Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 89 (12)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:19:58

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

VOLVER A LAS MONTAÑAS DEL HOGGAR
Por César P. de Tudela y Pérez -Explorador alpino

A principios del siglo XX el Sahara era la región vacía de África. El Sudán francés, hoy Malí, tenía al menos la ciudad de Tombuctu como referencia. Pero el grandioso desierto que estaba al sur de Argelia era tierra abandonada. Algunos misioneros habían tratado de cruzarlo pero nunca regresaron, igual que diferentes oficiales del Ejército francés. En 1900 Francia conquistó In Salah y ello hizo posible que se abriese el camino hacia la tierra de los «tuareg». Se dijo entonces que el teniente Guillo-Lohan había atravesado, en 1902, las montañas del Hoggar al frente de sus legionarios, regresando triste por no haber podido llegar a la cima del Illaman, la más bella montaña del desierto. Muchos años después, en 1932, los geólogos A. Lombard y R. Perret, pudieron escalar y explorar alguna de sus cimas. En 1935 Frisón Roché, célebre escritor francés, autor de la novela Las montañas de las escrituras y El primero de la cuerda, escaló junto al capitán Coche, el Gared el Djenum, la montaña sagrada de los tuareg, que se eleva quinientos metros sobre los negros esquistos del suelo, refugio de los «genios» del Desierto.

Los franceses fueron los primeros exploradores del Hoggar (Ahaggar en tuareg), desde el padre Charles de Foucauld, hasta modernos alpinistas como L. Terray o Berardini. Todos trataron de alcanzar las cimas del Hoggar. Las expediciones del CAF fueron frecuentes en los años cincuenta hasta la independencia de Argelia.

A finales de la década de los sesenta empezaron a ser expediciones españolas e italianas las que, siguiéndose unas a otras, llegaron a las montañas del Sahara, que siempre aseguraron un viaje-aventura exótico, y una montaña. Así fue como los nombres del Gared el Djenum, Illaman, Iharen, Adriane, Tezoulaig N y S, Asekren, Tahat y muchos otros, fueron conocidos en los ambientes alpinos españoles. Numerosas expediciones de catalanes, vascos, navarros, valencianos, gallegos, madrileños, extremeños, andaluces... fueron al Hoggar después de haber realizado al menos una primera expedición al Atlas. La ruta del desierto pasaba ineludiblemente por Tam (Tamanrasset) y ello había hecho que los «rallyes» automovilistas fueran los primeros en abrir «la moda» de atravesar el Sahara en coches de distinta condición, camino de Niger y Nigeria, para apuntarse la experiencia que otros les habían contado.

Después la «moda» terminó. Y nadie más volvió a las luminosas cimas del Desierto. Ningún automovilista emprendió la ruta de Orán, Ghardaia, El Golea, In Salah, cruzando el Trópico de Cáncer hasta Tamanrasset, la bella ciudad sin palmeras, surgida de la desolación y sin embargo bella. Se leyeron las noticias de la prensa que «tanto informa como distorsiona la realidad». Ya no existía seguridad en las regiones del sur, los «tuareg» habían regresado al pasado y no se permitía el paso de extranjeros... Las montañas del Hoggar se olvidaron.

La República Argelina Democrática y Popular es una nación que se ganó dura y heroicamente la independencia, rompiendo los lazos de hierro con que Francia la ataba. Argelia, fue el último «capricho» colonial de Francia, por encima de tantos países africanos que colonizó durante un siglo.

El inmenso territorio del Sahara que desde hace cuarenta años constituye el suelo de Argelia, el segundo de África, con 2.381.740 km² y 30 millones de habitantes, poco tiene que ver con la Argelia mediterránea de Argel, Oran, Constantina, Annaba... El Sahara argelino es el corazón mismo del gran desierto que se reparte con Mauritania, Malí, Niger y Libia...

Al Sur de las dos grandes dunas: los Erg Occidental y Oriental, se encuentran el milagro de Tam (Tamanrasset), la ciudad rosa, un oasis sin agua y sin palmeras, 16.000 habitantes, capital de una región de 560.000 km², sede de los tuareg, asaltadores de caravanas y caballeros medievales, cubiertos de elegancia por sus velos azules, protegidos así de los malos espíritus que entran por la nariz y la boca, además de la arena que trae el fuerte viento del Sahara, disfrazándose de guerreros antiguos en su anónima hospitalidad (¿Descendientes de cruzados perdidos...? ¿Cuál será el origen de sus grandes cruces?).

El Hoggar es una de las más espectaculares muestras de «chimeneas volcánicas» de la Tierra. Sus conos verticales de duro basalto parecen torres fosilizadas. Cimas que se fueron levantando cuando la tierra y las rocas de su alrededor se erosionaron a través de los siglos por el aire y el sol, para llenar el horizonte sahariano de provocaciones a la rebeldía, creando refugios de soledad... C. de Foucauld así lo entendió a principios del siglo XX y como un eremita se dedicó a la contemplación de las montañas, desde la cima del Asekrem, en el corazón del Hoggar, mirando los Tezoulais, gemelas efigies de cimas monolíticas, entre otras muchas.

He regresado a las torres del Hoggar, ayer de mi juventud hace treinta años, y como si el tiempo nunca hubiera transcurrido, he vuelto a escalar los impresionante volcanes con la emoción intacta, ante la sorpresa de experimentar que seguimos siendo capaces de superar el miedo y dejarnos llevar por la ilusión de la cima de estas pirámides sagradas. Cansados de aire y de luz nos hemos refugiado, en el atardecer, sobre la planicie del Asekrem, y en su modesto refugio, sobre alfombras que nos protegen del frío, nos hemos tumbado a orillas del fuego, saboreando el «té» del desierto, el de los tres sabores, mientras a nuestro lado un tuareg negro, escondido en sus turbantes azules, toca una guitarra y canta lamentos perdidos.

La silueta formidable del Illaman, sueño de viajeros, tuareg y exploradores, apareció impresionante en el horizonte, mientras que cruzaba una caravana de camellos.

Las cimas altivas son como la vida, siempre nos asustan, pero poco a poco nos acostumbramos a su arrogancia. Mi compañero, el ilustre explorador murciano A. Ortiz y yo, vamos abriendo camino por donde nuestro instinto nos indica. ¿Somos acaso los primeros ascensionistas de esta esbelta cima de quinientos metros, o sólo unos afortunados más de las centenas de escaladores que han llegado a la alegría de la cumbre, ingrávidos y sorprendidos sobre el misterioso Sahara? Tres «largos» más de cuerda nos dejan en la vertiginosa arista y escalando unas decenas de metros estamos en lo más alto.

No hay recompensa mayor que la cima, recuerdo del ayer y promesa del futuro. La luz de la cima guiará nuestros pasos, como diría el barón de Cotopaxi, el caballero al que yo siempre querría parecerme.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: