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Altar Mayor - Nº 89 (18)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:03:54

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (6)
Por Ignacio Fernández García

19 horas: Tajo y Ángelus

Los proveedores corrieron con sus botas y cantimploras y los servicios de Intendencia les repartieron la última ración de vino del día. Otra vez los mozos dejaban la teoría para adentrarse en la práctica dura del pico y el azadón, que ya eran denominados «lebreles», por lo mucho que mordían en las manos cada vez más endurecidas.

Nadie había osado llevarse herramientas tan desagradables y allí, en el último hoyo que se hizo, estaban tan inmóviles como quedaron. Alguno no se recató y comentó la mala suerte al enfrentarse con tales herramientas de trabajo, acordándose de tanto ratero desplazado. No había otra solución que agachar los riñones y hacer que resbalase el palo del azadón, al tiempo que se pedía a Dios que faltasen las piedras y se miraba como se unía la hilera más cercana, pareciendo que la nuestra no adelantaba al menos de acuerdo con nuestros deseos

Las piedras rodaban y los azadones sonaban secos y metálicos según el terreno.

Aquella loma de la primitiva mañana estaba saturada de hoyos y hubo que desplazarse por unidades hacia nuevas parcelas. Estas eran impresionantes en su salvajismo; estaban llenas de hierbas y matas altas que se movían con cadencia pesada, lenta, como queriendo negar nuestra entrada que las tumbaba con las raíces al sol.

Allá, en un pico no muy grande, rodeado de otros más altos, se adoptó una forma semejante a la de la faena anterior y como siempre que el paisaje era nuevo, se trabajaba con más ganas.

Los comentarios eran semejantes todos los días; Gordillo se reía mientras escuchaba a «Penamora», Escuadrista de Tetuán de las Victorias, asugurar muy serio que fe era la que necesitarían sus amigos para creerse que él había empuñado el «lebrel» y además pagando.

Serafín, no muy convencido, llamaba la atención a Evaristo, Escuadrista sanitario, porque se miraba más las ampollas que golpes daba, y aseguraba que luego, a la hora de las curas, no podría ni poner un esparadrapo.

Carlos hacía acopio de frases más o menos legionarias para usarlas entre su centenar, y hay que reconocer que la moral de sus escuadristas era un poco más elevada, cosa no fácil, que la de los demás.

El grupo procedente de Vallecas limpió la maleza y agujerearon los lugares más abruptos haciendo honor al Jefe que los mandaba y al barrio de donde procedían. Destacaba la mezcolanza entre tipos como el de la Primera Falange, propietario de coches último modelo y el conocido como el «Roquero», auténtico quincallero que recorría los pueblos de la provincia madrileña con su burro. Todo ello no contaba a la hora de vivir como auténticos hidalgos, con un corazón tan a la española que sólo reconocían mejores a la hora del servicio a sus superiores si estos eran tan buenos como ellos. Ponían una energía indomable para asumir y resolver todas las dificultados por duras que fuesen. Eran los que operaban como vanguardia de los terrenos más abruptos despertando admiración, lo que les daba fuerza para tal tarea. Vallecas, de donde procedían, pudo sentirse orgullosa de quienes tan altamente la representaron.

José Luis operaba más lento pero sin faltarle eficacia. Su centenar estaba compuesto por chamberileros y escuadristas de centro, hospital y palacio, en su mayoría teóricos, que transformaban su sueño en duras jornadas de realidad. Trabajaban por saber que el fin era noble, pero no sin hacer sus ascos a tal necesidad. Habían dicho quiero, y como dueños cumplían después sin discusión recordándose en cada golpe de azadón su resolución de agujerear la tierra. Tal vez callaban porque tenían más ganas que nadie de hablar cuando Andrés o Romo les decían que sus hoyos eran los mejor hechos y que se notaba bien que tenían prisa, pues lo hacían despacio. Y así eran estos casi hombres que terminaban de formar su alma en plena libertad bajo una voluntad consciente y enérgica. José Luis confesaba que cualquier escuadrista suyo era mejor que él, lo que no cabe duda que le hacía superior.

El Jefe de Día anunció la hora del Ángelus, y después de acercarse al Pater, ordenó al corneta que tocase atención y marcha. Al toque, los picos y azadones reposaron en la tierra, los chambergos pasaron a las manos y en posición de firmes, con la cabeza descubierta, escuchaban y rezaban el Ángelus.

La quietud de la tarde, como la brisa de la mañana, y el resol del medio día sostuvo en los aires el saludo lleno de reverencia de los acampados a su más querida Madre: «El Ángel del Señor anunció a María, que concibió por obra y gracia del Espíritu Santo». Luego el Ave María y entre plegarias un toque largo y agudo del corneta.

Estas tierra de Castilla se estremecieron al recordar la vieja costumbre española hecha realidad por unos hombres que tenían tostados los cuerpos, pero limpias las almas.

Era el toque del Ángelus algo tan bello que todos lo esperábamos en silencio como queriendo saborear cada vez el asombro de ver el campo hecho Capilla de la Virgen.

Después se trabajaba de nuevo con el mismo ritmo de siempre. Así hasta el toque de alto, momento en que Romo y Andrés, con un haz de juncos (cortados y contados por acampados que por estar quemados de sol, o haber sufrido alguna lesión sin importancia estaban rebajados del trabajo), se dedicaban a contar los hoyos por el fácil sistema de quedarse sin juncos a base de echar uno en cada hoyo que no lo tuviese. Luego contaban los mazos de cien que habían usado y resultaba sencillísimo saber los millares de hoyos hechos en la jornada y poder, al toque de retreta, entregar en Jefatura del Campamento el estadillo diario del trabajo realizando, mandando por correo otro idéntico al Distrito Forestal.

Los Jefes de Centuria hacían algo semejante, pero destacando las Escuadras más distinguidas durante el día, y los Jefes de las mismas eran mencionados en la Orden del Día, sumando puntos para la clasificación final del turno.

Allí quedaban las azadas y los picos y la pesadilla del sacar tierra en hilera. Abajo la acampada con el agua que limpiaría el sudor y la arena pegada al cuerpo. En quince minutos se desandaba lo caminado y se procedía al aseo personal y a uniformarse, contando con quince minutos más los acampados que estuviesen en el tajo más alejado, para proceder a arriar banderas.

La oscuridad bajaba hacia la acampada y los faroles de campaña empezaban a colgarse encendidos en los palos de las tiendas.

El campamento, entre la penumbra y los puntos amarillentos de las luces que con al blanquear de las lonas se agrandaban, presentaba un aspecto completamente diferente al del día.

Las sombras hacían más fantástica la acampada que tenía murmullo propio de trabajadores voluntarios, satisfechos y fuertes. Como acortaban los días, los primeros tajos de por la tarde no terminaban con la luz del sol y todavía faltaba media hora para oscurecer, o más allá en lo alto; mas luego, casi al final, fue necesario adelantar el horario treinta minutos a partir de la comida para evitar las sombras en las cumbres. Pues con ellas venía como aliado el frío, y hasta el tercer día por lo menos los cuerpos no se acostumbraron a él, por lo que se hizo necesario arriar con chaquetilla, aunque días después, ya habituados, ni se notaba, exceptuando los días en lo que la tormenta nos hizo sacar hasta el poncho.
 

21 horas: Arriar Banderas.

Quien haya vivido en nuestros Campamentos habrá observado, entre otras muchas cosas, la diferencia existente, en el aspecto ambiental, entre izar y arriar Banderas. El saber que la tarea está al filo de la conclusión, el frescor del atardecer, los olores y ruidos de la cercana noche junto a otras mil cosas como el vuelo de los murciélagos, hace más viril el paso de las formaciones, más fuerte la voz en la canción y van más unidos enmarcados en el fondo negro de las sombras haciendo que al llegar y formar en cuadro en la plaza de José Antonio, parezca que son distintos Escuadristas, dando la impresión de que se agigantan tanto física como espiritualmente.

Así era en «Gibraltar» y siempre que la oscuridad se rompía para dejar aparecer a quienes ya hacía tiempo que lanzaban su canción de marcha, al descubrirlos un escalofrío recorría el cuerpo de quienes les contemplaban. Era como el recuerdo nebuloso de legiones que fueron invencibles saltado de la nada al ser. Difícilmente se perdía ningún Mando o Escuadrista rebajado de servicio el momento en que hacían su entrada en la Plaza los tres centenares.

Las voces dando las novedades sonaban más extrañas. Los crespones de los guiones semejaban jirones de armas en la noche, o chorros rojos de lejana puesta de sol.

Una vez ocupado el sitio, al igual que en la mañana, el Jefe de Día ordenaba firmes y después de la Novedad todo era silencio en los segundos que transcurrían hasta que el Secretario del Campamento leía la Orden del Día, compuesta por la Consigna para el día siguiente, algún artículo dando normas de conducta y aclarando actividades a realizar, el nombramiento de servicio, citaciones a los que se habían distinguido durante el día, más las puntuaciones obtenidas en el trabajo y la calificación de Escuadras y Centurias. Esto especialmente se oía con atentación tensa. Luego el mejor Jefe de Escuadra se adelantaba hasta el centro del cuadro, acompañado del Jefe de la Centuria y «porta guiones» que más puntuación había obtenido y del Jefe de Centuria y «porta guión» que obtuvo esa misma distinción el día anterior. Formaban los Jefes de Centuria dando frente al Jefe de Campamento, éste recogía el lazo rojo y negro que hacía de trofeo, de la moharra del guión que lo perdía y lo colocaba en la del vencedor, estrechando las manos de ambos y alentando a perpetuarlo durante los días del turno en limpia rivalidad. Después los Jefes de Centuria giraban y se daban las manos para segundos más tarde volver a sus Unidades menos el Jefe de Centuria que ganaba el corbatín trofeo y el Jefe de Escuadra de máxima puntuación que acompañaban al Jefe de Campamento a arriar Banderas.

Enseguida la Marcha Nacional, y una vez arriadas y recogidas las Banderas, se cantaba el Cara al Sol que soñaba más que por las mañanas, multiplicado por los ecos de los montes.

En silencio las Unidades se desplazaban hacia la Cruz de los Caídos que había sido instalada a la derecha del camino de Villavieja, a unos trescientos metros de la Plaza de José Antonio. El «Adelantado» y ayudantes habían hecho un buen trabajo limpiando de malezas el lugar, al tiempo que diseñó una calle en cruz y emplazó unos pebeteros altos y rústico de piedra, que tan pronto se iniciaba el desfile del Cuadro hacia la Cruz, dos números de la guardia encendían la leña seca que habían almacenada en ellos. Al llegar las Unidades resultaba impresionante ver huir las sombras por la fuerza de las hogueras.

Situados frente a la Cruz, el Pater rezaba la oración de José Antonio que todos repetían así como el Padrenuestro por todos los Caídos, la Guardia depositaba la Corona que ellos mismos habían hecho con ramajes y flores silvestres y el Jefe de Campamento daba los gritos evocando a José Antonio Primo de Rivera y a los muertos por España que era contestado con el ¡Presente! y el ¡Arriba España! Con ello se daba paso al toque de oración con toques largos, ceremoniosos y llenos de fe del cornetín que un día arrió Banderas por su buen comportamiento en el servicio al Campamento.

Después el Pater se subía a unas piedras colocadas en el centro de la Cruz y en plena noche decía la máxima religiosa.

Era el momento de despedirse y las Unidades desfilaban dando vista a la Cruz, rindiendo homenaje a los muertos, mientras las llamas iluminaban la ceremonia.

La vuelta al campamento se hacía en silencio o cantando «Yo tenía un Camarada», que a tales horas sonaba a plegaria dirigida a lo alto casi con temor de no ser lo suficientemente sincera. Era un fervoroso recuerdo a la vinculación tremenda de quienes pisábamos la tierra a los que deseábamos gozaran del cielo,

Y tras la Norma del Día recordando a laureados que habían protagonizado hechos heroicos, se rompían filas hasta el toque de fajina. Momento que aprovechaban los acampados, rodeados del silencio de la noche roto sólo por el chasquido de las ramas, las pisadas de algún animal o el rumor del agua en el ribazo, para cambiar impresiones sobre las palabras oídas hacía un momento.
 

21'15 horas: Segunda comida

Ya regresaban los proveedores a sus pelotones cuyos camaradas ocupaban su comedor de fortuna, iluminados por los clásicos «Rabis», otros con velas y más de uno con candiles confeccionados con las inseparables latas de sardinas.

La cena transcurre más animada que la comida y un poco más incómoda, ya que por un lado se hecha en falta la luz de eléctrica de nuestros Campamentos fijos y por otro el frío, pues aunque no es grande, para estar sentados se deja sentir.

Se habla de todo y se tiene prisa por concluir, pues después tendrá lugar el «Fuego de Campamento», en el que participarán más o menos, bien como actores o bien como críticos. De todas formas no hay desganados, todos, incluidos los que tienen que buscar el «regate» con el agua para fregar, comen bien y acogen con cariño la presencia del Pater o cualquier otro Mando Mayor que se acerque en sus acostumbradas visitas a tales horas.

Entonces es cuando aparecen dos labriegos de Villavieja o sus cercanías que vienen a montar, por orden del Distrito Forestal, la guardia del monte contra el Fuego. Son hombres callados, muy morenos exclusivamente en las partes del cuerpo que llevan al aire, muy pocas, pues se abrochan hasta el último botón de la camisa. Tienen cierta semejanza con los serenos, pero su atuendo es más rústico. La pana es prenda reglamentaria en ellos, el palo gemelo del chuzo siempre en la mano y cuentan con gran naturalidad su misión, estar despiertos por las noches andando por las cumbre por si apareciese el mayor enemigo de los bosques: el fuego. La noche hace años que los trae y los regresa con la amanecida, más cansados pero tranquilos si no han tenido que intervenir. Hace muchos años se quemó una parte allá en lo alto; hoy la conocen por el «Quemadillo». Todavía se ven los troncos y ramas calcinados. Su blancura retorcida da sensación de osario monstruoso, fue originada por una punta de cigarro; durante toda la noche y parte del otro día la pasaron todos los vecinos de los alrededores haciendo zanjas para cortar el fuego, bajo la dirección de los Capataces, hasta la llegada de los Ingenieros de la Zona. Pero ellos, los vigilantes de la noche, fueron los que despertaron a Andrés y a los vecinos del pueblo que dormían. Todavía comentan con pena, no el trabajo de aquellas jornadas, sino la pena de millares de pinos que ya nunca formarán bosque, pues eran de cinco años nada más.

Estos hombres estaban verdaderamente encariñados con los árboles y hablaban de los pinos como seres vivos, lo que no es difícil si pensamos cuántas horas pasaban juntos, muchas recostados en ellos, otras oyéndoles murmurar en compañía del viento, algunas huyéndoles por culpa de los rayos. Cenaban con nosotros y contestaban a las mil preguntas de los acampados.

Muchos escuadristas quedaban asombrados del género de vida de estos hombres y de lo necesarios y eficaces que resultaban. Es claro que los muchachos madrileños, en los Campamentos, aprendían muchísimas cosas de gentes sencillas y nobles como los vigilantes del fuego.

Cuando el sol desaparecía, el «Consignero» era otro; sus quemaduras cedían con el frescor de la tarde, y aunque nunca muy deprisa, andaba por las trochas siempre charlando.

Una de las noches, después de arriar, se unió al grupo de Mandos Mayores que hablaban con un Jefe de Escuadra y cinco Escuadristas de los «Españoles», y sin apenas pararse a escuchar, miró la noche y dijo: «Mañana tormenta», lo que hizo que mirásemos todos al pico más alto que traía nubes no muy blancas. «mis reumas no me fallan, veis este dedo, pues dormido lo tengo». Los reunidos aprovecharon para que hablase de los fríos sorianos y contó escenas siberianas con su natural habitual. Alguien pasó a opinar sobre la importancia del lugar de nacimiento y las piedras de Numancia acapararon el diálogo.

Reguera, por contrariarle, le preguntó cándidamente si era cierto que las calles numantinas las habían colocado los sorianos, por darse importancia, en la posición que se encuentran en la actualidad.

El «Consignero» por poco se olvida de sus quemaduras y sale corriendo para sacudirle.

Reguera se justificó diciendo que la encontraba muy alineadas después de tantos siglos.

El «Consignero» se defendía mejor que sus viejos paisanos los numantinos lo hicieran ante Escipión.

El Pater, lamentándolo, pasó de largo sin quedarse, pues su breviario le exigía no descuidarse.

El médico, sin atreverse a contradecir casi nada al «Consignero», inició un canto a los conquistadores, pero en tono menor por si los numantinos salían ofendidos y su defensor se tomaba la revancha.

Faltó muy poco para que los numantinos y los dioses extremeños se aglutinasen en el tiempo fortaleciendo a la Patria, por boca de sus paisanos, que a través de sus glorias locales amaban más apasionadamente a España.

La charla terminó cuando Reguera contó que las vendas que llevaba el «Consignero» en las piernas eran para presumir, y la prueba era que «esta tarde, durante la siesta, nos ha despertado a todos con unos saltos grandísimos dados dentro del saco de dormir». Lo que era cierto. Cuando intentaba descansar, sus piernas, con exceso de calor, tomaron raro contacto con algo frío y viscoso, lo que originó los mencionados salto. El motivo fueron dos ranas grandes cazadas en un charco y trasplantadas al saco do dormir del «Consignero».

Todos, y él el primero, reconocieron que nadie sabe de lo que es capaz de soportar nuestro organismo si las circunstancias lo demandan, y él fue el primer asombrado al ver que sus piernas, inmóviles tanto tiempo, se pusieron a dar patadas de forma refleja e inmediata. Nunca supo quién puso las ranas en su cama y tal vez por eso y por no encontrarse muy fuerte con las quemaduras, no tomó represalias. Lo que peor le sabía es que le tomásemos el pelo diciéndole que tal vez hubiera sido el Doctor, en justa correspondencia por los malos ratos que él le hacía pasar al trasplantador de ranas.


 
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