; en Baleares, con más acusada almorávide; pero siempre con el mismo sustrato fundamental.

Esto está ya suficientemente probado. Cuando primero el Cid, y luego Don Jaime I, conquistan Valencia -por cierto con una gran mayoría de caballeros aragoneses, navarros, incluso castellanos y una gran ayuda de los propios valencianos-, éstos ya hablaban el romance valenciano. Cosa natural, pues la población de origen hispano-romana era enormemente mayoritaria, y tanto los mozárabes como los que, por razones económicas y políticas, se convierten al islamismo, y los mismos musulmanes en gran parte casados con íbero-romanas -cultura predominante- hablaban la lengua romance. Es un hecho significativo a este respecto que en tiempos de Abderraman III, todos, incluso el califa, hablaban romance.

Existen de ello pruebas documentales claras, como han puesto de manifiesto Corominas, Steiger, Galmes Meier, R. Lapesa, Ubieto Arteta, Simo Santonja,...

Son ejemplo de estas pruebas escritas documentos notariales, cartas pueblas y «las jarchas», poesía popular escrita en valenciano por poetas árabes como Al Russafi, Yehuda Halevi, Abu Bark Ubada, Abu Isa Inn Lubrum, Abu Bark Mujamad, Abu Bark Mujamad Ibn Ahmad,...

Cronistas de la época de la reconquista como Ibu Al Abbar, se expresan en valenciano. Ibu Buklarix, en su diccionario de plantas medicinales, incluye 200 denominaciones en romance.

Es decir, que la lengua romance originaria (íbero-romana) da origen a diferentes modalidades por su propia evolución y por las diversas influencias exteriores que recibe. En absoluto dichas lenguas (el barceloní, el tortosí, el valenciano, el balear e incluso el menorquín) se crean por expansión o imposición de una de ellas sobre las demás, lo que carece totalmente de base científica. No es cierto siquiera que existiera ninguna «Corona catalano-aragonesa», sino sólo aragonesa. «Corona» -que no reino- que gobierna sobre reinos distintos como Aragón, Valencia y Baleares, como también sobre los condados catalanes. Nunca, pues, Valencia o Baleares han estado integrados en Cataluña, ni institucional ni culturalmente. Tienen, sí, como todos los pueblos mediterráneos, incluso con el resto de España, un origen común.

La evolución de dichas lenguas romance ha sido peculiar en cada parte del territorio; el aragonés, con diferencias fundamentalmente fonéticas con el castellano, lengua también común en grandes áreas de la Corona aragonesa; el catalán, con sus distintas modalidades, con mayor influencia provenzal; el valenciano más arabizado...; prueba de ello es la evolución literaria de los mismos. Valencia alcanza su Siglo de Oro con mucha anticipación sobre Cataluña, lo cual avala su identidad diferenciada. Ausias March, Joan Martorell, Jordi de Sant Jordi, Fenollar, San Vicente Ferrer, San Pedro Pascual, Arnau de Vilanova, Jaume Roig, Roig de Corella, Isabel de Villena, Bernat Fenollar..., que expresamente declaran escribir en valenciano, así lo atestiguan. Sobre todo lo prueba la realidad fonética, lingüística, ortográfica, en definitiva gramatical, del valenciano como lengua diferenciada del catalán. Lo prueba el uso social del idioma, la conciencia colectiva, el rechazo mayoritario y expreso por instituciones de mayor solera (Lo Rat Penat, Real Academia Valenciana de Cultura, Asociación cultural Cardona y Vives, el Instituto de Estudios alicantinos,...); los intelectuales de mayor prestigio, Giner Boira, Primo Yufera, Ferrando Badia, Emilio Miedes, Xavier Casp, Adler Nogueral, Joan Costa, Broseta, Joa Ubeda, José Alemany, Vicente Ramos, etcétera.

Sobre todo lo pone de manifiesto el pueblo a través de las manifestaciones más multitudinarias de la Historia, de recientes encuestas y sobre todo de los sucesivos procesos electorales que rechazan -hasta no concederles ni representación parlamentaria-, a las sucursales de los partidos catalanistas.

Sin embargo, desde los años 30 hasta ahora, el expansionismo catalán, falsificando la Historia, pretende logran la «Unitat de la Llengua» en torno a la catalana previamente «normalizada» -que además de no ser cierta, no lo sería en modo alguno respecto al catalán-. Intentan deducir de ella la institucionalización de los inexistentes «païssos catalans», como un Estado independiente de España. (Siempre la unidad de la lengua ha sido el pretexto de los expansionismos totalitarios).

Ello lleva consigo la millonaria subvención a las quintas columnas catalanistas; a través del «Institut d'estudis catalans», del «Bloc», de «Acció Cultural del Pais Valencia», etc. Incluso llega a condicionar nuestras infraestructuras -por la necesidad de los pactos políticos entre nacionalistas y el gobierno central- potenciando las que nos unen con el norte y dificultando o demorando las que nos vinculan con el resto de España. Estas nos convertirían, sin duda, por nuestra posición estratégica y por la creatividad de nuestras gentes, en el centro del Arco Mediterráneo, cuya capitalidad pretende, en contra de todo análisis objetivo, Barcelona.

Es un peligro de desvertebración de España, que requiere una reconducción de las autonomías para evitar el expansionismo del nacionalismo exacerbado de Cataluña sobre Valencia y Baleares o del País Vasco sobre Navarra, que así perderían su identidad y su desarrollo armónico.

Reconducir las autonomías para definir de manera estable sus competencias propias, con el máximo nivel de autogobierno y el total respeto a sus diversas identidades, al mismo tiempo que se refuerzan las funciones del Estado Nacional y la unidad irrevocable de España, es una exigencia inaplazable.

___________________________
* Síntesis de la conferencia pronunciada en el «Club de Opinión Encuentros» el 13 de febrero de 2003.


 
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