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Altar Mayor - Nº 89 (01)
Miércoles, 03 diciembre a las 19:33:58

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

Fundadores de Europa (3)
II. SAN BENITO DE NURSIA (1)

Por
Luis Suárez Fernández - Catedrático

La vocación de un joven patricio

En el momento en que Odoacro hace desaparecer de Roma las insignias imperiales, poniendo fin a una trayectoria histórica de unidad en el Mediterráneo que había sido fecunda y duradera, el panorama era desolador. Violencia e injusticia dominaban en un mundo acostumbrado a someterse a la ley del más fuerte. Como hemos tratado de explicar en páginas anteriores, la Cristiandad había descubierto que, para ser salvada en su esencia, era preciso que una elite tomara la radical decisión de alcanzar una «vida de perfección» o, para decirlo en términos actuales, de cumplimiento riguroso, hasta el límite, de las enseñanzas evangélicas. Había muchos anacoretas y todavía más cenobitas, pero ofrecían también un panorama desalentador. Muchas y muy diversas las reglas, que no ofrecían un modelo acerca de lo que debe ser el monje. Corrientes variadas, además, en Europa occidental donde cada nuevo santo pensaba en fórmula distinta. Y todo esto, que marca el lado positivo, permaneciendo a la sombra de una amenaza: había monjes fanáticos y soberbios que se dejaban ganar por el orgullo de su rigor, despreciando a los demás; no faltaban los que veían en el monacato un medio de escapar a las estrecheces de la servidumbre o a las carencias materiales; y habían comenzado a descubrirse falsarios que engañaban a la gente con reliquias y pretendidos milagros, procurándose a sí mismos ganancias. Eran «verdadera amenaza para la Iglesia».

Y entonces vino Benito de Nursia. Su obra ha sido más grande que la de ningún fundador de Imperios. Esta frase no es mía; constituye un patrimonio común entre los historiadores. Antes de entrar en el detalle de su vida y de su obra, debemos trazar el bosquejo de la que fue íntima, profunda y duradera revolución en el espíritu humano. Y así recordemos cómo, para él, su monasterio -concretamente Subiaco y Monte Cassino- es un hábitat completo, que dispone de todos los elementos -biblioteca, refectorio, hospedería, iglesia, molino, huerto- imprescindibles «para que los monjes no tengan necesidad de andar vagando fuera de casa». Pero tampoco pretendía una deshumanización en ese espacio. El monasterio era modelo que se proponía a los hombres, a todos los hombres, para construir su propia existencia, implantando amor y paz en un mundo de injusticia y violencia.

Hay una especie de paradoja en esta gran obra. El santo que iba a otorgar a la Iglesia su segunda dimensión, no pretendía ser un innovador, sino, simplemente, establecer normas de vida para un grupo de seguidores a fin de que pudieran alcanzar mejor la perfección en la vocación monástica. Por eso aprovecha todo lo que sus predecesores lograran. En la Regla hallamos constancia de su conocimiento de las Vidas de los Padres, que extendieran al Occidente latino la fama de los anacoretas egipcios, de San Agustín y de San Cesáreo de Arles, sobre todo de las Instituta y Conferentiae de Juan Casiano y de la anónima Regla del Maestro, aunque también es evidente que conocía a Pacomio, Jerónimo, Martín y Basilio. Con todo ello elabora una poderosa síntesis capaz de transformar el espíritu de Occidente. Por eso acabará venciendo a todas las Reglas y, por medio de un descendiente de españoles, Benito de Aniano, llegaría a convertirse en la unificadora de la vida monástica en Europa.

San Benito no pretendía «proponer una nueva teoría sobre la vida monástica, sino dar una ley para los monjes». Su Regla no pretende ya que «el ideal» que el cristianismo «propone sólo puede ser alcanzado al precio de una conversión profunda» la cual «requiere la separación del mundo». En consecuencia, la Regla no es un tratado de doctrina, aunque muchas consecuencias de este orden pueden extraerse de ella, sino un Código de conducta, aquella que conduce a la perfección de la vida cristiana. Limitada, en principio, a Subiaco y a Cassino, experimentó luego el proceso que el propio Jesús había anunciado, pues el grano que no se hunde en tierra y muere no permite el nacimiento de nuevas plantas. Cassino fue destruido por los lombardos el 581 y los monjes supervivientes se vieron obligados a refugiarse en otra parte, llevando consigo un documento escrito y una enseñanza vital. Y, entonces, vencieron convirtiéndose en primera y esencial plataforma de la «europeidad».
 

La decisión

El segundo de los Diálogos de San Gregorio Magno se encuentra enteramente dedicado a comunicar la hagiografía en torno a San Benito, al que profesaba profunda admiración. No vamos a intentar aquí una rigurosa crítica respecto a los datos que esta fuente singular nos transmite; nos colocaremos en el punto de vista del Papa quien le considera esencialmente romano y una demostración de cómo Dios sigue actuando en medio de las calamidades de su tiempo. Escrito el Diálogo en torno al 593 se recoge en él un estado de conciencia que es el que importa para una comprensión adecuada de ese gran fenómeno que llamamos benedictismo. Benito vino al mundo en ese pequeño lugar que ahora se llama Nursia, en la Umbría, a un centenar de kilómetros de Roma. Tierra áspera, defensa militar, lugar de nacimiento de Sertorio Vespasiando y Marcial. Nos situamos en torno al 480. Virgilio, Suetonio y Estrabón han hecho referencia a esta región, poblada de gente recia, amante de su libertad, protegida por las sombras que proyectan las cuestas del Apenino. El cristianismo era, allí, flor reciente: lo había llevado en el siglo III San Feliciano, obispo de Foligno.

Nada puede asegurarse con exactitud acerca de los primeros años, transcurridos en el seno de una familia, liberiori genere, lejos de la servidumbre pero que contaba con recursos suficientes para disponer de criados a su servicio. Dos hermanos, únicos dentro del matrimonio, Benito y Escolástica, cuyo afecto llegaría a convertirse en ejemplar. Tan sólo una tradición tardía nos da el nombre de los padres, Eupropio y Abundancia, de modo que no podemos estar seguros de que tales fueran. De todas formas, en la hora suprema de la decisión, Benito aparece acompañado por su nodriza, Cirila, que cuida de los más pequeños detalles de aquel joven, que doblaba la cuesta de los veinte años. Ni siquiera estamos seguros de la fecha de su muerte; podemos seguir utilizando la del año 547, propuesta por la mayor parte de los autores que de este personaje se ocuparon.

Estamos hablando de una existencia larga para las coordenadas del siglo VI. Tiempo especialmente duro para la vida italiana. Hasta el año 526 gobierna Italia Teodorico el Ámalo, rey de los ostrogodos, a quien el emperador de Bizancio entregó credenciales como magister militum para que pudiera acabar con el gobierno de Odoacro. Tenía San Benito trece años, aproximadamente, cuando el asesinato del Hérulo, permitió al Ostrogodo unir Italia bajo un poder que rezumaba ambigüedades. Arriano, no aceptaba la autoridad del Papa ni la doctrina que los católicos italianos profesaban sin dar lugar a dudas. Respecto a los suyos, unas cuantas docenas de miles de guerreros a caballo, él era un König de larga cabellera, que compartía la sagrada condición de su estirpe. Pero para la población romana no pasaba de ser general de un ejército que, cada día con más claridad, se comportaba como fuerza de ocupación. La Península -y de esto nadie se permitía dudar- seguía siendo una diócesis, la primera y más antigua dentro Imperio. Las familias romanas soñaban para sus hijos, y este el caso de Benito, como lo sería de Gregorio, una educación que permitiera integrarse en las estructuras de la Administración.

Los padres de Benito estaban preparando el viaje de éste a Roma, bajo custodia de su nodriza, cuando estalló un cisma. Tendría mucha importancia en la experiencia vital del futuro monje. ¿Es la Sede de Pedro, dada su condición de Cabeza universal, independiente de la autoridad imperial, aunque viva en una ciudad que le reconoce? Desde antes de la desaparición de Rómulo Augustulo el año 476, aunque podríamos invocar precedentes, el clero de Roma había insistido, una y otra vez, en que la elección del sucesor de Pedro, en cada vacante, a él correspondía. El emperador Zenón, por su parte, habida cuenta que se trataba de la primera capital del Imperio, reclamaba alguna clase de intervención en un nombramiento que afectaba, de hecho, a su propia autoridad. En esta tesis contaba con el apoyo de aquellos «potentes» a los que los historiadores suelen calificar de aristocracia senatorial. La familia de San Benito, aunque lejos de Roma, podría clasificarse dentro de esta categoría social.

Así las cosas, el 19 de noviembre del 499, cuando todavía Teodorico estaba batallando para el asiento de su poder, murió el Papa Anastasio II. Y el clero, reunido en torno a la Tumba del Pescador, procedió a clamar a un converso reciente, Simmaco, que como diácono, venía administrando los negocios económicos de la Iglesia romana. Fue inmediatamente consagrado en San Juan de Letrán, mientras la aristocracia senatorial -digamos mejor el partido «imperial»- rechazaba este nombramiento producido a sus espaldas, y proclamaba a Lorenzo, que, dentro de la administración eclesiástica, ostentaba un grado encima del de Simmaco. Pero este último se adelantó a convocar y presidir un Sínodo (499) que estableció, como norma canónica, que la elección del Papa corresponde únicamente a los clérigos, pudiendo reconocerse al «pueblo», es decir, a los potentes, un derecho de aclamación, y nada más.

La Iglesia de Occidente estaba dando un paso de gran importancia, al afirmar su independencia respecto a las autoridades temporales, en el momento en que Benito y su nodriza emprendían viaje a Roma para su educación. Romae liberalibus litterarum studüs traditus fuerat. Esta es la expresión que emplea San Gregorio: entregado a Roma es un término de significación. Ella iba a formarle en Gramática, Retórica y aquellos fundamentos de Derecho que todo buen magistrado debe conocer. Coincidió, en esta ocasión, con un acontecimiento capaz de despertar la angustia de cualquier cristiano. Viniendo de Ravenna, Teodorico, al frente de sus soldados, llegó cabalgando hasta la ciudad, a cuyas puertas Simmaco y el clero le tributaron acogida: era el representante máximo de la autoridad imperial. Y así, juntos, llegaron al Foro donde el general godo prometió, «senatus populusque» respetar sus costumbres y sus leyes. Buenas palabras: la contienda, entre los dos pretendientes a la tiara se había saldado con violencias y muerte.

De pronto aquel magister militum, bárbaro y no romano, arriano y no católico, demostró hasta dónde podía llegar, admitiendo denuncias calumniosas contra Simmaco, que él utilizó para justificar una conducta desatada: suspender al Papa en sus funciones y nombrar un administrador hasta que el juicio se hubiese pronunciado. La Iglesia resistió, pero transcurrieron dos años durante los cuales divisiones y desobediencias generaron tumultos en las calles; se produjeron víctimas. Atrincherado en San Pedro, Simmaco pudo presidir un Sínodo en dos etapas (23 de octubre y 6 de noviembre del 502) en que se estableció un canon que la Iglesia incorporaría después a su Código de leyes: no existe autoridad alguna que pueda ejercer poderes sobre el Papa; en definitiva nadie puede juzgarle. Teodorico respondió sacando a Lorenzo del retiro en que se hallaba para proclamarle Papa. El recinto urbano de la vieja Roma estaba ahora dividido: tropas ostrogodas, con estandartes bizantinos, custodiaban las zonas en donde trataba de mantenerse el poder de Lorenzo. La Tumba de Pedro y el recinto de la colina Vaticana eran recurso supremo para un Papa que se presentaba a sí mismo como Cabeza verdadera en relación con ese Cuerpo místico que constituye la Iglesia. Y así durante diez años, hasta que el emperador Anastasio se decidió a reconocer a Simmaco.

Es inevitable que establezcamos alguna relación entre este panorama desolador, reflejo de los males que habían llegado a condensarse en Roma tras la supresión del Imperio en Occidente, y la decisión brusca de Benito al abandonar sus estudios y renunciar con ello a una determinada vida «sol¡ Deo placera desiderans», como dice San Gregorio. La plena entrega a Dios era la única justificación de su existencia, como la de cualquiera que pretendiese ser completamente cristiano. Escolástica escogió la misma vía. Era imprescindible, en consecuencia, apartarse del mundo, buscando en soledad y silencio, esa entrega.
 

Enfide

Se ha producido, pues, cuando estaba comenzando un nuevo siglo, la más importante de las conversiones, cuyos efectos se multiplicarían a través de los siglos. No se equivoca San Gregorio, cuando enumera los treinta milagros por él conocidos, de los que doce son considerados «de profecía» al comparar a Benito con los Profetas del Antiguo Testamento. Para un cristiano de entonces, los Profetas eran figuras próximas íntimamente asociadas al Cristianismo, cuyo nacimiento y victoria fueron capaces de predecir. Como aquellos, San Benito comenzaba entonces su trayectoria vital, alcanzando primeramente la íntima unidad con su condición de cristiano, y mediante ella la comunión con Dios. Es el mensaje que el Papa Magno trata de comunicar a sus lectores: «no tiene en su mente una biografía sino que quiere hacer una afirmación teológica». San Gregorio emplea dos expresiones, para explicar la decisión de San Benito -«scienter nescius», «sapienter indoctus»- que nos llevan a comprender que todo fue el producto de una libre y deliberada decisión.

Ignoramos el momento preciso en que el estudiante cambió su vida, buscando la pureza de espíritu. Prescindió de los lazos familiares y de los recursos que podían proporcionarle, pero mantuvo la estrecha relación con su hermana, Santa Escolástica, tan decidida como él a buscar el tesoro imprescindible de la santidad. Se ha especulado mucho acerca de la corrupción reinante en Roma, pero no parece que haya inconveniente en admitir que ésta se refería al enfrentamiento entre aquellas facciones que habían hecho imposible vivir en términos de autenticidad cristiana. Pero más importantes debían ser otros factores, estructurales, que afectaban a la vida de la Iglesia. Ni Simmaco ni Lorenzo carecían de dimensiones piadosas, pero se habían visto arrastrados por circunstancias políticas: sin el desasimiento de esos compromisos con el mundo, resultaba imposible alcanzar la santidad.

Así, un día, tomando la vía Nomentana, emprendió el camino de Tívoli. Su nodriza, la fiel Cirila, le acompañaba; no parecía dispuesta a abandonar a aquel joven que, para ella, era algo más que un hijo. El milagro de la reparación de la criba, que en este momento sitúa San Gregorio, es como una parábola. Benito estaba rompiendo los últimos lazos que aún le ataban a su propio pasado. De este modo llegaron a Enfide, hoy Enfile, pequeña aldea en cuyo contorno se habían establecido algunos anacoretas para vivir, del todo, el apartamiento. Allí habría de permanecer tres años. Esa cifra, en el tiempo, está cargada de significación: treinta días ayunó Jesús en el desierto; tres días permaneció en el sepulcro. Pero la Regla nos aclara algunas cosas que el biógrafo no ha podido recoger: en especial el desencanto que en Benito producían muchos de aquellos anacoretas, viviendo en sus casas, sin practicar regla alguna, mostrando indisciplina. Buscando siempre parábolas que permiten identificar al santo con Jesús, Gregorio hace que le reconozcan unos pastores, aunque por su desastrada indumentaria le confundieron antes con un animal. Un día que sale de la cueva en que se había instalado, el demonio le sale al encuentro, primero como una ave negra que se retira al hacerle el signo de la cruz, luego como mujer hermosa, capaz de despertar en el santo las llamas de la concupiscencia, que él domina arrojándose a una zarza desnudo. Es evidente el paralelismo con Moisés y el episodio bíblico de la zarza ardiente. Pero la enseñanza que este ejemplo, al modo medieval, nos depara, es bien distinta: Benito, durante esta etapa prólogo para toda su obra, ha demostrado que las tentaciones, al ser vencidas, se convierten en plataforma para la ascensión espiritual y el desprendimiento. La alternativa de la sexualidad, es, para cualquier hombre, el encuentro con el amor; y ninguno es tan puro como el de Dios.
 

Subiaco

Dios había dispuesto servirse de Benito como de un instrumento para ordenar nuevas vocaciones. Para ello tenía que ser apartado de primera decisión y conducido a un punto de partida que sea como punto cero de un camino muy largo. Un milagro que, en ayuda de su nodriza, se vio impulsado a realizar, provocó agudas tensiones en el entorno, obligándole a huir a Subiaco. Dios, nos dice San Gregorio, había dispuesto hacer de él «un ejemplo vivo, poniendo sobre el candelero una luz refulgente». No muy lejos de Enfide, en la comarca de Subiaco, se alzaban las ruinas de un antiguo palacio de Nerón junto al cual, una especie de lago artificial, remansando las aguas del río Anio, aseguraba un mínimo de vida. En medio de las rocas escarpadas que remontaban el lago, halló Benito una cueva que convirtió en habitación. Un monje, Romano, que habitaba en las inmediaciones -ya no volveremos a tener noticia de la nodriza- se encargó de proporcionarle los recursos mínimos para la alimentación, y también de instruirle en los principios de la vida monacal. No le sería posible eludir durante mucho tiempo las consecuencias de su ejemplaridad: en Subiaco, durante esta primera etapa, se le unen los cuatro primeros discípulos. Mauro y Plácido ya nunca le abandonarán.

San Benito se había convertido en padre, de acuerdo con la idea elemental que de esta palabra tenían los cenobitas: prodigios, enseñanza, austeridad, difundían la fama por todos los contornos, llegando hasta la propia Roma. En consecuencia los miembros de un cenobio próximo al lugar, en Vicovaro, al vacar su abadía, decidieron pedirle que la asumiera. El santo resistió: comprendía que lo que de él se reclamaba era un cambio, desde la anajoreusis al cenobitismo, algo que en el pensamiento ascético de la época significaba tanto como bajar un escalón. Los monjes esperaban, sin duda, que la presencia de aquel santo de fama en la cabeza de sus decisiones proyectaría a Vicovaro a un nivel de influencia y prosperidad. Se equivocaban. Benito entendía que el cenobitismo no debía ser obstáculo para el rigor de vida que debía acompañar a quien, operando el «contemptus mundi» se decide a buscar la contemplación divina. Vicovaro, en consecuencia, tenia que cambiar. Los monjes se sintieron traicionados en sus propósitos y decidieron eliminarle por el sencillo procedimiento de servirle una bebida emponzoñada. Benito, de acuerdo con su costumbre, bendijo la vasija haciendo sobre ella el signo de la cruz e, inmediatamente, ésta se rompió. Milagro, desde luego, de acuerdo con su hagiografía, pero que sirve de motivo para alcanzar una nueva enseñanza: es imprescindible crear una nueva forma de vida, otra disciplina, si se quiere garantizar esa vida espiritual que es la meta decisiva, absoluta, del monaquismo.

El historiador se siente descorazonado ante la falta de precisión cronológica. Sabemos, a lo sumo, que nos estamos moviendo entre dos fechas, 503, que puede corresponder a la salida de Roma, y 529 en que, con toda probabilidad, se inicia el gran proyecto de Cassino. El dramático episodio obligó a Benito a abandonar Vicovaro, volviendo a la cueva de Subiaco. Su pertenencia a la gens Anicia, le mantenía en contacto con los fantasmas que poblaban aquellas ruinas, testimonio de la grandeza romana. Nunca debemos perder de vista que San Benito nunca se aparta de esta herencia que constituye la romanidad. Podemos suponer, a la vista de su comportamiento posterior, que había decidido, al volver a Subiaco, construir su propia versión de vida espiritual y no empeñarse en guiar o convertir la de otros. Esta voluntad se apoyaba, seguramente, en tres experiencias:

  • Se debe lograr, ante todo, la renuncia completa a su persona, haciendo de la anajoreusis -repliegue sobre sí mismo- dimensión esencial incluso en cada monasterio. Esto obligará al aspirante a monje a librar una dura batalla, revolviéndose contra las tentaciones hasta conseguir dominarlas sin conformarse tan solo con resistirlas.
  • Ese desprendimiento del yo es el que puede conducir a la vida de «perfección». Insistamos una vez más en que se trata no de colocarse en un pedestal de hermosura sino de cumplir en todos sus puntos la palabra de Dios. Por eso humildad -reconocerse como uno es- y obediencia -plegar su voluntad- habrán de convertirse en virtudes esenciales para la vida del monje
  • Resultaba imprescindible establecer comunidades nuevas para poner en marcha la espiritualidad que podemos llamar benedictina. No bastaría con proceder a la reforma de otras preexistentes. Los discípulos y, luego, los de éstos, deberían formar una cadena de unidad.
     

El perfil de los milagros

En este momento, continúa diciéndonos San Gregorio, Benito había vencido las cuatro tentaciones que podían obstaculizar su camino: vanagloria, lujuria, odio y venganza, cuatro dimensiones que, en su tiempo, parecen haber sido dominantes. Había llegado a un punto en que el desprendimiento se convertía en construcción del ser humano sobre dimensiones enteramente nuevas. Instalado otra vez en Subiaco, ya no era el ermitaño que se formaba a sí mismo, sino el padre espiritual a quien acudían especialmente jóvenes de todos los lugares. Familias de la nobleza romana enviaban sus hijos para que pudieran educarse en lo que el santo llamaba «temor de Dios». Es preciso dar a las palabras el sentido que cobraban en su propio tiempo y no en el nuestro. Se trataba de colocarse en la presencia de Dios, enderezar la vida en el cumplimiento de sus mandatos, y desasirse en consecuencia de las duras circunstancias en que las naciones de Occidente se habían visto sumidas tras la caída del Imperio romano. De este modo, según Aymard, se adquirió la experiencia que debía servir de base al benedictismo: el monje debe vivir absolutamente desprendido de cuanto viene del exterior. Cada monasterio se erige así en realidad práctica de una «civitas Dei».

Pero esta ciudad debe contener el recuerdo de Jerusalem: doce eran las puertas, doce las tribus de Israel, doce también los apóstoles que Jesús escogió como testigos de sus enseñanzas. Y así, en Subiaco, San Benito creó doce monasterios con doce monjes cada uno, dotados de suficiente autonomía para que comenzasen a construir esa nueva forma de sociedad, apartada del mundo, ciertamente, pero llamada inevitablemente a transformarlo. La herencia cultural romana era evidente; ella se encargará de dar forma exterior a ese monacato en que el abad es un paterfamilias y en donde el ius se convierte en regla personal.

A continuación el Diálogo segundo de Gregorio inserta cinco milagros. No importa precisar circunstancias cronológicas o precisas en torno a ellos. Se trata de poner a San Benito en relación con los prodigios recogidos en ambos Testamentos. Como Moisés, hará brotar el agua de la roca garantizando el suministro de un monasterio. Como Eliseo, logra que le obedezcan los objetos materiales: un godo había recibido un instrumento de hierro para labrar la tierra, pero con su energía, enteramente germánica, pierde la hoja que se hunde en el agua y se queda con el mango de madera en la mano. Viene entonces Benito, toma el mango, lo introduce en el agua y el hierro emerge para instalarse por sí mismo en su sitio. Al devolver la pieza, el santo transmite otro de sus lemas: «trabaja y no te pongas triste». En el trabajo encontrará el monje una fuente de alegría. El tercer milagro evoca a San Pedro cuando caminó por encima del mar de Tiberíades. Plácido, el más joven de los discípulos, cae al lago de Subiaco y Benito ordena a Mauro que le rescate. Así lo hace. Sólo al volver a tierra se da cuenta de que ha caminado sobre las aguas. Ahí está la lección: quien obedece, y en ello radica la principal virtud del monje, puede hacer que hasta la misma naturaleza se le someta.

Los dos últimos milagros, evocadores respectivamente de Eliseo y de David, aparecen relacionados con un aspecto que debió ser importante en los comienzos de la nueva sociedad monástica: la resistencia de los sacerdotes ante lo que consideraban una especie de desprecio hacia su poder y autoridad. Los monjes no eran sacerdotes; con el tiempo se verían obligados a ordenar algunos de los suyos, a fin de disponer de los servicios ministeriales necesarios, pero sin que esta ordenación llegue a formar parte de su esencialidad. Florencia, que administraba la iglesia más importante de la comarca, decidió acabar con San Benito enviándole un pan envenenado como si fuera ya bendecido. El santo se dio cuenta y ordenó a un cuervo que, tomándolo en el pico, lo llevara lejos, adonde no pudiera causar daños. No sólo la naturaleza inanimada; también los animales le obedecían. Florencio entonces envió a siete jóvenes desnudas para que, bailando, pudieran seducir a los jóvenes profesos. Fue este el fin de la primera etapa. Benito decidió abandonar Subiaco en busca de mayor soledad que librase a los suyos del peligro. Y se fue. Al tener noticia de lo que consideraba su éxito, Florencio se puso a bailar como un loco; la azotea de su casa se desplomó y le mató. Benito, lamentando esta muerte, elevó a Dios su oración pidiendo perdón y vida eterna para el enemigo.
 

Subida a Monte Cassino

Dejando atrás los monasterios de Subiaco, que deberían continuar su tarea, San Benito, con un pequeño grupo, emprendió viaje hacia el sur por la Vía Latia, hasta encontrar un monte, Cassino, a cuyo pie, en otro tiempo, tuvieran Catón y Marco Antonio sus quintas de recreo. Estamos en el camino de Nápoles. Así surgió ese monumento de la Cristiandad que ha sido destruido más de una vez -la última por la aviación norteamericana en 1944- pero que renace siempre, como si el espíritu que lo mueve fuese, verdaderamente, inmortal. Estamos, con toda probabilidad en el año 529. Por eso, en la memoria de los monjes, aquella que recoge San Gregorio, permaneció la idea de que para conseguir su fundación, hubo que librar una tremenda batalla con el Diablo pues éste sabía muy bien que, en aquel lugar, donde mil cuatrocientos años más tarde, atronarían los cañones y las bombas, se estaba jugando el destino de Europa, la posibilidad de que ésta pasara a llamarse Cristiandad.

Había en Cassino un templo dedicado a Apolo. San Benito se propuso derribarlo para levantar en su lugar una capilla dedicada a San Martín, de cuya capa toman el nombre los pequeños oratorios. Pero el diablo había hecho tan pesada la piedra del altar que los monjes no pudieron moverla. Benito la bendice y se torna liviana, pues no hay que olvidar que la fe es capaz de mover montañas. En el hueco dejado por esa lápida los discípulos encuentra un ídolo: he ahí, pues, la causa del impedimento. Debe ser destruido. Los monjes lo conducen hasta la cocina donde arde un buen fuego y lo arrojan en él. Pero la hoguera estalla y el incendio parece incontenible. Benito calma los ánimos: ese fuego es ficticio y constituye la imagen de otro que el hombre lleva adentro, la sexualidad, que le induce a hundirse en la «cocina del demonio»; cuando se prescinde de ella se ve que la naturaleza está intacta. Todo ha sido un espejismo. Todavía el demonio usará un último recurso, haciendo caer un muro que aplasta a un joven monje. Pero Benito, con sus oraciones, consigue salvarlo. Y extrae del episodio una última lección: los monjes no deben incurrir en el pecado de orgullo por la labor que están realizando; todo entra en el servicio de Dios, pues el monasterio no es otra cosa que «schola Dominici servitii».

Ya nunca más volverá San Benito a abandonar el monasterio. Cuando, poco después, algunos monjes parten hacia Terracina, para fundar otro, filial de Cassino, sus instrucciones al abad y al prior acerca de cómo y dónde debían situarse las dependencias, son transmitidas por medio de un sueño que el propio santo habría de confirmarles cuando ellos viajaron a la abadía para una consulta directa. No debía caber a este respecto la menor duda: situado por encima de los límites de espacio y de tiempo, es capaz de penetrar en el ánimo de sus interlocutores, descubriendo las faltas y mentiras. Entre estas disposiciones, consecuencia de la íntima unión con Dios, figura también una especie de conocimiento de ciertos sucesos futuros. Ve cómo Roma ha llegado a su fin. Un día, con grandes lágrimas, explicará a su discípulo Theopropo, que había tenido, por misterioso designio de Dios, una visión que le explicaba cómo los bárbaros destruirían Montecassino. Y esto sucedió de hecho el 577 a manos de los lombardos, el 883 saqueado e incendiado por los sarracenos, en 1349 por un terremoto que sucedía a los expolios de las tropas húngaras, en 1799 por los revolucionarios franceses y Napoleón que le confiscaría declarándolo «bien nacional», y el 15 de febrero de 1944 por la aviación aliada. Inútilmente: la abadía fue siempre reconstruida y aún sus perfiles se alzan en el horizonte, poderosos, testigos de la energía indomable de su fundador.

Si aceptamos la fecha tradicional del año 529, San Benito estaba a punto de alcanzar los cincuenta años. San Gregorio le describe como persona seria, sosegado y con una capacidad de juicio superior a lo que era normal en sus contemporáneos. Vultu placido, y enseguida nos aclara que le molestaban las bromas, la frivolidad, el desorden y las risas ruidosas, aunque, a su juicio, el monje debe sonreír, borrando el adusto semblante. Su inteligencia era ordenada y metódica, su voluntad firme. Y, por encima de todo, el servicio de Dios, el Opus Dei. Por medio de la narración de sus milagros, San Gregorio trata de comunicar un mensaje: es cierto que Roma ha llegado a su fin; pero el mundo puede ser salvado si el hombre es capaz de retornar a Dios por la vía de la oración. De ahí las dos palabras que forman el lema esencial del benedictismo: orare et laborare. Oración en primer término porque sin ella no es posible pasar a la acción.

Por eso toda la existencia, en esos catorce años que dura su abadengo en Montecassino, es una lucha contra el diablo, renovando el versículo de San Marcos (3,14) cuando Jesús envió a los doce «a predicar con poder de expulsar los demonios». Se trata de una batalla muy dura, orientada siempre por el poder que viene de Dios, procurado por medio de la oración. Una vez, en Subiaco, San Benito vio que un monje estaba haciendo oración y un pequeño ser tiraba de su hábito para impedirlo. Cuando el abad, con su báculo, tocó suavemente al monje, el pequeño diablo se retiró. Los monjes trabajan, el santo hace oración. Poco a poco las intervenciones del Maligno se van espaciando; es la señal de que Benito está ganando la batalla. Es el amor, quien vence. San Gregorio dice que, a partir de este momento, San Benito recibió poder profético, «anunciando el futuro, comunicando a los presentes hechos lejanos». Por eso puede anunciar el fin de Roma y también la destrucción de Cassino.

Hagamos un repaso de milagros y prodigios en el largo retrato de San Gregorio: son como enseñanzas gráficas que permiten conocer y comprender la obra de este gran creador de «europeidad». Por ejemplo cuando recompone la criba que su nodriza pidiera prestada para cerner el pan, nos está diciendo que el pasado roto puede ser restaurado. Si el hierro de la pequeña hoz vuelve al mango desde el agua, es señal de que nada puede resistirse a la oración. Cuando la comunidad ha visto reducidas sus reservas a cinco panes y aparecen doce celemines de trigo, quiere significar que la multiplicación de los panes y los peces no debe considerarse como puramente excepcional; es una muestra del cuidado que Dios tiene con los suyos. Pues Jesús no ha venido únicamente a comunicar una doctrina sino a mostrar, con sus actos, el comienzo de la nueva edad. Así, cuando un hombre abrumado por sus acreedores viene a pedir al santo doce monedas de oro a fin de saldar su deuda, encuentra al regresar a su casa, merced a las oraciones del santo, trece piezas.

Dos monjas de lengua viperina murieron sin corregirse y se aparecieron al santo durante la misa, pero él oró por ellas y jamás volvieron. Uno de los niños destinados al monacato huye al lado de sus padres y muere: el sepulcro rechaza su cuerpo hasta que la oración vence el resorte opuesto. En tiempo de hambre un campesino viene a pedir subsistencia. Benito, como la viuda de Sarepta, ordena al cillerero darle el único aceite que queda en la alcuza, pero el monje no obedece. El santo descubre el recipiente escondido y le estrella contra una roca, pero no se rompe y así puede cumplirse su deseo de socorrer al pobre. Mientras los monjes oran en común, uno de los grandes toneles que permanecían vacíos se llenan hasta rebosar. En esta ocasión no ha sido necesario pedir al mayordomo que llene de agua el recipiente.

Un godo cruel, Zalla, tiene oprimido a un campesino, al que pretende arrebatar sus bienes. Él se defiende explicando que todos han sido entregados a San Benito. Entonces Zalla le conduce encadenado hasta Montecassino. El santo está leyendo, es su hora, cuando el godo le increpa con muy duras palabras. Alza Benito los ojos, mira al prisionero y se desprenden y caen las cadenas con que le aprisionaban. El amo cruel no puede contener su impulso y cae de rodillas a los pies del hombre de Dios. No sólo le perdona sino que, en un gestó de amor, le entrega un pan que ha sido previamente bendecido. Es la lección suprema: no basta el olvido de los daños causados; es importante cumplir ese mandamiento esencial de amor al prójimo, sea este el que sea.
 

El fin de una vida

Entramos ahora en la etapa final en la vida del santo. Es el momento en que, de las brumas que hasta entonces la envolvían, aparece Escolástica. Nada sabemos de ella, aparte de las noticias esquemáticas que nos ofrece San Gregorio Magno. Dos datos parecen confirmar la tradición oscura: cerca de Aquino se encuentra Piumarola, que puede ser la misma Plumbariola en donde la hermana de San Benito, monja desde su infancia, tenía su cenobio; el examen científico, efectuado en 1950, de los restos conservados, parecen confirmar la tradición de que, habiendo muerto con escasa diferencia de meses, los cadáveres de ambos hermanos fueron depositados en la misma tumba. Escolástica es la demostración de que el benedictismo inyectaba en esa nueva sociedad monástica la equivalencia de masculino y femenino. Un proceso que necesitará siglos, pero que acabará en una meta clara.

Veamos ahora, para cerrar el tiempo hagiográfico, tres episodios muy significativos. Un día San Benito recibió la visita de Servando, diácono abad de un monasterio de Campania, que trataba de conseguir nuevos aires para su comunidad. Tal monasterio dependía del obispo Germán de Capua y se regía por alguna de las antiguas reglas. Servando fue invitado a pernoctar en Montecassino y permaneció en una sala del piso inferior, mientras el santo subía a una torre, donde acostumbraba a entrar en oración. De pronto una luz fulgurante lo invadió todo; un resplandor como nunca antes le fuera dado contemplar. Y en medio de ella, vio cómo los ángeles llevaban al cielo el alma de Germán. A voces, pidió a Servando que acudiera a toda prisa. Apenas si le dio tiempo a percibir un leve resplandor, epílogo del gran deslumbramiento. A los pocos días, mensajeros enviados a Capua confirmaron que el obispo había muerto aquel mismo día y a la hora por el prodigio señalada. San Gregorio no duda: poco antes de morir, San Benito, como Pablo, había sido arrebatado al cielo por la luz del Espíritu Santo.

Cuando aún vivía en Subiaco, San Benito hubo de tener noticia, sin duda, de la muerte de Teodorico el Amalo (526) que, hasta entonces, gobernara Italia en precario haciendo sentir a la Iglesia el peso de su poder. Sucedió una confusa guerra: la hija del difunto, Amalasunta, que pronto perdió a su hijo heredero, trató de mantenerse en el poder buscando el apoyo de Bizancio y también el de la nobleza goda, capitaneada por su primo, Teodahado, casándose con éste. Pero el marido la asesinó en una isla del lago Bolzano. En el último instante, había acudido a Justiniano en solicitud de ayuda. El año 535 dos ejércitos, desde África y desde Dalmacia, convergieron sobre Italia. Eran precisas las premoniciones de San Benito: se trataba de la perturbación de Italia y de la ruina de Roma, que sufrió, durante un año justo, duro asedio. El nuevo régimen bizantino ya no era restauración del orden romano sino una clara y áspera ocupación militar. Belisario, el general que mandaba las tropas, depuso al Papa Simmaco y, con apoyo de la nobleza territorial, impuso a Vigilio, sin tener para nada en cuenta las leyes de la Iglesia.

De modo que el asedio de Roma por tropas bárbaras había estado acompañado, en el interior, de una usurpación. Las visiones de Benito coincidían con la estricta realidad: aquella ciudad que albergaba la Tumba de Pedro, perecía en la vorágine de las luchas internas. Se comprende muy bien que Cassino afirmara su recio aislamiento; era el modo de preservar el nombre cristiano. En otro aspecto retornaban ahora las viejas leyes romanas que sometían a los hombres a su oficio para garantizar los impuestos. El descontento estalló y cuando Tótila volvió a alzar su espada fueron muchos los italianos que le siguieron. El año 546, mientras saqueaba Campania, el caudillo ostrogodo se acercó a Montecassino. Quiso engañar a San Benito, enviando a uno de los suyos disfrazado de rey, pero el santo descubrió la verdad ordenando al falsario que se despojase de sus insignias y haciéndole caer por tierra con sus acompañantes. Es cierto, según parece, que el abad y Tótila se vieron: el primero le anunció que, en efecto, podría entrar en Roma, en diciembre de aquel mismo año, pero que no sería suya la victoria final. Así sucedió.

Llegamos al final. La experiencia prodigiosa del estallido de luz, le había permitido conocer que «en Dios el mundo se hace pequeño», «pero que en su belleza se reconoce la belleza del Creador». Este optimismo en la visión del Cosmos era objeto de las conversaciones que, una vez al año, Benito y Escolástica celebraban; antes de que cayera la noche la monja regresaba a su cenobio, porque no estaba bien que pernoctada fuera. Aún se enseña a los turistas el lugar, afueras de Cassino, en que se celebraban estos encuentros. Aquel año, como si hubiera una premonición del próximo fin, Escolástica pidió a su hermano, como un favor especial, permanecer toda la noche para seguir hablando de amor de Dios, que es más fuerte que la voluntad, y él, vinculado a su propia Regla, se negó. Pero ella supo orar con tanta fuerza que se desencadenó una tormenta tan fuerte que Benito quedó atrapado. Profunda la lección: el amor está en el corazón y es más fuerte en la mujer que en el varón, más dispuesto al ejercicio de la voluntad.

Llegó la mañana y Escolástica, con su pequeño séquito se fue. Las tropas bizantinas estaban ahora lejos, defendiendo la cabeza de puente de Ravenna. Y pasaron tres días, mientras se hallaba sumido en oración, pudo San Benito ver cómo el alma de su hermana remontaba el vuelo, en forma de paloma. Como sabemos esta era la forma atribuida, en el bautismo de Jesús, al Espíritu Santo. Y, como ya dijimos, aquel mismo año, según la tradición más arraigada, también San Benito falleció. Ambos esperan juntos el día final en el pequeño oratorio que se encuentra sobre la cumbre. El culto a Escolástica equivale a una verdadera victoria, más allá de la muerte.


 
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