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Altar Mayor - Nº 89 (05)
Miércoles, 03 diciembre a las 19:23:09

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA
Por Ángel Palomino

«Grupos de hombres y mujeres bajaban por la calle de la Aduana al encuentro de los camiones y coches empavesados que afluían, por Montera, a la Puerta del Sol. Todos los balcones y ventanas de la acera de enfrente aparecían con colgaduras religiosas o con los colores rojo y amarillo...

»El gentío crecía por momentos. La Puerta del Sol era ya una masa bullente de cabezas sobre las que ondeaban las banderas... Se veían grupos de soldados que parecían deslumbrados por aquella frenética acogida triunfal que se les tributaba. Algunas mujeres los abrazaban, otras los besaban y muchas gritaban el paso de los oficiales:

»-¡Ésos sí que son oficiales de verdad!

»Era una explosión de alegría nerviosa, impaciente, eléctrica. Los moros reían con sus grandes dentaduras blancas al sentirse acosados y besados por las muchachas enardecidas.

»-¡Franco, Franco, Franco!

»En la plaza de España andaban todavía, confundidos, soldados vencedores y soldados vencidos, charlando amigablemente, dando aquéllos de fumar a éstos, y tramando tal vez planes de paz y de reconciliación».

¿Quién escribió esta hermosa página histórica? ¿«El Tebib Arrumi»? ¿Foxá? ¿Laín? ¿Pemán? ¿Ridruejo?...

Nada de eso: Figura en la novela Las últimas Banderas, de Ángel María de Lera, Comisario político de la CNT, prisionero tras la derrota, condenado a muerte, indultado, importante novelista, Premio Planeta 1967.

Ahora les leo una crónica mucho más breve. La del hispanista e historiador Paul Preston, en la página 92 del libro Francisco Franco que hemos escrito entre los dos: «El 27 de marzo, las fuerzas militares nacionalistas entraron en Madrid en medio de un silencio sepulcral». En su libro Franco Caudillo... dice «fantasmal»

Con motivo del centenario de Francisco Franco, escribí Caudillo, obra que dediqué cordialmente a mis amigos escritores antifranquistas. Si no fuese por la perversión tan descarada de sus manejos, me produciría ternura verlos tan menesterosos de Franco, tan necesitados de él. Decía entonces:

«Desesperadamente, los antifranquistas nos muestran a diario su nostalgia y su miseria; sin Franco no pueden vivir...

»Se les han caído las estatuas de Lenin sin darles tiempo a tirarles ni una mala piedra mientras gastaban sus energías en inventar a un dictador en casa».

Han pasado más de diez años desde que lo escribí: siguen en lo mismo; así que les dedico mi parte de este libro con la misma cordialidad. Cuarenta millones de españoles nos hemos hecho a vivir sin Franco: ellos no. No saben.
 

ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA

¿Qué Historia nos están fabricando? ¿Quién está haciendo la Historia? ¿Es cierto que España fue un páramo, un erial cultural durante cuarenta años? ¿Han estado mudos, muertos, exiliados inéditos Julián Marías, Cela, Delibes, Gala, Buero, Miura, Tono, Mingote, Ávalos, Vázquez Díaz, Vázquez Azpiri, Vázquez Molezún, Vázquez Montalbán, Benjamín Palencia, Pemán, Haflther, Torcuato Luca de Tena, Valverde, León, Quiroga, Jiménez Díaz, los inventores del chupa-chups, de la fregona y del Talgo? ¿Tomó partido la Iglesia Española por los rebeldes en 1936, o era perseguida por los revolucionarios? ¿Luchó alguna vez por la libertad la Pasionaria? ¿Por qué es bueno Castro que ha hecho de Cuba una cárcel-prostíbulo hambrienta, miserable? ¿Por qué todos los políticos patriotas tienen mala prensa y son objeto de atentados con intención de matarlos como es el caso de Margaret Thatcher, Ronald Reagan (el autor del desplome de la URSS), De Gaulle, Franco, Juan Pablo II?

La lista de interrogantes podría ser infinita. La intoxicación es grave, y la represión contra quienes tratan de atajarla es implacable: hoy pone alguien en duda que Stalin fuese un asesino y lo aplauden; pone en duda que Filesa fuese un negocio de extorsión desde el poder y no pasa nada, aplauden a los condenados; pone en duda que Castro es un criminal de guerra (en su país, en Angola, en toda Hispanoamérica, en Etiopía) y no pasa nada. Pero si alguien se permite poner en duda el número de víctimas del Holocausto, va a la cárcel: ¡es delito! Hoy, en fin, se puede salir a la calle con banderas soviéticas (que horrorizan a decenas de millones de europeos), con banderas republicanas, teñidas con la sangre de trece obispos, con cartelones pidiendo libertad para Cataluña o para el País Vasco, pero si alguien sale con una bandera española le obligan a retirarla y, además, dicen que es fascista.

La cosa es muy grave, porque se están inventado historias falsas, la Historia de Cataluña, la historia de una patria imaginaria a la que llaman Euscadi como podrían haberle puesto KAS. Y se ha inventado una historia falsa de la Guerra Civil y una historia falsa del franquismo. ¡Y se ha hecho catedrático de Historia de la Universidad Complutense de los cursos de verano a Paul Preston! Preston ni siquiera es historiador: Preston es, simplemente, un vivales de izquierdas, que vende libros de falsa historia a los hijos y los nietos de los admiradores de Franco. El truco es muy sencillo: escribe una mendaz biografía de Franco, la publicó en Gran Bretaña con este simple título, Franco y no fue, ni mucho menos, un best-seller. Traducida al español, le cambió el titulo: Franco, Caudillo de España y puso en la cubierta una bonita fotografía en color del biografiado. Los franquistas despistados, y sobre todo los hijos y los nietos de los franquistas la compraban para papá o para el abuelito, que luego se llevaban un disgusto horroroso.

Pero Preston es historiador: lo dicen la prensa, la radio y la tele.

Brevemente voy a referirme a tres casos de tergiversación histórica. Tres ejemplos sencillos.

En su libro Franco Caudillo de España dice a propósito del Alcázar de Toledo: «Los mil guardias civiles y falangistas se llevaron consigo mujeres y niños como rehenes, familiares de conocidos individuos de izquierda...». Ignora la composición de las fuerzas defensoras del Alcázar. Y lo que es más grave: las familias de los defensores son -dice- «rehenes, familiares de conocidos individuos de izquierda».

Más adelante dice: «...la famosa leyenda, casi con seguridad apócrifa, que cuenta que telefonearon al coronel Moscardó para decirle que si no se rendía matarían a su hijo...».

Y, finalmente, «El 27 de septiembre se prohibió a los corresponsales de guerra que acompañasen a los legionarios y regulares mientras perpetraban otra matanza [...] En el hospital de San Juan Bautista se arrojaron granadas de mano contra los indefensos republicanos heridos». La realidad es que el llamado hospital de San Juan Bautista no fue hospital. El hospital «republicano» estaba en San Bernardo, a 5 Km. de Toledo y permaneció en zona roja hasta el final de la Guerra.

La Real Academia de Ciencias Históricas de Toledo envió un informe oficial de 4 páginas a este intruso de la Historia. Dio las gracias, pero no ha rectificado. Lo publicó en 1993 y lo mantiene en la última edición del año 2002.

Con el título de la edición inglesa Franco y una fotografía desfavorecedora del Generalísimo, el libro hubiese tenido el mismo mediocre resultado que tantas otras biografías antifranquistas. En España, pese a quien pese, las únicas biografías de Franco que se venden por decenas de miles son las que cuentan la verdad y dan versión favorable del personaje y de la época; una época que constituye el salto social y económico más notable de la historia de España.

Un ejemplo indudable de la biografía de Franco publicada por el diario ABC (52 fascículos, diez años después de su muerte, 1986) hizo subir la tirada de los domingos por encima del millón de ejemplares, precisamente cuando con más violencia se desarrollaba la mendaz y cobarde campaña de tergiversación histórica en torno a Franco y su tiempo. Fue una biografía seria, dirigida por Ricardo de la Cierva, aunque en las últimas entregas sufrió alguna intromisión que el historiador rechazó negando el aval de su nombre a los fascículos. No hay historiador que cite el libro de Preston como fuente. Sólo otros autotitulados historiadores, compañeros en la difamación.

He aquí la breve antología de este disparate a partir de sus primeras páginas; del Prólogo.

1. (Pág. 15). «Su ascenso de soldado raso a general». P. Preston es el único «biógrafo» que revela ese dato. Según él debemos suponer que Franco empezó su carrera como «soldado raso». Eso significa que sentó plaza en la banda de cornetas –tenía catorce años- y luego, poquito a poquito, chusquito a chusquito, fue ascendiendo a Generalísimo, aunque para este último ascenso tuvo que sublevar a un tabor de regulares y a la Legión... (Preston al Tabor lo llama Tambor)

2. Atribuye a Franco (pág. 16) la creación de su propio «mito de soldado del Rif» que era, además, lector «ávido». No fue un mito: Franco leía mucho y, además, escribía libros y artículos. ¿Qué es un soldado del Rif? ¿Lo confunde con el general Mizziam? Marruecos es también El Kert, Yebala, Xauen, Tetuán... Pero eso no lo sabe el autor.

3. Como en España el investigador Preston sólo encontraba libros que hablan bien de Franco (hay que admitir que es cierto: los que hablan mal estaban prohibidos), el autor decide que sus fuentes sean Quintanilla, Southworth, y otros «historiadores» de «Ruedo Ibérico», París, hoy totalmente desacreditados como los tuñones y los tuselles. Más tarde, muerto Franco, ya encuentra material español «fiable», y cita (pág. 17) «la interesante biografía de Enrique González Duro». Interesantísima; el autor está para que lo examine un colega; es psiquiatra freudiano sexi-obseso que explica la afición de Franco a matar «como síntomas de frustración sexual [...] fantasías de dominio y odio sádico», que se hacen patentes también cuando solicita heredar el bastón de mando (el doctor ve en él lo fálico) de su padre.

4. (Pág. 18) Cita a una periodista norteamericana, Jay Allen, que el 27 de julio de 1936 pregunta a Franco: «¿Eso (la pacificación) significa que tendrá usted que fusilar a media España?». Según la periodista, el general, sonriendo, dijo: «Repito, cueste lo que cueste». Sorprendentemente, más tarde, en la página 183 cuenta la misma anécdota, pero la periodista Jay Allen es «el periodista»; cambia el sexo y cambia el diálogo desde la primera hasta la última respuesta que es «Repito, a cualquier precio». Y después. En la pág. 224, Allen no es masculino ni femenino; simplemente es Jay Állen, género epiceno. Y es, también un (o una) periodista del estilo de Hemingway que «presenciaba» las batallas desde el bar del Hotel Florida de Madrid, leyendo los periódicos. Allen inventaba las entrevistas con un propósito clarísimo: desacreditar a los nacionales y servir al embajador norteamericano Bowers que estaba de parte del gobierno de Madrid. En las páginas 224 y 225, a propósito de una entrevista a José Antonio Primo de Rivera, le cuenta al embajador que hubo de recortarlas «debido a las sorprendentes indiscreciones de Primo de Rivera» que mostraba «una actitud desafiante y arrogante en lugar de conciliadora», desmentida por la realidad de un deseo de paz y concordia expresado tanto en el juicio como en cartas, conversaciones y en su testamento. De paso, Allen le atribuye un desprecio clarísimo por Franco (pág. 225) y lo calificaba de pretencioso y cobarde. Y odiaba a José Antonio porque se opuso a que fuese candidato de la derecha en las elecciones de 1936: «Franco nunca se lo había perdonado». Fantástico.

5. (Pág. 19) Cuenta Preston que a causa de la tortura muchos presos se suicidaban. Y añade: «Las autoridades reaccionaron a menudo ejecutando a un pariente del preso» (¿Humor negro en el prólogo? Eso es Gila puro).

6. (Pág. 20) Reconoce que Franco no podía, él solo, matar a tanto demócrata y señala «el activo papel que tuvieron los curas rurales en las denuncias de sus feligreses». No tiene en cuenta que el párroco era el paño de lágrimas; que a los familiares de los feligreses los habían matado, quemado vivos, mutilado... Simplemente pedían ayuda al cura para papeleos y trámites, como toda la vida en los pueblos. También cuando denunciaban unos crímenes a la justicia.

7. (Pág. 20) «Franco que se consideraba un economista genial...» (era por el poco gasto que se hacía en la cocina de su Casa Civil. 4,25 pesetas el cubierto en el Cuartel General de 1936).

8. (Pág. 20) «Siempre puso sus intereses personales (por delante de) a los de España (Sin comentarios). ¿A qué llama «intereses personales»? En la página 556 comenta una opinión pasajera del embajador portugués Pereira: El ministro Carceller había ayudado a Franco a evadir capital a Suiza. La mentira es tan tosca, que a pie de página, con letra pequeñísima, aclara: si Franco estaba tomando precauciones por si tenía que exiliarse, lo hizo con considerable discreción; la indicación de Pereira en este, sentido es «prácticamente única». Pues no lo cuente, señor Preston, si es usted el «historiador».

9. (Pág. 21) Recomienda como «estudio extraordinariamente agudo» un libro que ha causado la hilaridad entre militares vencedores, vencidos, veteranos y jóvenes de las últimas promociones: «La incompetencia militar de Franco». Aunque a lo largo de la biografía, Preston reconoce repetidamente la indiscutible competencia profesional del General.

10. (Pág. 13) «...No sólo había pasado Franco en persona gran parte de su vida falsificando y adornando los pormenores de la conspiración que dio origen al golpe militar del 18 de julio de 1936, sus partidarios falsificaron también su propia historia y la de sus enemigos...». El pasado del viejo soldado raso (ver 1), sus ascensos vertiginosos, su fama de caudillo, eran falsificaciones, adornos, invenciones: un culebrón.

11. (Pág. 13) «...la gran editorial del exilio español antifranquista, Ediciones Ruedo Ibérico, dirigida en París por un anarquista excéntrico y enormemente culto, José Martínez Guerricabeitia. Ruedo Ibérico asestó varios golpes contra dichas falsificaciones del régimen...». Gran editorial a la que ningún historiador serio puede citar como fuente porque su trabajo queda, automáticamente, desacreditado.

12. (Pág. 14) «...Southworth no narraba la guerra sino que más bien desmantelaba, línea a línea, la estructura de falsedades erigida por el régimen franquista...». Propagandista político. Norteamericano y desacreditado como historiador. En el nada sospechoso Diccionario de la Guerra Civil de M. Rubio Cabeza, Planeta 1987 se lee: «hizo gala de su acérrimo antifranquismo, lo que restó no poca credibilidad a su obra». Como Preston.

Estas 12 notas corresponden al prólogo. Diez páginas; a 1,2 disparates por página. Casi la misma proporción existe en todo el texto, lleno de opiniones adversas, falsedades, interpretaciones malévolas y divertidos disparates, como el de la página 37 en la que cuenta que como era tan bajito, «le obligaron a hacer la instrucción con un fusil al que habían serrado 15 cm. de cañón». Se refiere al mosquetón mauser modelo 1893, variante del fusil mauser. Es algo menos pesado (ergonómico para soldados a caballo) y fabricado con el cañón más corto (no serrado): no había suficientes fusiles para todos los cadetes y se armaba con mosquetón a los más jóvenes. Franco tenía catorce años.

En la misma página cita a varios cadetes amigos suyos, «aunque nunca -dice- fue íntimo de ninguno de ellos». Otra noticia caprichosa; uno «de ellos», Camilo Alonso Vega, fue íntimo hasta su muerte; íntimas las esposas, compañeros de carrera, de vacaciones... y de gobierno. Del almirante Nieto Antúnez (Pedrolo) amigo toda la vida.

Sus alusiones al asedio y liberación del Alcázar son, además de falsas, reiteradas y mal intencionadas. Prometió rectificarlas en 1995, tras la primera edición. Han sido varias, la última es del año 2002. No ha rectificado ni una sola falsedad pese a habérselo prometido a la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.

Califica de «insurrección obrera» a la revolución de Asturias. Fue nacional, un golpe de Estado, y en cada provincia, el mando militar revolucionario lo asumieron personalmente los diputados del PSOE. Habla de la represión, inventa horrores y no dice nada sobre los crímenes de los revolucionarios.

Con la Legión y los «tambores» de Regulares (todavía no se ha enterado que las unidades de Regulares recibían la denominación de «Tabores»), Franco ordenó el ataque a los barrios obreros. «Bajas de mujeres y niños». «Atrocidades de marroquíes», «Salvaje represión», «Ejecuciones sumarias de obreros». Todo falso.

¿Por qué, para llamar la atención, libera el Alcázar? Después de ser elegido Generalísimo al tomar Maqueda, pasan tres días y no sale la noticia en los periódicos, no se confirma. Entonces decide desviar las columnas hacia Toledo. La decisión –ordenada por escrito- se tomó en Navalmoral de la Mata el 28 de agosto. ¿Saben que el Alcázar se tomó dos veces? Se liberó el 27-28 de septiembre; pero como no lo nombran Generalísimo, Franco mandó repetir el momento histórico para la prensa el 29.

Abundan frases rimbombantes como: «Su curiosa mezcla de mediocridad provinciana y complacencia rayana en la megalomanía».

A lo largo de sus historias muestra visible desprecio hacia los españoles, demasiado explícito a veces, tal como la frase «su codicia gallega natural».

Inventa situaciones inimaginables. Franco saluda a Hitler en Hendaya con un efusivo e increíble «me alegro de verte Führer», cuando ni en actos oficiales a los compañeros tuteaba. Algo parecido a la actitud del presidente Aznar en Las Azores, en presencia del emperador Bush, cuando dirigiéndose al premier británico, señor Blair, dijo: «Tony, al micrófono», mientras sonreía muy contento de sí mismo.

Relata la entrada de Franco en Madrid con el ritual de Alfonso VI en Toledo. El desfile de la Victoria se lo inventa con 200.000 soldados y más de 25 km de recorrido. La verdad es que fueron 3 km contando desde el punto de partida hasta la dislocación -yo estuve allí-, es decir de la plaza de san Juan de la Cruz a Colón o Cibeles. Vean un mapa de carreteras y apreciarán que con 25 km hubiésemos pasado de Getafe con la espada al hombro.

¡Sorpresa! De pronto asombra, y en el libro de Ediciones B confiesa: «Todo lo que se ha dicho de Franco desde la izquierda es sospechoso de su propia impotencia. Es literatura que pierde utilidad por descontar las dotes políticas y militares de Franco tildándole de ser una mediocridad que había llegado al poder por suerte. Franco no funcionaba a base de la suerte; las cosas, a Franco, no le pasaban por azar; los triunfos de Franco eran fruto de una lucha abnegada (y comprendiendo que se ha pasado, arrepentido, añade) nacida de una feroz ambición» (pág. 147). Como decir una patraña y lo contrario.

En Franco Caudillo de España (pág. 216, línea 37), dice: «La figura poco imponente de Franco (bajo, calvo y con doble papada y vientre prominente) se erguía solo bajo un palio». Cabanellas le entrega el mando. Y en la misma página, línea 41, dos líneas más abajo, dice: «La respuesta de Franco resonó con grandeza regia, seguridad en sí mismo y autoridad fácilmente asumida.

Yo no soy historiador: soy un escritor que colaboró en La Codorniz 31 años, soy Ángel Palomino, autor de Torremolinos Gran Hotel y otras novelas. ¿Qué pinto yo en esta actividad tan seria del ensayo histórico? ¿Por qué he dedicado años, energías, insomnios a escribir Caudillo, Defensa del Alcázar, 1934. La Guerra Civil empezó en Asturias, y este último libro Francisco Franco en el que el hispanista caníbal y falso historiador Preston se desacredita definitivamente?

Porque cuando veo tanta invención absurda aceptada como verdad, cuando veo a un gobierno de derechas pasándose a Azaña, cuando veo homenajear a los brigadistas del comunismo internacional como luchadores por la libertad, sacrifico mi vocación de novelista, mi carrera de escritor de humor, mi carrera de periodista -estoy prohibido por la censura secreta política y aun capitalista; y privado de ese gran producto democrático llamado libertad de expresión hoy secuestrado- y escribo para, en la medida de mis fuerzas, restablecer la verdad: mis libros irritan a los creadores de la tergiversación y hacen sentirse incómodos a los que llaman consenso y corrección politica a la comunión con ruedas de molino, estoy de servicio. Por eso he escrito estos libros; porque un día juré bandera y creo que los juramentos son para toda la vida

Como lanzamiento del libro Francisco Franco por Ediciones B, se intentó organizar un debate público entre los dos autores -el llamado hispanista Paul Preston y yo- que defenderíamos nuestros respectivos textos y opinaríamos sobre uno y otro. El señor Preston rehuyó el compromiso y la editorial lo sustituyó por un cuestionario a cuyas preguntas contestamos ambos y fue publicado en la revista del Grupo Z Interviú.

El resultado fue óptimo para la publicidad del libro, pero desastroso para el autor británico, cuyo falso prestigio quedó muy seriamente dañado. Estas son las preguntas y nuestras respuestas:

Por Nuria Varela

-¿Cómo describiría a Franco: un gran manipulador o un personaje insigne, salvador de España?

-Paul Preston: Evidentemente, como un gran manipulador que constantemente falsificaba su propia trayectoria.

-Ángel Palomino: Insigne fue. Y salvó a España de la Revolución Comunista en 1934 y en 1939. Y la salvó de la II Guerra Mundial.

-¿Merece ser considerado como un personaje histórico o como un dictador mediocre?

-PP: Creo que era ambas cosas, pero al revés: un personaje mediocre y un dictador histórico. El hecho de que pudiera mantenerse tantos años en el poder en un Estado represivo es tributo de sus cualidades como dictador.

-AP: Mediocre en ningún aspecto. Sólo un mediocre puede decir tal cosa. Lo eligieron Jefe de los Ejércitos y del Estado sus superiores y sus compañeros. Fue respetado por De Gaulle, Eissenhower, Churchill, Su Majestad el Rey, su padre don Juan, su abuelo Alfonso XIII, Pablo VI...

-¿En algún momento de su historia fue querido, admirado o apoyado por el pueblo?

-PP: Parte del pueblo siempre le admiró. Primero, los ganadores de la guerra civil española, después también los afectados por unos medios de comunicación y educación controlados por el régimen y finalmente, todos los que gozaron de la prosperidad de los años 60 y primeros 70 (que fue consecuencia de factores externos aunque se la autoatribuía Franco).

-AP: Siempre, desde joven. Todos los años entraba en coche descubierto en San Sebastián y en Barcelona y el pueblo estaba en la calle aclamándolo. Y llenaba la Plaza de Oriente para apoyarle. Su muerte produjo demostraciones de pesar nunca vistas. Lo admiraban, lo quería el 95 por ciento de los ciudadanos. Tuvieron que ponerle nombre a eso: «Franquismo sociológico». Se trataba de dar un nombre científico a un sentimiento nacional.

-¿Cuál es su lugar en la historia?

-PP: El golpista que ganó una guerra ayudado por Hitler y Mussolini y el astuto que se mantuvo en el poder durante 37 años.

-AP: Semejante al de los reyes mejor considerados. Por encima de algún Ordoño, de los Felipes III, IV y V, de Fernando VII, del general Espartero, de don Miguel Primo de Rivera, de los presidentes y jefes de gobierno políticos.

-¿Cómo le definiría psicológicamente?

-PP: Mesiánico, megalómano y obsesionado consigo mismo.

-AP: Sereno, equilibrado, respetuoso con las atribuciones y órdenes de cada cual en el ejercicio de su profesión (médicos, técnicos y hasta directores de cine). No le costaba trabajo obedecer. Responsable y cumplidor hasta la muerte.

-¿Y políticamente?

-PP: Tenía las actitudes de un militar africanista y aplicaba una política colonial a los españoles que no comulgaban con él.

-AP: Conservador. Cristiano. Con gran preocupación por los trabajadores. Sus ministros Girón y Solís eran más socialistas que Solchaga y aun que Felipe González.

-¿Cómo calificaría su gestión económica?

-PP: Se creía un gran economista pero su política en los años 40 y primeros 50 llevó a España a la ruina. El hombre que creía en la posibilidad de polvos de gasolina no era capaz de dirigir una economía moderna. Los triunfos económicos de los años 60 deben atribuirse al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y a los tecnócratas del Opus Dei, como Laureano López Rodó.

-AP: Lo más notable, la famosa creación de la Clase Media; la política hidrográfica; la convergencia con la UE al 80 por ciento. Tras su muerte, España retrocedió al 70 por ciento. Ahora se está recuperando.

-¿De cuántas sentencias de muerte es responsable?

-PP: Ignoro el número de sentencias con el enterado y firma de Franco. Represaliados en la guerra civil y en los primeros años 40 creo que son más de 50.000.

-AP: No firmó ninguna. Firmaba, como Jefe del Estado, los indultos.

-¿Cómo dejó España tras su muerte?

-PP: Al borde de ser un país europeo moderno en lo económico y social pero muy atrasado en lo político.

-AP: Unida y creciendo. En paz. El pueblo había olvidado los viejos rencores que ahora resucitan los vengadores del comunismo: el gran derrotado que no perdona a Reagan, a Juan Pablo II y, con especial encono, a Franco.

-¿Qué queda hoy de Franco?

-PP: Poca cosa.

-AP: El Rey, las obras públicas, nosotros, tú y yo estamos hablando de él. Su nombre está a diario en los medios. ¿Por qué tanto libro? Además, dejó a España con rango de primera potencia turística. Y novena potencia industrial del mundo.

-¿Fue, fundamentalmente, una persona vengativa?

-PP: Sí. Su régimen llevaba a cabo una política de venganza durante décadas. En lo personal también podría ser vengativo, pero capaz de esperar y degustar sus venganzas en frío.

-AP: Nunca. Siempre perdonó a quienes lo ofendieron. O los ignoró.

-¿Estuvo la monarquía subordinada a Franco?

-PP: Durante su vida, se burló de la monarquía de don Juan de Borbón pero después de su muerte, Juan Carlos supo ponerla por encima del franquismo.

-AP: La creó él.

-¿Qué opinión cree que Franco tenía de sí mismo?

-PP: Inmejorable, comparable con Napoleón, con Felipe II, y hasta con el arcángel Gabriel.

-AP: Buena. Tenía motivos.

-¿Cuál es el legado inmediato de Franco y del franquismo?

-PP: Si por inmediato se quiere decir en los años inmediatos a su muerte, principalmente un pueblo que no quiere saber más de su política de venganza y de guerras civiles y por lo tanto acuerda tácitamente un pacto de olvido para consolidar la democracia. Pero también son legados de Franco el golpismo y ETA.

-AP: Nuestra posición en el mundo. Sin él, estaríamos como los rumanos, los polacos o los búlgaros, los ciudadanos que recuperaron la libertad con el desplome de la URSS. Muchos españoles serían emigrantes sin papeles, empleados en trabajos ínfimos fuera de su tierra, condenados a la mendicidad y la prostitución. Lo vemos cada día. Son el fantasma de lo que pudimos ser.

-¿Es posible escribir una biografía desapasionada de Franco o aún es demasiado pronto?

-PP: Claro que sí. Lo que pasa es que la verdad de Franco es tan tremenda que desvelarla parece fruto de partidismos cuando puede ser simple objetividad.

-AP: Sí, claro que se puede, las hay. Los únicos que escriben biografías apasionadas son falsos historiadores. Sus móviles son políticos y anticuados, vetustos: desinformación tipo «Mundo Obrero» y Radio Pirenaica, propaganda de izquierdas que antes servía a la URSS. Ahora a nadie.


 
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