Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 89 (13)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:17:57

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

EL DERECHO A LA HOMOSEXUALIDAD
Por
Edmundo Gelonch Villarino - Córdoba, República Argentina

En el sentir vulgar, sobre todo de los jóvenes, condicionados por la propaganda de los medios, cuestionar la homosexualidad es una anormalidad, o al menos una conducta intolerante, denominada homofobia y debe ser rechazada por no respetar los derechos humanos.

Las ONG feministas, y desde la ONU para abajo, predican el derecho de la mujer a «disponer de su cuerpo», lo cual no se refiere tanto a las prácticas sexuales, cuanto al derecho a interrumpir voluntariamente el embarazo. Y los autotitulados «países avanzados» también legalizan, junto con el aborto, la eutanasia. Es decir, que muchas organizaciones que se presentan como defensoras de los derechos humanos, están en campaña para obtener la legalización o el reconocimiento jurídico de los llamados «nuevos derechos», mientras «los medios» hostilizan a quienes manifiestan alguna oposición.

Esta problemática requiere algún esclarecimiento, para evitar ser arrastrados sólo por emociones, sean conservadoras y tradicionales, sean provocadas por la nueva psicopolítica. Y me parece que podemos centrarnos en el significado del término derecho.

La ciencia ética enseña que el deber y el derecho son efectos formales de la ley. Pero entiende por ley a la expresión operativa de la naturaleza -en este caso, de la naturaleza humana-; a la naturaleza en acción manifestando su propia índole específica. A la ley la define como el «ordenamiento de la razón, promulgada para el bien común, por aquel que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad».

Desde un punto de vista individual, la ley sería lo que dirige el obrar conforme a la propia naturaleza, para la realización del fin propio de ésta, para su perfección o completamiento. Por eso, si hay un modo de obrar que encamina y dirige la acción hacia la plenitud o realización del fin connatural, ese modo de obrar será directum, irá derecho al fin. En otros términos: el derecho es el camino que me lleva más directamente –o derechamente- a la realización del fin, a la perfección del sujeto. Lo opuesto a este significado, sería «fuera de camino», algo así como rumbo torcido, des-viado o extra-viado. Gli traviati, se diría.

En una coherente ecología humana, se entendería que alguien tiene derecho a todo lo que sea realización o acción perfectiva de su propia naturaleza. Y que toda contaminación es antinatural; desde la impureza del ambiente hasta las conductas autodestructivas o desnaturalizantes. En este contexto, ha de entenderse a la naturaleza como el modelo ideal de todos los individuos de la especie; al derecho, como la regla de supervivencia y plenitud de una especie; mientras que el deber es la atención y el respeto de los otros a los derechos naturales de uno.

Cuando tratamos del hombre y de la naturaleza humana, sabiendo que porque somos conscientes somos libres, reconocemos que la conducta más propia y específicamente humana será aquella que entre en el dominio de la conciencia y de la libertad, y a este ámbito se lo denomina moral, no en el sentido de bueno, sino en cuanto conducta inteligente y voluntaria, o sea consciente y libre. Por eso, verbigracia, hablamos del flagelo, de la contaminación que representa la drogadicción, desde que, anulando la conciencia, y suprimiendo la libertad personal, oscurece la naturaleza.

Puede decirse así que el derecho es el poder moral de hacer o de no hacer algo, en conformidad con la propia naturaleza. La diferencia del poder moral con el simple poder físico o fuerza, es que el primero depende de la libertad y el segundo está dominado por las leyes físicas que rigen la materia corpórea. Cuando la fuerza se antepone al derecho, hablamos de violencia, como de un principio destructor de lo natural. Otra forma de poder moral es la autoridad, cuya operación propia es dirigir, que también proviene de directum, de derecho y de enderezar, en cuanto ordenar las acciones para el fin.

La naturaleza de una especie es lo que se transmite en la generación, de padres a hijos, como un modelo reproducido en la estructura íntima de todos los individuos de la especie. Si los individuos de una especie dieran origen a otros que no reprodujeran su naturaleza, diríamos que se trata de una degeneración, que la transmisión de la naturaleza se ha desviado, extraviado o perdido, y que la primitiva especie se ha extinguido. Y sería relativamente fácil observarlo en la conducta de los ejemplares degenerados, que no sería la natural en la especie originaria.

En toda especie viviente, una característica de los individuos degenerados, es que la naturaleza que ya no brilla en ellos, tampoco puede ser transmitida a descendientes, porque se trata de ejemplares híbridos, estériles. Solamente los casos plenamente coherentes con su naturaleza, con la continuidad genética, son fecundos. Lo que se transmite y reproduce por generación es el mismo esquema genético original, y las mutaciones que lo alteren no son transmisibles. Todo el nuevo mundo de los transgénicos es artificial, y hoy se va pensando que es antinatural, algo así como una contaminación cósmica.

Las especies sexuadas transmiten la naturaleza precisamente en uso de las diferencias de sexo y de su complementación. En todo el mundo natural, los sexos están ordenados a la generación o reproducción de la especie, que sin ellos se extinguiría. La experiencia de las especies vivientes y sexuadas, hace de la complementación sexual el camino más directo para la no extinción, para la supervivencia de la especie.

No todos los individuos de una especie sexuada son fecundos, sea por falta de complementación, a pesar de ser perfectos o completos; sea por tratarse de individuos imperfectos, defectuosos, mutilados, incompletos, discapacitados para la reproducción. Sin duda, en estos últimos falta un atributo de su naturaleza, nada menos que aquel que permite que la especie no se extinga. La especie o naturaleza sobrevive, se defiende de las amenazas de extinción, a través de los individuos fértiles, fecundos, con toda su sexualidad completa y ordenada a la generación. Y evidentemente, correría riesgo de extinción, si proliferasen los individuos inútiles para transmitir la naturaleza. Por otro lado, la esterilidad de los degenerados o discapacitados para la reproducción, no deja de ser un mecanismo de defensa de la especie, que sobrevive en los fecundos.

La conclusión que surge sola, es que la reproducción es un derecho de la especie, una potencialidad que se dirige naturalmente al fin de la complementariedad sexual. Por eso, la supervivencia de la especie depende de la aptitud para dar vida, de la complementación de sexos diferentes capaces de reproducir a la naturaleza. Eso es lo derecho, lo natural, lo genéticamente normal.

Desde el punto de vista de la vida y de la continuidad de la especie, todo individuo degenerado, anormal, estéril por defecto, es una desgracia. Hablar de un «derecho a la anormalidad» sería una incoherencia, una contradicción con la naturaleza. Es un hecho antinatural (algo mal hecho), pero no un derecho.

Por parecidos análisis -que creo innecesarios- podrían demostrarse cómo los homicidios se oponen al derecho a la vida. Que la vida se extingue naturalmente cuando un individuo ha perdido su capacidad natural para vivir, pero que, mientras la conserve, terminar con su vida es una violencia, un acto de fuerza ejercida contra el derecho, si estamos en la vida moral propia de los seres de naturaleza humana. Porque fuera del plano moral, no existen derechos ni deberes. Ni tampoco existen derechos contradictorios, tales como el derecho a vivir y el «derecho» a matar.

Búsquense, entonces, ámbitos legales para asegurar el respeto a la persona de aquellos que, desgraciadamente, son como una falla de la naturaleza, y defiéndase su derecho a la vida y a todo lo que puedan hacer de natural, pero no se quiera inventar e imponer ningún pseudo derecho a la anormalidad, ni menos el derecho de matar. El crimen o la discapacidad son hechos, hechos desgraciados o torcidos, no derechos.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: