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Altar Mayor - Nº 89 (07)
Miércoles, 03 diciembre a las 19:12:47

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

CUÁNDO NOS RECONCILIAMOS CON NOSOTROS MISMOS
Por Ismael Medina

En un anterior escrito, relacionado con disputas entre falangistas poco o nada alentadoras, pretendí explicar cuál fue mi circunstancia hasta la inmediata postguerra. Y creo aclarado que, en términos parejos a los de tantos otros de mi generación, tenía el espíritu impregnado por análogas contradicciones a las que nuestros mayores dilucidaron a sangre y fuego. No sé hasta qué punto lo habré conseguido. Pero era necesario hacerlo para una mejor comprensión de lo que vino después. Y en particular, que fue consecuente con la necesidad de reconciliarnos con nosotros mismos lo que dio sentido a nuestro comportamiento en cuanto falangistas ansiosos de protagonizar la revolución del sindicalismo nacional pregonada por sus fundadores. Esa misma necesidad me movió a escribir «Victoria también para los vencidos» y explica plenamente lo que aconteció en ocasión del traslado de los restos de José Antonio desde la basílica de San Lorenzo, en El Escorial, a la del Valle de los Caídos.

Antes de marchar a Madrid, en abril de 1943, para realizar el examen de acceso a la Escuela Oficial de Periodismo, ya había percibido con una cierta claridad que FET de las JONS era más una coalición circunstancial, exigida por la necesidad de ganar la guerra y consolidar la paz, que una consistente y unitaria opción ideológica. Lo mismo en Jaén que en Cuenca presencié la instalación de la derecha autoazuleada en los nódulos clave de las estructuras políticas y administrativas, relegando a un segundo plano los escasos falangistas supervivientes. Bastantes de éstos se enrolaron en la División Azul y no pocos quedaron sepultados en tierra rusa. A la inmensa mayoría de los que retornaron apenas si les fueron accesibles puestos de escasa entidad y casi nula influencia.

No se puede negar que en aquellos años comparecieron ciertos mimetismos fascistas. Pero a un buen conocedor del paño no escapará la indudable projimidad del fenómeno con la didascalia de las milicias japistas, de la que provenía buen número de los encuadrados en FET y de las JONS bajo la autoridad de Serrano Súñer, quien de albacea testamentario de José Antonio a título amistoso y de confianza profesional, se convirtió en su indiscuso albacea político. A ese crédito prestado añadía su condición de cuñado de Franco. Sería poco honesto ocultar que esa misma proclividad mimética prendió en algunos sectores de la vieja y nueva Falange. Pero en la actitud de empatía con Alemania e Italia de una gran parte de los españoles de entonces, no sólo de los adscritos a FET y de las JONS, influía más decisivamente una histórica animosidad hacia Gran Bretaña y Francia que una racional projimidad ideológica. Funcionaba emocionalmente, en definitiva, el viejo tópico de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

La heterogeneidad de FET y de las JONS comencé a vivirla más intensamente, y desde el cogollo del sistema, a partir de mi llegada a Madrid. Mi grupo hacía en Arriba las prácticas de la Escuela Oficial de Periodismo. Me impresionó profundamente aquel mundo singular. Al fondo de la sala de redacción se desarrollaba la tertulia que presidía Eugenio D´Ors, en la que participaban los más destacados intelectuales de aquel período, mientras el trabajo proseguía.

Las defecciones comenzaron a partir del momento en que se percibió con suficiente claridad que Alemania perdería la guerra. Es bastante común entre los intelectuales de todas las latitudes apegarse al poder constituido mientras se muestra sólido; y cuando se cuartea, deslizarse hacia su recambio para luego poder presumir de viejaguardismo entre los nuevos dueños de los resortes del Estado. Uno de los primeros «históricos» en mudarse a ABC fue Rafael Sánchez Mazas. El miedo a ser arrastrado por la caída del régimen, que creía inseparable del hundimiento del II Reich, fue lo que realmente impulsó la defección de Dionisio Ridruejo.

Al cumplir sus 25 años de existencia publicó Arriba un extraordinario con la nómina de todos los que habían escrito en el periódico durante ese cuarto de siglo. Estaban casi todos los que en la España de la postguerra tenían algo que decir en cualesquiera ámbitos de la cultura, varios de ellos aparecidos a raíz del cambio como aguerridos y sufrientes antifranquistas. Fue un gratificante trabajo que realizamos Aguinaga, Pedro de Lorenzo y yo.

Cuando rememoro aquel período me ratifico en la convicción de que los distintos comportamientos que en las originarias filas falangistas se registraron a raíz del Decreto de Unificación -y también en posteriores coyunturas- fueron consecuencia de los motivos que a unos y otros llevaron a militar en FE de las JONS:

1. Jóvenes de la burguesía monárquica y de la aristocracia pertenecientes al círculo amistoso de José Antonio, a los que seducía sobre todo su atractiva personalidad.

2. Jóvenes intelectuales de convicciones patrióticas y ansias de cambio, devotos de la cultura grecolatina y de su estética, cuyo renacimiento creían ver en el fascismo italiano.

3. Universitarios formados en la escuela del pensamiento filosófico alemán, o influidos por ella a través de Ramiro Ledesma Ramos, sobre los que el nacional-socialismo revolucionario ejercía una indudable influencia.

4. Estudiantes de clase media, no pocos procedentes de la FUE, que ansiaban sacar a España del marasmo en que se encontraba y cuyas expectativas revolucionarias no eran satisfechas por los partidos de izquierda, en cierta medida a causa de su radicalismo laicista.

5. Obreros desgajados de partidos y sindicatos de la izquierda a causa de las desviaciones que aquejaban a éstos, los cuales descubrían en la Falange una atractiva conjunción de lo revolucionario y lo español.

Es evidente que los del primero y segundo grupos fueron los que con mayor facilidad y entusiasmo se acogieron al Decreto de Unificación. Los del tercero lo aceptaron en parte, y con reticencias. Los del cuarto antepusieron a cualquier otra opción la exigencia de ganar la guerra, criterio que parcialmente compartían los del último grupo. Hubo excepciones en unos y otros grupos. Pero creo que con carácter general valen las distinciones anotadas, pese la índole aleatoria de este intento clasificatorio. Los originarios del cuarto y quinto grupos evidenciaron en parte algunas reticencias, mientras aceptaban la situación de hecho los que se acogieron en aluvión a la militancia falangista tras el comienzo de la guerra.

Sólo la autoridad indiscutible de cualquiera de los fundadores habría hecho posible en aquellas circunstancias una concordancia de actitud entre los grupos respecto del Decreto de Unificación. Pero murieron en los primeros tiempos de la guerra y Manuel Hedilla, cuyas cualidades no niego, carecía en aquellos momentos de influencia política suficiente entre la dispersa grey falangista para que ésta le siguiera solidariamente en sus diferencias con Franco y determinados falangistas punteros que, como Agustín Aznar, le apoyaron inicialmente.

Parece obligado recordar en este punto que se otorgó la condición de «vieja guardia» a todos los que militaban con anterioridad al Decreto de Unificación en los muy variados, contradictorios e incluso antagónicos partidos y asociaciones integrados imperativamente en FET y de las JONS. Ruiz Jiménez y Solís, por ejemplo, ambos con carnet de Vieja Guardia, procedían del asociacionismo confesional. Sólo una minoría de los viejas guardias registrados en la inmediata postguerra procedía de la Falange de anteguerra, y en particular de la precedente a las elecciones de febrero de 1936.

Estoy persuadido de que está por hacer un serio estudio sociológico en la línea de lo expuesto, el cual podría sacarnos de las diferencias de apreciación en que respecto de la peripecia histórica de FE de las JONS todavía nos movemos. Aunque resultado de una mera apreciación personal, presumo que la distinción entre los sectores falangistas genéricamente enunciados permite explicar con bastante aproximación las defecciones y derivaciones políticas que se registraron a partir de la segunda mitad de los cuarenta. Y como en alguna medida el fenómeno se reprodujo en las nuevas levas falangistas de la guerra y la postguerra, también vale de guía para entender los enrolamientos partidistas que se reprodujeron tras el transaccionismo «democratizador».

Hago omisión del interesantísimo período que media entre mi llegada a Madrid y el traslado de los restos de José Antonio al Valle de los Caídos, durante el cual se hicieron más palpables las diferencias entre los grupos anteriormente señalados. Los cambios en el panorama nacional e internacional acentuaban en una u otra dirección las actitudes de sus miembros, al tiempo que se cosificaba el segmento burocrático del Movimiento Nacional. Sucedía en coincidencia que, a extramuros del aparato oficial, funcionaban con creciente autonomía las diversas ramas de FET y, a su amparo, adquirían personalidad propia y amplio margen de independencia -también de interpretación- los SEUs, las centurias del Frente de Juventudes y de la Guardia de Franco, las publicaciones, etc. Si no se toman en consideración estos antecedentes y los descritos del período inicial, será difícil entender el surgimiento de las diversas Falanges del postfranquismo, así como la diáspora hacia otros espacios políticos.

Determinadas confrontaciones a título personal o de grupo en el seno del pluriforme falangismo actual reproducen en sus aspectos fundamentales las actitudes en disputa a raíz del Decreto de Unificación o las que se suscitaron reiteradamente en los lustros posteriores al final de la guerra. Merece la pena por lo que tiene de aleccionador y de actualidad el siguiente texto, extraído del «Manifiesto de las JONS de Madrid», publicado hacia la mitad de los cincuenta: «El desaliento alcanza a grandes zonas que, hasta ahora, se habían sostenido inquebrantables en la espera. Las escuadras antiguas se desmoronan y cada uno interpreta la doctrina a su manera. La ausencia de mandos moralmente admitidos por todos los militantes hace que las soluciones defendidas por cada hombre o grupo puedan parecer, a veces, antagónicas. Nuestra dispersión es fuente de ineficacia, con el tremendo peligro de que, por ello, quizá estemos sirviendo ya intereses ajenos a la Revolución Sindical Nacional».

A comienzos de los cincuenta se habían frustrado ya variados intentos clandestinos o semiclandestinos de crear agrupaciones falangistas con ínfulas revolucionarias. Algunas de ellas figuraban en el anexo al informe redactado por el entorno tecnocrático de Carrero Blanco, el cual definiría las líneas maestras del cambio político operado en el sistema a raíz de la crisis de gobierno de ese año. Se ha dicho también que el documento fue preparado en realidad por González Vicent con la finalidad de activar un amplio frente de resistencia contra los tecnócratas dentro y fuera de las estructuras del régimen. Las indagaciones que he realizado en este sentido me inclinan a dar más crédito a la primera hipótesis. Aparecía yo en ese informe como cabeza de un Partido Republicano Sindicalista. Bajo unas u otras denominaciones figurábamos bastantes de los que entonces manifestábamos nuestra rebeldía.

Una de las agrupaciones falangistas más revolucionariamente agresivas era la Centuria 20 de la Guardia de Franco, integrada esencialmente por estudiantes superiores y cuya dirección ideológica ejercía Eduardo Navarro, promotor y guía del Círculo Marzo, a cuyo amparo se agruparon brillantes, prometedores y agresivos universitarios.

Hacia febrero de 1959 se conoció en círculos restringidos que en vísperas de la consagración y apertura de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, prevista para el 1º de abril Día de la Victoria, se procedería sigilosamente a la exhumación de los restos de José Antonio en el monasterio de El Escorial y a su enterramiento al pie del altar mayor del Valle. Pronto se confirmó que Carrero Blanco y su entorno querían hacerlo sin apenas otra participación que la familiar. Temían que se registrara una intempestiva manifestación multitudinaria de unidad falangista. La censura recibió orden de impedir cualquier noticia relativa a la exhumación y el traslado, en particular sobre la fecha y la hora. Las órdenes que recibió el director de Arriba fueron terminantes, aunque se burlaron, con particular relieve mediante un artículo en primera página del profesor Adolfo Muñoz Alonso.

Aunque no era miembro de la Centuria 20 ni del Círculo Marzo, mantenía estrecha relación con sus miembros. Al conocer lo que se pretendía desde Castellana 3 comenzamos a debatir en un pequeño grupo lo que debíamos hacer para abortar la maniobra monarcotecnocrática y convertir el traslado en ostensible demostración de afirmación y vitalidad falangistas, además de aprovechar la ocasión para subrayar la dimensión de José Antonio como símbolo de la unidad nacional y revolucionaria de España y los españoles, superadora de cualesquiera resentimientos provocados por la guerra civil.

Tras debatir diversas opciones nos decidimos por la que nos pareció más expresiva y simbólica. Consistía en lo siguiente: localizar restos de un combatiente del lado rojo; encontrar asimismo una bandera de milicias falangistas combatientes y otra de milicias rojas; guardar todo ello en una arqueta; seleccionar a seis camaradas cuyos padres fueron fusilados por los rojos y a otros seis cuyos padres fueron fusilados por los nacionales, que tampoco de éstos faltaban en nuestras filas; situar los doce a la entrada de la basílica, o al pie del altar mayor, y entregar la arqueta en el momento de la inhumación de los restos de José Antonio para que reposara junto a ellos como símbolo falangista de fidelidad a su voluntad testamentaria y de unidad entre los españoles.

Todo estaba dispuesto unos días antes del traslado. Felipe Mellizo había localizado un enterramiento rojo de fortuna en lo que fuera línea de combate por Guadarrama; alguien ofreció una bandera de una centuria de la CNT cuya inscripción garantizaba que se trataba de una unidad combatiente; alguien del Frente de Juventudes prometió aportar la bandera de la centuria de Falange en que combatió su padre; también estaban localizados y comprometidos los doce camaradas. Sólo faltaba el permiso de los familiares de José Antonio y sus allegados para materializar el proyecto.

El traslado de los restos de José Antonio al Valle de los Caídos no podía hacerse, como es obvio, sin el consentimiento de la familia, cuya representación legal más evidente eran en aquel momento sus hermanos Miguel y Pilar, quienes reunieron en su torno una suerte de consejo asesor en el que, además de su sobrino Miguel, figuran Raimundo Fernández Cuesta, Jiménez Millas, Agustín Aznar y alguien más que no recuerdo. Fui el encargado de exponer la propuesta descrita. Tengo entendido que los contrarios a ella forzaron que se consultara con una autoridad superior, supongo que Carrero Blanco, organizador de las ceremonias del traslado y de consagración de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. El caso es que nos fue denegado el permiso, sin el cual, y tal como estaban las cosas, resultaba harto problemática la posibilidad de cumplir nuestro propósito, aún resueltos a forzar cualesquiera barreras. Desistimos y nos dedicamos a conseguir que el traslado lo realizásemos el mayor número posible de falangistas, desfondando así la estrategia de silencio diseñada por Carrero Blanco y su entorno.

A la mayoría de nosotros no nos desagradaba que los restos de José Antonio abandonaran su sepultura en la basílica de San Lorenzo de El Escorial, en la que, a efectos políticos, prevalecía para los monárquicos del sistema su condición de panteón preferente de la dinastía borbónica, para nosotros «peste borbónica», término satírico acuñado por Ismael Herráiz. Borbonismo reforzado por la decisión de Franco de celebrar un funeral anual por «Alfonso XIII y demás reyes de España». Nos parecía más coherente que los despojos de José Antonio reposarán junto a los de quienes murieron por un ideal a uno y otro lado de las trincheras. No aceptábamos, sin embargo, que el traslado fuese subrepticio y vergonzante.

Las medidas coercitivas dictadas desde Castellana 3 a los ministerios concernidos no se limitaban al silenciamiento del traslado en los medios de información. Los ministerios militares impartieron órdenes estrictas que prohibían la participación castrense, aún a título personal. Los gobernadores civiles recibieron rigurosas instrucciones para impedir que de sus circunscripciones salieran autobuses con falangistas. La Guardia Civil debía interceptar y hacer retroceder a cualesquiera vehículos con falangistas que se encaminaran hacia El Escorial o el Valle de los Caídos. También en Secretaría General del Movimiento se percibían claros síntomas de inhibición. El dispositivo desplegado por Carrero Blanco habría funcionado en el caso de que sus instrucciones nos fueran desconocidas y la anomalía política de las mismas no hubiera inclinado a hacer la vista gorda a un buen número de los encargados de cumplirlas, en particular un amplio sector de la Guardia Civil.

Ceferino Maestú fue uno de los que con mayor eficacia movilizó multitud de falangistas de Madrid y de provincias, sin olvidar otras iniciativas, como el escrito del consejo del distrito madrileño de Buenavista. El mecanismo del boca a boca era casi el único de que unos y otros, ayunos de un instrumento de coordinación, disponíamos para que prosperase una llamada general. Resultaba imperativo, de otra parte, trasladar a la convocatoria el mensaje que simbólicamente perseguíamos con la abortada iniciativa anteriormente descrita. Con este propósito redacté el manifiesto que copio como anexo y la octavilla extraída de su parte final. Fueron impresos a ciclostil por diversos falangistas. Debieron hacerlo con gran dedicación ya que se distribuyeron con profusión en muy variados lugares. También, por supuesto, entre los que acudieron a El Escorial.

La orden de presidencia prohibía que los medios informativos presenciaran la exhumación de los restos de José Antonio. Tras duras negociaciones consiguió el secretario general del Movimiento que se permitiera la asistencia de un redactor de Arriba para que procurase una información que se distribuiría al resto de los órganos periodísticos. Fui el designado por el director del periódico y me trasladé a El Escorial con bastante antelación, acompañado de Eduardo Navarro, Tomás Rodríguez y Antonio Sánchez-Gijón, recién llegado de Valencia, donde cumplía el servicio militar, merced a un permiso verbal de su jefe inmediato. Ya entrada la noche logré colarlos en la basílica con la ayuda de Muñoz Alonso, cuya casa escurialense nos servía de lugar de reunión.

La noche fue muy tensa. Lo reflejan las fotografías. Hubo momentos en que la tensión estuvo a punto de provocar situaciones encrespadas.

Realizada la exhumación y dispuesto el féretro para el traslado salimos a reponer fuerzas en la lonja. Guardaba en el bolsillo un trozo de la madera del féretro y otro de la bandera que lo envolvía. También me apoderé subrepticiamente de la palma de oro empotrada en la losa funeraria. Resistí la tentación de llevármela y la entregué a Pilar Primo de Rivera, quien más tarde la dio para su guarda al Castillo de la Mota.

Amanecía y la lonja estaba casi desierta. De vez en cuando aparecía algún falangista. Nos invadía el pesimismo y el nerviosismo comenzaba a apoderarse de Ceferino Maestú que se movía sin cesar de un lado a otro. Ante el acceso al Patio de los Reyes se situó en la lonja un furgón cerrado, de los usados por el Instituto Forense, dispuesto para el rápido traslado del féretro al Valle de los Caídos. Pero de pronto la lonja comenzó a llenarse de camisas azules. Llegaban de todas partes. Hubo uno que hizo en bicicleta el viaje desde Lugo. En algunas provincias se valieron de los autobuses dispuestos para el traslado de los que debían asistir a la consagración de la basílica, garantizando a la autoridad gubernativa que en ningún caso irían a El Escorial para la exhumación de los restos de José Antonio.

Fueron llegando ministros y altas jerarquías para asistir a la ceremonia religiosa previa al traslado. Cuando lo hizo Carrero Blanco atronaron los silbidos y las imprecaciones. Tanto que se escucharon con nitidez en el interior del templo, lleno a rebosar de camisas azules. Yo estaba dentro. Carrero pasó a mi lado con el rostro desencajado. Dos personas acudieron a tranquilizarlo, pero sus palabras rezumaban ironía: Asensio y Solís.

Terminada la ceremonia religiosa se rompió todo protocolo. Una vez en la lonja se impidió que el féretro fuera introducido en el furgón por quienes lo sacaron del basílica. A hombros de los falangistas que arrebataron las andas, el cortejo inició la marcha hacia el Valle de los Caídos. Asistíamos a un segundo entierro de José Antonio, aunque esta vez absolutamente espontáneo y a contrapelo de la decisión oficial de ocultarlo.

Fue prodigioso que no se registraran incidentes. Los relevos para llevar las andas sobre las que estaba depositado el féretro se hacían sin organización previa alguna. Unos a otros se cedían el puesto cada pocos minutos para que lo portaran el mayor número posible. Recuerdo que en una de las dos ocasiones en que lo hice se me acercó Joaquín Ruiz Jiménez para pedirme, con los ojos humedecidos por la emoción, que le cediera el puesto a su hijo, para que siempre recordara que había tenido el honor de portar a José Antonio.

El entero atrio del Valle de los Caídos se llenó de camisas azules. Es impresionante la fotografía de gran tamaño, tomada desde lo alto, que conservo. Carrero Blanco no se atrevió a entrar en la basílica con las demás autoridades y lo hizo desde el monasterio, tras la comunidad benedictina. Creo que nunca perdonó aquella rebelión falangista, la cual acentuó sus antiguos y permanentes recelos hacia José Antonio y Falange Española. Como monárquico irreductible que era, les reprochaba la apuesta republicana; y tampoco su confesionalismo podía admitir que, pese a su entraña católica, postularan la separación de potestades entre la Iglesia y el Estado, cuestión ésta en la que FE de las JONS se anticipó al Concilio Vaticano II.

Las demostraciones falangistas continuaron en Madrid hasta bien entrada la noche. Fue aquella una excepcional coyuntura que no supimos aprovechar, convirtiendo tan espléndida y espontánea asamblea en estructura política con proyección de futuro y al margen del Movimiento.

De aquella jornada escribí en Arriba, según afirmaba con frecuencia Antonio Izquierdo, una de las mejores crónica de mi vida profesional. Y haciendo memoria de lo acaecido desde entonces escribí tiempo más tarde que aquel apasionante episodio configuró en realidad el canto del cisne de Falange Española de las JONS. Fue acaso el presentimiento de que sucedería así lo que en aquella inolvidable jornada, mientras rezaba junto a su tumba, me indujo a la decisión de enterrar simbólicamente con José Antonio la camisa azul y las formas externas de las que se había apropiado el Movimiento, cambiando su dimensión expresiva, aunque seguiría siendo leal de por vida a su invitación revolucionaria. Me comprometí al propio tiempo a seguir fiel a su invitación revolucionaria y a persistir en una tarea de indagación y de servicio a España. Y en eso estoy, con humildad y con variable acierto.
 

Anexo

ESPAÑ0LES

El día 30 vamos a trasladar los restos de José Antonio desde el Monasterio de El Escorial al Valle de los Caídos. No es hora de bizantinismo ni de rasgarse las vestiduras. Pensad. Que tampoco fue escogida por la Falange la tumba de El Escorial. Meditad que lo que importa no es una falsa cuestión de prestigio, como algunos quieren hacernos creer, sino el insertar la figura de José Antonio en su verdadera dimensión de símbolo de la unidad revolucionaria del pueblo español.

Si el Estado es fiel a las Leyes que dicta, si es fiel al Decreto de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, la Basílica habrá de albergar a todos los que murieron en lucha y en ambición de una España mejor de una Revolución para España. Indistintamente de las banderas bajo las que, con la suprema limpieza del heroísmo y del sacrificio por un ideal, militaron un día.

Si el Valle de los Caídos va a ser eso, el resumen de la unidad nacional, la liquidación del espíritu de guerra civil entre los españoles, será más apropiado y justo lugar de reposo para los restos de José Antonio, que la vecindad dinástica de El Escorial.

La Falange estuvo en unas determinadas trincheras porque se jugaba el destino de España. Pero la razón revolucionaría de la Falange la acercaba política y socialmente más a las trincheras de enfrente que a aquellas en las que combatía. El destino colocó a la Falange en una disyuntiva dramática. Precisamente por eso, la Falange representaba la única posibilidad de victoria para todos, de inauguración tras la guerra de una empresa revolucionaria que nacionalizase la izquierda española.

Por su pensamiento político y por su muerte, José Antonio ha de ser símbolo de la unidad revolucionaria entre los españoles.

No podemos consentir que la derecha, encaramada en el Régimen, convierta a José Antonio en tapadera de actitudes sectarias y de maniobras contra el pueblo y contra la misma Falange.

Si José Antonio va al Valle de los Caídos, tiene que ser porque el Valle de los Caídos acoja a los muertos de España, sea del lado que sean y sin discriminaciones de ningún género. La Cruz no puede amparar al fariseísmo de los muertos buenos y de los muertos malos. Y mucho menos la perpetuación de la guerra civil.

Si José Antonio va al Valle de los Caídos es para insertarse en la Comunión de los muertos. No aceptaremos la hipocresía de las derechas de negar sepultura común y oraciones comunes a quienes también murieron, como los nuestros, porque no estaban conformes con la España injusta que les tocó vivir. Nosotros entendemos la misericordia divina sin la falacia de los que hacen del Catolicismo una profesión política.

Nosotros queremos a José Antonio como símbolo de la Revolución. Esta es la única garantía que exigimos.

Camaradas, el día 30 sólo cabe un grito: Caídos por la Revolución: !Presentes! Y una afirmación: !Victoria para todos! Y una demanda: Liquidación definitiva de la guerra civil.


 
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