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Altar Mayor - Nº 89 (19)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:00:58

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

LIBROS Y REVISTAS

UNAS NOVELAS NAVALES ENCOMIABLES
Edic. Aglaya. Luis Delgado Bañón

Las novelas históricas españolas con ambiente naval son escasas en España. Frente a una relativa abundancia de las de ambiente general, los novelistas españoles han preferido no introducirse en ese tema, de forma que es difícil encontrar un personaje ficticio de ambiente naval que haya alcanzado la popularidad de Gabriel Araceli, el capitán Alatriste, o el Coyote, por citar sólo algunos variados. En los años cuarenta del siglo pasado Molino editó, dentro de sus novelas populares, una breve serie sobre «El corsario azul», de J. León, ambientada en el Caribe del siglo XVII, que mereció más éxito del que tuvo, pues pronto quedó perdida en el olvido, sin ningún tipo de secuencia o competencia reseñable. Parece que los escritores españoles modernos estén abrumados por la mentalidad de que no hay campo donde espigar hechos memorables. El espíritu deprimente del siglo XIX, abierto navalmente con Trafalgar (1805) y cerrado con Cavite y Santiago (1898) no invita ciertamente a muchas alegrías para andanzas navales satisfactorias. Sólo E. Casariego ha intentado varios temas y personajes aislados, que pudieran merecer alguna consideración. Por contraste, en Inglaterra proliferan los novelistas sobre temas navales, que se consideran capacitados por la asombrosa ejecutoria de la R. Navy a crear relatos y personajes, prolijos y amenos, sin la menor preocupación por la verdad histórica en que se ambientan, pues el trasfondo hace creíble cualquier relato.

Esa cohibición intelectual española no tiene fundamento real. En primer lugar, porque los ocho o nueve siglos de historia naval de nuestra Nación proporciona múltiples ambientes donde encontrar situaciones satisfactorias. En segundo lugar, porque por debajo y alrededor de las grandes batallas históricas de cualquier momento histórico hay, incluso en los casos más desafortunados, una miríada de acciones de todo tipo que pueden proporcionar el telón de fondo de tramas satisfactorias. Es decir, hay oportunidad para cualquier novelista que no se autolimite por una cortedad histórica. Existe suficiente documentación cierta de donde espigar personajes y acontecimientos interesantes, por lo que la carencia reseñada es atribuible sólo a esa autolimitación o ausencia de interés por parte de los autores.

Este comentario está motivado porque ha aparecido, con penosas trabas de distribución, un autor decidido a suplir esa carencia. Luis Delgado Bañón, un Capitán de Navío de la Armada, ha decidido aprovechar su doble vocación de marino e historiador para desarrollar una tercera faceta de novelista. Tras unos escarceos iniciales, difíciles de encontrar en librerías, ha iniciado lo que él anuncia como una saga familiar de la marina, ambientada por ahora en la segunda mitad del siglo XVIII. Una pequeña editorial, Aglaya, le ha publicado ya cuatro títulos (La galera Santa Bárbara, La cañonera 23, La flotante San Cristóbal y El jabeque murciano. El protagonismo corre a cargo de padre e hijo de un pueblo alcarreño. Ambos sienten vocación marinera que, tras fallido intento del padre, se consolida en una carrera del segundo dentro del Cuerpo General. Las peripecias humanas y navales de los protagonistas, y sus acólitos fijos, entretienen sobradamente al lector, además de informarle ampliamente de términos marineros antiguos. El autor es un buen profesional.

Advierte que no intenta falsificar los hechos históricos (no quiere seguir la pauta de los novelistas británicos, como él advierte en uno de los prólogos). Las peripecias de sus protagonistas son inventadas, claro está, pero enmarcadas en situaciones reales. Por ahora, tan desgraciadas como el fracaso del segundo sitio a Gibraltar. El autor demuestra su interés por plantear la capacidad permanente de ilusión de los marinos, demasiado a menudo frustrada por la ineficacia de los mandos superiores de la Armada.

Uno de los personajes secundarios, histórico, es el Almirante Barceló, de humilde origen. Le sirve al autor para expresar la decepción por tantas ocasiones históricas fallidas por falta de la conveniente audacia en los mandos superiores, frente a la permanente audacia de la R. Navy. Un problema endémico en la Marina española de los últimos dos siglos, que sólo se superó en el bando nacional en nuestra Guerra Civil. Constituía la única solución al desastroso planteamiento con el que se encontró la Armada a poco de empezarse ésta. Está por ver en dónde para esta saga marinera apenas empezada.

E. Hermana
 

LOS CIEN PRIMEROS AÑOS DE LA DIÓCESIS DE SANTANDER EN LA VIDA DE SUS OBISPOS. 1755-1860
Santander, 2003 - Francisco Odriozola

Las cuestiones de la fe y razón, ciencia y religión, cristianismo y modernismo, cultura y espiritualidad, se nos ofrecen en la actualidad con mayor profusión y en algunos supuestos con desmesurada urgencia. Eso ha sido más posible plantearse, tratándose del cristianismo, porque incluso partiendo de la gracia de Dios, y de la resurrección de Cristo, esta doctrina -camino, verdad y vida- tiene su grandeza en la libertad del hombre. Es decir, todas las alternativas no son viables, dentro de un fundamentalismo religioso, como algunos de los que afloran -o nos aprietan- en la actualidad. Y después, es advertir que aquella tensión dialéctica, es «ahistórica», es decir, ha existido desde los primeros destellos y mensajes del cristianismo, con modalidades específicas y cualificaciones espirituales y humanas en el devenir de la incardinación del hecho religioso en la sociedad de «su» tiempo, haciendo posible eso que hemos llamado la «civilización occidental», a la que se le «discute» el adjetivo de «cristiana».

Esta idea última es la que nosotros tomamos como pórtico y consecuencia al leer la obra Los cien primeros años de la diócesis de Santander en la vida de sus obispos. 1755-1860, de Francisco Odriozola, historiador, filósofo, canonista, intelectual, apóstol. Se pudo titular escuetamente «Los primeros cien años de la diócesis de Santander (Historia, vida y acción. Sus seis primeros obispos)», porque en realidad, con una exhaustiva documentación, lo que se descubre es, en primer lugar, cómo nació, desmembrada de Burgos, la sede apostólico-diocesana de Santander (lo que recuerda algunos problemas recientes de la Iglesia en España).

En segundo lugar, el pluralismo de los orígenes particulares de los que fueron sus seis primeros prelados santanderinos: Francisco Javier de Arriaza Sepúlveda Medina y Altamira (1755-1761), madrileño de ascendiente, con raigambre política y religiosa, que crea el primer gobierno diocesano, con el acierto de implicar a los entes religiosos o conventuales existentes, y algunas órdenes militares. El segundo obispo fue Francisco Laso Santos de San Pedro (1762-1783), palentino, de familia campesina, formado en Salamanca, y con tareas apostólicas en Ciudad Rodrigo. Le tocó atender a una parte de jesuitas -en total 2.700, con cierre de 232 colegios en España, e Hispanoamérica- que salen fuera de España, por vía de Santander para Italia, según dispuso Carlos III ante el cual el obispo Laso Santos, se dirige valientemente, exponiéndole sus problemas y los atiende materialmente, en el propio claustro de la catedral, y otros alojamientos conventuales.

Rafael Tomás Menéndez de Luarca y Queipo de Llano, tercer obispo de Santander (1784-1819), es asturiano, décimo octavo hijo de unos humildes hidalgos de cuna y religión, con estudios en Salamanca y Alcalá, canónigo lector en Mondoñedo, y luego en Oviedo, por oposición. Un buen planificador pastoral, que continúa con los efectos de los problemas de los jesuitas que todavía quedan por expulsar desde Santander; y los de la Revolución Francesa con un impacto económico que obligó a un replanteamiento de conventos en Cantabria, reducción de salarios, aportaciones a la Junta Suprema. Tuvo que refugiarse en Asturias por la posición que tomó en defensa del pueblo.

El cuarto obispo fue Juan Nepomuceno Gómez Durán (1820-1829), toledano, formado en el Colegio Mayor Santa Catalina, canónigo penitenciario de su catedral, consagrado en Madrid, como Obispo, antes de ser elegido para Santander. Una etapa de reformas liberales, y sobre todo, de un exacerbado anticlericalismo, festivo e hiriente. Se impuso el servicio militar obligatorio a los seminaristas, y con la célebre «ley de monacales» de 1820, se suprimían los conventos, órdenes, etc., que no llegasen a 24 sacerdotes ordenados. Hizo frente a los francmasones en Cantabria, que tuvieron mucha fuerza. Se preocupó por la formación de los sacerdotes, en lo intelectual y en lo religioso. Se apoyó mucho en el colegio de las Escuelas Pías de Villacarriedo, los franciscanos y dominicos, cuando todavía no había seminario. Finalmente fue propiciado como obispo de Málaga.

El quinto obispo fue Felipe González Abarca (1830-1848), de Avilés, religioso mercedario, formado en Salamanca, catedrático de Hebreo en la Universidad de Santiago, Vicario General Castrense, obispo de Ibiza, en 1816. Fue un visitador, pueblo a pueblo, en años de epidemias y de cólera. No se arredró ante los efectos de una desamortización desmedida; aunque sí le obligó a reordenar la sobrevivencia de algunos conventos, especialmente cuando se dieron casos de secularización, como ocurrió con el de los Dominicos de Ajo (Cantabria), con el P. Apolinar, famoso personaje de la novela de Pereda Sotileza.

Manuel Ramón Arias Tedeiro de Castro (1848-1860) es el sexto obispo de Santander, hasta el cual se refiere el libro que glosamos en estas páginas. Nacido en Carballino (Orense), entroncado con familias de eclesiásticos de aquellas tierras, entre ellos, los obispos de Pamplona y Valencia. Pastoral, eucarístico, va a poner en marcha el Seminario, que luego se llamaría Monte Corban. Reorganizó las parroquias de Santander, que se han mantenido substancialmente, con las nuevas creaciones propias, con aplicación ya de las pertinentes normas concordadas.

Si hemos dado estos datos y anécdotas, ha sido, por un lado, para reflejar la problemática de una sincronización de Iglesia-Sociedad-Estado, y, de otro, para mostrar la presencia activa de la Iglesia en la realidad de su tiempo; y, al tiempo, acuciada por «su» tiempo. Y, sobre todo, para destacar, aunque la obra es un ejemplo de erudición y de bibliografía, la riqueza de un libro, que no se limita a dar nombres, o citas, sino a redescubrir los horizontes históricos, humanos, políticos, de cómo nació la Diócesis de Santander, y cómo se desarrolló a lo largo del mandato de sus seis primeros obispos. El actual, don José Vilaplana, prologa y auspicia la obra. Es un trabajo de Odriozola Argos, que merece ser conocido. Y no sólo por los diocesanos y fieles cántabros.

Jesús López Medel
 

AL-ANDALUS CONTRA ESPAÑA. La forja del mito
Editorial Siglo XXI, 2000 - Serafín Fanjul

El autor, catedrático de literatura árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, escribe un libro nada fácil de leer, por la abigarrada entrega de citas y referencias (más de 350) sobre un tema bien condensado en el título y subtítulo: la denuncia de la doctrina, hoy políticamente correcta, de la tolerancia musulmana, la convivencia entre las tres culturas en España medieval, y la superioridad de la cultura andalusí sobre la cristiana norteña. Pese a la difícil asimilación mencionada, el libro va por su cuarta edición, lo que significa que hay un sector de la población ansioso de ver que por fin se canta las cuarenta a los tópicos.

Sin necesidad de citar a Sánchez Albornoz, el autor fustiga reiteradamente las fabulaciones de Américo Castro «y sus repetidores [...] y las vociferantes condenas pseudohistoricistas que desde el Siglo XIX nos anatemizan culpando a la expulsión de los moriscos del empobrecimiento económico español, creando un clima de opinión generalizada de interiorización colectiva de nuestro pecado original frente a moros y judíos, con el ineludible corolario de expiación de nuestras culpas. Américo Castro abre la senda y por ella se precipita un aluvión de seguidores, peor que mejor informados». El resultado es una abrumadora producción de 822 libros publicados en España entre 1970 y 1996, cultivando el estado de opinión en que está hoy la sociedad española. El autor denuncia, por ejemplo, la fantasía de Antonio Gala y la obra de Goytisolo como unas de las principales máquinas de ese clima de opinión.

En conjunto, denuncia mentiras, tales como la distribución de la población morisca en Valencia y Aragón, la superioridad cultural árabe en edificaciones que no han pervivido sino por su decoración mural, la inferioridad cristiana: «Una España inculta, atrasada, fanática y, por ende, poco poblada arrasa a un Al-Andalus rico, culto tolerante y superpoblado. La tontería se comenta sola».

El autor desvela la mínima repercusión de palabras árabes en los lenguajes vulgares españoles, como muestra de la escasa mezcla de la sociedades, se ríe de quienes buscan raíces árabes en la poesía española medieval, aduciendo razones lingüísticas, advierte de la permanente legislación cristiana para considerar a mudéjares y moriscos como especies a extinguir por incorporación, y del éxito de ésta en los reinos de Castilla y en gran parte de Aragón. Las pugnas culturales y sublevaciones a lo largo del Siglo XVI, hasta la definitiva expulsión de 1609, muestran lo acertada y bien recibida que fue esta medida, y los beneficios posteriores derivados de ella.

Pero sobre todo, destaca que «En ningún otro país europeo se vivió la necesidad de pelear contra los infieles con la necesidad acuciante, como tarea colectiva, con que se sintió en España». Fue la principal apuesta española por mantenernos dentro de la «europeidad», de la que tanto nos ufanamos hoy, abominando, sin embargo, de nuestra historia real en la Edad Media.

Una obra hoy atípica, y encomiable también por ello, además de por su solidez intrínseca.

E. Hermana
 

TUMBAS SIN NOMBRE
Edaf, 2003. - Iker Jiménez y Luis Mariano Fernández

Casi siete décadas después del inicio de la última guerra civil española persisten heridas sin cicatrizar. Probablemente el ejemplo más flagrante de esto son las recientes exhumaciones de cadáveres promovidas por Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Acciones legítimas que se tiñen de color político cuando la recuperación de restos lo es sólo de uno de los bandos. La legítima búsqueda de la memoria, incluso el deseo de contribuir a un sincero homenaje póstumo, acaba siendo rehén de la lectura «progre» de la fatal guerra.

Tumbas sin nombre es, sin pretenderlo, una obra que recuerda a los «otros» muertos; las víctimas de la guerra que lo fueron a manos de milicianos republicanos, fundamentalmente comunistas y anarquistas.

Tumbas sin nombre toma el título del lugar homónimo del Monasterio Santa María de la Cabeza (Jaén) en el que yacen, en enterramientos comunes, las doscientas víctimas del asedio al que el ejército republicano -con la ayuda de maquinaria de guerra soviética- sometió entre el verano de 1936 y abril de 1937 a las familias de guardias civiles atrincheradas a la espera de una ayuda que nunca llegó.

Pero esta obra no se inscribe en el terreno de la Historia Contemporánea sino en el de la Parapsicología.

Todo arranca de una sesión de hipnosis regresiva en la que Ricard Bru somete a Ana Castillo en la casa de María Gómez en Bélmez de la Moraleda (Jaén). La misma casa en la que aparecieron en 1971 las conocidas «caras de Bélmez». La sesión -oportunamente filmada- sería emitida en el programa de Canal Sur «Flash back» en febrero de 2003. Durante el desarrollo de la sesión, la hipnotizada alude a escenas trágicas que luego resultan ser las de las muertes y asesinatos de los miembros de la familia Chamorro Gómez. En esta misma sucesión de «imágenes», la hipnotizada pone en boca de los asesinados expresiones del tipo «que vienen los rojos» lo que provoca que los conductores de la sesión le pidan que no haga referencia a bando alguno. Hay que recordar que Canal Sur es la primera cadena de televisión pública andaluza y está influenciada directamente por el PSOE.

A partir de aquí el libro transcurre presentando las pruebas que -a juicio de los autores- demuestran que «las caras de Bélmez» corresponden a los miembros de la familia Chamorro Gómez.

Fuera del enfoque histórico, la obra discurre de la mano de un lenguaje no brillante pero fluido al que le sobran las escenificaciones forzadas de la investigación realizada por los autores.

La Guerra Civil -como todas las guerras- fue la consecuencia de una sociedad enfrentada radicalmente incapaz de dirimir sus diferencias sin recurrir al plomo y la metralla.

Tumbas sin nombre nos recuerda que aún subsisten anónimas en las entrañas de la tierra «otras» víctimas, aquellas de las que no se ocupa la historiografía políticamente correcta ni cabe en el pliego de reivindicaciones de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

José M. Cansino
 

30.000 DESAPARECIDOS (Realidad, mito y dogma)
Guillermo Rojas

Desde hace más de 20 años los argentinos asistimos a una suerte de show político-cultural-mediático con referencia a las consecuencias del episodio de guerra revolucionaria que finalizara en la década del ‘70. Esta función iniciada durante el gobierno de Alfonsín tiene el alegado propósito de construir una falsaria memoria colectiva. A la misma han contribuido todos los gobiernos de turno ejecutando una política de Estado sistemáticamente orientada, de un modo u otro, a reivindicar a las bandas castristas que asolaran nuestra patria durante más de tres lustros.

Vemos cómo en todos esos gobiernos surgidos a partir de 1983 se encaraman ex terroristas siempre pretendiendo dar cátedra de ética y moral republicana. Observamos también cómo grupos residuales de la guerrilla y el terrorismo mal llamados defensores de los derechos humanos se convierten en una suerte de instancia institucional, con prerrogativas consultivas y de gobierno de ciertas áreas de la administración pública, subsidiados e indemnizados millonariamente por haber sido supuestamente victimizados por la represión. Actualmente acumulan un poder como pocas veces tuvieran instituciones de este tipo en el país.

Los que implementan la política mencionada desde el Estado como los recipiendarios de la misma rinden pleitesía al Dogma Progresista en cuya base se encuentra el mito de los 30.000 desaparecidos, construido mediante la sustitución de la realidad, el falseamiento y la mutilación de la historia más reciente basándose más que nada, en campañas propagandísticas de los medios de comunicación que buscan descerebrar a la sociedad argentina inventando una historia para convertirla en verdad de fe democrática cuya finalidad es establecer la existencia de una suerte de holocausto argentino convirtiendo a quienes combatieron armas en mano por el marxismo en victimas inocentes y a quienes los combatieran y derrotaran militarmente en monstruos sedientos de sangre, en emblemas de la muerte.

Esos mismos personajes políticos que reivindican desde el Estado a la guerrilla castrista corren al mismo tiempo presurosos a rendir examen ante los amos del mundo para no quedar afuera del reparto del poder internacional. Así queda establecido, para sorpresa de incautos, que marxismo y capitalismo no son antitéticos y que el más acérrimo liberalismo puede convivir y hasta coaligarse con el marxismo cultural y hasta político llevando a una nación a vivir el mundo del revés donde los asesinos y terroristas defienden los derechos individuales, los defraudadores son empresarios exitosos, los empleados de la usura internacional manejan las finanzas, los delincuentes legislan y los que tendrían que hablar se callan.

Este libro sólo tiene como objetivo la historia completa y real que determinará el nacimiento de la cuestión de los desaparecidos. Pero más que nada su finalidad es dar a conocer la gigantesca maniobra que hay detrás de la misma para cambiar la historia convirtiéndola en una caricatura de la realidad con la que pretende lavar el cerebro de los argentinos para suplantar la verdadera memoria histórica por mitología y falsedades, en aras de venganza, dinero y poder oculto bajo el manto del humanitarismo y la justicia.

Antonio Caponnetto
 

JACOBINOS Y BOTARATES
Mario Tecglen

Conocí a Mario Tecglen gracias a una de sus obras: La juventud del Morral y la canción, publicada en 1999. Libro dedicado a la juventud encuadrada en las filas del Frente de Juventudes de la inmediata posguerra. Y describe en sus relatos los logros deportivos de los montañeros de aquella organización falangista a la que pertenecía, y que, según declara, le han marcado: religiosamente como creyente temeroso de Dios; moralmente como hombre y deportivamente como alpinista activo con historial.

Así mismo, por otra parte, es editor y arreglador musical de un disco que contiene viejas canciones del Frente de Juventudes, junto con algunas nuevas obras compuestas por él, letra y música, entre las que destaca por su belleza: «Medio siglo cumple mi Centuria».

La fuerza que habitualmente imprime este autor a sus opiniones define una personalidad decidida y audaz.

Jacobinos y Botarates permite al lector, a través de su amenidad, conocer un período histórico altamente interesante y controvertido, mediante relatos muy entretenidos, pero también rigurosos y honrados con la historia. Y, además, incluye descripciones del Viejo Madrid, con personajes reales de la época y episodios costumbristas que permiten trasladar al lector a la realidad cotidiana de aquel Madrid de los primeros años treinta, al tiempo que contempla una de las épocas más acontecidas de los últimos tiempos: El 14 de abril, La Quema de los Conventos, El 10 de agosto, Casas Viejas, La fundación de Falange Española, Las luchas callejeras. Y termina con la muerte alevosa del joven estudiante falangista Matías Montero, que fue posterior icono de la juventud universitaria.

Me cumple comentar, para los aficionados a la montaña, las brillantes descripciones que hace de los Andes Peruanos y del Guadarrama. En ellas se trasluce su poética forma de admirar y describir aquello de lo que se siente enamorado. Y para los que sienten la Arquitectura, las elegantes y distintas maneras de contemplar las emociones estéticas de la Plaza Mayor de Madrid.

Jacobinos y Botarates, es fácil advertir que no ha nacido por casualidad. Y que su edición contiene el mensaje de explicar a los lectores las razones por las que muchos jóvenes e intelectuales, preocupados por el marxismo creciente, y seducidos por los grandes ideales de amor a Dios y a la Unidad de España, junto a las promesas de justicia social del Nacional-sindicalismo, se alistaron con fervor en las filas de Falange Española.

Mario Tecglen, en sus relatos, defiende a través de sus personajes una visión realista y veraz del pasado de nuestra patria. Puede que a una mayoría políticamente adscrita a la «verdad oficial» no le guste. Qué le vamos a hacer.

Una prueba fehaciente de la rigurosidad histórica del autor la tuve a través de mi amigo José María Serrano, nieto del capitán Serrano que figura en el libro como uno de los participantes en los sucesos del 10 de agosto de 1932, que al leerle los párrafos del libro en los que se mencionaba a su abuelo, me relató su versión de los hechos, y pude comprobar que coincidían exactamente con los relatos del libro de Mario.

En mi opinión, que es nada más que la de un humilde amante de nuestra historia, este libro es un retrato magnífico de la España de comienzos de los años treinta que nos deja con la miel en los labios, por lo que esperamos nos deleite con una esperada segunda parte, que llegue, como mínimo, hasta el 18 de julio de 1936.

Mario, que realiza todas las actividades que se propone con el entusiasmo necesario del montañero que lucha para coronar la cima de un monte escarpado, es de esperar que esta actividad literaria la corone también con el éxito que merece. Así sea.

Enrique Uribe Lacalle


 
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