Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 88 (05)
Domingo, 19 octubre a las 15:48:59

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

LA MEDIOCRIDAD REINANTE
Por Alfredo Amestoy

Los síntomas de la enfermedad que sufre la sociedad española son: falta de vigor, atonía, pérdida de brillo, aspecto apagado, mate, sin relieve, dominada por una muy extendida MEDIOCRIDAD.

La mediocridad reinante –«reinante» por su difusión y porque, realmente, es la que impera y manda- esta vez no es «dorada», como al «aurea mediocritas» horaciana.

Si «mediocre» es lo de «calidad media» lo «bastante malo», «mediocridad» es el estado de algo «entre grande y pequeño; entre bueno y malo». O sea, la mediocridad afecta a la cantidad y a la calidad.

Curiosa paradoja cuando tanto preocupan la «calidad de vida», la relación «calidad y precio» y en las cantidades, olvidando que «lo pequeño es hermoso» (años sesenta del siglo XX), rigen los aumentativos y los superlativos: «super», «hiper», «mega»…

De aquí que mal podemos defender la mediocridad recordando lo del «justo medio y la virtud». Tampoco cabe justificar este «medio», que no es aritmético ni geométrico. Si fuese «geométrico» al menos sería el centro, entre dos extremos, con lo cual aportaría cierto equilibrio. Pero… no es así.

Rabindranath Tagore, el equilibrio y la moderación por antonomasia, ya dijo que es bueno que lo grande vaya junto a lo más pequeño, «porque lo mediocre va solo».

La mediocridad no es ecuanimidad, ni serenidad, que son las virtudes de los dioses. La mediocridad es propia de las masas gregarias, de los rebaños.

De la mediocridad a la resignación y al providencialismo, con la entrega a la suerte y al destino, no hay más que un paso. So pretexto de un cómodo igualitarismo, desaparecen la ética del trabajo y la obra bien hecha d´orsiana y «el reino de la mediocridad» se convierte en una Capua confortable y conformista, pero tan vulnerable al enemigo como lo fue aquélla.

La presencia de Venus y Baco no propician siempre y necesariamente la actividad de las musas que no gustan de las sociedades donde reina la mediocridad. Las genialidades, las singularidades, tan queridas por la cultura, no crecen en el páramo de la mediocridad.

Al igual que se invocan tanto la «memoria histórica» y la «memoria colectiva», ¿habrá también una «inteligencia colectiva» capaz de conducir a las masas a la mediocridad?

Y si no florece la cultura, ¿qué es lo que se cría en la mediocridad?

La masa mediocre no valora su propia fortuna que es el patrimonio común, el total e integral legado, que es la tradición. Todo lo que suponga «conservación» exige un esfuerzo permanente y vigilante. Pero la vigilia está reñida con el sopor, el cansancio y el hastío imperantes.

La mediocridad no es terreno fértil. La sociedad mediocre tiende a esterilizarse. Lo único que crece feraz es quizá una sobrevaloración de uno mismo, fruto no de la propia estima sino de una suerte de narcisismo y autocomplacencia. Es la «autosatisfacción», del «satis» latino, del «bastante» conformista. Sorprendente este espíritu de suficiencia, peculiar en quien cree bastarse a sí mismo en esta época de pretendida solidaridad.

El «uomo cualumque», o el más reciente «papá Biedermeier» no eran unos «don nadie» ni mediocres. Algunos quieren ver en la mediocridad una consecuencia de la «mediocracia» en que puede derivar la respuesta a la aristocracia que se espera con la democracia. Pero esto es como adjudicar a la revolución la «catarsis» incendiaria y a la democracia una templada «sofrosine».

La tibieza, tantas veces condenada, suele distinguir a la mediocridad.

Los mediocres, además de tibios, suelen ser eclécticos, indefinidos, agnósticos, asépticos, indiferentes, ambiguos, ataráxicos…

Quizás se haya caído en esta mediocridad actual por un miedo cerval a la exaltación a la glorificación y al culto. Sin embargo, somos testigos de que la mediocridad no es incompatible con los fanatismos, los dogmatismos y la mitomanía que nos invade; sobre todo, en actitudes colectivas.

Pero no nos dejemos engañar por las paradojas, ya que la competitividad y el ansia de fama y de popularidad no se corresponden con la búsqueda de la excelencia, sino que dependen de una propuesta vulgar y zafia.

El trabajo que supone ser protagonista favorece la alineación, la enajenación, cuando no a la renuncia a vivir la propia vida. Por abdicación, por delegación, de manera vicaria, la masa mediocre ha cedido a las minorías activas, a los «activistas», la iniciativa en la adopción de objetivos, en la acción y en la ejecución. Minorías incansables, bien organizadas, que aprovechan la mediocridad general para abanderar causas, dictar programas y desempolvar dogmas.

Los súbditos del reino de la mediocridad, no advierten sus carencias, no padecen el «horror vacui» e ignoran que su «imago mundi» se ha empobrecido con relación a la que poseía un muchacho a principios del siglo XX que ni viajaba ni veía la televisión. Más aún, su cultura –que la cultura suele ser más importante que los «conocimientos»- hoy es inferior a la que en otro tiempo tenía una mujer sencilla pero que disfrutara, gratuitamente, de las ceremonias de una catedral y donde, rodeada de pinturas y esculturas de primera categoría, se escuchaba la mejor música culta, se podía oír magnífica oratoria, y todo con una puesta en escena que hoy sólo es posible presenciar, a cambio de mucho dinero, en las representaciones operísticas.

Pero, ítem más, no sólo se registra una grave alteración de valores sino que se ha suprimido en estos últimos años el valor que daba «valor supremo» a la vida: la muerte.

Como la ocultamos, la silenciamos, o la disfrazamos, la muerte ha dejado de ser el gran punto de referencia para conceder o restar valor a las cosas.

La mediocridad es «miedocridad». Es falta de valor. El «vale la pena» suponía el reconocimiento al esfuerzo para conseguir lo que valía, sin importar cuánto costara.

Valía la pena ser rico; pero no importaba ser pobre. Lo peor era ser «paniaguado» y se despreciaba la mediocridad, incluso en las ciudades. Todos preferían vivir «en la corte o en el cortijo».

Grandes valores como «el más allá», el amor, el honor, la gloria… forzaban a la gente a jugárselo todo a una carta. Hoy importa más la popularidad, o el conocimiento ajeno, que la propia estima.

El dinero rápido (y fácil) y el éxito, son el valor añadido a los famosos «cinco minutos en la televisión». Y la falsa equiparación del éxito con el mérito nos ha perturbado.

La filosofía del éxito por encima de todo, y a cualquier precio, malogran hoy la aspiración a grandes empeños, hermosas hazañas y retos casi quiméricos, cuyo desenlace no importaba porque, como para Don Quijote, «no importaba el fracaso sino la empresa».

Ahora, pendientes del éxito, e incapaces de afrontar y asumir un resultado adverso, no se acometen aventuras y, antes de correr riesgo alguno, la mayoría prefiere la mediocridad. Los barcos sin la honra. La holganza pancista en la Ínsula Barataria.

Sigue vigente, en el siglo XXI, la opción entre el mínimo común múltiplo y el máximo común divisor. Quizás fue Ortega y Gasset quien brindó la solución: «puesto que el planeta está fabricado para que reine el hombre medio, lo importante es que el nivel medio sea lo más elevado posible; lo que hace magníficos a los pueblos no es sus grandes hombres, sino la altura de sus innumerables mediocres».

Ortega admitía que la mediocridad reinaba. Hoy, por desgracia, reina y gobierna.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: