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Altar Mayor - Nº 89 (02)
Miércoles, 03 diciembre a las 19:30:21

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

¿TENEMOS SOLUCIÓN?
Por Emilio Álvarez Frías

Aparentemente no tenemos remedio.

Intelectuales, filósofos, teólogos, politólogos, economistas, hombres de ciencia, cultivadores de las letras, gente de las artes, religiosos, durante siglos andan empeñados en lograr la fórmula fascinante que haga que el hombre sea más feliz, mantenga buenas relaciones con los otros, evite enfrentamientos, enconos, luchas cruentas, odios, sin que podamos decir que avancen mucho en el camino de lograr tan loables pretensiones, pues, echando una mirada a la historia se puede ver que, lejos de mejorar, en muchos aspectos cada día existen más problemas, los hombres se entienden menos, las diferencias entre unos y otros se agigantan, la incomprensión se acentúa, las guerras son más frecuentes, bestiales y cruentas, en las relaciones internacionales domina el egoísmo de los Estados sobre el interés de comunidades más amplias, se abandonan las creencias religiosas, la razón se impone a la moral, incluso las religiones se tambalean cuando no se hacen integristas como es el caso evidente del islam.

En estas fechas de la Navidad los cristianos recordamos, llenos de júbilo, la venida de Dios al mundo, encarnándose en María de Nazaret, para redimirnos, para romper los moldes en los que el judaísmo tenida encorsetado al pueblo elegido, para concienciar a los hombres de que eran libres para elegir su trayectoria vital, para darles un único mandamiento a través del cual podrían conseguir el Reino: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

Mas, ¿hemos correspondido a su sacrificio, a la confianza puesta en nosotros, hemos atendido sus palabras, hemos entendido su mensaje? Si tuviéramos que generalizar probablemente responderíamos impulsivamente que no. No obstante no debemos ser tan vehementes, pues hay amplios sectores de la sociedad mundial empeñada en buscar la fórmula adecuada para conseguir la ansiada paz; es decir, en aplicar la sencilla fórmula del mandato divino, intentando que oigan los que no quieren oír.

Mas, para ello es preciso empeñarse en renunciar a los propios egoísmos, no a los justos deseos y ambiciones, que eso es otra cuestión; poniendo esfuerzo y tesón en la aspiración de hermanar a nuestros próximos así como a los más lejanos; sin volver la vista ante el necesitado, el que carece de todo o de casi todo; sin marginar a esos pueblos que día a día mueren de hambre, de sed, de falta de lo más imprescindible, de cuidados; sin dar la espalda al que necesita amor y no sólo precisa cubrir carencias materiales; pidiendo insistentemente a los poderosos que no dediquen exclusivamente sus energías a acopiar mayores bienes, a conseguir mayor poder.

Porque cuántos hay que caminan por el mundo pisoteando a los que tienen menos, «no viendo» todas las necesidades existentes en países marginales, en continentes enteros, porque a ellos únicamente les interesa la explotación de sus recursos, de sus capacidades, tratando como esclavos a los habitantes de esos espacios, si es preciso; cuántos olvidan que su presencia entre nosotros no es por generación espontánea, sino porque la vida nos viene de Dios y por ende no es exclusivamente nuestra por lo que no tenemos derecho a privar a los otros de nacer o de vivir, bien porque mediante el aborto se siegue una expectativa de futro, bien porque a través de la violencia se rompa una realidad existencial; cuántos se encuentran sumidos en el desamor, ya sea por incapacidad de generar y dar su propio amor a los demás, ya porque los otros se lo niega sistemáticamente.

No obstante, los cristianos tenemos esperanza porque creemos en la Palabra. Y al llegar las fechas de la Navidad, las fechas en las que loamos la venida del Niño Dios, reactivamos las energías para seguir el camino emprendido en el origen de nuestra existencia.

Procurando, con humildad y propósito de enmienda por las caídas en que inexorablemente hemos incurrido, postrarnos ante el simbólico «Nacimiento» que recuerda el momento de la llegada de Jesús de Nazaret a nosotros, con la intención de orar sentidamente, abriendo nuestro corazón, para pedir al Niño Dios otorgue a los hombres más sensatez.

Así sea.


 
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