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Altar Mayor - Nº 89 (10)
Miércoles, 03 diciembre a las 18:24:18

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

IGLESIA ESPAÑOLA: ENTRE EL CIS Y LA BBC
Por Miguel Ángel Loma

La situación que atraviesa la Iglesia en España constituye un ejemplo, nada ejemplar, de la confusión ideológico religiosa que caracteriza nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad donde la blasfemia es expresión habitual en las conversaciones de la calle, de la radio y de la televisión; donde las burlas directas hacia el Papa y hacia los postulados de la fe católica son carta de acreditación para quien se considere artista, intelectual o libérrimo pensador de vanguardia; donde las leyes disolventes hacia la llamada peyorativamente «familia tradicional» (uno con una para toda la vida) proliferan por los parlamentos autonómicos a la misma vez que se protegen y fomentan las denominadas «nuevas familias» (uno/a, varios/as con uno/a, varios/as «mientrasdureelamó»); donde las rupturas, divorcios, nulidades y asesinatos conyugales están sustituyendo a la muerte natural como modo de extinción del matrimonio; donde hasta hace muy pocos meses las madres de familia numerosa eran tachadas de conejas insolidarias con el Tercer Mundo; donde el culto al sexo y el hedonismo han llegado al límite de la imbecilidad humana; donde crece la aceptación social del crimen del aborto y todo el boyante negocio que genera a su alrededor; donde los poderes públicos promueven el reparto de preservativos y el uso de píldoras abortivas entre adolescentes como si se tratase de inocuos elementos festivos o de benéficas pastillas Juanola; donde la ignorancia religiosa y la irracionalidad se han convertido en terreno abonado para el florecimiento mercantil del ocultismo, espiritismo, echadores de cartas al margen del servicio de correos, videntes, tridentes, sectas, séctimas y hasta octavas; donde se magnifican, multiplican y divulgan a bombo y platillo todos los errores y torpezas de algunos eclesiásticos a la vez que se silencia la generosa labor callada del resto, la inmensa mayoría; donde las vocaciones religiosas languidecen y se extinguen en las mismas diócesis en que triunfa el politiqueo nacionalista de sus obispos... En resumen: una sociedad manifiestamente neopagana y donde la crítica corrosiva a la Iglesia y la descalificación pública y privada a todo lo que ésta representa casi es norma de obligado cumplimiento, pero integrada mayoritariamente por católicos, ya que según las últimas encuestas del CIS, el 80% de los españoles se sigue declarando católico.

Y en esta línea de incoherencia, y en armónica convivencia con todas estas conductas y manifestaciones no simplemente laicistas sino directamente anticristianas, también nos encontramos con que en esta misma sociedad proliferan las celebraciones cívicorreligiosas más fastuosas y multitudinarias, no exentas de la activa participación de las mismas autoridades políticas que, cinco minutos antes de sumarse a la cabecera de los festejos, acaban de lanzar el último eructo ofensivo contra la religión católica. Un extraño y pacífico maridaje en el que no sólo es bienvenido y apoyado cualquier tipo de «evento festivo religioso» por las autoridades civiles, sino generosamente publicitadas y difundidas desde los Ayuntamientos y Autonomías, en tanto forman parte de «nuestras ricas tradiciones populares», y sobre todo, porque actúan como poderosos reclamos de atracción turística.

Se podría concluir que cuanto más indiferente u hostil hacia el catolicismo se va convirtiendo nuestra aún mayoritaria sociedad católica, y cuanto más se ridiculizan y marginan los valores y creencias cristianos, más se reclama la presencia del boato eclesial, el movimiento de casullas e incensarios, las procesiones de Cristos, Vírgenes y santos por las calles de nuestras ciudades, y la utilización de elementos religiosos en híbridos actos de confusa naturaleza. Mientras más se ignora y ridiculiza el contenido, más se reclama el brillante manto del continente. Mientras más se desprecia el fondo y la doctrina, más se reclama la forma y la parafernalia eclesiástica. Atrás quedaron los tiempos de las correrías con la tranca detrás de curas y monjas. Hoy la estrategia es otra, más sutil y más dañina, al menos para las conciencias: «Si no puedes vencerles, no hace falta siquiera que te unas a ellos; asígnales el papel de comparsa, convénceles de que todo lo que signifique sacar la fe del almario es un grave atentado contra el laicismo de Estado, y finalmente ellos solitos se arrastrarán hacia nuestras posiciones. La pendiente actúa a nuestro favor».

Pero lo más preocupante es que todo esto suceda con la aquiescencia de una parte de la jerarquía eclesiástica española, y con la entusiasta colaboración de relevantes personajes públicos que se presentan como católicos comprometidos con su fe. Unos y otros parecen ajenos a la realidad que se cuece, incapaces de analizar la gravedad de la situación actual y de comprender que el objetivo final no es otro que reducir la fe al último rincón de la conciencia, y transformar a la Iglesia en una inocua empresa prestadora de servicios rituales respecto a aquellos actos que el Estado no ha sido aún capaz de emular. Me refiero a la llamada BBC: Bodas, Bautizos y Comuniones. Quizás lo más conveniente fuera comenzar recuperando la relevancia que se merecen la administración y recepción de estos sacramentos, para evitar mayor despiste en la ya muy confusa población católica española. Porque si sorprendente resulta que en la triste realidad social que padecemos un 80% de españoles se declare católico, la sorpresa adquiere caracteres surrealistas cuando en esas mismas encuestas observamos que sólo un 42% de españoles declaran creer firmemente en la existencia de Dios.


 
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