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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 195
Miércoles, 03 diciembre a las 19:51:32

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 195 – 2 de diciembre de 2003

SUMARIO

  1. Apuntaciones Sobre el mal de las aulas, por Antonio Castro Villacañas
  2. Álava, Francia, el Código, de lanoticiadigital
  3. Herencia y desigualdad, por José Manuel Cansino
  4. Distorsiones y falacias, por Ignacio San Miguel


APUNTACIONES SOBRE EL MAL DE LAS AULAS
Por Antonio Castro Villacañas

España va bien, dicen los pepes. Por eso aumenta en cantidad y calidad la delincuencia infantil y el sufrimiento de la profesión más traumática, que es la de profesor de enseñanza media, es decir, la que tiene como misión enseñar y educar a niños/niñas de 14 a 17 años. A consecuencia del pésimo planteamiento de nuestra vida comunitaria, que desde hace 25 años descansa sobre una falsa concepción de lo que es la democracia y la libertad, los maestros han de realizar su trabajo carentes de la autoridad y el poder necesarios para mantener el orden en las aulas. También los padres están desvalidos de poder y autoridad, unos porque de verdad se creen que sus hijos tienen derecho a ser y hacer lo que les dé la gana, y otros porque se encuentran desarmados ante la presión social creada por la idea de que la personalidad de sus hijos se frustrará si ellos pretenden educarla, fortaleciéndola y encauzándola en el adecuado cultivo de un cierto campo de valores. Por eso los debilitados y desorientados padres se suelen poner de parte de sus hijos y en contra de los profesores cuando alguno de éstos, despistado, te llama la atención a uno cualquiera de sus discípulos, no digamos nada si se te ocurre imponerle un castigo...

La patología educativa o académica de nuestra infancia y juventud no afecta sólo a sus familiares y a sus docentes, sino también a los propios adolescentes pues gran parte de ellos viven traumatizados por los insultos, las amenazas, las vejaciones y los actos de violencia que sufren de sus propios compañeros.

España va bien, pero la cuarta parte de los profesores de enseñanza primaria y mecha piden al año por lo menos una licencia de varios días de duración a causa del estrés producido por su trabajo.

España va bien, como se sabe, pero el 80 por 100 de los docentes padece depresiones u otros problemas psicológicos a consecuencia de la tensión y el desgaste que les produce la disgregación de sus alumnos, su falta de autoridad sobre ellos, el temor a sus posibles agresiones y la mala adaptación de enseñados y enseñantes a los frecuentes cambios de métodos y planes pedagógicos...

España va bien, pero más de la mitad de los estudiantes de Primaria y Media creen que debe aumentar la disciplina en los centros y piden medidas más duras para evitar el violento comportamiento o el estúpido gamberrismo de algunos de sus compañeros. ¿Está claro que para conseguir una juventud sana, educada y socialmente productiva debemos revisar los manidos conceptos de libertad y democracia.

Ya sabemos que los tontainas y los socioslistos dirán que eso es propio de fascistas y partidarios del pasado. Pues que lo digan. Sus berreos valen mucho menos que la integridad física, mental y moral de nuestros nietos o nuestros compatriotas jóvenes.
 

ÁLAVA, FRANCIA, EL CÓDIGO
lanoticiadigital.com

Hasta la última reforma del Código Penal, el Plan Ibarreche ha tenido dos contestaciones contra su propia esencia; la propuesta de estatuto foral independiente para Álava y el desprecio, más que contestación, del gobierno francés a la demanda de soberanía vasca al norte de los Pirineos.

Los derechos diferenciales invocados por el Gobierno foral de Álava son un duro golpe a la línea de flotación de la estrategia del nacionalitarismo vasco, pero desde el punto de vista de la cohesión de España añaden un problema aun siendo útil al Gobierno Aznar en la línea del divide y vencerás.

El cotraargumento alavés en pro de una autodeterminación contra la imposición de Ibarreche resulta inapelable para quienes construyen su plan secesionista sobre su auto atribuido derecho a hacer lo propio del resto de España. Sin embargo, la apuesta por un estatuto propio para Álava es oportuna para el conjunto de España más como respuesta a corto que a largo plazo.

En otro orden de cosas, si lo de Álava es de momento un proyecto, el breve comentario con el que Jacques Chirac ha despachado al Plan Ibarreche demuestra la firmeza del gobierno galo ante la cuestión.

A esta rotundidad en mitad del corazón de la Unión Europea apela el pensamiento débil de la clase política española. El discurso de que el Plan Ibarreche no tiene cabida en Europa es lo máximo que se oye a la mayoría de representantes populares y socialistas (si excluimos de estos últimos a los miembros del PSC y a la mitad del PSE). Discursos éstos hechos habitualmente lejos de tierras vascas; en este sentido, no es cuestión menor el reiterado absentismo de Jaime Mayor Oreja del Parlamento Vasco. Carlos Iturgaiz acaba de recordar de manera bochornosa esta ausencia continua.

Al plante alavés y galo contra la vía separatista hay que añadir la última reforma del Código Penal tipificando como delito la convocatoria de referenduns al margen de la ley. Las reformas «ad hoc» de la ley penal son siempre arriesgadas y, ocasionalmente, pueden sonar a desesperadas.

Ibarreche goza de una muy buena imagen ante la sociedad vasca, realidad ésta que sorprende al resto de los ciudadanos españoles. El lendakari se presenta ante los vascos como prohombre en busca de soluciones frente a un Estado que lo criminaliza. Con ETA muy poco activa, su Plan es la concreción de esta búsqueda para la mayoría nacionalista; la vuelta de tuerca del Código Penal agudiza su perfil de protomártir y redundará en su mayor popularidad.

En el fondo de este estado de cosas está la orfandad con la que se encuentra la idea de España; sin valedores en Vasconia, con valedores ausentes o con defensores que sólo lo son de una Europa a la que se le atribuye por vía indirecta la defensa de la Unidad Nacional.

Hay que deshacerse de complejos. Ser español no es ninguna enfermedad y para defender una Vasconia española debemos bastarnos solos.
 

HERENCIAS Y DESIGUALDAD
Por José Manuel Cansino

La política es con frecuencia rehén del descrédito asociado al incumplimiento de las promesas electorales. Por ese motivo, cumplir con lo prometido es una manera inmediata de mejorar la bondad y credibilidad de! sistema político. La reducción del gravamen sobre las herencias en las regiones gobernadas por el Partido Popular es un ejemplo de este cumplimiento. La valoración de la medida y su oportunidad es cuestión diferente, si bien debe considerarse que los ciudadanos respaldaron en esas comunidades autónomas un programa político en el que se incluía la promesa de la rebaja fiscal, lo que es tanto como decir que se consideró -en términos mayoritarios y electorales- adecuada.

No obstante, los ciudadanos respaldan o rechazan programas políticos en los que los asuntos económicos y fiscales, aun siendo importantes, no son los únicos. Por esta razón, es imaginable que un gobierno electo tome decisiones que no cuenten con respaldo mayoritario entre el mismo cuerpo electoral que lo legitimó en su día.

En el caso concreto del gravamen de las herencias, cabe preguntarse si es oportuna la paulatina reducción de la carga fiscal del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones (ISD).

El ISD es un impuesto de larga tradición en los sistemas tributarios occidentales. En el tiempo ha precedido a los grandes impuestos modernos, impuestos que en el caso español gravan la renta, el valor añadido y los salarios (cotizaciones sociales). El ISD ha permanecido en nuestros sistemas fiscales al tiempo que el Estado fue asumiendo competencias en materias tales como la redistribución de la renta y riqueza. Esta función de redistribución de la riqueza informa no sólo la estructura general del sistema impositivo -otorgando un protagonismo claro al IRPF-, sino que también es parte determinante de las políticas de gasto insertas en el Estado del Bienestar.

Los fundamentos del impuesto han sido diversos y no excluyentes entre sí. Por una parte, nos encontramos con las argumentaciones liberales de Locke y Leroy Beaulieu, según las cuales la imposición sobre las herencias era una forma de retribuir al Estado por los servicios que prestaba en cuanto garante del derecho de propiedad privada. Por otra parte Bluntschii, primero, y Andrew Carnegie, después, plantearon el «derecho de coherencia» del Estado. Finalmente, se ha defendido hasta nuestros días el papel del ISD como forma de control social, esto es, como manera de reducir las diferencias en la distribución social de la riqueza. Esta línea argumenta¡, expuesta con matices diferentes por Jeremías Bentham, John Stuart Mill y, sobre todo, Adolfo Wagner, es la que informa la ley española de 1987. Con estos pilares, el ISD cumpliría una función al servicio de la redistribución de la riqueza amén de la propia función recaudatoria.

Pero, ¿cumple actualmente este impuesto de manera eficaz con la política redistributiva? Vayamos a los datos.

Para una región como la andaluza, la recaudación por ISD en 2002 fue de unos 133 millones de euros, lo que apenas representa el 8,2 por ciento del total de los impuestos directos gestionados por la Junta de Andalucía y sólo el 0,3 por ciento del total de los ingresos públicos recaudados.

Con este volumen de recursos, ¿se puede financiar alguna de las políticas sociales gestionadas por el Gobierno regional? Con los datos presupuestarios del mismo año en la mano, la respuesta es no. Por tanto, la defensa del ISD no puede hacerse, hoy día, como herramienta de redistribución.

Sí parece provocar este impuesto un efecto desincentivo sobre el ahorro familiar. En rigor, cuantificar este efecto no es tarea fácil, si bien no resulta forzado pensar que el deseo de acumular un patrimonio con el que se pretende favorecer a los descendientes disminuye cuando el mismo se reduce debido al impuesto en el momento de ser transmitido en forma de herencia. Ese deseo de mejora que el testador pretende hacer efectivo en el heredero puede incluso encontrar apoyo constitucional, habida cuenta de que los herederos suelen ser familiares directos y la Constitución otorga especial protección, al menos nominal, a la familia.

No debe caerse en el tópico según el cual justificar la reducción del gravamen sobre las herencias es hacerlo también con la desigual distribución de la riqueza. Los datos no avalan este discurso. Sí, en cambio, se deben mantener las políticas públicas de corrección de la distribución de renta y riqueza a la que conduce el mercado aunque sobre la base de herramientas fiscales modernas y con la necesaria potencia recaudatoria.
 

DISTORSIONES Y FALACIAS
Por Ignacio San Miguel

Suele ser frecuente ver reproducido en artículos de analistas políticos, ideólogos, filósofos (Haro Tecglen, Sabater, etc.), un determinado esquema del conflicto vasco que, sin ser falso del todo, resulta reductor y conduce a una visión seriamente distorsionada de la auténtica realidad de ese país. Ya se sabe que las medias verdades pueden ser más falaces que las mentiras rotundas.

Remontándose en la Historia, se fijan preferentemente en las pugnas carlistas y en la oposición entre Ilustración-laicismo y conservadurismo-clericalismo, para concluir que el conflicto presente es la continuación actualizada de aquella antigua pugna. Sostienen que hoy también las fuerzas del progreso luchan contra las del oscurantismo y la superstición religiosa; los herederos de la Ilustración contra la oscuridad de los retrógrados; y que éstos son los nacionalistas, y aquellos los colocados más o menos a la izquierda del espectro político no nacionalista.

Como suele ocurrir con los planteamientos sociológicos esquemáticos, aún con los que tienen algún viso de razón, éste provoca también el importante e injusto efecto de dejar fuera de consideración a gran parte de la sociedad estudiada. En este caso, gran parte de la población vasca: aquella que, no siendo nacionalista, tampoco tiene a la Ilustración como referente esencial de su pensamiento. Es más, es frecuente el caso de muchos que no aprecian este movimiento intelectual como algo plenamente positivo, y hasta condenan a la Revolución Francesa, y, sin embargo, no son nacionalistas. Se trata de personas pertenecientes al centro-derecha vascoespañol que, puesto que está representado por el segundo partido del país, a no mucha distancia de los nacionalistas, resulta un evidente error que sea marginado de cualquier estudio serio. Máxime, cuando son sus miembros quienes más sufren los ataques nacionalistas. Ataques mortales muchas veces, debido a que son las personas que más odio concitan.

Por tanto, esta teoría, esta representación, no se adecua debidamente a la realidad. De forma interesada, atribuye un protagonismo excesivo en el conflicto a la izquierda no nacionalista, mientras vela la existencia de otra colectividad tanto o más importante.

Otro planteamiento quizá más exacto sería el derivado de suprimir la mayúscula de Ilustración. Si hablamos de gente ilustrada o no ilustrada, es decir, instruida o no, veremos como hecho comprobable que los nacionalistas abundan sobre todo en las zonas rurales y semi rurales, de inferior cultura, y los no nacionalistas dominan las ciudades, donde hay más instrucción. Esta síntesis tiene la ventaja de no excluir a grandes colectividades, pues llama ilustrados, no a aquellos que se identifican con los ideales y las ideas de la Ilustración francesa, sino a todos los que tienen una cultura general aceptable, sea su orientación progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, religiosa o irreligiosa; y no ilustrados a aquellos de deficiente educación, más primitiva y carente de auténtica sustancia civilizadora; pudiendo ser, a su manera, también de izquierda o derecha, religiosos o no, etc.

Se podrá objetar que tampoco este esquema resulta exacto, puesto que entre los nacionalistas hay personas instruidas. Posiblemente, pero a mi entender el número de personas que queda marginado injustamente es bastante menor que en el primer planteamiento.

De todas formas, queda claro que los esquemas son simplificadores por naturaleza y no acaban de corresponder debidamente con la complejidad de lo real. Más acertado es atenernos a lo obvio, es decir, que hay un sector heterogéneo de población que se considera nacionalista y otro sector igualmente heterogéneo que se siente no-nacionalista.

Y, si se hiciera así, no se caería en el error, insidioso y buscado, de preterir a grandes grupos de población, siquiera sea en los planteamientos intelectuales (por ahí se empieza), en determinados foros; por ejemplo, en el Foro Ermua, surgido, como todos sabemos, con motivo del asesinato de un representante municipal del partido conservador español. Ha resultado inevitable y, en principio, podía parecer positivo, que determinados intelectuales se adhiriesen a este foro. Pero resulta distorsionador que postulen su ideario como propio del mismo, confiriéndole un significado que, por reductor, es inexacto, si no falso. El reconocimiento de la pluralidad ideológica de sus componentes, además de obligada, redundaría en la eliminación de malentendidos y en la mayor apertura de dicho foro a la sociedad, con el reforzamiento correspondiente. Pero esto resulta difícil, por no decir imposible, cuando se parte de las posiciones de sectarismo ideológico que predominan en la actualidad y si en el sector afectado cunde el amedrentamiento ante la posibilidad de ir a contracorriente.

A este respecto, y descendiendo a algo concreto, habremos de convenir en que más adecuado y conveniente que combatir el sentimiento religioso de los nacionalistas mediante ironías más o menos volterianas que previsiblemente serán despreciadas, ha de ser crear una seria controversia de índole religiosa, a cargo de personas autorizadas en el sector religioso no nacionalista. La argumentación ética cristiana ha de tener más posibilidades de erosionar posiciones encastilladas que los argumentos filosóficos racionalistas adobados con burlas. Esto está ocurriendo ya con magníficos trabajos, que se fundamentan en la ética y la religión, debidos a plumas laicas y eclesiásticas. Pero son trabajos aislados, y, desde luego, no surgen allí donde el pensamiento progresista impone su imperio.

Otra manifestación del continuado fraude ideológico de los progresistas, consiste en aplicar reiteradamente a los terroristas vascos los calificativos de fascistas y nazis; cuando de todos debería ser sabido que son marxistas, como así lo han declarado en muy repetidas ocasiones de palabra y por escrito. Pero nunca los progresistas han admitido tal cosa.

Es evidente que uno de los componentes del pensamiento progresista, el pensamiento único, es la simpatía por el marxismo; tanto por parte de los antiguos marxistas, acomodados hoy forzadamente al capitalismo liberal, como por la de los liberales izquierdistas, de un filomarxismo a la moda. Por tanto, resulta entendible, aunque no justificable, que estos hacedores de opinión rehuyan la verdad del marxismo de los terroristas. Les resulta íntimamente vergonzoso, y, por tanto, repugnante, atribuir a sus enemigos la misma ideología con la que simpatizan y muchos todavía profesan. Así que recurren a las viejas ideologías enemigas, fascismo y nazismo, para arrojarlas como supremo insulto a los que, en estricta verdad, son sus correligionarios.

Por tanto, realizan dos operaciones alienadoras para la opinión pública, y con éxito, puesto que dominan los medios de comunicación: En primer lugar, se presentan como los sucesores espirituales e intelectuales de la Ilustración y la Revolución Francesa, en lucha contra el oscurantismo, la superstición religiosa y el terror. Con esto, dejan marginada, sin protagonismo alguno, a gran parte de la población, que es católica, española y antiterrorista. (Se podría también discutir la pretendida herencia ilustrada de los progresistas, pues su liberalismo y democratismo ostentosos se compadecen muy mal con su simpatía por las dictaduras marxistas).

En segundo lugar, atribuyen decidida y mentirosamente a sus enemigos las ideologías ya derrotadas hace muchos años y que son, en parte debido a una propaganda de inalterable persistencia, unánimemente despreciadas y abominadas por la opinión pública; y resguardan pudorosamente a la ideología marxista de toda mácula.

El progresismo no siente el menor respeto por la verdad, pero triunfa gracias a su abrumadora influencia sobre la opinión pública, que adolece de falta de discernimiento y puede llegar a asumir como artículos de fe lo que no son, en el mejor de los casos, más que medias verdades y, en el peor, flagrantes mentiras, incorporándolas a ese conjunto de tópicos malintencionados y degradantes que constituyen la sustancia del pensamiento único.


 
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