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Altar Mayor - Nº 89 (16)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:11:43

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

DOCTOR MORATA: UNA VIDA EN DEFENSA DEL ALCÁZAR
Por Ángel Palomino

Hoy es doctor. Tiene una larga vida que contar. La vida de un médico es toda una historia. Pero sucede que Lorenzo Morata vivió un momento extraordinario de la Historia de España: fue uno de los niños del heroico episodio de la defensa del Alcázar de Toledo. El doctor tiene una enorme vocación de escritor, y ahora estaría escribiendo sus memorias de médico, pero no le han dejado los inventores de la falsa historia de la Guerra de 1936. Un episodio que mereció el respeto y la admiración del mundo entero, provocó la reacción miserable de los vencidos y sus compañeros de viaje. Lorenzo Morata está dedicando su vida a desenmascararlos. Sabe bien lo que dice: él estuvo allí.

Se anunciaba ya la llegada de este año 2003 cuando publicó su segundo libro sobre el asedio del Alcázar, que es el primero de una trilogía titulada La leyenda negra del Alcázar de Toledo (F.N. Editorial. Madrid, 2002. 646 páginas).

El doctor Lorenzo Morata, se vio comprometido en aquella durísima batalla cuando –niño de once años- llegó al Alcázar el día 21 de julio de 1936. Iba a reunirse con su padre, el guardia civil José Morata Morata de la 4ª compañía, de plantilla en Toledo. Durísima batalla, sí; causó admiración en el mundo y mereció el respeto de amigos y adversarios.

Lorenzo Morata defiende la verdad de unos hechos de los que fue testigo. Esta es su guerra: la inició con el libro En el asedio del Alcázar ¿fui yo un rehén? escrito en respuesta a otro titulado Los rehenes del Alcázar de Toledo; de Luis Quintanilla. Es el diario, yacente en la memoria, de aquel a quien Quintanilla califica de rehén, como a los quinientos no combatientes civiles más los cincuenta niños refugiados en el Alcázar. Según él eran «familiares de políticos de izquierdas apresados por los rebeldes». Exactamente lo que el pseudo historiador inglés Paul Preston predica aún desde su antifranquismo sectario, a sabiendas de que miente.

La leyenda negra del Alcázar de Toledo lleva un subtítulo: «Las mil y una mentiras del miliciano Quintanilla». Es resultado de varios años de trabajo honesto en busca de la verdad. Los pseudohistoriadores citan con frecuencia como fuente histórica fiable Los rehenes del Alcázar de Toledo. Así, Herbert Southworth, que escribió (París, 1936) El mito de la Cruzada de Franco; los que les siguieron en la tarea, citan como fuentes históricas estos dos viejos falsificadores. De esta manera, Morata, con su gigantesco esfuerzo, desautoriza a todos los «historiadores» que, como Preston, utilizan tales panfletos como documentos.

En su primer libro, Lorenzo Morata deja probado que Quintanilla miente al hablar de rehenes. En el segundo que es un estudio minucioso, línea por línea, del texto panfletario, demuestra que miente no sólo en eso: miente en todo lo demás. Pone en evidencia la mitomanía de un mediocre pintor, que veinte años después de los sucesos se inventa su Guerra Civil, su gloriosa lucha por la libertad y hace de sí mismo un héroe. Toma el cuartel de la Montaña, a la cabeza de unos rojillos valientes pero idiotas que sólo necesitaban un jefe como él; después, organiza batallones de milicianos, colabora en la dirección del asedio del Alcázar, realiza hazañas fabulosas en la sierra de Madrid y se codea con los más importantes personajes del gobierno y el ejército. Tarea ingente la de desmentir, uno a uno, todas las patrañas, faroles y gazapos de un embustero automático; descabellado, que inventa sobre la marcha, sin pensarlo y luego publica un libro en el que todo es mentira; absolutamente todo, sin preocuparse de contradicciones, imposibilidades físicas (estaba en todas partes) o mandos y responsabilidades de las que no ha quedado ni mención en documento alguno. En uno de sus sueños, las turbas parecían dispuestas a asaltar el Palacio Real. Alfonso XIII había huido. Llega Quintanilla, arrebata, enérgico, una bandera tricolor a uno de los revolucionarios más exaltados y ordena –él, nadie más- a un chico de las Juventudes Socialistas que trepe por la fachada y la coloque en un balcón. Quintanilla, salva el palacio, inaugura la República y hace de sí mismo un personaje histórico. A ver cuando se entera don Ricardo de la Cierva.

Su relato de la toma del Cuartel de la Montaña es minucioso. Él, que allí no era nadie, sueña que está en todas partes, no se sabe para qué. Lorenzo Morata investiga uno por uno sus testimonios y demuestra que todos son producto de su imaginación. Lo mismo sucede con sus funciones y responsabilidades en el asedio del Alcázar, en las descripciones que hace de Toledo, de lo que aconteció en la lucha y de la vida en la ciudad donde, al parecer, la principal preocupación de los toledanos era la falta de turistas. En su delirante relato, Quintanilla toma el Alcázar, pasea por el patio, y cuando iba a dar la novedad al comandante Barceló, llegan varios oficiales y le dicen que el comandante está herido, se va… «y la fuerza me nombraba jefe a mí». Y Moscardó sin enterarse. Lo malo es que tampoco se entera Largo Caballero. Ni el general Asensio. Nadie.

El libro de L. Morata tiene un doble interés: desmiente las invenciones de los falsos historiadores y hace, un repaso fiel a la historia de aquellos años. Está lleno de Verdad y de noticias detalladas, anécdotas interesantes, momentos gloriosos –descritos con la modestia del héroe auténtico- y amor a España.

Recientemente ha publicado el Tomo II de La leyenda negra del Alcázar de Toledo. Lo titula El asedio del Alcázar de Toledo. Y lo subtitula Otro confabulador para construir su leyenda negra. Es el despiece de la versión inventada por otro que también estuvo en todas partes; otro mitómano, Antonio Villanueva, que se organiza una leyenda personal de la que no quedan más documentos que sus ensoñaciones, sus delirios. Lo que no encuentra en documentos, se lo inventa según conviene a su relato. Para él, cuando desea justificar los fracasos de las tropas «republicanas», los oficiales sublevados eran profesionales bien preparados, veteranos, con heridas, experiencia de combate… Pero en otros momentos los oficiales del Ejército Nacional eran «típicos militares anárquicos», «mercenarios del clan aristocrático», «incompetentes en su oficio», «incultos»… El doctor Morata se toma el ingente trabajo de rectificar cientos de errores y falsedades, página a página, línea tras línea. Luego, edita el libro por su cuenta; una obra digna de la mejor biblioteca; invierte en ello su propio dinero… Y regala la edición a la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar.

Como antes con Quintanilla, se enfrenta ahora a Villanueva. Desenmascararlo ha sido para Lorenzo Morata, una misión. Un deber. A ello está entregado. Es su tercer libro sobre el asedio; y el segundo, pero no el último de La leyenda negra del Alcázar de Toledo. Aún ha de publicar la respuesta a Herbert R. Southworth. Otro «historiador» desenmascarado.


 
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