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Altar Mayor - Nº 89 (08)
Miércoles, 03 diciembre a las 19:09:37

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

LA APOSTASÍA SILENCIOSA
Por Enrique Hermana

Con esa frase definía recientemente el Papa la situación progresiva de descristianización en que vive Europa, el continente una vez asociado a «La Cristiandad». Aludía a la omisión de toda mención al cristianismo en la mayor parte de las expresiones vitales de los europeos. Como si éste se tratase de un concepto, no una realidad, sin vigencia actual.

Esta apostasía es una realidad que no puede ser atribuida, en principio, a ninguna persecución o acoso sobre la religión que castigue a los cristianos. No existen en Europa disposiciones legales que combatan, o meramente perjudiquen la práctica de la Religión Cristiana. El abandono progresivo de la religión debe ser atribuido a otras razones que el hostigamiento físico o legal a los creyentes. Se trata de algo más grave, contra lo que es más difícil reaccionar: Un dominio cultural de la situación por parte de quienes consideran la religión como algo trasnochado. Ese dominio implanta la idea de que el sentimiento religioso pertenece a la esfera de lo íntimo, sin conexión alguna con el mundo material exterior. Se ha impuesto la idea de que el convencimiento o la fe religiosa no debe estar condicionada por ninguna disposición legal; algo que a unas generaciones de europeos, incluyendo a los creyentes, le pareció bien aplaudir. Pero, como aparentemente lógico corolario, se ha derivado a que ningún creyente debe pretender condicionar el mundo exterior por exigencias de su conciencia. Todo esto se aplica directa y exclusivamente al cristianismo, o mejor directamente al catolicismo, pues el protestantismo europeo hace tiempo que abandonó la batalla de influencia en la vida pública, y no se aplica a otras religiones. La opinión «laica» transige mejor con la vigencia pública de alguna exigencia islámica, o budista, que con una católica. Es posible que sea por considerarlas tan ajenas a nuestra realidad que le parecen inocuas.

Porque, desde luego, la posible vigencia social de criterios católicos no les parece inocua a los dominadores actuales de la «cultura» europea. Estamos viviendo, desde hace siglos, un enfrentamiento entre la religión católica y la «Ilustración» o la Reforma que la inspiró. Un enfrentamiento entre los criterios laicos y los religiosos. Para citar sólo un ejemplo, la implantación legal del aborto en el mundo antes cristiano es el triunfo de los criterios «ilustrados» sobre los religiosos: la consagración del convencimiento social de que la voluntad humana es la suprema norma, que no tiene por qué subordinarse a otras de «pretendido» orden superior. La Constitución ha sustituido al Decálogo. Y a los creyentes en la Constitución no les conviene la vigencia social de la competencia.

Como he dicho antes, esta situación de dominio no se plasma en acoso a los creyentes, sino en su marginación de la vida social. No se les amenaza con castigos, sino con desdén. Y los creyentes no tememos represalias, sino desprecio. Desprecio si procuramos alzar la voz apelando a criterios superiores a nuestra propia opinión personal, si mencionamos al Dios todopoderoso que confesamos en el Credo, si pretendemos imponer nuestra visión de una Verdad diferente a la que consideren mayoritariamente los electores.

La consecuencia más visible es una disminución de la «temperatura» religiosa de los católicos. La vivencia social de su creencia desaparece. Y esa desaparición se manifiesta tanto en la ausencia de criterios religiosos en la convivencia personal o social como en la omisión de términos religiosos en nuestras conversaciones y nuestras comunicaciones personales. Nos cuidamos mucho de plantear en nuestro entorno conceptos religiosos, porque pueden provocar una repulsa, más o menos airada, más o menos irónica, de nuestros interlocutores. Y admitimos la vigencia de un impreciso sincretismo, por el cual todos los conceptos religiosos son igualmente respetables o, lo que se deduce a continuación, igualmente desdeñables.

Los creyentes estamos inmersos en una batalla cultural tan larga como la vigencia de nuestra Religión. La «Razón» lleva siglos combatiendo la «Creencia» (y entrecomillo ambos conceptos para destacar que estamos manejando términos de diferente significado para cada uno de los dos bandos) y nuestras generaciones están perdiendo el combate por inermidad. No por falta de armas intelectuales o culturales, sino por abandono de la voluntad de lucha. Hemos caído en la trampa de aceptar que no hay relación alguna entre la Ciudad de Dios y la del Hombre. Y pretendemos desarrollar nuestra vida en dos dimensiones desconectadas, sin punto de contacto entre ellas. Por razones múltiples, hemos cometido el error de que tenemos que hacernos perdonar múltiples errores de nuestro pasado religioso. Y nos hemos colocado en la posición de aceptar las reglas del juego impuestas por el contrario, replegando nuestra justificación cultural esencial al dominio de lo privado e íntimo.

Lo pagamos con disminución real de nuestra persona, que queda amputada en sus vivencias y manifestaciones. Y lo pagan nuestros hijos, que pierden el ejemplo de vivencia intensa que necesitan.


 
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