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Altar Mayor - Nº 89 (11)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:22:16

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

LA DILUCIÓN NACIONAL EN EUROPA
Por Matías Cordón

Los nacionalismos separatistas procuran orientar su estrategia hacia una futura Europa en la que el papel de las naciones históricas, actuales, quede disminuido en favor de un mayor protagonismo de las regiones, que ellos quieren convertir en nacionalidades diferenciadas. Es decir, procuran diluir el papel de las Naciones hasta una situación en que queden reducidas a conceptos históricos sin relevancia frente a la pujante vibración nacional que ellos creen sentir en sus universos reducidos.

Parece evidente que luchan contra una realidad contraria a sus deseos, pues los poderes de la UE, que ya están preocupados sobre el tema de cómo concertar a 25 naciones muy heterogéneas, no estarán dispuestos a multiplicar sus preocupaciones con la tarea de concertar a 250 regiones administrativas. Por lo que cabe prever que habrá resistencia creciente a esa tendencia. La reciente maniobra de Maragall es un reconocimiento de ello. Consciente de que Cataluña no tiene posibilidades de expresión propia actuando en solitario, pretende incrementarlas animando a los actuales territorios de la antigua Corona de Aragón a unirse como grupo representativo en la UE. Se encuentra con la sorpresa reticente, cuando no hostilidad, de muchos de ellos, que se preguntan qué ventajas tendrían al prescindir de su actual cauce de expresión, la nación a la que pertenecen, para pasar a depender de esta ficción supranacional.

Ibarreche, por otra parte, tiene que hacer encaje de bolillos para conseguir una independencia de actuación respecto de España sin un ostracismo de Europa, pues es consciente de una triple dificultad: la oposición nacional a la disgregación española, la posible separación del 50% de la población vasca que no es nacionalista y la oposición de la UE a aventuras de este tipo y a admitir como entidad diferenciada al millón de vascos que se declaran nacionalistas.

Pero esas dificultadas e intentos son una muestra representativa de la realidad conflictiva con que se enfrenta la UE ¿Cómo concertar cuatrocientos cincuenta millones de habitantes que hablan decenas de idiomas? Parece evidente que habrá una pugna continua por llevar la realidad a las sardinas de cada parte. Y que en esa pugna, la identidad cultural de los pequeños lleva todas las de perder: Nadie va a aprender letón en la UE, excepto los habitantes de Letonia, y no se va a conseguir aprobación de los gastos precisos para traducir todos los textos legales de la UE al letón. Los letones tendrán que espabilarse en hacer propio otro idioma para comunicarse con el resto de los conciudadanos de la UE. ¿Y qué decir del vasco, hablado por un número de personas que no llega a la octava parte de los que hablan letón?

Parece indudable que, aparte de la fuerza económica, sólo el idioma y los lazos históricos permitirán formar una identidad diferenciada en el mosaico de la UE. Y que hará falta un tamaño mínimo del grupo diferenciado para que esa diferenciación sea estable. ¿Qué grupos van a ser capaces de conseguir ese tamaño mínimo preciso para eludir la dilución y desaparición en la gran masa de la UE? Parece indudable que los ochenta millones de alemanes, con su destacado poderío económico, constituyen el más poderoso de esos potenciales grupos. Esas dos realidades cuantitativas, junto con la ventaja de su situación central en la Unión, garantizan a los alemanes que su cultura será una de las supervivientes. Pero con la salvedad importante de que nadie tenderá a hablar o emplear alemán si puede obviar esa necesidad cultivando el inglés como segunda lengua. Y esa presencia del inglés como segunda lengua es una de las realidades incuestionables hoy en Europa. No se trata de un mérito particular del RU, como es sabido, sino una derivación de la hegemonía mundial, multifacética, de los USA: Esa hegemonía del inglés condiciona hoy la mayor parte de las relaciones internacionales.

El francés, italiano y holandés tienen que pechar con sus realidades menguadas como consecuencia de su limitación práctica a las metrópolis. Ninguno de ellos puede aportar realidades geoestratégicas significativas en su apoyo, pues incluso el francés, hablado en un buen número de países africanos, encara la realidad de que el inglés se impone progresivamente como herramienta de contacto cultural de esos países, que tenderán a olvidar el anterior idioma colonial en favor del nuevo, más útil. Una realidad que se ejemplariza en la desaparición del español en Filipinas, tras la independencia de España y el paso al ámbito cultural americano.

España tiene un tamaño económico inferior al de Francia e Italia, pero tiene el respaldo cultural de la comunidad iberoamericana, con el Brasil en paso de adopción progresiva del español en su sociedad. Ese respaldo aúpa a España como fuerza editorial y de comunicación en el sector servicios. La presencia internacional de la ingeniería y las empresas españolas es una realidad creciente. El idioma se beneficia de esa evolución, reforzándose. Si a eso se une la buena coyuntura económica española y la situación geográfica, el papel de nuestra Nación puede reforzarse dentro de la UE, pese a ser sólo una nación de segundo orden, demográfica y económicamente hablando.

Ese reforzamiento la conducirá a jugar un papel mayor en la UE, en cuantía a determinar en función de nuestro buen o mal hacer futuros. Dentro de los elementos negativos tendremos el talante disgregador en algunas de nuestras regiones. Pero parece lógico que ese talante se desvanezca en función de éxitos progresivos nacionales. Y de un progreso cultural de nuestra sociedad, dado que los sentimientos separatistas se incuban en un desprecio ignorante de nuestra historia. La lucha por la supervivencia cultural consistirá en mejorar nuestro aprecio de nuestro pasado, de donde extraer argumentos de satisfacción para nuestra ejecutoria. No es una tarea fácil, pues este tipo de afirmaciones nacionales se ha hecho hasta ahora realzando los éxitos en enfrentamientos entre las naciones europeas, y eso es algo que los europeos debemos prohibirnos a partir de ahora.

El sentido nacional de España permanecerá vigente en la UE en función de nuestra capacidad de actuar satisfactoriamente en el doble campo, económico y cultural. Habrá un período intermedio en el que las naciones permanecerán vigentes, administrativamente, como lo recuerda la advertencia británica de que no están dispuestos a ceder en decisiones relativas a la defensa y los intereses económicos nacionales, pero el concepto administrativo de nación irá diluyéndose progresivamente dentro de la UE. Pero prevalecerá la calidad nacional en las relaciones de todo tipo. Me atrevo a opinar que ese futuro fascinante va a traer más unión que desunión a las regiones españolas. Porque la afinidad cultural va a pesar ante el reto colectivo del resto de la UE. Pero sólo en la medida en que se mantenga el idioma común. La identidad será cultural. Y en ella será factor fundamental el idioma. Y la vivencia religiosa. Esa es una cuestión esencial, que merece un comentario más amplio que el que cabe aquí. Pero, por aludir sólo a un aspecto menor, de igual modo que a un británico, por católico que sea, le costará implicarse en una procesión de Semana Santa española, un español de cualquier región se sentirá más unido a otros españoles en el grado en que se interese por esas procesiones.

El futuro se presenta complejo para la identidad nacional. Y fascinante.


 
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