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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 194
Sábado, 29 noviembre a las 19:41:31

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 194 – 25 de noviembre de 2003

SUMARIO

  1. Lo global como destino, por Alfredo Amestoy
  2. Antifranquismo y democracia, por Pío Moa
  3. Comentarios nacionales, por Manuel Guzmán
  4. Comentarios, por Españoleto


LO GLOBAL COMO DESTINO
Por Alfredo Amestoy

Pablo II y Juan Caros I son los dos Jefes de Estado, católicos, que más tiempo llevan en su cargo. Este hecho es motivo de satisfacción, sobre todo, para los católicos españoles.

El católico español es más católico que apostólico y romano. Y es más católico porque es más «universal». Un católico italiano podrá ser más «romano» pero menos «católico» que un español porque Italia, a pesar de haber conocido, casi inventado, la idea y el ámbito del Imperio, no ha tenido un Imperio «universal». Tan universal que era cierto que en nuestros dominios «no se ponía el sol».

Sin embargo, la «catolicidad», aún siendo anterior, supera a la «universalidad» en amplitud de espacio y en «amplitud de miras». Y es curioso que alguien, como José Antonio Primo de Rivera, tan obsesionado con lo «universal» -por representar lo total, lo integral-, en sus últimos días, sin traicionar el silogismo, modifica su enunciado y prefiere referirse a la «catolicidad».

Si este año se conmemora el centenario del nacimiento del fundador de Falange Española, en estos días se recuerda la fecha de su muerte, el 20 de noviembre de l936, en la cárcel de Alicante. Es allí donde más preocupado que por su propia vida, que sabe va a perder, se dedica a reflexionar sobre «la entraña religiosa de la crisis», en palabras de su biógrafo Stanley G. Payne.

La «crisis» era la crisis de España que ya habla iniciado una guerra que aún duraría treinta meses más.

Payne resume e interpreta el diagnóstico joseantoniano: «La solución filosófica y espiritual se encontraba en la "unidad católica" que había alcanzado un sentido total de la vida religiosa en la Edad Media, es decir, ni sacrificio del individuo a la colectividad ni disolución de la colectividad en individuos, sino síntesis del destino individual y el colectivo en una armonía superior, a la que una y otro sirven».
 

Un destino común

No era la primera vez que se formulaba en el sigo XX la noción de un destino común donde coincidieran el destino individual y colectivo.

Releyendo hace poco La muerte en Venecia, tropecé con una afirmación de Thomas Mann, que, por el cuándo y el cómo la expresa, quiso enfatizar especialmente. Dice así: «Ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal y el destino universal de una generación».

Es sorprendente que Mann y José Antonio utilicen no sólo el mismo concepto de «destino universal» sino la palabra «armonía»" para superar el término «síntesis», en el caso de José Antonio, y el de «afinidad», en el de Thomas Mann.

Si Mann se refiere a una generación, que marcaría el colectivo temporal, estacional, José Antonio encuentra algo más: un universo «espacia». Primo de Rivera había escrito: «La Patria es, cabalmente, lo que une y diferencia en lo universal el destino de todo un pueblo; es como decirnos nosotros siempre, una unidad de destino en lo universal. La nación no es una entidad física individualizada por sus accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica diferenciada de los demás en lo universal por su propia unidad de destino».

Todo esto puede parecer música celestial. Y lo es. Como es sabido que no corren buenos tiempos para la lírica. Pero la cuestión, miren por dónde, se ha actualizado de pronto gracias a la «globalización». Y no sólo Mann y José Antonio, también Vasconcelos y toda su teoría de la «raza cósmica» recobran la vigencia.

El mejicano José Vasconcelos, no tan antiguo, puesto que nació en el siglo XIX pero murió en 1960, con varios satélites artificiales en el espacio, lamentaba que «nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros... Nos mantenemos celosamente independientes respecto a nosotros mismos. Nos ufanamos cada uno de nuestro humilde trapo... y no advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos».

José Antonio subrayaba más aún este criterio: «sin la presencia de un destino común, todo se disuelve en sabores locales. Un pueblo no es una nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales sino por ser otro en lo universal»
 

Lo autóctono en lo local

A un pueblo como el nuestro, y a una comunidad como la hispana, tan singulares -muy acertadamente el propio Vasconcelos dice que «una carencia de pensamiento creador y un exceso de afán critico que, por cierto tomamos prestado de otras culturas, lleva a discusiones estériles-, nos va a resultar difícil compaginar lo global y lo particular. Será muy interesante este proceso en que habrá que renunciar a los atavismos sin perder lo autóctono. Porque a diferencia de otros pueblos nuestro valor es universal pero no común y reacio a colectivizarse. Tenemos una personalidad poco permeable tanto para la recepción como para la emisión y la transferencia.

Somerset Maugham, que a mi juicio supera a todos los hispanistas que han presumido de mejor conocemos en el siglo XX -y he tratado personalmente desde Hemingway a Gerald Brenan-, en la última página de su Don Fernando hace el análisis más certero, y encomiástico, que uno haya leído sobre los españoles:

«En las artes los españoles nada han inventado. No han aportado gran cosa en lo que han producido sino que se han limitado a dar un color local a lo que han traído de fuera. Su literatura no ha sido de primera fila; también pretendieron pintar como los maestros extranjeros, pero incapaces discípulos, han dado a luz a un solo gran pintor de primerísima clase; y en cuanto a la arquitectura la tomaron prestada de los moros, de los franceses y de los italianos y sus trabajos fueron mejores cuando apenas se alejaron de sus modelos. Su superioridad ha sido grande pero cuando ha sido orientada en otra dirección: ha sido una superioridad de carácter. En esto es en lo que les españoles no han sido superados por nadie y sólo igualados por los antiguos romanos».

Somerset Maugham no se para en barras y nos deba el más alto elogio que e puede dedicar a una estirpe: «Parece como si toda la energía, toda la originalidad de esta vigorosa raza ha sido dedicada a un fin y sólo a uno: la construcción de un hombre. No es en arte alguno en lo que han sobresalido los españoles; los españoles han triunfado en algo que es más grande que el arte: en la forja del hombre, que es quien tiene la última palabra».

Lejos de cualquier «chauvinismo», testimonios como el que acabamos de reproducir avalan las exaltaciones joseartonianas del «hombre como portador de valores eternos» o la necesidad de creer en la patria como «unidad de destino en lo universal».

José Antonio iba condicionado y aleccionado por lo español y por lo católico. Cuando Stanley G. Payne se rinde no sólo arte el testamento de José Antonio redactado en la cárcel de Alicante, sino también ante sus últimos escritos, tiene motivos porque José Antonio está «convirtiéndose» al catolicismo más auténtico.

Por ejemplo al decir que «acaso un día vuelva a encenderse sobre Europa unificada la alegría católica».

Está convirtiéndose al catolicismo, como lo hicieron al fin al de sus días Somerset Maugham y Graham Greene, dos grandes enamorados de España. Detrás del catolicismo está la catolicidad, la mejor universalidad. Ojalá en el catolicismo encuentre la globalidad su mejor destino.
 

ANTIFRANQUISMO Y DEMOCRACIA
Carta abierta a los grupos parlamentarios, menos al del PP
Por Pío Moa

Libertad Digital 22,11.2003

Como ciudadano corriente y deseoso, al igual que tantos otros, de restañar viejas heridas en bien de la convivencia, y como aficionado al estudio de la historia, debo manifestarles mi sorpresa por su proyecto de homenajear en las Cortes, y con motivo del 25 aniversario de la Constitución, a las víctimas de franquismo en calidad de defensoras «de la libertad y la democracia». Creo legítimo, entiéndase bien, que cada grupo rinda tributo, como asunto de partido, a aquellos con quienes se sienta más identificado, pero pretender hacer de ello un acto institucional que presuntamente implicaría y representaría al conjunto de los españoles, me parece una perfecta usurpación y una grave manipulación histórica y política.

Como ustedes saben, en la guerra civil la democracia no fue un punto en cuestión, salvo en la propaganda. Pues nadie creerá en serio que defendían la democracia los comunistas, agentes de Stalin y muy orgullosos de serlo. O los socialistas de entonces, que en octubre de 1934 se habían rebelado contra un gobierno salido de las urnas, con el propósito explícito de comenzar una guerra civil e instaurar un gobierno revolucionario. O los nacionalistas catalanes, que participaron en la misma intentona antidemocrática y guerracivilista. O los anarquistas, que despreciaban explícitamente la democracia. O los republicanos de Azaña, que respondieron a las elecciones de 1933 intentando dos golpes de estado. O el PNV, entonces todavía más empecinadamente racista que ahora…

A estas alturas, insisto, no pueden creer ustedes, honesta y sinceramente, que aquellos partidos lucharan por la democracia y la libertad. ¡Y sin embargo intentan hacérselo creer a los ciudadanos, en especial a los jóvenes, que por unas u otras razones ignoran buena parte de nuestra historia reciente!

Tampoco armoniza con la reconciliación, sobre la que se ha levantado nuestra democracia, el tenaz empeño por recordar los horrores de la guerra y la represión sólo en lo que afectaron a un bando. Las viejas heridas están afortunadamente cerradas para la mayoría de los españoles, pero tales empeños buscan reabrirlas y sembrar un rencor que sólo puede servir a los propósitos de los fanáticos. Contra lo que los promotores de esas campañas afirman, la reconciliación y la democracia españolas no se han cimentado sobre un olvido que ellos vendrían a subsanar, sino precisamente sobre una memoria muy viva de los sucesos, y la decisión de no recaer en ellos.

Los viejos antifranquistas invocaban la libertad y la democracia, cierto, pero basta observarlos para percibir el equívoco. El eje de la oposición y único partido que luchó contra aquel régimen desde el principio al final, fue el comunista. Y en la estrategia comunista los lemas democráticos servían de encubrimiento y palanca para empujar la sociedad a un régimen como el simbolizado por el Muro de Berlín o el Gulag.

En los años 40, la forma principal de dicha oposición fue el «maquis», hoy glorificado muy antidemocráticamente, pues consistió en un intento, patrocinado y patroneado por los comunistas, de reanudar la guerra civil, y que no encontró siquiera el apoyo de los partidos y gobiernos no comunistas en el exilio. Y siguieron siendo los comunistas los principales opositores al franquismo en las décadas posteriores, aunque en la de los sesenta, cuando la dictadura se había liberalizado notablemente, entraron en liza el nacionalismo terrorista de ETA y otros extremismos. Naturalmente, muchos comunistas y terroristas sufrieron la represión de Franco, pero ¿son por eso apóstoles de la libertad? Una vez más, es imposible que ustedes lo crean, y sin embargo intentan hacerlo creer a la ciudadanía.

Hubo, desde luego, una oposición no comunista ni terrorista, pero resultó muy llevadera para la dictadura, y apenas tuvo víctimas propiamente hablando, en el sentido de los «largos años de cárcel, fusilamientos», etc., mencionados en su convocatoria. La oposición al franquismo fue, como también saben todos ustedes, muy minoritaria. Seguramente no participó en ella la inmensa mayoría de ustedes, entre los que por edad pudieron hacerlo; o participó de forma tan suave que Franco no se dio por enterado. Seguramente, al morir éste, habría muy pocos presos políticos del PNV, del PSOE, de CiU y de tantos otros grupos firmantes del homenaje.

Un claro objetivo de su homenaje es poner al PP contra las cuerdas: «Si el PP no firma –vienen a decir–, queda en evidencia que viene del franquismo y no defiende la democracia». Insisto, la democracia defendida por los comunistas y los nacionalismos terroristas, o antes de ellos los anarquistas, los antiguos socialistas y demás, no es en modo alguno la democracia en que queremos vivir casi todos los ciudadanos. Y la inmensa mayoría de ustedes también viene del franquismo, al menos en el sentido de que no lucharon contra él en cualquier forma que valga la pena mencionar, y asimismo en sentido más estricto. Por ironía, quizás haya en el PP, ahora mismo, más personas que sí combatieron a la dictadura, incluso en grupos extremistas, que entre ustedes, tan amigos de dar grandes lanzadas al moro muerto.

Ciertamente fue una dictadura el régimen de Franco, pero no debe ocultarse que de ella, al revés que de otras dictaduras defendidas por gran parte de sus enemigos, salió una sociedad próspera y políticamente moderada, muy distinta de la que sufrió la guerra civil. Sobre esa prosperidad y moderación ha sido posible edificar un régimen de libertades que dura ya un cuarto de siglo. Si observamos los peligros que ha corrido y corre nuestra democracia, vemos que en su mayor parte proceden de quienes, justificándose en un antifranquismo a deshora, falsean la realidad histórica.

Estos falseamientos de la memoria colectiva sólo pueden producir monstruosidades políticas, y de ningún modo asentar la democracia y la reconciliación, ni siquiera la simple convivencia en paz. ¿En qué otra cosa, si no, se apoya el asesinato sistemático practicado por un sector del nacionalismo vasco? ¿O la opresión y el miedo que han anulado prácticamente las libertades en las Vascongadas, o que, con menor virulencia, llevan a una masa importante de los catalanes a no sentirse representada en ningún partido? ¿O los actuales y peligrosos intentos de disgregar el país? Por sus frutos los vamos conociendo.

Comprendo que los comunistas de Izquierda Unida, o los secesionistas del PNV, siempre dispuestos, los últimos, a obtener réditos del terrorismo, promuevan tales convocatorias, pero no puedo, o al menos no quiero, creer que la mayoría de los firmantes del homenaje, aspiren a la clase de «libertad» implícita en sus palabras. Sería realmente dramático.

No habría motivo para esta carta si ese juego de usurpaciones e imposturas se limitase a una especulación caprichosa sobre el pasado. Pero sus repercusiones en la política actual son demasiado graves para dejarlo pasar por alto. Me alarma en especial que estas maniobras ocurran en un momento histórico en que los enemigos de la libertad y la unidad de España nos lanzan a todos su desafío. Parece como si estuviésemos retrocediendo muchos años, a la viej alianza que abrió el camino a la guerra civil. Me gustaría hacérselo ver a ustedes, y sobre todo a los ciudadanos preocupados por lo que ocur, a quienes se intenta desconcertar con estos juegos de sombras. Es mucho lo conseguido en los últimos veinticinco años, y no debemos permitir que lo arruine la demagogia.
 

COMENTARIOS NACIONALISTAS
Por Manuel Guzmán Amorrortu

Hoy se cumplen cien años de la muerte de Sabino Arana, famoso y venerado –por sus correligionarios- creador de la Suprema Doctrina que un día deberá liberar a Euzkadi definitivamente de sus cadenas. Ante tan importante acontecimiento no estaría de más mostrar cuál era la visión que tenía Arana del nacionalismo. Pues, aunque él es muy conocido, sorprende ver lo poco que se conocen sus ideas.

Trabajador voluntarioso, elaboró todo su sistema ideológico en torno a un sólido pilar central: el odio mortal a España. Sobre este odio construyó todo el edificio de insultos, mentiras y disparates históricos que es el nacionalismo vasco: «Aquella Vizcaya que supo guardar su independencia al precio de la sangre de sus hijos, venciendo en mil combates al musulmán, al hispano, al galo y al sajón […] temida, aunque pequeña, por todas las naciones […] vedla ya en el siglo XVIII, intoxicada por el virus españolista, anémica y sin fuerzas para oponerse a un contrafuero, y por último en este nuestro siglo despedazada por la furia extranjera, y expirante, que no muerta lo cual fuera preferible, sino humillada, pisoteada y escarnecida por España, por esa nación enteca y miserable».

O más claro aún: «Nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de la esclavitud. No hay odio que sea proporcionado a la enorme injusticia que con nosotros ha consumado el hijo del roman».

Sí son célebres las decenas de afirmaciones en las que compara a los varoniles y apuestos bizkainos con los feos, afeminados y torpes maketos invasores -hoy inmigrantes-. Célebres y dignas de sainete, si no fuese por los centenares de muertos que han contribuido a causar.

Pero dentro de unos meses se dará otro centenario. Antonin Dvorák, compositor de origen checo, falleció en Praga el 1 de mayo de 1904. Para la gran mayoría es un perfecto desconocido. Para algunos pocos, el autor de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Y en realidad fue un romántico apasionado y uno de los más grandes creadores de la música europea.

Como Sabino, también Dvorák ha pasado a la historia como un fervoroso nacionalista. Amaba a su patria y trataba de honrarla con inolvidables melodías que le inspiraba la música popular de su país.

Infeliz Arana, digno de compasión más que de odio en una época de grave crisis para su país –que con la pérdida de Cuba y Filipinas parecía tocar fondo-. No fue capaz de asumir esa situación desdichada con la dignidad caballeresca vizcaína de la que tanta gala hacía. Quedará como protagonista de uno de los capítulos más tristes de la historia de España.

Feliz y bondadoso Dvorák, como lo demuestra su música, fuente de alegría y salud espiritual para todo el que la escuche con los oídos bien abiertos. Quedará como un artista y como un patriota ejemplar.

He ahí dos formas bien distintas de ser nacionalista, determinadas por dos formas bien distintas de entender la vida. Cien años después, gracias a la incansable labor de Arana y de sus herederos, nuestra amada Euskalerría se enfrenta a un grave problema. Un problema que tiene difícil solución. Quién sabe si todo empezaría a ser más fácil si se escuchase más a Dvorák que a Sabino.

Mientras tanto, debemos proclamar la memoria del checo con la tenacidad del vizcaíno.
 

COMENTARIOS
Por Españoleto

LA CONSTITUCIÓN, ORIGEN DE LOS TIEMPOS

Con motivo de la anunciada boda del Príncipe, se disparan los comentarios acerca de si se cumple con los preceptos constitucionales, o de si conviene cambiar la Constitución para hacer que las mujeres tengan derecho sucesorio primogénito. O de si la Monarquía se instauró con ella. O... más cosas. Parece como si nuestra convivencia nacional se basara exclusivamente en la vigencia de la Constitución; como si la historia anterior no existiera; como si la Tradición secular no tuviese significado; como si todo debiera revisarse, «ex novo», a partir de lo que decidieron seis personas hace veinticinco años.

¿Será verdad que somos meros ciudadanos, en vez de personas?
 

PODRÁN EQUIVOCARSE, PERO NO DEBEN FALLAR

Con esta inteligente frase se ha expresado el desaprovechado Vidal Quadras sobre el tema del noviazgo del Príncipe de Asturias. Trasluciendo la inquietud de un amplio sector de la población española por la personalidad de la novia y la inmadurez sentimental de novio, les recuerda que tienen la obligación de sobreponerse a cualquier error que cometan. Y de mantenerse en esta posición de amor mutuo que ahora airean, pase lo que pase en el futuro. El futuro de España depende de ellos en una extensión que no tolera fallos.
 

LA EMBAJADA SE REPLIEGA

La embajada española en Iraq reduce drásticamente su personal, lo mismo que diversas ONG. Sólo queda el personal indispensable... y las tropas. Que además están lejos. Es de esperar que no sea un propósito inicial de abandonar a los iraquíes a la suerte de los terroristas asesinos de Sadam. Sería algo imperdonable.


 
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